
Cuando le vi los ojos, por aquel entonces de un verde furioso (que con el tiempo se volvieron marrones, pero siguieron siendo furiosos), adiviné que me salvaría la vida.
Esa mirada hacia ninguna parte, al vacío, en unos grandes ojos que no se cerraban y expresaban todo lo que su boca no podía decir, me atravesaba llena de energía y ganas de vivir. Eran los ojos verdes y profundos de quien acababa de desaparecer y nos inquietaron a todos, por la semejanza y el recuerdo de los acontecimientos recientes. Unos se van y otros llegan, escuchábamos a nuestro alrededor. Los que llegan vienen llenos de esperanza, pensábamos nosotros.
La carita redondeada y un pelo oscuro, que también cambiaría en poco tiempo para volverse definitivamente dorado, que le asemejaban entonces a su madre, ansiosa por besarle, por tenerle en brazos y acariciarle los pómulos sonrojados, notando esa piel suave (tan suave como ninguna otra cosa que hubiéramos tocado jamás) le convertían en el bebé más dulce del universo. Con el tiempo cambió físicamente para convertirse en una copia menuda de su padre, de ti, (también para orgullo tuyo, lo sé) quien, a menudo, le llevaba de paseo con la cabeza alta y la satisfacción de escuchar a su paso aquello de… ¡Mira, son iguales!
Y resultó ser, además, el más alegre sobre la faz de la tierra.
Esa alegría contenida y la felicidad que irradiaba se nos contagiaron a todos en muy pocas semanas. Descubrimos que, pese a las dificultades, la recompensa había sido como una descarga de energía, tan necesaria entonces, que nos levantó de nuestras sillas y nos puso en funcionamiento otra vez. Todo giraba en torno a él. Todo sigue girando a su alrededor: nuestras vidas, nuestros horarios, nuestro menú… Nuestra felicidad (total y absoluta) la gestiona él con mesura y buen criterio.
Cada día descubrimos un parecido más: la nariz de su madre, los ojos rasgados de su padre, la barbilla partida de papá y el óvalo facial de mamá… Una peca, un lunar en la espalda, una mirada atenta y ansiosa por aprender. ¡Cómo nos gusta! Es la perfecta combinación, una mezcla equilibrada de nosotros, tan equilibrada que se ha convertido en la combinación perfecta de nuestros propios rasgos, en él tan perfectos y bellos, y en nosotros tan comunes. El tamaño justo, la proporción, la combinación que hace bella cada característica… En él vemos la delicadeza de lo correcto.
La primera sonrisa, como forzada y absurda, por lo amplia y sincera que fue en ese rostro tan diminuto, me la aprendí muy a pesar de mis problemas memorísticos. La fijé, la convertí en mi recurso particular para revivirla una y otra vez cuando he de levantar el ánimo. Esa boca tan pequeña y esos gruesos labios sonrosados me enseñaron unas encías vacías de dientes y llenas de riqueza. Tanta riqueza.
Gracias a él me siento la más afortunada, porque nadie en el mundo recibe tanta alegría como yo, y esa es la verdadera riqueza: la alegría de vivir que no cabe en nuestras manos y menos aún en las suyas, tan pequeñas y tan amplias a la vez.
En sus manos se movían con lentitud los diez dedos diminutos, agotados en uñas blancas y blandas, capaces de arañar mi rostro e incapaces de agarrar objetos. Se convirtieron en su juguete favorito cuando comenzó a focalizar la mirada. Las movía ante su cara, asombrado, como si no fueran suyas. Las volteaba observando el anverso y el reverso, llenas de pequeños pliegues, movibles, divertidas y sorprendentes para un bebé tan pequeño. Sus manos fueron, en poco tiempo, capaces de agarrar objetos. Nosotros éramos los que babeábamos, no él, sobre todo cuando agarraba con toda su mano uno solo de nuestros dedos, porque no tenía capacidad para agarrar más.
Hasta que se descubrió los pies,
pequeños también, móviles también, con el mismo número de pequeños dedos concluidos por uñas, desenlace de unas cortas, gruesas, sonrosadas, suaves y bellas piernas arqueadas, necesariamente, por el tamaño del pañal.
Y aprendió a moverlos, a apoyarlos, a usarlos como sustento de su pequeño cuerpo, primero a gatas y después con pasos dubitativos e inestables, como los nuestros, que eran pasos a ciegas en un intento por hacerle feliz, sin la garantía de estar haciéndolo bien.
Habíamos descubierto la perfección, el máximo exponente de una ecuación perfecta, teníamos a nuestro lado el elemento más importante para la consecución de nuestra egoísta felicidad, que aumenta cada instante junto a sus nuevos conocimientos de lo que es la vida. Un juego absurdo primero, unas letras de colores, un reloj lleno de números de gran tamaño, un puzzle… Para él son juegos, y para nosotros una metáfora de lo que es vivir.
Con él se nos entregó el mejor regalo y, lo mejor de todo, es que lo compartimos.
Feliz día del padre, y gracias.
Os quiero.
Mamá.
Esa mirada hacia ninguna parte, al vacío, en unos grandes ojos que no se cerraban y expresaban todo lo que su boca no podía decir, me atravesaba llena de energía y ganas de vivir. Eran los ojos verdes y profundos de quien acababa de desaparecer y nos inquietaron a todos, por la semejanza y el recuerdo de los acontecimientos recientes. Unos se van y otros llegan, escuchábamos a nuestro alrededor. Los que llegan vienen llenos de esperanza, pensábamos nosotros.
La carita redondeada y un pelo oscuro, que también cambiaría en poco tiempo para volverse definitivamente dorado, que le asemejaban entonces a su madre, ansiosa por besarle, por tenerle en brazos y acariciarle los pómulos sonrojados, notando esa piel suave (tan suave como ninguna otra cosa que hubiéramos tocado jamás) le convertían en el bebé más dulce del universo. Con el tiempo cambió físicamente para convertirse en una copia menuda de su padre, de ti, (también para orgullo tuyo, lo sé) quien, a menudo, le llevaba de paseo con la cabeza alta y la satisfacción de escuchar a su paso aquello de… ¡Mira, son iguales!
Y resultó ser, además, el más alegre sobre la faz de la tierra.
Esa alegría contenida y la felicidad que irradiaba se nos contagiaron a todos en muy pocas semanas. Descubrimos que, pese a las dificultades, la recompensa había sido como una descarga de energía, tan necesaria entonces, que nos levantó de nuestras sillas y nos puso en funcionamiento otra vez. Todo giraba en torno a él. Todo sigue girando a su alrededor: nuestras vidas, nuestros horarios, nuestro menú… Nuestra felicidad (total y absoluta) la gestiona él con mesura y buen criterio.
Cada día descubrimos un parecido más: la nariz de su madre, los ojos rasgados de su padre, la barbilla partida de papá y el óvalo facial de mamá… Una peca, un lunar en la espalda, una mirada atenta y ansiosa por aprender. ¡Cómo nos gusta! Es la perfecta combinación, una mezcla equilibrada de nosotros, tan equilibrada que se ha convertido en la combinación perfecta de nuestros propios rasgos, en él tan perfectos y bellos, y en nosotros tan comunes. El tamaño justo, la proporción, la combinación que hace bella cada característica… En él vemos la delicadeza de lo correcto.
La primera sonrisa, como forzada y absurda, por lo amplia y sincera que fue en ese rostro tan diminuto, me la aprendí muy a pesar de mis problemas memorísticos. La fijé, la convertí en mi recurso particular para revivirla una y otra vez cuando he de levantar el ánimo. Esa boca tan pequeña y esos gruesos labios sonrosados me enseñaron unas encías vacías de dientes y llenas de riqueza. Tanta riqueza.
Gracias a él me siento la más afortunada, porque nadie en el mundo recibe tanta alegría como yo, y esa es la verdadera riqueza: la alegría de vivir que no cabe en nuestras manos y menos aún en las suyas, tan pequeñas y tan amplias a la vez.
En sus manos se movían con lentitud los diez dedos diminutos, agotados en uñas blancas y blandas, capaces de arañar mi rostro e incapaces de agarrar objetos. Se convirtieron en su juguete favorito cuando comenzó a focalizar la mirada. Las movía ante su cara, asombrado, como si no fueran suyas. Las volteaba observando el anverso y el reverso, llenas de pequeños pliegues, movibles, divertidas y sorprendentes para un bebé tan pequeño. Sus manos fueron, en poco tiempo, capaces de agarrar objetos. Nosotros éramos los que babeábamos, no él, sobre todo cuando agarraba con toda su mano uno solo de nuestros dedos, porque no tenía capacidad para agarrar más.
Hasta que se descubrió los pies,
pequeños también, móviles también, con el mismo número de pequeños dedos concluidos por uñas, desenlace de unas cortas, gruesas, sonrosadas, suaves y bellas piernas arqueadas, necesariamente, por el tamaño del pañal.Y aprendió a moverlos, a apoyarlos, a usarlos como sustento de su pequeño cuerpo, primero a gatas y después con pasos dubitativos e inestables, como los nuestros, que eran pasos a ciegas en un intento por hacerle feliz, sin la garantía de estar haciéndolo bien.
Habíamos descubierto la perfección, el máximo exponente de una ecuación perfecta, teníamos a nuestro lado el elemento más importante para la consecución de nuestra egoísta felicidad, que aumenta cada instante junto a sus nuevos conocimientos de lo que es la vida. Un juego absurdo primero, unas letras de colores, un reloj lleno de números de gran tamaño, un puzzle… Para él son juegos, y para nosotros una metáfora de lo que es vivir.
Con él se nos entregó el mejor regalo y, lo mejor de todo, es que lo compartimos.
Feliz día del padre, y gracias.
Os quiero.
Mamá.
SACHA ESTE RELATO ES REALMENTE TIERNO.... SE NOTA QUE LO HAS ESCRITO CON EL CORAZÓN...
ResponderSuprimirERES UNA ARTISTA Y SEGURO QUE TENDRÁS LA MISMA SUERTE QUE J.K ROWLINGS..
BESOS
P.D ME ENCANTA COMO TE HA QUEDADO LA WEB
Deliciosa la narracion.
ResponderSuprimir16/02/07 13:22:08