De repente empezó a llorar.
No estaba a su lado aunque podía oírla. Me tenía a mi misma entretenidísima limpiando los ventanales para que las visitas que esperaba no me pelaran en el pueblo. Lo normal en las susodichas visitas. Pero se trataba de un compromiso ineludible y yo sabía que con esa primera visita conseguiría que nunca más se acercaran por mi casa.
No tengo por costumbre invitar a mi casa a nadie a quien no quiera invitar. Por eso les había invitado mi suegra, muy a mi pesar. Mi suerte fue que me avisaran con antelación de que iban a venir porque pocas cosas me molestan más que encontrarme con la casa llena sin haberlo previsto.
Por si me lees: jamás se te ocurra presentarte en mi casa sin avisar antes. Si lo haces te ganarás mi resentimiento de por vida y es posible que decida no abrirte la puerta. Todo depende del humor con el que me pilles.
El caso es que tenía los brazos empapados de agua jabonosa, que ya era más sucia que limpia. Llevaba un estropajo en las manos y una de esas cosas con una goma tipo limpiaparabrisas, me caían las gotas de sudor frente abajo escociéndome en los ojos, y la oía llorar.
Le dije a su hermano que me hiciera el favor de ponerle el chupete, pero estaba muy entretenido jugando y no me hizo caso. Repetí: ponle el chupete a la nena, por favor. Pero él no me escuchaba.
Dejé todos los objetos en el suelo, me sequé lo mejor que pude y me dirigí a la pequeña para ponerle yo misma el chupete. Se calmó. Entonces le dije a su hermano que me volvía a poner con las ventanas y que, si su hermanita lloraba, me hiciera el favor de ponerle el chupete. Y él asintió con la cabeza y dijo: Vale mamá.
Aún no había llegado a la jodida ventana cuando la niña empezó a berrear. Y yo: ¡Ponle el chupete a tu hermana! Y el niño sin escucharme.
Furiosa, enfadada, volví a ponerle el chupete yo, y apagué el televisor a su hermano. No pensaba ponérselo más, por no escucharme. Pero cuando el niño me dijo entre sollozos que le pondría el chupete a su hermana si la oía llorar encendí de nuevo la caja tonta.
Me dirigí al ventanal. Llanto.
Grito: ¡Ese chupeteeeeeeeeeeeee!
Y el niño que se levanta del sofá, se acerca a su hermana, pone las manos en jarrás y le dice mientras le pone el chupete:
- De verdad que no puedo más, me tienes agotado, no puedo más, no puedo más. Todo el día limpiando, recogiendo y tú venga a tirar el chupete.
Definitivamente: soy una quejita.
Y… Es cierto que los niños aprenden por imitación.
No puedo más, no puedo más… Estoy agotada.
No estaba a su lado aunque podía oírla. Me tenía a mi misma entretenidísima limpiando los ventanales para que las visitas que esperaba no me pelaran en el pueblo. Lo normal en las susodichas visitas. Pero se trataba de un compromiso ineludible y yo sabía que con esa primera visita conseguiría que nunca más se acercaran por mi casa.
No tengo por costumbre invitar a mi casa a nadie a quien no quiera invitar. Por eso les había invitado mi suegra, muy a mi pesar. Mi suerte fue que me avisaran con antelación de que iban a venir porque pocas cosas me molestan más que encontrarme con la casa llena sin haberlo previsto.
Por si me lees: jamás se te ocurra presentarte en mi casa sin avisar antes. Si lo haces te ganarás mi resentimiento de por vida y es posible que decida no abrirte la puerta. Todo depende del humor con el que me pilles.
El caso es que tenía los brazos empapados de agua jabonosa, que ya era más sucia que limpia. Llevaba un estropajo en las manos y una de esas cosas con una goma tipo limpiaparabrisas, me caían las gotas de sudor frente abajo escociéndome en los ojos, y la oía llorar.
Le dije a su hermano que me hiciera el favor de ponerle el chupete, pero estaba muy entretenido jugando y no me hizo caso. Repetí: ponle el chupete a la nena, por favor. Pero él no me escuchaba.
Dejé todos los objetos en el suelo, me sequé lo mejor que pude y me dirigí a la pequeña para ponerle yo misma el chupete. Se calmó. Entonces le dije a su hermano que me volvía a poner con las ventanas y que, si su hermanita lloraba, me hiciera el favor de ponerle el chupete. Y él asintió con la cabeza y dijo: Vale mamá.
Aún no había llegado a la jodida ventana cuando la niña empezó a berrear. Y yo: ¡Ponle el chupete a tu hermana! Y el niño sin escucharme.
Furiosa, enfadada, volví a ponerle el chupete yo, y apagué el televisor a su hermano. No pensaba ponérselo más, por no escucharme. Pero cuando el niño me dijo entre sollozos que le pondría el chupete a su hermana si la oía llorar encendí de nuevo la caja tonta.
Me dirigí al ventanal. Llanto.
Grito: ¡Ese chupeteeeeeeeeeeeee!
Y el niño que se levanta del sofá, se acerca a su hermana, pone las manos en jarrás y le dice mientras le pone el chupete:
- De verdad que no puedo más, me tienes agotado, no puedo más, no puedo más. Todo el día limpiando, recogiendo y tú venga a tirar el chupete.
Definitivamente: soy una quejita.
Y… Es cierto que los niños aprenden por imitación.
No puedo más, no puedo más… Estoy agotada.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada