10/10/2010

El poder del tacto.

Cuando investigaba en el mundo del lenguaje no verbal dos de las cosas más apasionantes que descubrí fueron el poder que tienen las miradas y el poder que tiene el sentido del tacto. Decimos mucho más con ellos que con las palabras.



En la civilización occidental las primeras consideraciones sobre "conocimiento" provienen de los filósofos griegos. Estas definiciones, de corte logicista, confunden verdad con realidad. La discriminación de ambos aspectos no aparece hasta el siglo XVII, cuando se asume el triunfo de la razón. En ese entorno, en el que se da excesiva importancia al razonamiento, se entendía ya que en la construcción oracional (en lo que decimos) hay un conjunto de elementos elididos (pero sobreentendidos) que hacen comprensible el enunciado (eso que estamos diciendo). Se trata de razonamientos mentales que el hablante elimina cuando opina que redundan (no son necesarios porque solo sirven para repetir lo que ya se ha dicho). Esas elisiones se suplen con el lenguaje no verbal que facilita la comprensión del mensaje porque lo refuerza.
¿Qué subyace a las oraciones que justifica la construcción oracional?
La respuesta es doble: por un lado el lenguaje no verbal, por otro el sobreentendido.
Generalizando muchísimo: El lenguaje no verbal incluye todo aquello que no son palabras, desde la postura que adoptamos cuando hablamos hasta los gestos con los que reforzamos lo que decimos. Es muy importante, pues, lo que vemos y mostramos, y lo que decimos sin palabras.
Del poder que tiene el tacto, tocar y que nos toquen, he encontrado una perla que no puedo dejar de repreducir aquí. Espero que os guste.

Si soy tu bebé, tócame. Necesito tanto que me toques... No te limites a lavarme, cambiarme los pañales y alimentarme, acúname cerca de tu cuerpo, besa mi carita y acaricia mi cuerpo. Tu caricia relajante y suave expresa seguridad y amor.
Si soy tu niño, tócame. Aunque yo me resista y te aleje, persiste, encuentra la manera de satisfacer mis necesidades. El abrazo que me das por las noches endulza mis sueños. Las formas en que me tocas durante el día me dicen cómo sientes.
Si soy tu adolescente, tócame. No creas que porque sea casi adulto no necesito saber que aún me cuidas. Necesito tus brazos cariñosos y tu voz llena de ternura. Cuando el camino se vuelve duro el niño que hay en mí te necesita.
Si soy tu amigo, tócame. No hay nada que me comunique mejor tu cariño que un abrazo tierno. Una caricia curativa cuando estoy deprimido me asegura que me quieres y me informa que no estoy solo. Y tu contacto pudiera ser el único que logre.
Si soy tu compañero sexual, tócame. Podrías creer que basta la pasión, pero sólo tus brazos rechazan mis temores. Necesito tu toque de ternura que me da fe y me recuerda que soy amado porque soy como soy.

Si soy tu hijo adulto, tócame. Aunque tenga mi propia familia para tocar, aún necesito que me abracen mamá y papá cuando me siento triste. Como padre yo mismo, mi visión ha cambiado y los valoro aún más.

Si soy tu padre anciano, tócame. Como me acariciaban cuando yo era pequeño. Coge mi mano, siéntate cerca de mí, dame tu fuerza y calienta mi cuerpo cansado con tu proximidad. Mi piel está arrugada pero goza cuando es acariciada.
No tengas temor, sólo tócame

Tomado de El poder del Tacto. El contacto físico en las relaciones humanas de Phyllis K. Davis.
Editorial Paidós Ibérica

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada