24/07/2011

Tauro



El toro, como figura mitológica, representa la fertilidad y la fuerza.
La leyenda dice que una hermosa princesa paseaba un día por la costa cuando Zeus la divisó. Quedó prendado de ella y aprovechando que se detenía a recoger unas flores el dios se transformó en un toro blanco y majestuoso y se aproximó a la doncella sin levantar recelos. La muchacha, llamada Europa, le confeccionó una bonita guirnalda de flores y se la colocó alrededor de la cornamenta. Le amansó y le paseó por la pradera. Se le subió a lomos durante el paseo y entonces Zeus, en su forma de toro, corrió hacia la playa y se echó al mar, llevando a la doncella a Creta a través del Mediterráneo. Llegados allí se unió a ella dándole tres hijos como fruto de esa unión. Minos, Radamanthys y Sarpedón, que fueron reyes. El primero, Minos, fue rey de Creta y dominó el mar Egeo con justicia, se ocupó de difundir en Creta el culto al toro mientras Zeus, en honor a aquel encuentro con Europa, decidió recrear en el cielo la forma del majestuoso toro blanco. La constelación Tauro. Entre tanto Orión, cazador de pasión incontrolable, perseguía a las hijas de Atlas (conocidas como Pléyades). Aquellas acudieron a Zeus pidiéndole ayuda y protección contra la pasión incontrolable de Orión. Y Zeus, en respuesta a su solicitud, las convirtió en estrellas y las ubicó en el firmamento en el lugar más seguro que había: el lomo de Taurus. Otras cinco pléyades sufrieron el mismo destino, transformándose en estrellas a causa de la pena que sentían por la pérdida de su hermano Hías. Las Híades siguen llorando su muerte y cuando lloran llueve en la tierra.
El toro como ser mitológico es la mezcla entre un ser muy protector y un ser muy apasionado, la combinación entre pasión y sentido protector. Para los griegos el toro era un ser muy noble, sin dejar de ser agresivo. También representaba la pasión y deseo sexual. Es por esta razón que el dios Zeus seleccionó su forma para lograr seducir a la virgen Europa.


Me llaman Alala, nombre de diosa guerrera, tengo dos hijos a los que llamé Attis, niño hermoso, y Acantha, niña ingenua, y mi esposo se llama Ares. Soy mortal, hija y heredera de Jusán y Dopar, y nací para proteger a los de mi estirpe y negociar con los dioses del bien y del mal protegiendo a mi clan. Hemos salido a buscar deleite para los sentidos con algún tipo de espectáculo que nos haga soñar y ahora estamos sentados en unas gradas de piedra natural que se pierden en el horizonte mires en la dirección que mires. Hacia arriba se pierde la vista sin que nunca se dejen de ver personas y más personas sentadas unas junto a otras. Hacia abajo sucede lo mismo, todos sentados, como nosotros, en estos asientos de piedra gris. Junto a nosotros, a ambos lados, miles de personas disfrutan también del espectáculo en silencio. Corren tiempos de paz aunque quedan heridos de la última batalla. Yo misma me estoy recuperando aún. Perdí muchos de mis aliados en las últimas contiendas y duele más que ya no estén que las quemaduras que tengo en el cuerpo. No les pude proteger a todos y aunque Ares insiste en que esa es una labor imposible sigo sintiéndome responsable de su dolor, de las torturas que padecieron. No puedo curar ni sanar a los que quedaron heridos y ya no puedo consultar mi oráculo así que vivo alerta, esperando un nuevo ataque que nunca sé por dónde me va a llegar.
Ellos observan el espectáculo, yo vigilo, atenta, todo cuanto nos rodea.
Cuando finaliza el pasatiempo todo el mundo se levanta y empiezan a irse. El recinto es enorme, deben necesitarse varias horas para que todo el mundo se vaya y quede vacío y parece que todos se dirigen hacia la misma salida. Nosotros también nos levantamos, como siempre cojo a Acantha de una mano, y empezamos a caminar hacia una salida lateral en vez de ir hacia la salida principal como todos los demás. Hay muchas personas. Resulta asfixiante seguirlas a todas pero tampoco es fácil avanzar contracorriente.
Acantha tiene cuatro años. Parece ser mi heredera directa ya que también es pacificadora y fuerte. Me angustia que se convierta en lo que yo soy cuando crezca porque para ella preferiría un destino más tranquilo, pero sé que no está en mi mano. Mi hijo Attis, sin embargo, no es guerrero. Él tiene nueve años y la única arma que sabe usar es su inteligencia. Será un sabio por lo que parece. Tampoco me gusta nada que acabe aislado en el Palacio de Thot pero sé que es lo que hacen los sabios y me resigno. Hubiera elegido que fueran mortales normales y pasaran desapercibidos en el clan. Sobre todo que les ignoraran los dioses.
El espectáculo ha sido entretenido y ahora hemos de marcharnos. Por alguna razón nosotros preferimos no seguir a los demás y caminados en otra dirección tratando de evitar tropiezos y caídas. Soy precavida así que intento alejarme de las multitudes. Puedo defender a mi clan si me enfrento a solas con los dioses pero no puedo proteger a todos los demás mientras estoy luchando. Siempre intento estar a solas, alerta. Se oye el tumulto que provocan miles de voces sonando al unísono y sin embargo ninguna conversación es distinguible con claridad. No destaca ninguna voz por encima de las otras. Todo parece estar tranquilo hoy.
Durante el trayecto hacia la salida lateral Acantha y yo vamos delante y los chicos detrás. Andamos hablando entre nosotros pero no me giro en ningún momento por miedo a perder el paso o chocar con alguien. Yo abro paso y mi familia me sigue, esquivando a la gente que camina en otra dirección. Le repito a Acantha, incansablemente, que no suelte mi mano, y Ares va diciéndole lo mismo a Attis. Insistimos en que no se nos suelten, que caminen con cuidado de no tropezar y les agarramos fuerte de las manos temiendo perderles en el tumulto.
Mientras trato de abrir paso recibo varios empujones y en uno de esos Acantha se suelta de mi mano. Niña ingenua… Nunca obedece a sus padres y no siente temor ni percibe el peligro. Es temeraria. Me doy cuenta que cuando alargo el brazo hacia atrás para que me vuelva a coger nadie toca mi mano. Me detengo, me quedo esperando a que se coja pero no noto el calor de nadie. Acantha no toma mi mano para seguir caminando así que me giro a mirarla. Y no está. No la veo.
Justo detrás de mí está Ares, que lleva cogido de la mano a Attis. Ellos avanzan por el paso diminuto que yo voy abriendo entre la multitud, agarrados, despacio pero con pasos firmes. Ares va delante y lleva cogido a Attis, que no deja de hablar y preguntar curiosidades sobre el espectáculo que acabamos de presenciar y trata de averiguar por qué avanzamos contracorriente en vez de seguir los pasos de todos los demás.
Ares se inmoviliza al verme en pie mirando hacia atrás y haciendo un gesto con una leve elevación de hombros me interroga sobre mi detención. Le pregunto por Acantha y me responde que no sabe nada. Attis tampoco. Ninguno la ha visto, ni la vemos en ese momento.
- ¿Alala, no llevabas a Acantha cogida de la mano? – Me pregunta Ares
- No la he soltado en ningún momento y sin embargo, de golpe, he sentido que no estaba ahí, que su pequeña mano ya no me agarraba. – Respondo.
Attis me mira acusador. En sus ojos se puede ver el reproche porque he perdido de vista a su pequeña hermana. Calla. Permanece en silencio sin emitir una sola palabra pero leo en su mente las acusaciones y su enfado. Ares debe haberlo notado también porque le explica, calmado, que entre tanto tumulto es sencillo despistarse, pero Attis responde que él no se ha perdido y está caminando con nosotros entre aquellos millares de personas, igual que estaba caminando con nosotros su hermana desaparecida. Tenemos que encontrarla, decidimos.
El sitio empieza a estar vacío. Ya no tropezamos con la gente que camina en la otra dirección. Los tres estamos parados mirando entre la masa, buscando a Acantha que no está en ninguna parte. Los ojos de Attis se ensombrecen y llenan de lágrimas que no llegan a caer y Ares me mira a mi, acusador también, esperando que decida qué tenemos que hacer ahora para encontrar a mi pequeña. Me doy cuenta que es responsabilidad mía, que es culpa mía haberla perdido y que me corresponde a mi encontrarla, sana. Tras un suspiro de resignación le digo a los chicos que vuelvan a las gradas y se sienten a esperar. Creo que si Acantha les ve acudirá a donde ellos estén, y que mientras tanto empezará el segundo espectáculo y podrán estar allí viéndolo, cómodamente, mientras yo sigo buscando a la pequeña. Pero Ares no está dispuesto a irse sin más ni a dejarme sola en la búsqueda. No le convence siquiera mi argumento principal: la conexión telepática tan profunda y estable que tenemos entre las dos. Acantha y Alala, unidas por nuestros pensamientos, desde mucho antes de que diera a luz, desde el mismo instante en que fue engendrada.
Les tranquilizo: aquello es un recinto cerrado, no puede haberse perdido ni haber desaparecido, estará cerca seguro, y la encontraré. Pero Ares me dice que él la buscará y me pide que sea yo quien se vaya con Attis a las gradas y que me siente a esperar porque estoy herida aún desde la última batalla y tal vez no esté preparada para afrontar una lucha. No sé si habrá alguna lucha. No debería tenerme que enfrentar a nadie en un recinto como aquel. No estamos en guerra y a nadie puede interesarle llevarse a mi hija en contra de su voluntad. ¿Para qué la querrían?, ¿qué me pedirían a cambio? No tiene sentido, así que probablemente Acantha solo se ha soltado de mi mano involuntariamente y se ha perdido en el tumulto. No hay ninguna batalla que realizar. Solo he de encontrarla y traerla de vuelta con el resto de la familia.
- Se la habrá llevado Hades. – Me dice Ares.
- ¿Para qué la iba a querer Hades?, ¡Hades solo es un pobre infeliz insignificante!
- Quiso a Attis, y no aceptó tu alma a cambio de su vida. Tal vez ahora desee tener a Acantha.
- Sí aceptó mi alma, pero Hades nunca cumple los pactos, jamás cumple con su palabra, y como no protegió a Attis recuperé mi alma y le dejé vacío. Hades no puede vencerme. Lo sabe él y lo sabemos nosotros. No le tengo miedo.
- Alala, pero esta vez podría haberse llevado a Acantha. Es demasiado pequeña para lidiar con él.- Me dice Ares.
- No, Hades no se la ha llevado. Hades ya no me ataca. No le tengo ningún miedo a Hades, solo la temo a ella.
- ¿A Diosa?
- Está furiosa conmigo. No ha podido vencerme nunca y tiene su orgullo herido.
- ¿Crees que Diosa se ha llevado a Acantha?
- No. – Respondo yo - No ha sido ella. Encontraré a Acantha y la traeré de vuelta. Aunque algún día lo intentará. Sigue enfadada con Hades por no haberle regalado mi alma cuando la tuvo en su poder y sigue enfadada conmigo por no haberme vencido.
- ¿Cómo sabes que no es cosa de Diosa?
- Lo sé.
- ¿Cómo?, ¿Cómo lo sabes? Entre Diosa y Hades dejaron a Attis muy malherido aquella vez. Hades es débil pero Diosa es potente y está rabiosa. No te atacaría a ti porque sabe que no te vencería, pero sí nos atacaría todos nosotros para hacerte daño.
- Ares quédate tranquilo. Diosa tiene suficiente venganza por el momento. Mató a mi padre tras una guerra de tres años. Le ajustició al rendirse. No debía haberse rendido.
- No hay que rendirse. – Me dice Ares.
- ¡Jamás hay que rendirse! – Le respondo yo.
- También le cortó las piernas a tu madre cuando huía y te robó todos los ángeles.
- No se me olvida.
- Y ahora ha hecho desaparecer a Oráculo.
- Sí, se ha llevado a Oráculo pero no hay razón para que quiera también a Acantha. La encontraré.
Me niego a permanecer impasible sentada entre las piedras y le digo a Ares que no, que estoy recuperada, que me siento con fuerzas suficientes para encontrarla y para luchar si es necesario. Para traer a Acantha usaré todas mis tripas, lucharé me duela lo que me duela. La encontraré seguro porque estamos conectadas, pero él puede que no la encuentre. Le explico que estoy mejor preparada para buscarla, que soy fuerte y soy ágil, que puedo correr mucho más que él sin cansarme si aparece algún peligro, que puedo saltar alto incluso con Acantha en brazos y finalmente admite que he de hacerlo yo, que he de ir yo a buscarla, mientras él protege a Attis.
Y les veo, a él y a Attis alejarse en dirección contraria, justo hacia donde todo el mundo caminaba unos minutos antes.
Me doy la vuelta y observo la zona en la que estoy. He llegado a una especie de muro al final de la zona de gradas. Hay varias alturas de asientos, como donde estábamos sentados viendo la exhibición. Los asientos son escalones en realidad, de cemento gris, y nunca se acaban ni hacia arriba ni hacia abajo, todo vacío. También el muro lo pierdo de vista cuando miro hacia el cielo, es alto como la Torre de Babel, y tampoco tiene fin en ninguna dirección.
El recinto es gigante, enorme.
Acantha podría estar en cualquier sitio. Es tan pequeña que no la vería si está lejos, no sería más que una hormiguita perdida en el recinto.
Sigo mirando el muro con detenimiento mientras pienso que no puedo haber llegado al fin, que tiene que haber alguna salida sin tener que volver sobre mis pasos, y entonces descubro una pequeña puerta que se mimetiza con el muro, apenas es visible. Me dirijo a esa puerta cuando alguien me dice que no la use, que no salga del recinto de gradas. Ignoro quién me habla pero tampoco me giro a buscar el origen de la voz porque sé que no hay nadie. La voz insiste: no uses la puerta. Pregunto por qué y esa misma voz me dice que en las gradas estamos seguros pero que fuera de ese recinto hay muchos peligros desconocidos y que podría ver muchas cosas que me asustarían. Respondo que busco a mi hija, que nada me asusta más que haber perdido a mi hija, y que voy a usar la puerta. La voz me dice que sentiré pánico si salgo ahí fuera.
- ¿Por qué? – Pregunto.
- El siguiente espectáculo es el de los toros gigantes, que son preciosos, admirablemente bellos. La gente se queda hipnotizada mirándolos, pero la gente ignora cómo de peligrosos pueden llegar a ser
- No me importa, - respondo - en cualquier caso encontraré a mi hija y la traeré de vuelta a las gradas.
Y la voz me dice que no lo lograré y que los toros acabarán conmigo.
Abro al puerta, furiosa, y salgo a una especie de callejón muy estrecho. A ambos lados hay muros muy altos de modo que apenas entra luz. Todo parece en penumbra. Miro hacia abajo y todo es muro, muro, y más muro, hasta que alcanza mi vista. Miro hacia arriba y al final, muy lejos de mi, veo como si el muro acabase. Allá a lo lejos hay una especie de prado. Diviso árboles, hierba verde y el cielo azul. Es precioso. Pienso, me paro a mirar arriba y abajo y decido que Acantha nunca caminaría hacia aquel fondo oscuro y negro de abajo. Siempre iría hacia el prado, hacia la luz, y empiezo a caminar en aquella dirección. Hacia arriba.
El callejón es muy largo. Me doy cuenta que estoy empleando mucho tiempo en subir así que acelero el paso, casi me pongo a correr, y empiezo a gritar en castellano:
- Acanthaaa, cariño... Soy mamá, dime donde estás. No pasa nada cariño, ven con mamá.

Mientras grito empiezo a ver una especie de tornado en el campo de allá arriba. Es bello, aunque se percibe peligroso. Un montón de trozos de tierra, con hierba o algo así, que se elevan hacia el cielo como si alguien desplumara una almohada, pero tierra y hierba en vez de plumas. Sigo observando y el aire se vuelve casi irrespirable, como si hubiera humo de un incendio aunque solo es tierra y polvo. Estoy perdiendo el tiempo y no puedo detenerme ahora, así que me pongo una mano en la nariz y la boca para intentar respirar mejor y empiezo a correr tan rápido como puedo, en dirección al tornado y gritando de nuevo:
- Acantha ven con mamáaaaaa
Y entonces me doy cuenta que no solo yo subo hacia arriba en el callejón, sino que el tornado baja por él y cada vez está más cerca. Empiezo a gritar con pánico, siento pánico de que aquel tornado alcance a Acantha antes de que yo la encuentre, corro con todas mis fuerzas hacia arriba, sin apenas poder respirar y gritándole a Acantha que venga con mamá. Y siento terror. Entonces recuerdo la advertencia antes de salir por aquella puertecita y me paro en seco. La misma voz que me había advertido, la oigo decirme: te dije que sentirías pánico.

No respondo y empiezo a correr de nuevo en dirección al tornado, llorando.
Cuando estoy tan cerca que los trozos de tierra y hierba que hay por los aires me empiezan a golpear me paro de nuevo y empiezo a girar sobre mi misma, mirando los dos muros, el tornado, el fondo negro de allá abajo y mientras giro sigo gritando:
- Acanthaaaaaaaaaaaaaaaaa ven con mamaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Acantha te estamos buscando, no te asustes, todo esto no es nada, sal con mamaaaa.
Y entonces, mientras giro sobre mi misma llamando a mi pequeña y mirando alrededor, veo una especie de ventana en el muro, más arriba aún, más cerca del tornado, y corro hacia allí metiéndome dentro de un salto. Entro en el hueco justo a tiempo, solo un instante antes que los trozos de tierra comiencen a golpear el suelo con mucha fuerza. Uno de aquellos trozos podría abrirme la cabeza si me golpeara pero he conseguido refugio. Me quedo sentada en una especie de repisa. Aquello resulta no ser una ventana, solo un hueco en el muro, que no da a ninguna parte. Y me siento allí esperando que el tornado pase de largo para volver a salir y seguir buscando a Acantha.
Se oye un ruido atronador, ensordecedor, y empiezo a gritar más fuerte que antes:
- !Acantha no salgas! Acantha, cariño, si me oyes no te muevas de donde estás. ¡No salgas ahora! Mamá irá a por ti cuando esto acabe. ¡No te muevas hija!
Miro hacia fuera y repito:
- Acantha si me oyes, ¡no te muevas hija!, ¡no te muevas de donde estás! Mamá irá a por ti, tu NO TE MUEVAS.
Y de golpe se hace el silencio.
La tierra y las hierbas dejan de moverse por el cielo. Dejan de caer trozos de piedra y dejan de oírse golpes secos contra el suelo. No hay polvo en el callejón y todo está en silencio.
Asomo la cabeza lentamente y veo una manada de toros gigantes, como dos o tres veces el tamaño de un toro de lidia. Son negros, completamente negros. Los que han pasado de largo con la boca arrancan trozos de suelo, y los lanzan hacia el cielo con fuerza (eso era el tornado que yo había visto antes: los trozos de tierra que los toros lanzaban enfurecidos) pero ya no oigo el ruido de todo aquello, ni noto el polvo al respirar.




Observo a los toros. Todos ellos son negros, son precioso, musculosos, muy fuertes, muy elegantes y algunos llevan una pequeña bolsa de cuero marrón, como si fuera una alforja, colgada en el lomo. Están tranquilos, se rozan unos con otros, parece que bromean entre ellos como si se comunicaran en silencio.
Empiezo a concentrarme en Acantha, a intentar enviarle un mensaje mental: solo son toros, solo son toros Acantha, no te asomes, no salgas, quédate quieta y no te muevas, y en cuanto se vayan mamá irá a buscarte y todo volverá a estar bien.
Me concentro en ese pensamiento y lo repito una y otra vez con los ojos cerrados. Y entonces siento un fuerte golpe de viento en mi cara, abro los ojos, y veo que hay un toro frente a mi, su cara frente a la mía, mirándome fijamente, resoplando sobre mi rostro. Siento pánico de nuevo, guardo silencio y le miro a los ojos. Son negros, con una mirada mágica, muy profunda. Ese toro tiene un tamaño algo mayor que el resto, es mucho más fornido, parece más fuerte. Pero su cara no es furiosa como la de los otros toros, sino serena. Nos miramos fijamente a los ojos y empiezo a balbucear, a susurrar muy bajito: no mires nena, no mires cariño, cierra los ojos, no mires... papá te encontrará, no mires ahora, no te muevas, vendrá papá a por ti…
Siento que aquel toro me va a arrancar la cabeza de un mordisco. No tengo escapatoria, estoy metida en una especie de agujero en el muro. Tras de mi no hay salida y delante de mi está aquel enorme toro mirándome a los ojos.
Entonces el toro da un par de pasos atrás dejando espacio entre él y yo, gira ligeramente la cabeza hacia donde están los demás toros observándonos y con una voz embriagadora, muy serena, muy masculina, le dice a los otros toros: ¡dejadla en paz!
Los toros se arremolinan, algunos se levantan un segundo sobre las patas de atrás, miran a un lado y a otro, nerviosos, como si no estuvieran conformes con aquella orden y entonces el toro más grande les vuelve a hablar y les dice:
- ¡He dicho que a ella la dejéis en paz!
Los otros toros se giran y empiezan a avanzar camino abajo, volviendo a jugar a arrancar trozos de suelo con las bocas y lanzarlos al aire, tras ellos se forma de nuevo una nube de polvo y tierra mientras el toro grande sigue frente a mi, mirándome en silencio.
Permanecemos así unos segundos y cuando los demás toros ya se ven lejos, éste, el grande, da unos pasos atrás sin dejar de mirarme, levanta la cabeza en un gesto muy parecido al que hacemos las personas para saludarnos o despedirnos y empieza a bajar por el callejón caminando hacia atrás, sin perderme de vista, muy lentamente. Cuando ya le veo lejos distingo que se da la vuelta al fin, deja de observarme a mi y mira hacia los de su manada. Entonces empieza a correr hacia ellos a una velocidad brutal.

Les veo desaparecer a todos en la nube de polvo. Ha pasado el pánico. He de encontrar a mi niña.

Agacho la cabeza metiéndola entre mis rodillas, intentando calmarme. Respiro, tan profundo como puedo, inhalo aire limpio, y al exhalarlo oigo la voz de Acantha decir:
- Mami... on estás???
(en valenciano)


Niña ingenua y temeraria...

1 comentarios:

  1. Este cuento ya no tiene que estar inédito así que lo publico de nuevo que me gusta mucho :)

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