Susto o trato, dicen cuando llaman a las puertas.
Y la gente responde “trato” y les da caramelos.
Este fin de semana, en la zona en la que yo vivía hasta hace apenas unas semanas, se celebraba Halloween en plan americano.
Los niños (y algunos adultos) se disfrazan de cosas horrorosas y van puerta a puerta pidiendo caramelos durante unas cuantas horas. Después se reúnen con sus padres, a menos que les hayan acompañado durante la ronda de petición de caramelos, y cenan todos juntos en un parque enorme que acaba lleno de seres monstruosos con bocadillos de atún y de tortilla. La asociación de vecinos instala altavoces en el parque y decoran los árboles con telarañas sintéticas y calabazas luminosas y las familias que participan de la fiesta dejan las luces de sus casas encendidas como señal. Allá donde se ve una luz hay caramelos esperando a los niños.
Durante los años que he vivido en esa zona he salido cada año con mis hijos a pedir caramelos, les he disfrazado, y después hemos acudido al parque a cenar con todos los vecinos. Salvo el año pasado.
El año pasado mi hijo empezó muy mal el curso, sufriendo vejaciones varias en el colegio. Los compañeros le llevaban hostigando varios años pero el pasado la cosa fue a más y acabaron incluso agrediéndole físicamente. Afortunadamente las circunstancias han mejorado este año, o eso parece de momento, pero lo cierto es que la noche del 31 de octubre de 2009 me sentía tan resentida con todas esas familias, que no evitaban que sus hijos atacaran al mío, que decidí que era incapaz de pasar una tarde y noche con ellos en un ambiente lo suficientemente harmónico. Así que no disfracé a los pequeños y no salimos a pedir caramelos.
Este año mi hijo parecía animado. Quería disfrazarse de jorobado y salir. A media tarde me puse a vestirle, a ponerle un cojín en la espalda y maquillarle demacrado, y a disfrazar a su hermana de bruja. Salimos en familia: los dos niños disfrazados, a pedir caramelos, su papá y yo a acompañarles.
Se divirtieron.
Mi hija no recordaba la vez anterior que había salido, es aún muy pequeña y como el año pasado no pasó por esa experiencia no tenía muy claro cómo era. Disfrutó.
Mi hijo, que sí lo recordaba y parecía muy ilusionado dice que se divirtió también. Es muy difícil oír a mi hijo afirmar con rotundidad que se ha divertido. Normalmente le vemos la tristeza en la cara y un humor bastante huraño. Pero asegura que ha disfrutado así que nos sentimos todos muy contentos con la experiencia.
Después de haber disfrazado a los dos peques me puse un abrigo y los auriculares del mp3 para pasar la tarde escuchando música. A veces ni siquiera lo pongo en marcha. Lo uso como fórmula cordial de distanciamiento: cuando la gente ve que llevas auriculares da por hecho que no les oyes y no hablan contigo. A mi no me apetecía en absoluto hablar con nadie. Solo salía porque los niños querían pasar la tarde pidiendo caramelos, así que puse todas las barreras que pude entre los demás adultos que habría en las calles y yo. Podría decirse que me disfracé, de persona solitaria, ¿no?
No me supone ningún esfuerzo sacar a los peques a pasear, a pedir caramelos. Fue muy divertido fabricarles los disfraces y caracterizarles. Pero a mí particularmente no me apetece nada relacionarme con toda esa gente así que lo evité. Soy consciente que he de superar ese trago, que yo también he de relacionarme con personas de mi edad y tener vida social, pero por el momento me centro en la socialización de los niños. Habrá tiempo para todo, y si no lo hay tampoco me importa en exceso, la verdad.
Mis auriculares, mi abrigo y yo, salimos con los ratoncitos a celebrar el Halloween. Nos encontramos con los “amigos” de mi hijo, que también iban disfrazados, y dejamos a mi ratón que se agregara a su grupo para pedir caramelos porque sabemos que necesita socializarse y tener contacto con otros niños de su edad, y relacionarse cordialmente con ellos. Es muy importante para él.
Los niños elegían por qué calles circular, por dónde ir, y nosotros, los mayores, les seguíamos el ritmo desde una distancia prudencial para evitar que se perdieran o se encontraran con dificultades. Previamente, y por aquello de que ya nos ha sucedido antes y sabemos que es un mal trago, habíamos instruido al peque sobre qué hacer si se despistaba o se perdía, dónde acudir, cómo mantener la calma, etc.
Durante un buen rato mi niño pareció uno más, bien integrado en el grupo, participativo, alegre… Algo después los demás niños empezaron a dispersarse, a formar grupos menores con otros niños con los que son más afines, más amigos, y nos vimos mi hijo, mi hija y papá y mamá, persiguiendo desde lejos a alguno de esos grupos que ya no contaba con mi peque para dar sustos y hacer tratos.
Ya teníamos muchos caramelos, ya habíamos paseado un buen rato y era ya de noche, y mi hijo, que ya estaba desorientado sin saber a qué subgrupo de niños adosarse ni a quién seguir, estuvo de acuerdo en que era el momento de volver a casa y cenar en familia, disfrazados o no.
Volviendo me quité los auriculares para poder escuchar a los dos niños contarme qué cosas divertidas les habían pasado durante ese par de horas. Me sentí satisfecha porque logré salir a la calle en vez de quedarme encerrada para evitar a toda esa gente con la que no me apetece en absoluto relacionarme. Me sentí alegre porque mis hijos, los dos, parecían haber disfrutado la experiencia. Me sentí esperanzada porque tal vez el próximo año además de disfrazarse, salir, y agregarse a un grupo de niños conocidos del colegio, puede que mi hijo mayor ya tenga el plan hecho de antemano, ya tenga grupo previamente, y pueda pasear con ellos como uno más.
Pero, como estoy cansada de decepciones, no cuento con ello.
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