13/12/2010

Gracias



Hoy es uno de esos días grises en los que el sol no se ha dignado a brillar ni unos minutos para calentar nuestros rostros secando con el calor nuestras penas. Y yo llevo horas mirando por la ventana viendo a la gente pasar, ocupados con sus quehaceres pese al día feo que ha salido. No llueve tampoco. No ha caído ni una gota aunque amenace tempestad todo el tiempo. No he podido sumergirme en la tormenta para mojar, lavar, diluir ni arrastrar mis pesares. Hoy es uno de esos días en los que no sucede nada y a la vez sucede todo, porque ni siquiera sopla el viento, ni una brizna, ni un resoplido que golpee este peso y lo haga volar lejos como vuela la hoja seca de un árbol caduco. Y no hago más que mirar por la ventana y observar a todas esas personas pasar, arropándose con prendas de abrigo, arrastrando carritos de bebé o cargando con las bolsas de la compra. No puedo evitar mirarles y preguntarme si están tan solos como nosotros, como tú y yo, que nos tenemos uno al otro pero no tenemos en el fondo a nadie más… No hago más que mirar a través de la ventana y hacerme preguntas constantemente, una tras otra, sin poder parar.
Supongo que las anomalías que sufrimos nos han convertido en seres anónimos, invisibles, transparentes e insignificantes. Nosotros nos metimos en los tiempos de crisis mucho antes que todos los demás. Tal vez incluso hemos vivido siempre en tiempos de crisis y por eso no le damos importancia a la situación social actual. Ni siquiera le dimos importancia antes, cuando los demás no estaban así pero nosotros sí lo estábamos. Nos bastaba con un par de giros, unos cuantos equilibrios, algo de malabarismo y salíamos adelante. Ni siquiera le daremos importancia después, cuando todos los demás ya no estén en esa situación, aunque nosotros sigamos hundidos en ella. Porque nunca le hemos dado importancia a los tiempos de crisis. Nos han pasado por encima, por debajo y por los costados, y hemos conseguido que resbalaran y pasaran de largo.
Tal vez no sea esa la causa. Quizás somos una familia demasiado especial, demasiado diferente, demasiado cansada o demasiado verde. Pero no puedo dejar de preguntarme cómo ha sucedido todo, cuándo empezó y cuándo acabará. ¿Cuándo comenzamos a tener esta vida tan dura que nunca cesa? Creo, cuando miro a través de la ventana, que siempre ha sido así. Esto nunca termina.
Tenemos dos razones, dos fundamentos para sentirnos unidos a pesar de los pesares. Dos pequeñas copias de nosotros mismos siguen haciéndonos sonreír y llorar, avanzar y bloquearnos, sufrir y disfrutar. Y eso es invariable. Eso siempre será así. Eso hará que siempre tengamos algo en común: dos razones para compartir momentos importantes.
El mayor avanza. Hoy le han puesto la zancadilla en el colegio, otra vez más. Ignora quién, porque eran varios y estaban apelotonados. Se ha caído al suelo, ha roto la parte de la rodilla de los octavos pantalones en lo que va de curso. Ha llorado. Normal. Pero después se ha levantado y se ha marchado, ignorándoles. Ha vuelto del colegio muy sereno pese a todo. Y me siento muy orgullosa de él, de que logre superar los enfrentamientos, de que sepa ignorarles, marcharse, desaparecer, volverse transparente, anónimo, invisible, como nosotros tantas veces. Su rodilla apenas tiene un rasguño que ya no le dolerá mañana y el pantalón yo lo coseré. No importa.
La pequeña traía en las manos un dibujo de colores muy vivos en el que aparecíamos tú y yo, su hermano y ella, envueltos en auras de colores fosforescentes y brillantes. Yo vestida de oscuro, ella vestida de rosa, su hermano y tú vestidos con ropa de colores neutros y con esos pelos de punta que os caracterizan y que no se le pasan por alto a la ratona dibujante.
Tenemos dos razones comunes para crecer.
Pero a pesar del orgullo que siento por él, a pesar de lo que me gusta el dibujo que ha hecho ella, no puedo dejar de mirar por la ventana y preguntarme si toda esa gente que va, y que viene, y que luego vuelve a pasar de nuevo, o no, se sienten tan abatidos como yo, o tan solos como nosotros, solos, a pesar de que ambos nos tengamos uno al otro. A pesar de que no nos tengamos tampoco.
Y no puedo dejar de preguntármelo porque hoy podríamos estar en prisión y nadie lo sabría. Podríamos desaparecer por completo, uno de nosotros, tú o yo, o los dos, y nadie lo sabría. Y no puedo, no consigo, dejar de preguntarme qué hemos hecho para que nadie nos eche de menos.
Trato de encontrar respuestas, por lo que me planteo que al menos cada uno de nosotros sí se daría cuenta de la desaparición del otro, lo que significa que no estamos solos por completo ni siquiera ahora. Me digo a mi misma que tenemos la suerte de afrontar las cosas juntos, de salir adelante juntos y de apoyarnos uno en el otro en las peores situaciones, y que cuando además de las dos razones que nos unirán por siempre hay otras cuestiones comunes que nos machacan, o que nos levantan, o que nos hunden o nos animan, podemos cogernos de la mano y hacer como que no pasa nada.
Estamos cerca y a la vez lejos, distantes, pero unidos, y me doy cuenta cada una de las veces que te falta la sonrisa, como creo que te das cuenta tú cuando me falta a mi. Me doy cuenta que ya no cuento contigo entre mi artificial lista de amigos, o que ya no eres seguidor de este blog e ignoro si lees, o ya no, las cosas que escribo en él. Y aun así sé que cuando algo importante, como ha sucedido hoy, me afecta y te afecta, podemos contar uno con el otro y enfrentarnos a lo que sea cogiéndonos de la mano, aunque nadie recuerde que existimos y nadie nos eche de menos ni siquiera desapareciendo por días. Porque tú y yo somos transparentes, invisibles, anónimos, insignificantes e inexistentes.
Pero no puedo evitarlo. No puedo dejar de mirar por la ventana este día gris pero sin lluvia, sin viento, ni sol, ni puedo dejar de observar a toda esa gente que va y viene pasando por delante de mí, arropándose contra el frío y cargados con sus bolsas y sus carritos de bebé. No puedo dejar de pensar que podríamos estar los dos en prisión y nadie nos habría echado de menos.
Así que, de todo corazón, te agradezco que sigas ahí sean cuales sean las circunstancias, y que me cojas de la mano para afrontar cada nuevo problema juntos, porque pese a todo tenemos dos, y muchas más razones, para mantener el lazo entre nosotros el resto de nuestra vida.
Porque no se me olvida que te lastimaste las manos cortándome una rosa del jardín, que me llevaste a un concierto y que me invitaste a cenar, porque me sorprendiste con un ramo de flores blancas el día de mi cumpleaños, porque me llevaste de vacaciones a un lugar paradisíaco, porque me compraste helado de chocolate de madrugada y preferiste llevártelo y guardarlo para otro momento en el que no me hubiera dormido; porque lloraste conmigo cuando murieron mis mascotas; porque me acompañaste cuando tuve una crisis de ansiedad y te quedaste conmigo hasta asegurarte que me encontraba bien; porque me enviaste un mensaje un día en que me sentía sola y porque me abrazaste cuando no me quedaban fuerzas para pelear más. Porque hoy, cuando no sabíamos qué iba a pasar, te has sentado a mi lado y has mantenido la calma.
Porque pese a todo nos tenemos uno al otro.
Gracias.

2 comentarios:

  1. Hola Sacha, soy Maribel

    Entiendo perfectamente lo que dices. Nosotros tambien hemos pasado una época muy aislados del mundo. Tanto es así que hasta hace muy pocos días no había sabido nada de vosotros, de cómo estábais. No habíamos visto ni a Antonio y María Jósé.
    Ya sabes que sea cuando sea, si te apetece hablar o lo que sea, estamos aquí. (Ví tu invitación a Facebook, pero no tengo cuenta y por ahora no llevo idea).
    Y no, no estas sola.
    Un beso reina

    Maribel

    ResponderSuprimir