05/03/2010

La primavera llegó el 7 de marzo.


Nota: Este post recopila tres textos. Se han puesto aquí cronológicamente para facilitar la contextualización. Espero que os guste. El primero está escrito durante mi embarazo de Aitana, cuando ya me habían comunicado que obligatoriamente nacería por cesárea pero aún no sabíamos que yo tenía un tumor en una trompa. Coincidía con el momento en el que empezábamos la danza con mi hijo mayor sabiendo que algo le pasaba pero ignorando el qué. El segundo texto se escribió poco después de un ultimatum médico. Mi hijo nació a los ocho meses de gestación, con una cesárea de urgencia, tras una amenaza de parto prematuro a los 7 meses, con descensos de la frecuencia cardíaca, hipoglucemia y otras cosas más. Fue un parto muy angustiante que no quería repetir con mi hija. Sobre todo deseaba que me dejaran verla antes de llevársela a neonatos porque tardé un par de días en poder besar a mi hijo por primera vez y la angustia de no conocerle y no saber si está bien o mal no quería que se repitiera con ella. Todo apuntaba a que se repetiría. El tercer texto lo escribí cuando nació, también por cesárea, también tras un parto muy complicado que me llevó a cuidados intensivos de nuevo. Pero nació sana y pude verla, besarla y acariciarla antes de que nos separaran. Nunca, jamás, se me olvidará esa sensación. Para mi llegó la primavera el día que ella nació, el 7 marzo.

Silencio.
Son las tantas de la madrugada, oigo latir el reloj, burbujear el filtro del acuario, respirar al pequeño, y me concentro en los sonidos que deberían ser silencio. Los días pasan, las horas no.
Me doy la vuelta en la cama y trato de concentrarme de nuevo en los sonidos, en la nada, y conciliar un sueño pesado durante las próximas horas. Imagino. Sueño despierta. Pienso en las cosas que me rodean y en lo afortunada que soy.
Me levanto a medias para alcanzar uno de los cojines que dejé en el suelo a mi lado. Lo pongo entre mis rodillas cuando me vuelvo a meter en la cama, y me concentro en el silencio, en los sonidos suaves y en la nada. El pequeño duerme. Ella también. Al menos ahora no se mueve. Tranquilidad.
Programo mi agenda para los próximos días.
Tengo tantas cosas que hacer y tan pocas…
Muchas actividades poco importantes y una, tal vez dos, decisivas.
Mi vida está a punto de dar un giro, nuevamente.
Trato de concentrarme en el silencio porque no puedo dormir. Es imposible.
Opino que hice bien al tomar algunas decisiones: mi profesión no es importante comparada, por ejemplo, con mi hijo. El dinero no es importante: lo importante es la salud. Al final, las cosas que antes creía que eran metas a alcanzar me parecen de poco valor.
Me quedan mis inquietudes, las ansias por aprender cosas diferentes, nuevas, y el deseo de que a los míos les vaya bonito: a mi niño, a mi niña, y al que les ha traído a mi lado y a mi lado está.
_________________________________



¿Sabes lo que es el miedo?
Tenemos un protocolo a seguir para que las cosas salgan bien. No tardaremos en traerte aquí para tenerte vigilada. Ya se te acaba el tiempo. Estás a punto de verle la cara.
- Yo pensaba que aún era demasiado pronto ¿Seguro que ya es tiempo? ¿Ella estará bien si sale ahora?
- No lo podemos saber. Por sus medidas y su peso debería estar bien, pero ha sido un proceso muy duro para ti y para ella y es posible que se resienta.
- ¿No está fuera de peligro?
- Pensemos que si… Pero no lo podremos asegurar hasta verla y examinarla.
- ¿Y qué se supone que he de hacer ahora?
- Pues descansar, no moverte en absoluto. Reposo total y completo hasta que llegue el día y, por supuesto, a la más mínima duda, al menor síntoma extraño que notes, ve a urgencias.
- Hago reposo por necesidad, no puedo apenas moverme con esta barriga.
- Lo supongo.
- ¿Cuándo vengo si no empieza el proceso de forma natural?
- Hoy es miércoles. Tu cuerpo no resistirá más, estás al límite. Vete a pasar lo que queda de semana con tu familia y vuelve aquí el lunes a que te examinemos.
- De acuerdo.
- Si todo va bien el lunes te quedarás aquí y el martes te haremos la cesárea. Si el lunes lo creemos necesario puede que te la saquemos en el mismo día. Depende de cómo te veamos durante la revisión.
- ¿Hay algún problema?
- Hidramnios
- ¿Mucho?
- Muchísimo ¿Tu hijo no nació con una cesárea de urgencia?
- Si, así fue. Tenía descensos de la frecuencia cardiaca, por el peso de las aguas, se supone. Le aplastaba.
- Ahora parece que ella está bien, pero hay tantas aguas que no podemos aguantar más así. Antes de que tenga problemas, como tuvo tu hijo, hay que sacarla.
- Pues hasta el lunes, y gracias por todo.
- Descansa.
- ¿Podré?
- Poco, pero inténtalo.
- O.k. Hasta pronto.
Montones de llamadas perdidas en el móvil, de mensajes preguntando qué tal la visita al hospital, frases cortas indagando cuánto tiempo me queda… y contesto a casi todas: poco tiempo, esto se acaba. El lunes o el martes entraré en quirófano sin saber si al salir estaré con ella o aún nos tendrán separadas unos días. Quien más y quien menos pregunta: ¿Estás nerviosa? Respondo que no, porque sé por dónde va la pregunta.
No, no me preocupa entrar en quirófano, ya lo esperaba y he tenido tiempo de sobra para mentalizarme.
No, no me preocupa estar días y días en el hospital si tengo la garantía de que durante esos días mi hijo va a estar bien cuidado y atendido.
No, no me asusta saber que no me podré mover, que tendré dolor durante días y tardaré en ser yo misma de nuevo.
¿Nerviosa? Pues por ella sí. Nacerá tan pronto como nació él, pero sin haber recibido tratamiento para su madurez ¿Preocupada? Pues sí, puesto que no sé si estará completamente bien al nacer y tampoco sé si estará bien aquí dentro. ¿Ansiosa? Muchísimo, ya necesito verle la cara, escudriñar sus gestos, tratar de decidir si se parece a mamá o a papá, ver si es morena o es rubia como su hermano… Y esa sensación de culpa que me hace sentirme egoísta porque no puedo resistirlo más y necesito que salga ya… ese quiero y no quiero, necesito pero preferiría… Ese es el motivo de la preocupación: la duda.
Mientras esté allí dentro pensaré que todo está bien, que ya se ha acabado y que pronto estaremos reunidos todos en casa, e imaginaré que el proceso es como me hubiera gustado en realidad, en la intimidad, con papá cogiéndome de la mano y dándome ánimos mientras me ayuda a secar mi sudor y me acaricia la espalda para relajarme.
Tanto miedo...
Después de todo me siento en el derecho de suplicar, a quien tenga a bien escucharme, que al salir del quirófano ella se venga conmigo, sana y saludable.
Tú que me lees… ¿Me enviarás energía positiva para que así sea?
Gracias.
_____________________________________

La primavera llegó el 7 de marzo.
Me habían hecho acostarme desnuda, tapada con una sábana verde, y una auxiliar me puso unos peucos y un gorro de un tejido irreconocible, que se me salía de la cabeza a cada instante. Mi marido, mi madre y mi suegra estaban conmigo. Se les veía muy angustiados y bromeé respecto a la auxiliar, a la que ya conocíamos por meter la pata continuamente en las labores que desempeñaba en esa planta del hospital.
-Igual me ha puesto el gorro en un pie y un peuco en la cabeza, y por eso se me sale.- Dije.
Conseguí que los tres se rieran. Yo casi me río también, pero me dolía todo el cuerpo demasiado como para expresar emociones a las bravas.
Recordé la frase que dije a mis padres siendo pequeña, la primera vez que salí de un quirófano: Ya se ha acabado todo. No sé por qué razón pero siempre me siento obligada a reconfortar a los que están a mi lado. Esta vez pareció que lo conseguía: los tres se relajaron.
Al poco vinieron a por mí una enfermera y un celador que trataban de hacerse los simpáticos y restarle importancia al asunto con esas frases hechas que tanto odio escuchar: sólo será un momento, esto no es nada, enseguida se acabará todo… La enfermera se quedó en el mostrador de control.
-Suerte Sachenka. – Dijo desde allá atrás.
Pensé que había estado demasiados días allí metida. Todas las pacientes eran conocidas por su número de habitación y la letra de su cama: la 504 B debía ser yo. Pero ya era Sachenka. Ya me conocía todo el personal por mi nombre de pila.
Me metieron en el ascensor, en el que recibí un par de besos tipo despedida, y le dijeron a mis acompañantes por qué puerta debían salir, dónde esperar, y de qué forma les irían informando.
-Hasta ahora. – Dije yo.
Y me sacaron por la otra puerta del ascensor para meterme en una sala blanca llena de gente vestida de verde.
Se oía todo, como la vez anterior.
Veía tras de mi pasar a montones de personas con sus batas verdes, y las mascarillas puestas, irreconocibles, que hablaban y susurraban entre ellos, y de vez en cuando me preguntaban cómo estaba o cómo me encontraba. Intuía su presencia y me concentraba en escuchar sus voces. Delante una sábana, verde también, y en lo alto algunos goteros y una lámpara con forma de panal de abeja.
Uno de aquellos tipos de verde me sujetaba la máscara de oxígeno en la nariz y la boca, y a petición mía pasaba una gasa por esa misma zona, para aliviar los picores que me provocaba la anestesia. Yo tenía los brazos atados y no me podía rascar. El otro, el que estaba a su lado, había apostado conmigo dos cañas a que no me haría daño con la punción dorsal. Pero tuvo que hacerlo dos veces, así que decidimos dejarlo en tablas. Empate técnico: no me dolió tanto como la vez anterior, pero fue molesto por dos veces.
Antes de entrar reconocí a una de las obstetras que me había visitado, pero se quedó fuera de quirófano. Ni siquiera se cómo se llama. Una vez dentro sólo a la doctora Muñoz (Dolores, la llamaban sus colegas), la residente con la que colaboré en la investigación sobre sufrimiento fetal, la que me hizo todas las ecografías de alta resolución satisfaciendo mi curiosidad sobre el bienestar de la pequeña allá dentro. Que menos que cederle unos tubos de sangre y el cordón umbilical que mi hija ya no iba a necesitar. Con ello podemos haber ayudado a otras madres. Me reconfortó su presencia. Me vino muy bien ver una cara conocida durante todo el tiempo que estuve allí y me vino aún mejor poderle preguntar a alguien, mirándole a los ojos…
-¿Está bien?
Ella movió la cabeza diciendo que sí. Y yo escuché el llanto que provenía del box anexo, de entre un montón más de gente de verde que llevaban a mi pequeña envuelta en toallas de un lado a otro.
-¿Está bien? – Pregunté de nuevo.- ¿Seguro que está bien?
-Lo está, tranquila.- Me dijo la doctora.
No sé cuánto tiempo pasó. A mí me parecieron horas escuchando el llanto, intentando entender lo que decían las voces del box, tratando de levantar la cabeza para mejorar mi ángulo de visión, pensando para mis adentros: no os la llevéis, dejadme verla, traedla a mi lado… Y preguntando de nuevo a la doctora si de verdad estaba bien, si de verdad no había ningún problema.
-Mira Sachenka, aquí la traen.- Me dijo ella.
Y entonces vi cómo unas cuantas personas venían desde el box hacia mi llevando, la primera de ellas, un bulto en los brazos envuelto en toallas blancas. Y dejé de oír las voces, dejé de ver las batas verdes y de sentirme molesta por la luz brillante de aquella lámpara, ya no notaba el picor irritable en mi nariz, ni sentía la necesidad de mover mis brazos atados con correas, ya no estaba mareada, no tenía angustia, ya no pensaba en otra cosa más que en mi niña: era mi niña, me traían a mi niña, iba a conocer a mi niña, le vería la cara, sabría cómo era… mi niña.
Se acercaron a mí y me la presentaron:
-Esta es tu pequeña, Sachenka, mírala.

Vi su carita redonda, sus ojos, sus mejillas rosadas, su piel blanca… Reconocí en aquel rostro a su propio hermano, tan iguales, tan parecidos los dos, y a la vez tan diferentes. Ella tenía la misma cara que tuvo él al nacer, y a la vez tenía algo que la distinguía y la hacía especial, no sé bien el que.
Pusieron su cara junto a la mía y la besé, la acaricié con mi nariz y con mis labios, olí su aroma dulzón, noté su piel suave de recién nacida. Y la besé, y le di un beso más, y otro beso, y otro; y moví mi cara para notar su piel en mi mejilla, y que ella notara mi calor en las suyas, y dibujé su rostro con la punta de mi nariz, despacio, dulcemente; y la besé, y la volví a besar, y la besé de nuevo… Y entonces me dijeron que se la llevaban ya, para que los cirujanos acabaran su trabajo conmigo.
Y aquel residente vestido de verde que un rato antes pasaba una gasa por mi nariz y mi boca para apaciguar el picor que me provocaba la anestesia tuvo que usar esas mismas gasas para secarme las lágrimas, porque no podía dejar de llorar. Aquella era mi hija, y como dijo la doctora estaba bien. Y yo pude conocerla antes de que me encerraran en cuidados intensivos.
Sin darme cuenta le había dado lo que merecía: unas lágrimas felices, porque al final tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto padecer durante ese largísimo embarazo y tantos miedos, tenían su recompensa: aquella era mi niña, y estaba bien.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada