07/03/2010

La magia existe.




Cuando llegan estas fechas a los locos con vocación de cuerdos nos da por escribir. Escribimos postales navideñas para felicitar las fiestas a los familiares y los amigos, escribimos pequeños textos de añoranza sobre lo bueno que dejamos atrás y relatos de futuro sobre los deseos que aun tenemos. A los locos, a secas, nos gustan mucho estas fechas, o nos disgustan mucho. Los cuerdos… Ni idea, no conozco muchos, pero supongo que se dejan arrastrar en nuestra locura. Si no fuera así no estarían cuerdos.
Como loca que soy (y de las vocacionales) he estado muchísimos años odiando la navidad. Pensaba que había demasiada publicidad engañosa al respecto, que la gente simulaba que era feliz porque tocaba, que todos te desean felicidad, porque es lo que tienen que hacer, pero que los que no son felices los once meses y medio anteriores tampoco lo consiguen esta quincena. No cambiaba nada, excepto las luces y los adornos.
Cuando yo era pequeña (sin cachondeos, que también lo he sido una vez) lo bueno de la navidad era que acumulaba montones de regalos. Al principio no entendía nada: es magia, me decía mi madre. El caso es que durante los días de vacaciones los familiares y amigos de mis padres me traían regalos a casa continuamente. Unos mejores que otros, pero siempre había alguno. Y había un día especial: el día en que los reyes magos venían a visitar mi pueblo (nunca se me ocurrió pensar por qué visitaban el mío, y no cualquier otro de los miles y millones de pueblos que tiene el mundo). Ese día mamá me ponía un bonito vestido y un buen abrigo, ella y papá me cogían de la mano y me llevaban al centro a ver cómo los reyes, desde sus carrozas iluminadas y brillantes, lanzaban caramelos a los niños que estábamos esperándoles ansiosos. Esa noche aparecían en mi habitación, sobre la cama, montones de regalos envueltos en preciosos papeles de colores. Montones... Apilados unos sobre otros, que aparecían mientras yo ayudaba a poner la mesa para la cena.
Magia.
Las muñecas aun las conservo. Nunca les hice demasiado caso porque soy de naturaleza fiel, y ya tenía mis dos o tres muñecas de todo el año, que era con las que jugaba, a las que arrancaba la cabeza, o a las que cuidaba (como a mi bebé: la muñeca pelona). Pero el estante de mi habitación cambiaba de imagen cada invierno, con nuevas y lustrosas muñecas: La Nancy… ¿La recuerdas? Yo tuve unas cuantas: Nancy vestida de comunión, Nancy Selene (se le iluminaban los ojos), Nancy morena y Nancy rubia. Las barriguitas… pequeños bebés gorditos y minúsculos que a veces venían en un pack temático de dibujos animados. Aún guardo la barriguitas Blancanieves y me queda alguno de los enanitos. La Barbie, con aquellas enormes tetas que no cabían en los vestidos… Los rompecabezas venían en una caja temática: nueve cubos con figuras del Quijote o de la serie “Érase una vez el hombre” que si se volteaban formaban nueve tapices sobre el tema en cuestión. Los del Quijote desparecieron. Con los otros juega a veces mi hijo. Ya lo dije… Conservo los juguetes.
Los tengo porque no jugaba con ellos, no los destrozaba (para eso ya tenía los de todo el año), ni los cambiaba de sitio. Estaban ahí, en un estante de dos baldas que había en la pared de mi habitación. No me importaban nada porque yo ya había tenido mi regalo: había pasado la tarde con mamá y papá viendo a los Reyes Magos. Ese era mi regalo de Navidad.
Pasaba el año esperando ese momento hasta que una compañera del cole, adiestrada por su hermana mayor, me contó que los reyes eran una mentira y que los regalos los compraban los papás. Me traumatizó. Lloré mucho pero no sé si fue porque no existían o porque mis padres me habían estado engañando. Supe entonces que no existía el ratoncito Pérez, ni Papá Noel, ni el hombre del saco (esa fue la parte buena). Supe también que los padres te engañan a veces. Pero seguí pensando que la magia existe.
La magia… Existe.
En esa época empecé a odiar la Navidad. Con los años se fue haciendo más espesa y pesada. Mi Rey Mago era Baltasar, el negro, y yo me preguntaba cómo era posible que siendo los tres de la misma procedencia sólo uno de ellos fuera negro. Cuando iba a ver la cabalgata me entretenía tratando de reconocer al hombre disfrazado, que seguro era vecino o conocido. Como supimos que era diabética dejé de mostrar interés también por los caramelos. Y como mi rey… cada Navidad se fue haciendo más oscura. Llegaron las Navidades compartidas: un día con papá y un día con mamá. Desaparecieron los amigos y familiares con regalos. Un tiempo después desaparecieron las cenas fastuosas por problemas de presupuesto. Y me encontré de repente en unas Navidades oscurísimas en las que apenas había luces, en las que la cena de Noche Buena era un huevo frito con patatas y una cocacola como producto estrella, y en las que los regalos eran un beso esquivo, o de mamá, o de papá.
Un poco después la cosa mejoro algo. Unas Navidades alguien me regaló un cachorro que pude presentarle a mi madre antes de ser sacrificado (prometo contar esta historia otro día), pude armarme de valor para confesar, por separado, a mis padres que yo era una fumadora empedernida, lo cual me permitió dejar de esconder el tabaco y de sufrir pánico cuando alguien registraba mi habitación. Pude llevarme a mi novio recién estrenado a cenar huevo y patatas (previo aviso) con mi madre y conmigo en Nochebuena. Monté en moto, me emborraché, bailé, salí de fiesta, y tuve mi primera relación sexual. Todo en unas solas Navidades… La cosa mejoraba.
El año siguiente fui invitada yo a cenar en la casa de mi novio. ¡Dios mío cuanta comida! Había un árbol de navidad en el salón horrorosamente decorado, había gente, muchísima. Estaban mis suegros, mis cuñados (uno de ellos acababa de tomar la comunión y ahora está a punto de casarse), un primo de mi suegra que sólo aparece en Navidad (como los reyes) y montones de visitas de vecinos y familiares de los familiares de mi novio, que venían a goteo a beberse una copa de cava y felicitar el año nuevo. Hubo regalos. No recuerdo quién me regaló cada cosa, pero sé que recibí muchos regalos. Yo no tuve presupuesto para hacer ninguno. No pude comprarles nada. Pero descubrí que los mejores regalos son los que no se compran cuando mi cuñado sonrió al recibir de mis manos un cuento que yo había escrito. Ese “Gracias” me supo a gloria. Por fin me había servido de algo pasar tantas horas escribiendo. Fueron unas buenas fiestas.
Después la cosa cayó en picado. Papá y mamá iniciaron una guerra de bandas, los tíos se posicionaron a favor o en contra de uno de ellos, los exámenes me agobiaban, y lo peor fue la agresión que sufrí un mes y medio antes de unas Navidades en las que yo solo tenía miedo y solo sentía vacío. Desde entonces y hasta hace bien poco odiaba estas fechas con toda mi alma. Me parecía una época de enfrentamientos, de tener que decidir si cenaba con unos u otros, dejando tirados a quienes no elegía. Todo mi presupuesto anual se me iba en regalos que nunca llegaban a ser lo bastante buenos y dejaban en el receptor una cara de nostalgia y decepción asombrosa.
Pero… LA MAGIA EXISTE.
Y entonces llegó mi hijo, que sonríe ante las luces del árbol de Navidad que yo misma pongo en mi casa, con su ayuda. Mi chico, que pregunta si los Reyes Magos entran también por la chimenea, como Papá Noel.
- Sí, también entran por la chimenea. – Le digo.
- Papá Noel tiene renos que vuelan, pero los Reyes van con camellos. ¿Cómo suben ellos hasta el tejado? – Pregunta él.
- Con una escalera mágica que llevan en el bolsillo, y que se hace muy muy alta al sacarla. – Le respondo.
- Es magia.- Le dice mi marido.

MAGIA.

Se le ve feliz. Tiene montones de regalos, escribe una carta a Sus Majestades pidiéndoles que no le traigan carbón y diciendo que quiere un juguete para él, y otros dos para papá y mamá, y tiene en el rostro esa felicidad que yo tenía antes de descubrir que todo era ficción. También a él le hacemos un regalo especial: todos juntos vamos a ver a los reyes que, curiosamente, eligen todos los años su pueblo para desfilar tirando caramelos, todos juntos montamos el árbol llenándolo de luces y pelotas de color rojo, todos juntos preparamos unas cuantas cenas especiales en estas fechas, vamos a la feria, vamos al cine… Todos juntos. Ese es el mejor regalo.
Este año son dos. La pequeña aún no entiende nada pero le gustarán las luces, seguro. Y con nosotros vendrá a ver esa cabalgata, vendrá a la feria, y recibirá montones de besos y abrazos. Por primera vez seremos cuatro cuando suenen las campanadas. ¿Puedes imaginar cuántos besos vamos a recibir entre nosotros?

Las Navidades vuelven a ser adorables.
ES MAGIA.
LA MAGIA EXISTE.

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