Diosa Power
Una de esas conversaciones que saldrán en el libro que llevo a medias con Jose:
SaCha Sp dice (12:14):
Una profesional cualificada acaba de decidir que no estoy loca... Qué sabrá ella!! No??
Me ha gustado mucho tu mensaje. Grax.
Jose dice (12:14):
Holaaaaaaaaaaa, es simplemente lo que pienso
jajajajaja
que tal estás? animada con el alta, no?
SaCha Sp dice (12:15):
Bien. Positiva, optimista y todo eso que dice la tía jajajajajajaj
Jose dice (12:15):
Jajajajajaja genial. No nos hemos visto mucho últimamente, pero la verdad es que se te veía mejor, con ganas de luchar renovadas xD
SaCha Sp dice (12:16):
Diosa nunca podrá conmigo. Es una apuesta personal que tengo contra ella. Le ganaré los 20 euros que me he apostado. Y me los gastaré en marihuana. XDDDDD
Jose dice (12:16):
De la otra vez que fui con Eva, que estabas resignada, a lo último que hablamos al respecto de "me los voy a comer! hay un mundo
Jose dice (12:17):
jajajajajajaj
te has apostado 20€ con Diosa?
cosa de la crisis, no?
SaCha Sp dice (12:17):
Si, jajajajaj
Jose dice (12:17):
que no sea tacaña, que seguro que tiene mucho más
xDDD
SaCha Sp dice (12:17):
El alma ya se la vendí al diablo. No tengo otra cosa que apostar
Jose dice (12:19):
xDDD
(CAMBIO DE NOMBRE)
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:19):
Nunca podrá conmigo jajajajajajajajjaja
Jose dice (12:19):
y que conseguiste del Diablo a cambio?
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:19):
Nah, el diablo siemrpe hace trampas
Jose dice (12:19):
xDDDD
J
ose dice (12:20):
pos como Diosa
xDDDDDDDDDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:20):
Se llevó el alma y me dejó en manos de Diosa, que es estúpida y no sabe reaccionar. Está claro tío, o me soluciono yo las cosas o a Diosa la estreso.
Jose dice (12:20):
Jajajajajajaja, Sachita, tú no confias ni en Diosa para que solucione tus cosas, prefieres solucionartelas tú misma xDDDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:21):
En la que menos en ella jajajajajajaja
Es que es estúpida… Mira lo que ha hecho? Ha creado al hombre salidorro y a la mujer remilgada… incluso a alguna la ha hecho rubia!!!
Pufff.. menuda cagada
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:22):
Si lo hubiera hecho al revés nos pasaríamos la vida follando unos con otros y todo sería mucho más divertido
Jose dice (12:22):
jajajajajajaja
mujer remilgada? eso era antes!
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:22):
Aun las hay jajajajajaj
Jose dice (12:23):
Por cierto, otro dedito para Diosa, por lo que veo
xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
mira, sabes que? Estoy de acuerdo contigo, tienes mi voto para las próximas elecciones para Diosa xDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:24):
Votarás a Diosa? Tas tonto!!
Jose dice (12:24):
No, te votaré a ti para el puesto
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:24):
Mi candidatura siempre ha sido más firme!
ahhhh
ok ok
Jose dice (12:24):
xDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:24):
Pues yo haré a las mujeres salidorras y a los hombres rubios. Vas a ver.
jajajajaajajajajaj
Jose dice (12:25):
jajajajaja
Jose dice (12:25):
A mi también me harás rubio?
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:26):
Noooo, los morenos seréis la excepción, llamaréis la atención porque habrá pocos. Se distinguirá a los tíos listos que serán morenos de los tíos “pa follar” que serán rubios. Y con los morenos se follará también, solo que seréis listos.
listos pa follar --> morenos
pa follar a secas ---> rubios
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:27):
Lo de las tabletas de chocolate ya pensaré cómo lo reparto porque si a los morenos listos y follables además os pongo tableta... Las mujeres estaremos perdidas!
Jose dice (12:27):
jajajajaja
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:27):
Ya vorem.. he de pensar en ello.
Jose dice (12:28):
Menos mal que has corregido, porque eso de que los morenos somos listos y no follamos.... Te iba a retirar mi voto ahora mismo
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
nooooo
Jose dice (12:28):
xDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
Los morenos ambas cosas
Jose dice (12:28):
ok ok
me parece bien
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
los rubios “pa follar” a secas
Jose dice (12:28):
jajajajajajaj
hombres objeto
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
Además así podremos distinguir.. Si nos apetece conversación interesante y kiki, o solo un polvo rapidet
Jose dice (12:28):
jajajajajaj
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
Para lo primero los morenos, para lo segundo los rubios (y los morenos)
o todos a la vez!!!
jur!!!
Jose dice (12:29):
jajajajajajaja
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
jajajajajajajajjaj
Jose dice (12:29):
alee, rubios y morenos por doquier!
orgia! orgia!
xDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
eso esoooo
jajajajajajaajjajaja
Jose dice (12:29):
jajajajajajaj
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
En fin xiquet, te dejo currar
Jose dice (12:29):
ok xiqueta
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:30):
Voy a pasar la aspiradora (pondré a hacer labores domesticas a las mujeres rubias. Te parece bien?)
jajajajajajaj
Jose dice (12:30):
jajajajajaja
me parece bien
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:30):
jajajajaj
Jose dice (12:30):
yo, viendo tus proyectos me someto a lo que decidas
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:30):
Jajajajajajajajaja más te vale!
Jose dice (12:30):
sea lo que sea, se estará bien
Jose dice (12:31):
y ya sabes, si acabas controlando el orden establecido me tienes que asignar un destino con mucho cariño
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:31):
Me encanta meterme con las rubias estúpidas
Jose dice (12:31):
quiero decir, que tengo que follar hasta no poder más
xDDDDDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
Trato hecho. Te pondré de masterfollero, o algo.
Jose dice (12:32):
jajajajajajajajajajaj
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
jajajajajajjajaajaj
Jose dice (12:32):
eso eso!
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
Ciaooooooooooooooo locooooo
Jose dice (12:32):
master en penetración total y extrema!
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
Besos nubesita
Jose dice (12:32):
me gusta!
xDDD
Jose dice (12:33):
besossssss
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SaCha Sp dice (12:14):
Una profesional cualificada acaba de decidir que no estoy loca... Qué sabrá ella!! No??
Me ha gustado mucho tu mensaje. Grax.
Jose dice (12:14):
Holaaaaaaaaaaa, es simplemente lo que pienso
jajajajaja
que tal estás? animada con el alta, no?
SaCha Sp dice (12:15):
Bien. Positiva, optimista y todo eso que dice la tía jajajajajajaj
Jose dice (12:15):
Jajajajajaja genial. No nos hemos visto mucho últimamente, pero la verdad es que se te veía mejor, con ganas de luchar renovadas xD
SaCha Sp dice (12:16):
Diosa nunca podrá conmigo. Es una apuesta personal que tengo contra ella. Le ganaré los 20 euros que me he apostado. Y me los gastaré en marihuana. XDDDDD
Jose dice (12:16):
De la otra vez que fui con Eva, que estabas resignada, a lo último que hablamos al respecto de "me los voy a comer! hay un mundo
Jose dice (12:17):
jajajajajajaj
te has apostado 20€ con Diosa?
cosa de la crisis, no?
SaCha Sp dice (12:17):
Si, jajajajaj
Jose dice (12:17):
que no sea tacaña, que seguro que tiene mucho más
xDDD
SaCha Sp dice (12:17):
El alma ya se la vendí al diablo. No tengo otra cosa que apostar
Jose dice (12:19):
xDDD
(CAMBIO DE NOMBRE)
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:19):
Nunca podrá conmigo jajajajajajajajjaja
Jose dice (12:19):
y que conseguiste del Diablo a cambio?
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:19):
Nah, el diablo siemrpe hace trampas
Jose dice (12:19):
xDDDD
J
ose dice (12:20):
pos como Diosa
xDDDDDDDDDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:20):
Se llevó el alma y me dejó en manos de Diosa, que es estúpida y no sabe reaccionar. Está claro tío, o me soluciono yo las cosas o a Diosa la estreso.
Jose dice (12:20):
Jajajajajajaja, Sachita, tú no confias ni en Diosa para que solucione tus cosas, prefieres solucionartelas tú misma xDDDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:21):
En la que menos en ella jajajajajajaja
Es que es estúpida… Mira lo que ha hecho? Ha creado al hombre salidorro y a la mujer remilgada… incluso a alguna la ha hecho rubia!!!
Pufff.. menuda cagada
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:22):
Si lo hubiera hecho al revés nos pasaríamos la vida follando unos con otros y todo sería mucho más divertido
Jose dice (12:22):
jajajajajajaja
mujer remilgada? eso era antes!
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:22):
Aun las hay jajajajajaj
Jose dice (12:23):
Por cierto, otro dedito para Diosa, por lo que veo
xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
mira, sabes que? Estoy de acuerdo contigo, tienes mi voto para las próximas elecciones para Diosa xDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:24):
Votarás a Diosa? Tas tonto!!
Jose dice (12:24):
No, te votaré a ti para el puesto
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:24):
Mi candidatura siempre ha sido más firme!
ahhhh
ok ok
Jose dice (12:24):
xDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:24):
Pues yo haré a las mujeres salidorras y a los hombres rubios. Vas a ver.
jajajajaajajajajaj
Jose dice (12:25):
jajajajaja
Jose dice (12:25):
A mi también me harás rubio?
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:26):
Noooo, los morenos seréis la excepción, llamaréis la atención porque habrá pocos. Se distinguirá a los tíos listos que serán morenos de los tíos “pa follar” que serán rubios. Y con los morenos se follará también, solo que seréis listos.
listos pa follar --> morenos
pa follar a secas ---> rubios
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:27):
Lo de las tabletas de chocolate ya pensaré cómo lo reparto porque si a los morenos listos y follables además os pongo tableta... Las mujeres estaremos perdidas!
Jose dice (12:27):
jajajajaja
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:27):
Ya vorem.. he de pensar en ello.
Jose dice (12:28):
Menos mal que has corregido, porque eso de que los morenos somos listos y no follamos.... Te iba a retirar mi voto ahora mismo
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
nooooo
Jose dice (12:28):
xDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
Los morenos ambas cosas
Jose dice (12:28):
ok ok
me parece bien
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
los rubios “pa follar” a secas
Jose dice (12:28):
jajajajajajaj
hombres objeto
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:28):
Además así podremos distinguir.. Si nos apetece conversación interesante y kiki, o solo un polvo rapidet
Jose dice (12:28):
jajajajajaj
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
Para lo primero los morenos, para lo segundo los rubios (y los morenos)
o todos a la vez!!!
jur!!!
Jose dice (12:29):
jajajajajajaja
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
jajajajajajajajjaj
Jose dice (12:29):
alee, rubios y morenos por doquier!
orgia! orgia!
xDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
eso esoooo
jajajajajajaajjajaja
Jose dice (12:29):
jajajajajajaj
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:29):
En fin xiquet, te dejo currar
Jose dice (12:29):
ok xiqueta
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:30):
Voy a pasar la aspiradora (pondré a hacer labores domesticas a las mujeres rubias. Te parece bien?)
jajajajajajaj
Jose dice (12:30):
jajajajajaja
me parece bien
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:30):
jajajajaj
Jose dice (12:30):
yo, viendo tus proyectos me someto a lo que decidas
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:30):
Jajajajajajajajaja más te vale!
Jose dice (12:30):
sea lo que sea, se estará bien
Jose dice (12:31):
y ya sabes, si acabas controlando el orden establecido me tienes que asignar un destino con mucho cariño
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:31):
Me encanta meterme con las rubias estúpidas
Jose dice (12:31):
quiero decir, que tengo que follar hasta no poder más
xDDDDDDDDDDDD
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
Trato hecho. Te pondré de masterfollero, o algo.
Jose dice (12:32):
jajajajajajajajajajaj
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
jajajajajajjajaajaj
Jose dice (12:32):
eso eso!
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
Ciaooooooooooooooo locooooo
Jose dice (12:32):
master en penetración total y extrema!
Dedito para Diosa.. Cabrona! te volví a ganar la partida!! dice (12:32):
Besos nubesita
Jose dice (12:32):
me gusta!
xDDD
Jose dice (12:33):
besossssss
Algarra el Mampostero
Apuesta: escribir un relato con algo de sentido cuyo protagonista sea un torero de pequeños genitales y con un gran complejo.
No soportaba a aquella periodista pelirroja. Veía cómo se le hinchaban las venas del cuello cuando narraba la vida de cualquier personaje del famoseo pero sobre todo la de los toreros. Nunca la había visto meterse con un golfista, o un tenista, o con un futbolista, excepto con uno que mantuvo una relación con una tal Sonia, una tía que enseñaba las tetas en las revistas cada vez que tenía oportunidad y lideraba un grupo de música, compuesto por cuatro chicas, cada una de ellas con los pechos de mayor tamaño que la otra. Nunca le gustaron ese tipo de mujeres. Nunca le gustaron las mujeres, pero esas que parecían fabricadas de goma todavía menos.
La periodista, la Patiño, se ganaba el sueldo, que bueno sería, seguro, criticando a todo el que viniera bien en un programa de televisión líder de audiencia. Protagonizaba gran parte de los programas de zapping porque la forma en que se enfurecía al hablar y la facilidad con que se salía de sus casillas la convertían en objeto de mofa. Además, anunciaba pequeños electrodomésticos y jarras purificadoras para agua, así que, encima sacaba un sobresueldo cómodamente.
Pues la mujer parecía tener una especial animadversión hacia los matadores de toros, porque de Cayetano decía que siempre sería mejor modelo que torero, y razón tenía, ya que cada vez que éste sale al ruedo acaba revolcado por el toro. De su hermano Francisco decía que su fama era solo una consecuencia de ser el hijo mayor de una mujer mediática muerta por sobredosis y que, si últimamente se hablaba de él, era más por el hecho de haber estado casado con la hija de una duquesa que por sus faenas en el ruedo.
No se metía tanto con José Tomás, por ejemplo, pero sí que invitaba al programa, a menudo, a viejas glorias como Jaime Ostos, porque su ex mujer llevaba su propia tourne televisiva explicando los malos tratos a los que fue sometida durante el matrimonio. Y al final parecía que todos los toreros eran unos vagos, unos maltratadotes, unos malhumorados y unos imbéciles del tres al cuarto.
De momento se había librado de las despiadadas críticas y de las giras por los platós de las diferentes cadenas televisivas aunque algún comentario incómodo sobre él sí se había hecho. Él mantenía su vida privada al margen de la profesional y no confirmaba ni desmentía rumores. De hecho, su apoderado insistía en que, si llegaba el día en que se le viera más por televisión que por las plazas, le cedería el teléfono de un representante y se retiraría a pasear por la finca en compañía del mayoral.
Y Jose Luís Algarra, el Mampostero de Acedinos, que así le llamaban por la profesión de su padre y su pueblo de origen, evitaba comentarios del mejor modo que podía, sin escaparse, eso sí, de la burla de la Patiño respecto al tamaño de su “coyuntura”, palabras textuales, ya que (decía la Patiño) tiraba por tierra el concepto tradicional del matador de toros entendido como hombre masculino y bien dotado. Él, bien dotado no estaba y, estaba por ver si muy hombre lo era o no.
Aún agobiaba el calor del verano y el espeso aire de la habitación de hotel empañaba los cristales de la ventana doble. Había demasiada gente allí dentro. Entre el apoderado y el mozo de espadas una avalancha de periodistas gráficos se daba codazos para grabar la mejor imagen. El primero trataba de conseguir algo de espacio libre frente al torero, para que pudiera vestirse con la parsimonia y templanza con que debía hacerlo. El segundo, el mozo de espadas, ayudaba al maestro a meterse en la taleguilla, de espaldas a los gráficos, ajustándole los machos en las rodillas y encajando los tirantes en sus hombros para que no le causaran molestias durante la faena. Personalmente hubiera preferido estar en el cartel de la corrida goyesca en Ronda, pero la plaza estaba demasiado ligada a la familia Ordoñez y era a los vástagos de Rivera a los que invitaban, y no a él.
Bajo la taleguilla llevaba el calzón, con el que había recibido a los periodistas en la habitación, ya que se suponía de muy mal gusto aparecer desnudo por completo y tampoco tenía mucho interés la puesta de esa primera pieza. El mozo de espadas había aprovechado para encajar en el calzón uno de esos acoples que usan los boxeadores para evitar golpes en los testículos, muy similar al que usan los hombres en la praxis de otros deportes de contacto, que iba a protegerle de golpes y rozaduras durante la corrida, pero que era poco habitual entre los toreros, precisamente por culpa de la estrechez del traje de luces.
Los gráficos pretendían desvelar las rutinas de los toreros justo antes de una corrida. La prensa del corazón había enardecido a algunos matadores que aparecían en los medios más por sus amores que por sus faenas. Pero el caso es que eran de interés público y hasta la fecha nadie había documentado con imágenes todo el proceso de vestirse para la faena. Los maestros concedían entrevistas en sus fincas haciendo algún pase a los toros de sus propias ganaderías, o les ofrecían ruedas de prensa tras las presentaciones publicitarias de las marcas de las que eran imagen, o incluso acudían a programas nocturnos a medir sus fuerzas con las de un grupo de comentaristas que se crecía con los aplausos de un público infame. Pero nunca se dejaban grabar durante los minutos previos a una corrida porque supuestamente los aprovechaban para concentrarse, rezar sus oraciones y encomendar sus almas a cualquier virgen de la que fueran devotos, mayoritariamente la del Rocío.
José Luis Algarra ya había toreado en las tres plazas principales españolas, con bastante éxito en las tres, y tanto en Las Ventas como en la Real Maestranza había salido a hombros, quedándole pendiente semejante salida en la plaza bilbaína de Vista Alegre, aunque ya consiguiera en ella cortar alguna oreja y algún rabo. Disfrutaba más, sin embargo, en las corridas goyescas de Ronda o Arlés, pero éstas se celebraban en menos ocasiones que las otras, así que su placer por el trabajo se veía, a menudo, truncado.
No lo consideraba trabajo, en realidad, tanto como afición, que de sangre le venía, ya que su abuelo fue rejoneador y su propio padre mozo de espadas antes de dedicarse a la mampostería. Su capote de brega lo heredó del maestro al que su padre asistía cuando la cuadrilla se disolvió. Adoraba ese capote, aseguraba que le traía suerte y jamás hizo un paseillo sin llevarlo. Tomó la alternativa con él y con él pensaba retirarse.
La montera, que también había heredado, quedó destrozada en la Maestranza al poco de empezar la profesión. Sufrió un revolcón sin importancia durante la suerte de varas y él quedo indemne pero el toro pisoteó su montera dejándola inservible. Siguió su faena clavando las banderillas con la cabeza desnuda y para su siguiente corrida el apoderado le consiguió una montera nueva, confeccionada por un diseñador venido a menos, que se la regalaba a cambio de publicidad gratuita.
A él le gustaba más la redecilla que los majos usaban antes de que Paquiro, nombre artístico de un torero de Chiclana de la Frontera, que en realidad se llamaba Francisco Montes Reina, introdujera el uso de la montera. Él ignoraba que la gorra de torear recibiera ese nombre precisamente por Montes pero sí sabía que el traje de luces se había modificado hacia la cuarta década del siglo XIX, porque lo había leído, que él leía, en un artículo histórico sobre tauromaquia. No se podía torear con la redecilla desde que aquel discípulo de Pedro Romero impulsara la renovación de la lidia y reformara el concepto de espectáculo taurino, entre otras cosas porque sin montera no había brindis, y uno de los momentos más esperados de cada corrida era ese en el que el torero brindaba el toro. La prensa necesitaba ese momento, el torero se crecía durante ese momento y la persona que recibía el brindis todavía más.
Apuntaba maneras, eso era cierto, pero recibía constantes críticas no tanto por la faena como por el poco respeto que parecía mostrar sobre algo tan sagrado para los toreros como el traje de luces. Pero es que a él el traje de luces más pronto le incomodaba que le metía en ambiente. Él prefería torear con su ropa de a diario, en pequeños corrales, con toros de ganaderías anónimas, pero reconocía que la terna de matadores prestaba mucha atención a sus trajes de luces y se dejaba llevar por el uso y la costumbre vistiéndose, muy a su pesar, de acuerdo con el ritual de costumbre. De ahí que se dejara engatusar para que la prensa hiciera el reportaje sobre la forma de vestirse del matador de toros.
Si embargo, su mozo de espadas sabía bien a qué se debía esa repugnancia al vestuario habitual, no tanto a todo el traje de luces como a la taleguilla en concreto, ya que el resto de la indumentaria la llevaba con mayor o menor dignidad e incluso orgullo. El mozo, que llevaba en su cuadrilla desde el mismo día en que tomó la alternativa, había pasado ya más de dos y más de tres noches en su compañía, guardándole el secreto con una promesa hecha con sangre, tanto de su homosexualidad como del tamaño ínfimo de sus genitales, y aprovechaba la intimidad y la camaradería para introducir en los calzones del torero la citada protección, que además de serle útil para el fin que se le pretendía, aumentaba visualmente el tamaño de la zona genital del maestro dándole seguridad a la hora de salir al ruedo.
No contaban, ni el mozo ni el maestro, con la mirada experta de uno de los gráficos, muy aficionado a los toros, que reconociendo la forma abultada del protector preguntó directamente a qué venía su uso, cuando era por todos sabido que en la plaza resultaba poco útil. Insinuó que tal vez la usaba para aparentar un tamaño que no era real y dejó la pregunta en el aire sin esperar respuesta en realidad.
Ante la mirada de pánico con la que José Luis se dirigió al mozo de espadas surgieron comentarios y apostillas entre la prensa presente en la habitación, que le obligaron a aceptar una invitación para ser entrevistado al día siguiente sobre su personal opinión respecto a las tradiciones taurinas, incluido el vestuario.
Los prodigiosos muletazos que el torero dispensó durante la corrida no le sirvieron para obtener buenas críticas. Así que, acabada la faena sin demasiada suerte ese día, José Luis Algarra volvió, con su cuadrilla, al hotel en el que se hospedaba. Y tras un prolongado baño salió a cenar con los demás esperando no tener que escuchar comentarios sobre lo sucedido antes de la faena, y no oir tampoco ninguna broma respecto a la entrevista que iba a dejarse hacer a la mañana siguiente. Pero no fue así.
Cuando ya estaban en los postres una camarera se acercó a la mesa dirigiéndose a él, en particular, para avisarle que en los informativos de la televisión nacional acaban de hacer la crónica de la corrida, y que, El Cordobés había salido muy bien parado pero él no tanto, porque el chascarrillo de la voz en off sobre el diminuto tamaño de sus genitales, en comparación con los del otro, había dado pie al presentador de deportes para hacer chiste al respecto. Le informó la camarera, también, que en la puerta del restaurante se había aglomerado un grupo de fanáticos suyos ataviados con pancartas de pésima confección, y que en ellas, amen de su nombre, aparecían eslóganes un tanto especiales, dijo, haciendo hincapié en esa palabra en concreto, especiales y rebuscados, añadió.
El apoderado se levanto de la mesa tan dignamente como pudo, dando las gracias a la camarera por su información, y ofreciéndole un par de pases para la corrida de la temporada del año siguiente en Las Ventas. Le dijo al torero que iba a ojear a qué se refería con lo de las pancartas y se dirigió a la puerta del local con lentitud, tratando de pasar desapercibido.
Viendo que tardaba en regresar la cuadrilla entera se puso en pie y se dirigió a la puerta del local, todos excepto el maestro, que estaba paralizado en su silla a la espera de noticias sobre lo que estaba ocurriendo en la calle. Sorprendido también por la tardanza de la cuadrilla decidió salir él mismo a ojear, decidiendo que no debía haberlo hecho a los dos minutos de hallarse en la calle.
Frente a él, frente a su apoderado y su cuadrilla que estaban boquiabiertos, un grupo de jovencitos con aspecto de estudiantes, gritaba en la puerta del restaurante para darle ánimo que, pese a tener un pene diminuto y vestir tan mal el traje de luces, estaban dispuestos a darle sexo anal a cambio de un autógrafo. Le ofrecían sexo anal, le regalaban un prolongador de pene que le permitirá dejar de usar el protector en sus corridas, coreaban al unísono una cancioncilla en la que le decían “Mampostero, Mampostero, danos tu culo entero” y “Mampostero de Acedinos dónde tienes las corridas, en la plaza o fuera, dinos”.
José Luis Algarra, el Mampostero de Acedinos, tuvo que enfrentarse a María Patiño en un programa televisivo líder de audiencia esa misma semana, distribuir fotografías suyas trucadas, en ropa interior, para tratar de acallar las malas voces y las burlas, y en cosa de quince días hizo la presentación pública de su ficticia prometida, que buen sueldo se ganó por seguirle la corriente, en una rueda de prensa multitudinaria que sabotearon un grupo de activistas de la asociación de gays y lesbianas de Madrid. Y desde entonces, y hasta el día de hoy, se le ve por las televisiones deambulando entre camerinos mientras espera encontrar un nuevo apoderado que le consiga corridas en cualquier plaza del país, o del extranjero, a poder ser en ropa de mayoral y no en traje de luces.
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Jose, reconoce que soy un genio :P
Sobre todo porque hasta hoy no sabía nada de tauromaquia.
Eso sí, la wikipedia la tengo quemada :)
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No soportaba a aquella periodista pelirroja. Veía cómo se le hinchaban las venas del cuello cuando narraba la vida de cualquier personaje del famoseo pero sobre todo la de los toreros. Nunca la había visto meterse con un golfista, o un tenista, o con un futbolista, excepto con uno que mantuvo una relación con una tal Sonia, una tía que enseñaba las tetas en las revistas cada vez que tenía oportunidad y lideraba un grupo de música, compuesto por cuatro chicas, cada una de ellas con los pechos de mayor tamaño que la otra. Nunca le gustaron ese tipo de mujeres. Nunca le gustaron las mujeres, pero esas que parecían fabricadas de goma todavía menos.
La periodista, la Patiño, se ganaba el sueldo, que bueno sería, seguro, criticando a todo el que viniera bien en un programa de televisión líder de audiencia. Protagonizaba gran parte de los programas de zapping porque la forma en que se enfurecía al hablar y la facilidad con que se salía de sus casillas la convertían en objeto de mofa. Además, anunciaba pequeños electrodomésticos y jarras purificadoras para agua, así que, encima sacaba un sobresueldo cómodamente.
Pues la mujer parecía tener una especial animadversión hacia los matadores de toros, porque de Cayetano decía que siempre sería mejor modelo que torero, y razón tenía, ya que cada vez que éste sale al ruedo acaba revolcado por el toro. De su hermano Francisco decía que su fama era solo una consecuencia de ser el hijo mayor de una mujer mediática muerta por sobredosis y que, si últimamente se hablaba de él, era más por el hecho de haber estado casado con la hija de una duquesa que por sus faenas en el ruedo.
No se metía tanto con José Tomás, por ejemplo, pero sí que invitaba al programa, a menudo, a viejas glorias como Jaime Ostos, porque su ex mujer llevaba su propia tourne televisiva explicando los malos tratos a los que fue sometida durante el matrimonio. Y al final parecía que todos los toreros eran unos vagos, unos maltratadotes, unos malhumorados y unos imbéciles del tres al cuarto.
De momento se había librado de las despiadadas críticas y de las giras por los platós de las diferentes cadenas televisivas aunque algún comentario incómodo sobre él sí se había hecho. Él mantenía su vida privada al margen de la profesional y no confirmaba ni desmentía rumores. De hecho, su apoderado insistía en que, si llegaba el día en que se le viera más por televisión que por las plazas, le cedería el teléfono de un representante y se retiraría a pasear por la finca en compañía del mayoral.
Y Jose Luís Algarra, el Mampostero de Acedinos, que así le llamaban por la profesión de su padre y su pueblo de origen, evitaba comentarios del mejor modo que podía, sin escaparse, eso sí, de la burla de la Patiño respecto al tamaño de su “coyuntura”, palabras textuales, ya que (decía la Patiño) tiraba por tierra el concepto tradicional del matador de toros entendido como hombre masculino y bien dotado. Él, bien dotado no estaba y, estaba por ver si muy hombre lo era o no.
Aún agobiaba el calor del verano y el espeso aire de la habitación de hotel empañaba los cristales de la ventana doble. Había demasiada gente allí dentro. Entre el apoderado y el mozo de espadas una avalancha de periodistas gráficos se daba codazos para grabar la mejor imagen. El primero trataba de conseguir algo de espacio libre frente al torero, para que pudiera vestirse con la parsimonia y templanza con que debía hacerlo. El segundo, el mozo de espadas, ayudaba al maestro a meterse en la taleguilla, de espaldas a los gráficos, ajustándole los machos en las rodillas y encajando los tirantes en sus hombros para que no le causaran molestias durante la faena. Personalmente hubiera preferido estar en el cartel de la corrida goyesca en Ronda, pero la plaza estaba demasiado ligada a la familia Ordoñez y era a los vástagos de Rivera a los que invitaban, y no a él.
Bajo la taleguilla llevaba el calzón, con el que había recibido a los periodistas en la habitación, ya que se suponía de muy mal gusto aparecer desnudo por completo y tampoco tenía mucho interés la puesta de esa primera pieza. El mozo de espadas había aprovechado para encajar en el calzón uno de esos acoples que usan los boxeadores para evitar golpes en los testículos, muy similar al que usan los hombres en la praxis de otros deportes de contacto, que iba a protegerle de golpes y rozaduras durante la corrida, pero que era poco habitual entre los toreros, precisamente por culpa de la estrechez del traje de luces.
Los gráficos pretendían desvelar las rutinas de los toreros justo antes de una corrida. La prensa del corazón había enardecido a algunos matadores que aparecían en los medios más por sus amores que por sus faenas. Pero el caso es que eran de interés público y hasta la fecha nadie había documentado con imágenes todo el proceso de vestirse para la faena. Los maestros concedían entrevistas en sus fincas haciendo algún pase a los toros de sus propias ganaderías, o les ofrecían ruedas de prensa tras las presentaciones publicitarias de las marcas de las que eran imagen, o incluso acudían a programas nocturnos a medir sus fuerzas con las de un grupo de comentaristas que se crecía con los aplausos de un público infame. Pero nunca se dejaban grabar durante los minutos previos a una corrida porque supuestamente los aprovechaban para concentrarse, rezar sus oraciones y encomendar sus almas a cualquier virgen de la que fueran devotos, mayoritariamente la del Rocío.
José Luis Algarra ya había toreado en las tres plazas principales españolas, con bastante éxito en las tres, y tanto en Las Ventas como en la Real Maestranza había salido a hombros, quedándole pendiente semejante salida en la plaza bilbaína de Vista Alegre, aunque ya consiguiera en ella cortar alguna oreja y algún rabo. Disfrutaba más, sin embargo, en las corridas goyescas de Ronda o Arlés, pero éstas se celebraban en menos ocasiones que las otras, así que su placer por el trabajo se veía, a menudo, truncado.
No lo consideraba trabajo, en realidad, tanto como afición, que de sangre le venía, ya que su abuelo fue rejoneador y su propio padre mozo de espadas antes de dedicarse a la mampostería. Su capote de brega lo heredó del maestro al que su padre asistía cuando la cuadrilla se disolvió. Adoraba ese capote, aseguraba que le traía suerte y jamás hizo un paseillo sin llevarlo. Tomó la alternativa con él y con él pensaba retirarse.
La montera, que también había heredado, quedó destrozada en la Maestranza al poco de empezar la profesión. Sufrió un revolcón sin importancia durante la suerte de varas y él quedo indemne pero el toro pisoteó su montera dejándola inservible. Siguió su faena clavando las banderillas con la cabeza desnuda y para su siguiente corrida el apoderado le consiguió una montera nueva, confeccionada por un diseñador venido a menos, que se la regalaba a cambio de publicidad gratuita.
A él le gustaba más la redecilla que los majos usaban antes de que Paquiro, nombre artístico de un torero de Chiclana de la Frontera, que en realidad se llamaba Francisco Montes Reina, introdujera el uso de la montera. Él ignoraba que la gorra de torear recibiera ese nombre precisamente por Montes pero sí sabía que el traje de luces se había modificado hacia la cuarta década del siglo XIX, porque lo había leído, que él leía, en un artículo histórico sobre tauromaquia. No se podía torear con la redecilla desde que aquel discípulo de Pedro Romero impulsara la renovación de la lidia y reformara el concepto de espectáculo taurino, entre otras cosas porque sin montera no había brindis, y uno de los momentos más esperados de cada corrida era ese en el que el torero brindaba el toro. La prensa necesitaba ese momento, el torero se crecía durante ese momento y la persona que recibía el brindis todavía más.
Apuntaba maneras, eso era cierto, pero recibía constantes críticas no tanto por la faena como por el poco respeto que parecía mostrar sobre algo tan sagrado para los toreros como el traje de luces. Pero es que a él el traje de luces más pronto le incomodaba que le metía en ambiente. Él prefería torear con su ropa de a diario, en pequeños corrales, con toros de ganaderías anónimas, pero reconocía que la terna de matadores prestaba mucha atención a sus trajes de luces y se dejaba llevar por el uso y la costumbre vistiéndose, muy a su pesar, de acuerdo con el ritual de costumbre. De ahí que se dejara engatusar para que la prensa hiciera el reportaje sobre la forma de vestirse del matador de toros.
Si embargo, su mozo de espadas sabía bien a qué se debía esa repugnancia al vestuario habitual, no tanto a todo el traje de luces como a la taleguilla en concreto, ya que el resto de la indumentaria la llevaba con mayor o menor dignidad e incluso orgullo. El mozo, que llevaba en su cuadrilla desde el mismo día en que tomó la alternativa, había pasado ya más de dos y más de tres noches en su compañía, guardándole el secreto con una promesa hecha con sangre, tanto de su homosexualidad como del tamaño ínfimo de sus genitales, y aprovechaba la intimidad y la camaradería para introducir en los calzones del torero la citada protección, que además de serle útil para el fin que se le pretendía, aumentaba visualmente el tamaño de la zona genital del maestro dándole seguridad a la hora de salir al ruedo.
No contaban, ni el mozo ni el maestro, con la mirada experta de uno de los gráficos, muy aficionado a los toros, que reconociendo la forma abultada del protector preguntó directamente a qué venía su uso, cuando era por todos sabido que en la plaza resultaba poco útil. Insinuó que tal vez la usaba para aparentar un tamaño que no era real y dejó la pregunta en el aire sin esperar respuesta en realidad.
Ante la mirada de pánico con la que José Luis se dirigió al mozo de espadas surgieron comentarios y apostillas entre la prensa presente en la habitación, que le obligaron a aceptar una invitación para ser entrevistado al día siguiente sobre su personal opinión respecto a las tradiciones taurinas, incluido el vestuario.
Los prodigiosos muletazos que el torero dispensó durante la corrida no le sirvieron para obtener buenas críticas. Así que, acabada la faena sin demasiada suerte ese día, José Luis Algarra volvió, con su cuadrilla, al hotel en el que se hospedaba. Y tras un prolongado baño salió a cenar con los demás esperando no tener que escuchar comentarios sobre lo sucedido antes de la faena, y no oir tampoco ninguna broma respecto a la entrevista que iba a dejarse hacer a la mañana siguiente. Pero no fue así.
Cuando ya estaban en los postres una camarera se acercó a la mesa dirigiéndose a él, en particular, para avisarle que en los informativos de la televisión nacional acaban de hacer la crónica de la corrida, y que, El Cordobés había salido muy bien parado pero él no tanto, porque el chascarrillo de la voz en off sobre el diminuto tamaño de sus genitales, en comparación con los del otro, había dado pie al presentador de deportes para hacer chiste al respecto. Le informó la camarera, también, que en la puerta del restaurante se había aglomerado un grupo de fanáticos suyos ataviados con pancartas de pésima confección, y que en ellas, amen de su nombre, aparecían eslóganes un tanto especiales, dijo, haciendo hincapié en esa palabra en concreto, especiales y rebuscados, añadió.
El apoderado se levanto de la mesa tan dignamente como pudo, dando las gracias a la camarera por su información, y ofreciéndole un par de pases para la corrida de la temporada del año siguiente en Las Ventas. Le dijo al torero que iba a ojear a qué se refería con lo de las pancartas y se dirigió a la puerta del local con lentitud, tratando de pasar desapercibido.
Viendo que tardaba en regresar la cuadrilla entera se puso en pie y se dirigió a la puerta del local, todos excepto el maestro, que estaba paralizado en su silla a la espera de noticias sobre lo que estaba ocurriendo en la calle. Sorprendido también por la tardanza de la cuadrilla decidió salir él mismo a ojear, decidiendo que no debía haberlo hecho a los dos minutos de hallarse en la calle.
Frente a él, frente a su apoderado y su cuadrilla que estaban boquiabiertos, un grupo de jovencitos con aspecto de estudiantes, gritaba en la puerta del restaurante para darle ánimo que, pese a tener un pene diminuto y vestir tan mal el traje de luces, estaban dispuestos a darle sexo anal a cambio de un autógrafo. Le ofrecían sexo anal, le regalaban un prolongador de pene que le permitirá dejar de usar el protector en sus corridas, coreaban al unísono una cancioncilla en la que le decían “Mampostero, Mampostero, danos tu culo entero” y “Mampostero de Acedinos dónde tienes las corridas, en la plaza o fuera, dinos”.
José Luis Algarra, el Mampostero de Acedinos, tuvo que enfrentarse a María Patiño en un programa televisivo líder de audiencia esa misma semana, distribuir fotografías suyas trucadas, en ropa interior, para tratar de acallar las malas voces y las burlas, y en cosa de quince días hizo la presentación pública de su ficticia prometida, que buen sueldo se ganó por seguirle la corriente, en una rueda de prensa multitudinaria que sabotearon un grupo de activistas de la asociación de gays y lesbianas de Madrid. Y desde entonces, y hasta el día de hoy, se le ve por las televisiones deambulando entre camerinos mientras espera encontrar un nuevo apoderado que le consiga corridas en cualquier plaza del país, o del extranjero, a poder ser en ropa de mayoral y no en traje de luces.
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Jose, reconoce que soy un genio :P
Sobre todo porque hasta hoy no sabía nada de tauromaquia.
Eso sí, la wikipedia la tengo quemada :)
Tres sueños
Primer sueño:
Tres sueños consecutivos había tenido.
El primero fue el más intenso emocionalmente, los siguientes fueron diferentes.
Estaban los dos sentados en una cafetería, al fondo, en una mesa para dos que había debajo de una escalera metálica de caracol de color negro, que llevaba a la planta superior, en la que se encontraban los aseos y las oficinas. No era un bar común, era un sitio agradable en el que solo se servía café y derivados, infusiones, etc., con pastas de té, croissants, ensaimadas o napolitanas, si el cliente lo solicitaba. Olía a grano recién tostado y en la pared del fondo se apilaban sobres de café sin moler, dispuestos unos sobre otros, para la venta. Las restantes paredes estaban pintadas en color ocre y decoradas con algunos óleos no figurativos, de diferentes tamaños y colores, incluso algunos cuadros con texturas, o colecciones de dos o tres unidades dispuestas una junto a las otras y cuadros gemelos.
En una de las esquinas del local, justo la opuesta a aquella en la que estaban ellos, había un tonel de madera, envejecido, junto a unos sacos, bastos, de medio metro de altura calculó ella, que simulaban contener café también. Unas ocho mesas más se intercalaban sin una disposición simétrica ni proporcionada, como si sencillamente las hubieran dejado caer allí sin buscar un orden concreto. En el centro de cada una de las mesas se había dispuesto una vela aromática redonda, del tamaño de una mandarina, y un servilletero cúbico, metálico, del que se podían extraer servilletas por ambos lados, con publicidad estampada en los laterales. También había un cenicero de cristal en cada mesa y otros tres o cuatro en la barra por lo que ella no necesitó preguntar si estaba permitido fumar allí dentro.
Ella era una joven atractiva pero consciente de no ser guapa. Su rubia melena deslumbraba y le servía para disimular lo que, a su parecer, no era una cintura suficientemente marcada, ya que los mechones más largos le llegaban hasta más abajo de la mitad de sus nalgas. No era alta, apenas superaba el metro sesenta, pero se servía de grandes tacones para disimularlo. Todos esos detalles físicos y el uso de carísima ropa de diseño la convertía en una mujer deseable para casi cualquier hombre. Además desprendía cierto aire de accesibilidad que derretía a los caballeros y atraía a los jovencitos acnéicos, deseosos, a menudo, de invitarla a una copa más o acompañarla hasta su casa.
Siempre parecía una presa fácil.
Tal vez lo era.
Él era un hombre alto, un par de años mayor que ella, corpulento y atractivo también. Se le notaba la práctica habitual de ejercicio físico en la musculatura de sus brazos y el grosor del cuello, amplio, incluso desmesurado. Tenía el cabello castaño y unos inquietantes ojos azules enmarcaban una nariz griega bien proporcionada, incluso pequeña en relación al resto de su rostro. Sus cejas estaban bien silueteadas y sus pómulos sobresalían apenas en una cara bronceada y delicada en la que los rastros del afeitado matutino estaban aún presentes.
Estaban cada uno sentado a un lado de una pequeña mesa redonda. Ella movía su café con una cuchara de aluminio y él se sacudía polvo imaginario de encima de los pantalones. A la vez se miraban y se esquivaban las miradas, un poco avergonzados de haberse encontrado, por fin, y sorprendidos de la buena impresión que, en persona, les causaba el otro.
Estaban acostumbrados a hablar mucho, muy a menudo, sin embargo ahora no sabían qué decirse y ambos parecían absortos en sus propios pensamientos, como si revisaran mentalmente cuanto tenían que hacer a lo largo del día. A ratos ella golpeaba la mesa con su paquete de tabaco de cartón duro, girándolo a cada golpe, o sacaba el encendedor de dentro del paquete y lo volvía a meter. Ansiaba fumar pero temía que el humo les molestase y no se decidía entre esconder el paquete de nuevo en el bolso o prenderle fuego al primer cigarro del día. Lo dejó sobre la mesa y comenzó a voltear un enorme anillo de latón que llevaba en el anular de la mano izquierda.
El sobre de la mesa era de cristal ácido, de modo que sus piernas solo se percibían debajo, pero no se veían con claridad. Él tenía ambos pies en el suelo, aunque de vez en cuando hacía un intento de apoyar uno de los dos en la pata central de la mesilla. Sus zapatos eran de cuero negro, acordonados con un doble nudo, de buena calidad. Los pantalones que llevaba eran vaqueros, aparentemente sencillos, y los había comprado un año antes durante un viaje a Nueva York, en una de esas tiendas caras de ropa usada en la que venden primeras marcas a cientos de dólares por pieza.
Siendo de cristal no podían evitar golpear la mesa cada vez que depositaban la taza sobre sendos platos de cerámica. Tanto los platos como las tazas eran minúsculos y completamente blancos. Se notaba cierto desgaste por el uso y alguna de esas rozaduras que imprime el uso continuado del lavavajillas pero, en cualquier caso, eran más elegantes que un vaso de cristal o una taza de colores.
Ella tomó la taza por el asa. La mantuvo en su mano izquierda mientras seguía removiendo el contenido con la cucharilla que sujetaba con la mano derecha. Movía su mano despacio, concentrada, como pensando qué decir para romper ese silencio incómodo que se estaba produciendo desde hacía ya unos minutos y observando los círculos concéntricos que su cortado mostraba dentro de aquel pequeño recipiente. De vez en cuando dejaba de hacerlo, dejaba de mover la cucharilla, y parecía que iba a comenzar a hablar, pero antes de emitir ninguna palabra volvía a concentrarse en los círculos concéntricos y a mirar de reojo a ese hombre que tantas ganas tenía de conocer y a quien por fin tenía frente a ella.
También ojeaba un reloj de pared que había colgado tras la barra, con dos grandes manecillas, la esfera de color negro y números romanos, y tomaba nota mentalmente de los minutos que habían pasado desde la última vez que lo miró.
Él la miraba a ella y a su propio café, durante pequeños intervalos de tiempo, alternativamente. No quería incomodarla con miradas intensas pero a la vez no podía evitar dirigir hacia ella sus ojos, intensamente azules, tratando de analizar quién era en verdad. Tal vez, pensaba en silencio, no es quien yo creo que es. Tal vez no es como yo creo que es. Se movía apenas sobre el asiento, reajustando su postura, y de vez en cuando se frotaba las manos y tomaba pequeños sorbos de café azucarado.
Las sillas sobre las que estaban sentados eran de forja, como la pata central de la mesa, y sobre el asiento unos cojines de color tostado, finísimos pero suaves, les concedían la posibilidad de acomodarse un poco más tal como iban relajándose con la poca conversación que lograban tener. En la barra una camarera jovencísima secaba vasos de cristal con un paño blanco de algodón. Iba vestida con un uniforme negro, camiseta de algodón y pantalón, y en sus caderas se anudaba un delantal con grandes bolsillos de color negro también, corto, muy corto, que se asemejaba a una de esas minifaldas oscuras minúsculas que solo las quinceañeras se atreven a usar. En su espalda un eslogan en color amarillo indicaba el nombre del local. Desde detrás de la barra y sin levantar la mirada se dirigió a ellos dos, preguntándoles si iban a tomar algo más. A él le pareció una invitación incómoda a que consumieran o se marcharan. Ella le dijo que le gustaría tomar otro cortado, ¿Te importa?, le preguntó a él mirándole por primera vez a los ojos. Con la leche fría, por favor, dijo a la camarera. Él pidió otro café.
Aquella chica cuasi pre púbera comenzó a preparar las consumiciones, refugiándose en el sonido atronador de la enorme cafetera y el del molinillo de café. Ellos volvieron al silencio, a las miradas esquivas y los golpecitos sobre la mesa con el paquete de tabaco o con la cucharilla plomiza. De fondo sonaba un tema de Nina Simone, muy acorde con el ambiente relajado del local, y ella recordó el bonito vídeo musical con el que se presentó My baby just cares for me, con unos gatos de plastilina y varias imágenes de un viejo piano.
My baby don't care for shows
My baby don't care for clothes
My baby just cares for me
My baby don't care for cars and races
My baby don't care for high-tone places…
La camarera dejó las tazas en la barra y salió de allí detrás para cogerlas desde el otro lado, una en cada mano, y acercárselas a la mesa del rincón en la que ellos se habían sentado. No había nadie más a esas horas. Ellos solos, y la camarera, en aquel pequeño local del centro, escuchando la música de fondo o el estridente ruido del café moliéndose, sin decir palabra.
Ella le dio las gracias a la muchacha cuando le acercó el cortado y le dirigió una sonrisa. La camarera respondió con un desganado “de nada” y se fue de nuevo tras la barra. Él agitó el sobre de azucarillo, lo abrió despacio y comenzó a vaciarlo dentro de su café, mientras comentaba que le parecía muy educado dar las gracias a los camareros, que en Nueva York nadie lo hacía y que dudaba que fuera común hacerlo aquí. Ella sonrió y respondió que le gustaba ser educada y que al fin y al cabo esa pobre muchacha estaba trabajando, quién sabe desde hacía cuántas horas, por lo que probablemente sería un sueldo mísero.
Unos segundos después él comenzó de nuevo a hablar haciendo hincapié en el saber estar que ella estaba demostrando pese a que estaba evidentemente nerviosa, y comentó cínicamente lo maleducada que le parecía la camarera, aunque cobrase un salario infame, quejándose del tono que había empleado en su “de nada” minutos antes. Ella seguía mirando hacia abajo sin poder fijar sus ojos en los de él pero le escuchaba con atención y le observaba, de reojo, cuanto podía.
Se produjo un nuevo silencio que ella rompió al mover su silla hacia él, con una coreografía perfecta, a la vez que descruzaba sus largas piernas, verdaderamente desproporcionadas con el resto de su cuerpo diminuto, e inclinaba su tronco hacia delante, hacia donde él estaba sentado, permitiéndole ver su escote color canela, roto por lencería negra, y percibir una piel perfecta con aroma a ajedrea.
Él dejó su taza en el plato para acercarse también y se encontró de pronto con una mano enredada en la de ella, cada uno de los dedos entrelazado con otro, y percibiendo apenas unas suaves caricias en forma de círculo en el dorso, que ella empezaba a realizarle con la otra mano. Pequeños círculos dibujados casi en el aire, sin contacto apenas, sobre el dorso de su mano y un recorrido ligero a lo largo de cada uno de sus largos dedos. Era la primera vez desde que él llegó que se tocaban. Solo un beso en cada mejilla al encontrarse y nada más hasta que sus manos se encontraron sobre la mesa de aquel café.
Uno de los dos sacudió la mesa con los pies haciendo que se tambaleara y él puso la palma de su mano izquierda, que aún tenía libre, sobre el incómodo mueble, para impedir que se desplazara por el golpe o se derramara el contenido de las tazas. Ella seguía acercándose a él tras haber recolocado su cabello largo sobre el hombro izquierdo. Su cara, la de ella, quedó pegada a la de él como cuando alguien va a darte dos besos pero no utiliza los labios, pómulo con pómulo, apenas rozándose. Él inclinó apenas su cabeza hacia delante para dejar su oído a la altura de los labios de ella y poderla escuchar mejor pese al ruido del molinillo, que seguía en marcha, y se dio cuenta entonces que sus labios y su propia nariz habían quedado apenas a unos milímetros de la piel de ella, en su cuello, invitándole a olfatear cuanto aquel cuerpo femenino desprendía esa mañana.
Sintió que comenzaba a respirar entrecortadamente mientras el roce de sus caras se hacía mucho más intenso e imaginó que la agarraba de la cabeza y se la giraba para besarle esos labios suaves que tan cerca suyo estaban ahora. Se sintió algo avergonzado y deseó que ella no notara su estado.
Ella movió levemente la cabeza acercándola un poco más y cuando sus labios estuvieron pegados a él, a su cabeza, a su cuello, al lóbulo de su oreja, tan cerca que al hablar no podía evitar el contacto, rozándole apenas con los labios húmedos, por fin le habló al oído, melódicamente y susurrando con una voz dulce y cálida, apenas audible y a la vez firme. Su respiración era arrítmica y la curva melódica de lo que decía iba creciendo y menguando con cada palabra, mientras le seguía dibujando círculos en el dorso de la mano a él.
Liz Taylor is not his style
And even Liberace's smile
Is something he can't see
Is something he can't see
I wonder what's wrong with baby…
Él notó que se le aceleraba el pulso, un ansia tremenda por besarla, la necesidad de dejar sobre su rodilla la mano que le quedaba libre para dibujar en ella los mismos círculos concéntricos que ahora recibía en su propia mano y que unos minutos antes le había visto dibujar dentro de la taza del cortado; deseando prolongar esas caricias hacia la cara interior de sus muslos, ajeno a la mirada de la camarera y a la de cualquier otro que pudiera entrar en la cafetería súbitamente. Y entonces, con ese susurro que estaba esperando y la dicción perfecta de quien habla haciendo pausas tras cada una de las palabras que emite, ella le dijo:
- ¿No crees que… nunca es tan importante qué se dice… cómo la forma… en… que… se… dice? Podría provocarte, creo, aquí mismo… una erección. ¿No crees?... Solo hablándote así… suavemente… susurrándote al oído. Solo con palabras.
Y así fue
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Segundo sueño:
Se conocieron por una casualidad. Algunas llamadas telefónicas, algún congreso en la capital y varias notificaciones ínter departamentales ya que ambos trabajaban en la misma empresa. Ella llevaba la sección comercial de la sucursal de Valencia y él era el director financiero de la de Nueva York. El contacto entre sucursales se establecía al principio por teléfono y correo ordinario. Cuando los programas de mensajería instantánea se empezaron a utilizar se vieron por primera vez en una fotografía diminuta. Poco después empezaron a usar videoconferencias que, al final, también empleaban en sus casas para hablar de otros asuntos que nada tuvieran que ver con el trabajo y las llamadas profesionales bimestrales pasaron a convertirse en comunicaciones diarias fueran o no laborales.
Las primeras llamadas, las estrictamente profesionales, les dieron a conocer sus nombres y apellidos, los cargos y responsabilidades que desempeñaban en Deico Company, y sus funciones. La mensajería les permitió empezar a bromear durante los tiempos de espera entre comunicados e intercambiar imágenes que no se hubieran enviado por e-mail porque todo el correo quedaba registrado, con fecha y hora de entrada y de salida, en una aplicación del sistema informático creada adrede para ese fin.
Deico Company importaba madera de diferentes países africanos que, una vez manufacturada, exportaba al nordeste americano con especial éxito en Mid-Atlantic. Entre los diez millones y medio de habitantes de la ciudad de Nueva York había una clientela potencial muy superior a la de países enteros del área europea, de modo que, una vez las exportaciones comenzaron a dar beneficios, desde la central en Madrid enviaron a los mejores comerciales bilingües para abrirse paso en el competitivo mundo financiero americano. Pocos años después cotizaban en bolsa y tenían una plantilla internacional superior a los dos mil empleados, las oficinas de Madrid se habían convertido en un apoyo de las neoyorquinas y las que había en el resto de España no eran más que testimoniales.
Ella estaba en las oficinas de Valencia desde que acabó derecho en una facultad privada del Opus. Cosas de la familia, porque en realidad era de ideología republicana y más bien agnóstica. Durante el último curso entró a formar parte del reducido grupo de becarias, todas chicas, que la empresa contrataba a través de un acuerdo de colaboración con la citada universidad. Su sonrisa y su forma de amedrentar a los clientes insatisfechos le valieron una plaza fija una vez tuvo el título en sus manos. Nunca intentó cambiar de empresa, ni de sucursal, ni siquiera de departamento, porque en el que estaba desde que inició su contrato disponía de un horario muy cómodo y un salario bien satisfactorio.
Sin embargo él comenzó en la oficina de Madrid cuando aún estaba en Atocha y durante el traslado a la Calle Pizarro se marchó a Nueva York a tantear el mercado. Se había afincado y solo volvía a España un par de veces al año para visitar a sus padres pero nunca se planteaba regresar para siempre. Esta vez quiso volver, quiso pasar aquí una buena temporada y aprovechar para visitar la sucursal valenciana, estrictamente por motivos de trabajo, se mentía sí mismo. Y así fue como preparó un mes de vacaciones alternando Madrid y Valencia para conseguir conocerla, por fin, en persona.
Durante la última conversación que mantuvieron él detalló su llegada a Madrid, los días que iba a estar en la ciudad y la forma como se comunicaría con ella. Acordaron una fecha para su encuentro en Valencia y no quedaban muchos días para que se produjera cuando ella empezó a soñar cómo sería ese encuentro y en qué podría derivar.
Ella se encargó de reservarle la habitación en un hotel e intentó conseguir dos pases para algunos lugares turísticos de la ciudad, de visita obligada para turistas, como el Oceanográfico o el Museo de las Artes y las Ciencias. En temporada alta era imposible conseguirlos así que se conformó con un par de entradas para el Bio-Parc y una reserva para comer en un bonito restaurante del puerto. Le hubiera gustado alojarle en su casa pero se avergonzaba del descuido en el que la tenía y de dedicar todo su presupuesto a la adquisición de ropa y cosméticos caros. Nunca recibía visitas ni organizaba cenas o comidas en su piso, de modo que no le preocupaba demasiado cómo era. Le bastaba con poder dormir cómodamente y disponer de suficientes armarios como para organizar su ropa por colores, marcas o diseñadores, estilos, etc. De todos modos la empresa costeaba los gastos del alojamiento y la dieta dado que la visita era estrictamente laboral, mentían.
Durante una noche entera tuvo tres sueños con él en los que inyectó gran parte de su fantasía sobre el encuentro. Quedarían en una cafetería con estilo en el centro de la ciudad, se conocerían en persona y se gustarían tanto que irían a comer, a pasear por la tarde entre los parques del antiguo cauce del río y tras una cena con clase pasarían su primera noche juntos en un hotel, porque su casa era tan modesta que le avergonzaba invitarle a pasar en ella siquiera un par de horas.
Se despertó con una sonrisa y la necesidad de beber un poco de agua porque sentía su garganta seca y los labios cortados. Una vez tomó unos sorbos se volvió a costar sobre su canapé de hipermercado y se tapó desde los pies a la cintura con una colcha de algodón de color rojo a la que se le escapaban algunos hilos desde que la metió por primera vez en la secadora. No le costó mucho retomar el sueño y en cuanto entró en REM comenzó de nuevo a fantasear.
Soñó que paseaban. Él le había pasado el brazo por detrás de la espalda y la agarraba por la cintura con la mano izquierda, iban muy lentamente por la calle Colón, haciendo como que miraban los escaparates de las tiendas y recreándose en el silencio de su paseo y en las sensaciones táctiles. Ella le cogía a él del mismo modo, con su brazo tras la espalda y la mano derecha en su cintura, y tintineaba a veces con los dedos como si comprobara que aquel chico era real y no un fantasma creado por su fantasía. Con la otra mano se recolocaba el asa del bolso a veces y otras veces arrastraba parte de su cabello detrás de las orejas, recreándose en un paseo ciertamente onanista desde el cuero cabelludo hasta la punta de su larga melena rubia.
Se pararon ante un comercio de grandes ventanales acristalados. Ella hacía como que miraba los maniquíes descoyuntados, mirándose en realidad a sí misma reflejada, para afianzar su seguridad basándose en su aspecto. Él vestía muy bien, con un estilo informal pero a la vez elegante, y seguía llevando ahora la misma ropa que ella le soñó en la cafetería. Unos vaqueros, una camiseta con escote tunecino con botones y tejido a contraste en la tapeta. En el lado izquierdo llevaba un bolsillo de plastrón y los pespuntes de toda la prenda eran a contraste. Manga corta, tejido de algodón y la marca, desconocida para ella, bordada en hilo verde sobre la pechera. Ella llevaba un pantalón fuseau con trabillas en la cintura y cerrado por corchetes y una camisa-bailarina cruzada, de manga corta y profundo escote en v. La camisa interior era de cuello camisero, blanca, con rayas verticales azules, la bailarina era de tejido cambric azul oscuro y todo el conjunto formaba parte de la última colección de Pedro del Hierro.
Estaban parados frente al escaparate cuando él retiró la mano con la que había estado cogiéndola por la cintura y la cogió del brazo izquierdo acercándola un poco hacia sí mismo. Cuando la tuvo cerca se aproximó a su oído para decirle algo en voz baja que a ella le erizó la piel entera causándole un leve cosquilleo en la parte baja del vientre que no podía identificar de ninguna otra forma más que excitación. Le había propuesto que cenaran en privado en su habitación de hotel, en el NH, lo que a ella más le apeteciera cenar, y que, una vez acabado el postre se quitaran los zapatos, se acomodaran en la cama doble y charlaran de la misma forma que solían hacerlo por teléfono, solo que esta vez cara a cara.
Ella le sacó punta a la invitación. Últimamente las conversaciones telefónicas tenían poco de conversación y mucho de erotismo enmascarado, y pensó que, tal vez, la propuesta no era tanto para hablar como para erotizarse uno al otro y acabar haciendo el amor a media luz sobre la cama de ese hotel impersonal pero a la vez acogedor.
Le dijo que le parecía un buen plan pero que necesitaba, antes, pasar por su casa a darse una ducha y cambiarse de ropa, pensando más en vestirse tan provocativa como le fuera posible que en hábitos higiénicos lógicos llegada esa hora de la tarde. A él le pareció natural y acordaron verse en el hall del hotel a la hora de la cena, pararon un taxi, ella se subió, y mientras el taxi arrancaba le lanzó un beso que a él le puso algo nervioso y expectante.
Cuando ella llegó a su apartamento lanzó los zapatos y se dirigió a la ducha. Abrió el grifo y comenzó a quitarse la ropa mientras esperaba que el agua fluyera a la temperatura adecuada. Dejó el pantalón y la camisa en el suelo y se metió dentro de la mampara de metacrilato tratando de evitar que el agua le mojara el cabello al caer desde arriba. Cerró el grifo para enjabonarse con gel de avena usando las palmas de las manos y no pudo evitar masturbarse cuando empezó a enjabonar su zona genital. Cuando volvió a abrir el grifo y dejó que el agua la acariciara de nuevo se sintió algo más relajada respecto a los planes de esa noche.
Imaginó que también él estaba metido en la ducha del hotel, que también se estaba enjabonando y que también se habría masturbado pensando en ella. Se envolvió en una toalla con publicidad de una marca de licores y se fue a la habitación para abrir el armario, de par en par, e intentar elegir su vestuario.
Mientras ella se probaba varias combinaciones, tanto de ropa interior como de pantalones o faldas con camisas y blusas, él también había salido de la ducha vistiéndose con un traje de lino gris y una camisa tostada, sin corbata – el evento no la requería – pero de manga larga, aunque hacía calor ese día. Se calzó los mismos zapatos que había llevado durante la tarde y comprobó ante el espejo que su afeitado seguía intacto y sus dientes habían quedado brillantes tras el cepillado. Ojeó un folleto divulgativo sobre las instalaciones del hotel, revisó el estado de la habitación, y bajó a la planta baja a esperarla a ella con cierta ansiedad.
Ella llegó puntual, a la hora acordada, y le acompañó al mostrador para indicar al recepcionista que se alojaría en la habitación de él esa noche. Normas del hotel, todo el mundo debía estar registrado y estaba prohibido recibir visitas que no se comunicaran previamente al personal de servicio. Sin su inscripción les hubiera sido imposible conseguir cena para dos pero ahora disponían de carta libre para solicitar al comedor todo lo que necesitaran en su primera cena a dos.
Subieron al ascensor juntos e iniciaron el ascenso hacia el lugar en el que ambos deseaban pasar la velada. Ya en la habitación decidieron qué cenar y solicitaron el menú por teléfono. El tiempo que estuvieron esperando a que se lo sirvieran volvieron a sentirse algo incómodos por los silencios repentinos pero, al contrario de lo ocurrido en el sueño de la cafetería, consiguieron mirarse a los ojos y sonreír cada una de las veces que ambos se quedaban sin palabras.
La cena llegó sobre un carro-camarera de aluminio, vestido con mantelería blanca y un camino de color salmón. El camarero dejó el carro, recibió su propina gustoso y se marchó indicándoles el número de servicio por si necesitaban algo más. La conversación era distendida y animosa así que lograron relajarse y sentirse a gusto y disfrutaron de una cena de tres platos regada con vino tinto y un postre goloso con cava seco.
Al acabar la cena ella se dio cuenta que había olvidado el tabaco y él se ofreció a ir a buscarle un paquete a la cafetería. Pese a las reticencias iniciales que ella mostraba aceptó la proposición, le dijo la marca, le dio las gracias por su amabilidad, sobre todo porque él no era fumador e incomodarle de aquel modo resultaba desfachatado y le dijo que le esperaría ansiosa. Él salió de la habitación a buscar un paquete y ella se quedó a solas, esperando su vuelta.
Usó su tarjeta para abrir la puerta cuando volvió de la cafetería. No se sorprendió al encontrarlo todo a oscuras. Pensó que ella estaba preparando el fin de la velada y así era. Solo permanecía encendida una pequeña lámpara en la mesilla de noche y de ella no había rastro. La llamó, y desde el cuarto de baño ella respondió que en seguida estaría con él.
Se sentó a esperarla en el borde de la cama, expectante, interesado, emocionado y sorprendido, sin saber bien qué hacer. Quería quitarse los zapatos y desabotonarse un poco la camisa, que le estaba asfixiando, pero temía que fuera un paso demasiado rápido para ella y que se asustara si le encontraba tan cómodo sobre la cama. Pensó en dirigirse al baño, abrir la puerta y entrar sin llamar, sorprendiéndola por la espalda con un jugoso mordisco en el cuello. Pero también pensó que podía encontrarla en una situación incómoda y decidió permanecer allí, esperando, a ver qué ocurría cuando ella volviera su lado.
No tardó mucho. Apagó la luz del baño desde dentro y abrió la puerta. El reflejo de la lámpara de noche le acariciaba los muslos y la penumbra del resto de la estancia la envolvía de un poco de misterio dispuesto a desvelarse. Su cabello se apoyaba sobre uno solo de sus hombros, resplandeciente, y su mirada, apenas perceptible, insinuaba juegos e ideas jugosamente carnales y apetecibles. Apoyó en alto ambas manos en el marco de la puerta, cada una a un lado dejando los brazos en cruz. Estaba completamente desnuda. Le miró mientras le llamaba por su nombre con la voz retenida y, a la vez, abrió apenas las piernas ladeando levemente las caderas, a un lado primero y al otro después, mostrándole unos pequeños pechos de aureola rosada y diminutos pezones, muchas y sinuosas curvas, y un pubis casi depilado por completo enmarcado entre las amplias caderas bronceadas y un vientre firme y goloso.
Ella le miró a los ojos, explayándose en el intenso tono azul y esas pupilas dilatadas que la observaban en silencio, bajó una de sus manos, hasta entonces apoyada en la puerta del baño, y la puso sobre su cadera con la palma abierta, moviéndola lentamente, contorneando primero la cadera, acariciando el vientre y contorneando los muslos después, acercándose peligrosamente al lugar donde debería haber un monte de Venus y había solo piel suave y jugosa, y le dijo con la voz entrecortada y apenas audible:
- Ya no me apetece fumar.
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Tercer sueño:
Ella tenía una hermana menor con la que guardaba cierto parecido. Pero su hermana era algo más alta, más guapa, más delgada y con el cabello oscuro. No podía evitar tenerle cierta envidia y encararse con ella con cualquier excusa aunque en el fondo la adoraba. Tuvieron una infancia diferente porque su padre, un afamado doctor valenciano que incluso tenía una calle en su honor y las llaves de la ciudad, las dejó, a ellas dos y a su madre, y creó otra familia de la que ignoraba cualquier otro dato. No sabía bien qué había ocurrido y por qué las había dejado pero tampoco parecía importarle demasiado.
A veces bromeaba respecto a que igual se había acostado con su propio hermano sin saberlo, ya que desconocía si su padre había tenido más hijos o no y no solía preguntar los apellidos a sus ligues. Le gustaban los chicos jóvenes, de su edad o menos, de modo que cualquiera de ellos podría haber sido hijo del doctor desaparecido. Si así era prefería no saberlo, así que tampoco se interesaba por los chicos más allá de la noche que pasaba con ellos. No curioseaba por Internet ni buscaba sus nombres o sus fotos en las páginas de contactos. Sencillamente no se hacía preguntas porque no quería obtener respuestas.
La madre, enfermera de profesión, hacía una vida más o menos independiente de la de las hijas desde que éstas fueron mayores de edad. Las hijas recibían, ambas, una pensión mensual bastante alta en concepto de gastos por alimentación. Una pensión compensatoria que servía para apaciguar la conciencia del padre, acomodar la economía de la madre, y permitir a las hijas desde bien jóvenes disponer de soltura económica suficiente como para no reparar en gastos. Nunca se quedó ni un céntimo y todo el dinero se ingresaba a partes iguales en las cuentas bancarias de las dos hermanas. No les pedía nada y tampoco les daba nada porque sabía que les sobraba con aquello y no necesitaban más.
Tenían un buen piso, muy grande y espacioso, con una terraza inmensa y todas las comodidades. Disponían de lavavajillas para no romperse las uñas o estropear una manicura perfecta fregando platos; tenían secadora para no tender la ropa y que así ningún vecino pudiera verlas realizando labores del hogar. Un par de veces a la semana una chica ecuatoriana les limpiaba todas las estancias y hacían la compra por Internet, a veces por teléfono, para no cargar con las bolsas desde el supermercado a casa. Llevaban una vida cómoda y se comportaban como señoras de rancio abolengo. No realizaban ninguna actividad doméstica y daban órdenes a la asistenta, al electricista, al fontanero, al portero del edificio y a quien viniera bien, como si fueran de una estirpe superior y se encontraran, por error, entre gente vulgar y de clase media.
Aun antes de tener su propio apartamento iba y venía, entraba y salía, del piso familiar de la Calle Alboraia, con toda la libertad que quería. Su hermana estaba en otra ciudad estudiando y su madre apenas aparecía por casa. Si alguna de ellas necesitaba en exclusiva el piso durante el fin de semana las otras dos desaparecían discretamente. Hablaban poco, se veían aún menos y nunca había discusiones entre ellas porque tampoco había conflictos. Se marchó a su propio apartamento más por tener un picadero que por necesitar independencia. Le molestaba bastante que su madre o su hermana se quedaran en casa el fin de semana y no tenía argumentos para hacer que se fueran siempre.
Desde los dieciséis años no recordaba haber pasado sola un fin de semana entero, porque cada sábado la acompañaba algún chico que desaparecía, generalmente para siempre, el domingo, o el lunes a lo sumo. Contaba haber tenido un pseudo-novio en el instituto con el que rompió después de una gran bronca que se produjo cuando ella, viendo que el chico tenía la piel del pene algo pegada al prepucio, le pegó un tirón seco, despegándola de golpe y causándole una herida, que después se infectó, y que le mantuvo bastante tiempo inhabilitado, por decirlo con suavidad. Hablaba del muchacho con cierta nostalgia pero también bromeaba sobre él con alguna crueldad.
De hecho algunos fines de semana los pasaba con dos o tres chicos diferentes, uno tras otro, sin preocuparse siquiera de sus nombres ni recordar dónde les había conocido o cómo tenían su teléfono. Ni siquiera necesitaba que fueran excesivamente atractivos. Le bastaba con que no tuvieran sobrepeso y no llevaran gafas.
Ella excusaba su comportamiento en el hecho de no haber tenido un referente masculino en casa, asegurando que buscaba el amor del padre perdido, o en su defecto el de un hombre que la cuidara y le hiciera sentir bien. Sin embargo nunca se le vieron intenciones de iniciar, y mucho menos sostener, una relación con ningún hombre. Solo buscaba sexo con ellos. De modo que su excusa no tenía fundamento.
Esos hábitos le dificultaban bastante las relaciones de amistad, que se hicieron casi imposibles cuando comenzó a perderle el respeto a las pocas amigas que aún la soportaban. Con los chicos era imposible. No podía ser su amiga porque casi todos le interesaban solo como amantes. Con las chicas cada vez la cosa iba a peor.
En una ocasión llamó a una de ellas por teléfono, tras cuatro semanas sin verse, para decirle que había conseguido bajar dos tallas ese mes y se sentía muy satisfecha. Su interlocutora llevaba todo un año siguiendo una dieta estricta gracias a la cual había podido perder, en doce meses, mil doscientos gramos. Le ofreció, además, la ropa que le había quedado grande, ya que ella no la iba a volver a usar, pero insinúo con cierto cinismo que hasta su ropa grande le iba a quedar pequeña a la amiga.
En otra ocasión le dijo a una de las chicas, cuyo matrimonio pasaba un momento crítico, que si al final se separaba de su marido le diera, por favor, el teléfono de él, porque al fin y al cabo entre ellos ya no habría sexo y ella estaría gustosa de aliviarle a él alguna que otra noche, sin compromisos, claro.
Durante una noche de fiesta se la vio magreándose con un chico jovencísimo, moreno y delgado, apenas salido del cascarón, en la parte oscura de Rumbo, un garito de la zona de Blasco Ibáñez que se ponía hasta los topes los sábados por la noche. Con un amigo que acompañaba a ese tipo de diecipocos años se enrolló unas horas más tarde, en el mismo lugar, y ante la mirada atónita del primero, que alucinaba con la actitud de ella pero sobre todo con la de su acompañante de jolgorio. Muy amigos no serían cuando ambos se la pasaron por la piedra consecutivamente. Cuando el local encendió las luces indicando al personal que la fiesta había terminado ella le contó a sus amigas que se marchaba con prisas porque había quedado en su casa con un tercero, con otro chico al que había citado por la red, al que todas ellas conocían y del que sabían que mantenía una relación formal con una estudiante de ingeniería que sacaría sobresaliente en su proyecto fin de carrera ese mismo año.
Tres chicos diferentes un solo sábado noche.
Usaba como apodo el nombre de una diosa griega que significaba “Llena de sabiduría” y se comportaba como la diosa era representada: con naturaleza emotiva vehemente, de ánimo alegre, sintiéndose superior, con capacidad analítica y amante de complacer y de recibir. Era así, era su forma de ser y de actuar, de modo que se sabía consciente de no necesitar, no querer y no desear una relación de pareja, y mucho menos en la distancia, porque sería incapaz de mantenerse fiel o de esperar su regreso. De hecho, en los dos años que ellos dos llevaban comunicándose nunca habían hablado de relación, de fidelidad, de traición, de exclusividad ni de nada similar. Cada uno de ellos, en las ciudades en las que vivían, separados por miles de kilómetros, hacía su vida como consideraba y mantenía relaciones con quien quería.
En realidad él no era demasiado promiscuo. Al principio de conocerse tuvo un par de líos de unos días de duración con alguna neoyorquina joven. Algo más tarde salió un par de noches con una mulata imponente que trabajaba en una firma publicitaria. Cine, cena, café y copa, y después cada uno a su casa. Nada más.
Ella sí que continuó con sus fines de semana en compañía, sus líos, sus chicos, sus amantes, sus búsquedas fructíferas de sexo de una noche y su vida en paralelo: de lunes a viernes una abogada comercial discreta, sábados y domingos una perra sexual, según sus propias palabras. A él nunca se lo dijo.
Ahora se preguntaba a sí misma qué estaba pasando, por qué se sentía tan nerviosa por ir a conocerle en persona, y qué otro interés podía tener más que el de acostarse juntos tantas veces como fuera posible antes de que él regresara a Madrid, y a Nueva York. No tenía respuestas y seguramente ese nerviosismo y esas dudas eran las que la estaban llevando a soñar con él de una forma tan constante. Al fin y al cabo siempre se nos ha dicho que uno sueña con aquello que le ha pasado o en lo que ha pensado a lo largo del día, y ella, esa semana, pasaba el día entero cavilando su encuentro.
La segunda vez que se despertó esa noche fue al bañó primero, se fumó un cigarro sentada en el sofá después, y se acostó de nuevo con la esperanza de dormir un poco más en las tres horas que faltaban para que su despertador sonara. Tampoco esta vez tardó mucho en dormirse. Y también en esta ocasión soñó con él, con su encuentro y con el primer día y la primera noche que iban a pasar juntos.
Estaban sentados en la terraza de un restaurante del puerto de Valencia, uno de esos sitios inaugurados por la America´s Cup, que ahora se había convertido en lugar de encuentro de gente bien de la ciudad. Comían un menú degustación compuesto por varios platos físicamente enormes pero casi vacíos, eso sí, con una presencia y vistosidad insólita. Estaban tomando ya la segunda botella de vino cuando ella se quitó disimuladamente las sandalias de tacón alto que la estaban martirizando. El camarero apareció de repente para rellenar sus copas, preguntó si estaba todo a su gusto y desapreció del mismo modo una vez hubo obtenido una respuesta satisfactoria.
Permaneció sentada en la misma postura, con ambos pies puestos sobre cada una de las sandalias para no apoyar sobre el suelo, y rezando para que él no se diera cuenta de semejante vulgaridad y se avergonzara de ella. Después de beber un par de sorbos en una amplia copa de cristal de Swarovski apoyó el antebrazo izquierdo en la mesa con tan mala fortuna que su cuchillo de pescado cayó al suelo sonoramente. Él hizo ademán de agacharse a por él y ella, viendo que iba a ser descubierta, le pidió que no lo hiciera porque había caído cerca de su asiento y sería ella misma quien fácilmente lo recogería.
Él movió su cabeza afirmativamente, continúo bebiendo vino en su propia copa, y ella retiró apenas su silla, hacia atrás, y se agachó a por el cuchillo.
Una vez bajo la mesa tuvo tiempo de ojear a su alrededor y hacer un análisis rápido de la situación. Ella estaba allá abajo, casi arrodillada, descalza, y él sentado frente a ella, las piernas en paralelo, los pies apoyados en el suelo y las rodillas abiertas. Los camareros estaban dentro del local y en la terraza nadie más comía. Estaban solos. Podría acercarse a él, ponerle las manos en la cara interna de sus muslos y moverlas lentamente hacia su entrepierna. Podría desabotonarle el pantalón sin llamar demasiado la atención, incluso meter una mano dentro del mismo y acariciarle el pene hasta que estuviera erecto. Podría, pensó, sacar el pene fuera del pantalón, fuera de los calzoncillos, y sin salir de debajo de la mesa hacerle una felación tremenda.
Podría. Y él debería mantener la compostura, hacer como si nada ocurriera si alguien desde dentro del restaurante miraba a la terraza, hablar con el camarero cuando apareciese de nuevo a preguntar qué tal estaba la comida... Él debería acallar sus jadeos mientras la boca de esa rubia imponente succionaba, debería mantenerse en silencio mientras su lengua lamía e incluso estarse completamente quieto mientras ella le propinaba pequeños mordiscos en los testículos y movía la mano que envolvía su pene hacia arriba y hacia abajo con ritmo constante. Podría, pensó ella. Y a continuación cogió el cuchillo del pescado, que había quedado junto a una pata de la mesa, y volvió a sentarse con normalidad, excepto por una sonrisa burlona que le dedicó a él en cuanto se hubo acomodado de nuevo.
Sonó el despertador, se levantó y fue a la ducha, se metió tras la mampara de metacrilato mientras escuchaba un tema de Nina Simone, se enjabonó con gel de avena y se envolvió en una toalla con publicidad. Regresó a su habitación, eligió su vestuario y se lo puso con cuidado. Se miró en el espejo y se encontró perfecta.
Salió de la habitación, cogió su bolso y sacó de dentro las llaves de su apartamento, con las que cerró la puerta al salir. Después bajó con el ascensor hasta la puerta del edificio y paró a un taxi, al que le indicó la dirección de Deico Company.
Empezó su jornada laboral. Como cualquier otro día.
My baby don't care for shows
My baby don't care for clothes
My baby just cares for me
My baby don't care for cars and races
My baby don't care for high-tone places…
FIN.
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Tres sueños consecutivos había tenido.
El primero fue el más intenso emocionalmente, los siguientes fueron diferentes.
Estaban los dos sentados en una cafetería, al fondo, en una mesa para dos que había debajo de una escalera metálica de caracol de color negro, que llevaba a la planta superior, en la que se encontraban los aseos y las oficinas. No era un bar común, era un sitio agradable en el que solo se servía café y derivados, infusiones, etc., con pastas de té, croissants, ensaimadas o napolitanas, si el cliente lo solicitaba. Olía a grano recién tostado y en la pared del fondo se apilaban sobres de café sin moler, dispuestos unos sobre otros, para la venta. Las restantes paredes estaban pintadas en color ocre y decoradas con algunos óleos no figurativos, de diferentes tamaños y colores, incluso algunos cuadros con texturas, o colecciones de dos o tres unidades dispuestas una junto a las otras y cuadros gemelos.
En una de las esquinas del local, justo la opuesta a aquella en la que estaban ellos, había un tonel de madera, envejecido, junto a unos sacos, bastos, de medio metro de altura calculó ella, que simulaban contener café también. Unas ocho mesas más se intercalaban sin una disposición simétrica ni proporcionada, como si sencillamente las hubieran dejado caer allí sin buscar un orden concreto. En el centro de cada una de las mesas se había dispuesto una vela aromática redonda, del tamaño de una mandarina, y un servilletero cúbico, metálico, del que se podían extraer servilletas por ambos lados, con publicidad estampada en los laterales. También había un cenicero de cristal en cada mesa y otros tres o cuatro en la barra por lo que ella no necesitó preguntar si estaba permitido fumar allí dentro.
Ella era una joven atractiva pero consciente de no ser guapa. Su rubia melena deslumbraba y le servía para disimular lo que, a su parecer, no era una cintura suficientemente marcada, ya que los mechones más largos le llegaban hasta más abajo de la mitad de sus nalgas. No era alta, apenas superaba el metro sesenta, pero se servía de grandes tacones para disimularlo. Todos esos detalles físicos y el uso de carísima ropa de diseño la convertía en una mujer deseable para casi cualquier hombre. Además desprendía cierto aire de accesibilidad que derretía a los caballeros y atraía a los jovencitos acnéicos, deseosos, a menudo, de invitarla a una copa más o acompañarla hasta su casa.
Siempre parecía una presa fácil.
Tal vez lo era.
Él era un hombre alto, un par de años mayor que ella, corpulento y atractivo también. Se le notaba la práctica habitual de ejercicio físico en la musculatura de sus brazos y el grosor del cuello, amplio, incluso desmesurado. Tenía el cabello castaño y unos inquietantes ojos azules enmarcaban una nariz griega bien proporcionada, incluso pequeña en relación al resto de su rostro. Sus cejas estaban bien silueteadas y sus pómulos sobresalían apenas en una cara bronceada y delicada en la que los rastros del afeitado matutino estaban aún presentes.
Estaban cada uno sentado a un lado de una pequeña mesa redonda. Ella movía su café con una cuchara de aluminio y él se sacudía polvo imaginario de encima de los pantalones. A la vez se miraban y se esquivaban las miradas, un poco avergonzados de haberse encontrado, por fin, y sorprendidos de la buena impresión que, en persona, les causaba el otro.
Estaban acostumbrados a hablar mucho, muy a menudo, sin embargo ahora no sabían qué decirse y ambos parecían absortos en sus propios pensamientos, como si revisaran mentalmente cuanto tenían que hacer a lo largo del día. A ratos ella golpeaba la mesa con su paquete de tabaco de cartón duro, girándolo a cada golpe, o sacaba el encendedor de dentro del paquete y lo volvía a meter. Ansiaba fumar pero temía que el humo les molestase y no se decidía entre esconder el paquete de nuevo en el bolso o prenderle fuego al primer cigarro del día. Lo dejó sobre la mesa y comenzó a voltear un enorme anillo de latón que llevaba en el anular de la mano izquierda.
El sobre de la mesa era de cristal ácido, de modo que sus piernas solo se percibían debajo, pero no se veían con claridad. Él tenía ambos pies en el suelo, aunque de vez en cuando hacía un intento de apoyar uno de los dos en la pata central de la mesilla. Sus zapatos eran de cuero negro, acordonados con un doble nudo, de buena calidad. Los pantalones que llevaba eran vaqueros, aparentemente sencillos, y los había comprado un año antes durante un viaje a Nueva York, en una de esas tiendas caras de ropa usada en la que venden primeras marcas a cientos de dólares por pieza.
Siendo de cristal no podían evitar golpear la mesa cada vez que depositaban la taza sobre sendos platos de cerámica. Tanto los platos como las tazas eran minúsculos y completamente blancos. Se notaba cierto desgaste por el uso y alguna de esas rozaduras que imprime el uso continuado del lavavajillas pero, en cualquier caso, eran más elegantes que un vaso de cristal o una taza de colores.
Ella tomó la taza por el asa. La mantuvo en su mano izquierda mientras seguía removiendo el contenido con la cucharilla que sujetaba con la mano derecha. Movía su mano despacio, concentrada, como pensando qué decir para romper ese silencio incómodo que se estaba produciendo desde hacía ya unos minutos y observando los círculos concéntricos que su cortado mostraba dentro de aquel pequeño recipiente. De vez en cuando dejaba de hacerlo, dejaba de mover la cucharilla, y parecía que iba a comenzar a hablar, pero antes de emitir ninguna palabra volvía a concentrarse en los círculos concéntricos y a mirar de reojo a ese hombre que tantas ganas tenía de conocer y a quien por fin tenía frente a ella.
También ojeaba un reloj de pared que había colgado tras la barra, con dos grandes manecillas, la esfera de color negro y números romanos, y tomaba nota mentalmente de los minutos que habían pasado desde la última vez que lo miró.
Él la miraba a ella y a su propio café, durante pequeños intervalos de tiempo, alternativamente. No quería incomodarla con miradas intensas pero a la vez no podía evitar dirigir hacia ella sus ojos, intensamente azules, tratando de analizar quién era en verdad. Tal vez, pensaba en silencio, no es quien yo creo que es. Tal vez no es como yo creo que es. Se movía apenas sobre el asiento, reajustando su postura, y de vez en cuando se frotaba las manos y tomaba pequeños sorbos de café azucarado.
Las sillas sobre las que estaban sentados eran de forja, como la pata central de la mesa, y sobre el asiento unos cojines de color tostado, finísimos pero suaves, les concedían la posibilidad de acomodarse un poco más tal como iban relajándose con la poca conversación que lograban tener. En la barra una camarera jovencísima secaba vasos de cristal con un paño blanco de algodón. Iba vestida con un uniforme negro, camiseta de algodón y pantalón, y en sus caderas se anudaba un delantal con grandes bolsillos de color negro también, corto, muy corto, que se asemejaba a una de esas minifaldas oscuras minúsculas que solo las quinceañeras se atreven a usar. En su espalda un eslogan en color amarillo indicaba el nombre del local. Desde detrás de la barra y sin levantar la mirada se dirigió a ellos dos, preguntándoles si iban a tomar algo más. A él le pareció una invitación incómoda a que consumieran o se marcharan. Ella le dijo que le gustaría tomar otro cortado, ¿Te importa?, le preguntó a él mirándole por primera vez a los ojos. Con la leche fría, por favor, dijo a la camarera. Él pidió otro café.
Aquella chica cuasi pre púbera comenzó a preparar las consumiciones, refugiándose en el sonido atronador de la enorme cafetera y el del molinillo de café. Ellos volvieron al silencio, a las miradas esquivas y los golpecitos sobre la mesa con el paquete de tabaco o con la cucharilla plomiza. De fondo sonaba un tema de Nina Simone, muy acorde con el ambiente relajado del local, y ella recordó el bonito vídeo musical con el que se presentó My baby just cares for me, con unos gatos de plastilina y varias imágenes de un viejo piano.
My baby don't care for shows
My baby don't care for clothes
My baby just cares for me
My baby don't care for cars and races
My baby don't care for high-tone places…
La camarera dejó las tazas en la barra y salió de allí detrás para cogerlas desde el otro lado, una en cada mano, y acercárselas a la mesa del rincón en la que ellos se habían sentado. No había nadie más a esas horas. Ellos solos, y la camarera, en aquel pequeño local del centro, escuchando la música de fondo o el estridente ruido del café moliéndose, sin decir palabra.
Ella le dio las gracias a la muchacha cuando le acercó el cortado y le dirigió una sonrisa. La camarera respondió con un desganado “de nada” y se fue de nuevo tras la barra. Él agitó el sobre de azucarillo, lo abrió despacio y comenzó a vaciarlo dentro de su café, mientras comentaba que le parecía muy educado dar las gracias a los camareros, que en Nueva York nadie lo hacía y que dudaba que fuera común hacerlo aquí. Ella sonrió y respondió que le gustaba ser educada y que al fin y al cabo esa pobre muchacha estaba trabajando, quién sabe desde hacía cuántas horas, por lo que probablemente sería un sueldo mísero.
Unos segundos después él comenzó de nuevo a hablar haciendo hincapié en el saber estar que ella estaba demostrando pese a que estaba evidentemente nerviosa, y comentó cínicamente lo maleducada que le parecía la camarera, aunque cobrase un salario infame, quejándose del tono que había empleado en su “de nada” minutos antes. Ella seguía mirando hacia abajo sin poder fijar sus ojos en los de él pero le escuchaba con atención y le observaba, de reojo, cuanto podía.
Se produjo un nuevo silencio que ella rompió al mover su silla hacia él, con una coreografía perfecta, a la vez que descruzaba sus largas piernas, verdaderamente desproporcionadas con el resto de su cuerpo diminuto, e inclinaba su tronco hacia delante, hacia donde él estaba sentado, permitiéndole ver su escote color canela, roto por lencería negra, y percibir una piel perfecta con aroma a ajedrea.
Él dejó su taza en el plato para acercarse también y se encontró de pronto con una mano enredada en la de ella, cada uno de los dedos entrelazado con otro, y percibiendo apenas unas suaves caricias en forma de círculo en el dorso, que ella empezaba a realizarle con la otra mano. Pequeños círculos dibujados casi en el aire, sin contacto apenas, sobre el dorso de su mano y un recorrido ligero a lo largo de cada uno de sus largos dedos. Era la primera vez desde que él llegó que se tocaban. Solo un beso en cada mejilla al encontrarse y nada más hasta que sus manos se encontraron sobre la mesa de aquel café.
Uno de los dos sacudió la mesa con los pies haciendo que se tambaleara y él puso la palma de su mano izquierda, que aún tenía libre, sobre el incómodo mueble, para impedir que se desplazara por el golpe o se derramara el contenido de las tazas. Ella seguía acercándose a él tras haber recolocado su cabello largo sobre el hombro izquierdo. Su cara, la de ella, quedó pegada a la de él como cuando alguien va a darte dos besos pero no utiliza los labios, pómulo con pómulo, apenas rozándose. Él inclinó apenas su cabeza hacia delante para dejar su oído a la altura de los labios de ella y poderla escuchar mejor pese al ruido del molinillo, que seguía en marcha, y se dio cuenta entonces que sus labios y su propia nariz habían quedado apenas a unos milímetros de la piel de ella, en su cuello, invitándole a olfatear cuanto aquel cuerpo femenino desprendía esa mañana.
Sintió que comenzaba a respirar entrecortadamente mientras el roce de sus caras se hacía mucho más intenso e imaginó que la agarraba de la cabeza y se la giraba para besarle esos labios suaves que tan cerca suyo estaban ahora. Se sintió algo avergonzado y deseó que ella no notara su estado.
Ella movió levemente la cabeza acercándola un poco más y cuando sus labios estuvieron pegados a él, a su cabeza, a su cuello, al lóbulo de su oreja, tan cerca que al hablar no podía evitar el contacto, rozándole apenas con los labios húmedos, por fin le habló al oído, melódicamente y susurrando con una voz dulce y cálida, apenas audible y a la vez firme. Su respiración era arrítmica y la curva melódica de lo que decía iba creciendo y menguando con cada palabra, mientras le seguía dibujando círculos en el dorso de la mano a él.
Liz Taylor is not his style
And even Liberace's smile
Is something he can't see
Is something he can't see
I wonder what's wrong with baby…
Él notó que se le aceleraba el pulso, un ansia tremenda por besarla, la necesidad de dejar sobre su rodilla la mano que le quedaba libre para dibujar en ella los mismos círculos concéntricos que ahora recibía en su propia mano y que unos minutos antes le había visto dibujar dentro de la taza del cortado; deseando prolongar esas caricias hacia la cara interior de sus muslos, ajeno a la mirada de la camarera y a la de cualquier otro que pudiera entrar en la cafetería súbitamente. Y entonces, con ese susurro que estaba esperando y la dicción perfecta de quien habla haciendo pausas tras cada una de las palabras que emite, ella le dijo:
- ¿No crees que… nunca es tan importante qué se dice… cómo la forma… en… que… se… dice? Podría provocarte, creo, aquí mismo… una erección. ¿No crees?... Solo hablándote así… suavemente… susurrándote al oído. Solo con palabras.
Y así fue
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Segundo sueño:
Se conocieron por una casualidad. Algunas llamadas telefónicas, algún congreso en la capital y varias notificaciones ínter departamentales ya que ambos trabajaban en la misma empresa. Ella llevaba la sección comercial de la sucursal de Valencia y él era el director financiero de la de Nueva York. El contacto entre sucursales se establecía al principio por teléfono y correo ordinario. Cuando los programas de mensajería instantánea se empezaron a utilizar se vieron por primera vez en una fotografía diminuta. Poco después empezaron a usar videoconferencias que, al final, también empleaban en sus casas para hablar de otros asuntos que nada tuvieran que ver con el trabajo y las llamadas profesionales bimestrales pasaron a convertirse en comunicaciones diarias fueran o no laborales.
Las primeras llamadas, las estrictamente profesionales, les dieron a conocer sus nombres y apellidos, los cargos y responsabilidades que desempeñaban en Deico Company, y sus funciones. La mensajería les permitió empezar a bromear durante los tiempos de espera entre comunicados e intercambiar imágenes que no se hubieran enviado por e-mail porque todo el correo quedaba registrado, con fecha y hora de entrada y de salida, en una aplicación del sistema informático creada adrede para ese fin.
Deico Company importaba madera de diferentes países africanos que, una vez manufacturada, exportaba al nordeste americano con especial éxito en Mid-Atlantic. Entre los diez millones y medio de habitantes de la ciudad de Nueva York había una clientela potencial muy superior a la de países enteros del área europea, de modo que, una vez las exportaciones comenzaron a dar beneficios, desde la central en Madrid enviaron a los mejores comerciales bilingües para abrirse paso en el competitivo mundo financiero americano. Pocos años después cotizaban en bolsa y tenían una plantilla internacional superior a los dos mil empleados, las oficinas de Madrid se habían convertido en un apoyo de las neoyorquinas y las que había en el resto de España no eran más que testimoniales.
Ella estaba en las oficinas de Valencia desde que acabó derecho en una facultad privada del Opus. Cosas de la familia, porque en realidad era de ideología republicana y más bien agnóstica. Durante el último curso entró a formar parte del reducido grupo de becarias, todas chicas, que la empresa contrataba a través de un acuerdo de colaboración con la citada universidad. Su sonrisa y su forma de amedrentar a los clientes insatisfechos le valieron una plaza fija una vez tuvo el título en sus manos. Nunca intentó cambiar de empresa, ni de sucursal, ni siquiera de departamento, porque en el que estaba desde que inició su contrato disponía de un horario muy cómodo y un salario bien satisfactorio.
Sin embargo él comenzó en la oficina de Madrid cuando aún estaba en Atocha y durante el traslado a la Calle Pizarro se marchó a Nueva York a tantear el mercado. Se había afincado y solo volvía a España un par de veces al año para visitar a sus padres pero nunca se planteaba regresar para siempre. Esta vez quiso volver, quiso pasar aquí una buena temporada y aprovechar para visitar la sucursal valenciana, estrictamente por motivos de trabajo, se mentía sí mismo. Y así fue como preparó un mes de vacaciones alternando Madrid y Valencia para conseguir conocerla, por fin, en persona.
Durante la última conversación que mantuvieron él detalló su llegada a Madrid, los días que iba a estar en la ciudad y la forma como se comunicaría con ella. Acordaron una fecha para su encuentro en Valencia y no quedaban muchos días para que se produjera cuando ella empezó a soñar cómo sería ese encuentro y en qué podría derivar.
Ella se encargó de reservarle la habitación en un hotel e intentó conseguir dos pases para algunos lugares turísticos de la ciudad, de visita obligada para turistas, como el Oceanográfico o el Museo de las Artes y las Ciencias. En temporada alta era imposible conseguirlos así que se conformó con un par de entradas para el Bio-Parc y una reserva para comer en un bonito restaurante del puerto. Le hubiera gustado alojarle en su casa pero se avergonzaba del descuido en el que la tenía y de dedicar todo su presupuesto a la adquisición de ropa y cosméticos caros. Nunca recibía visitas ni organizaba cenas o comidas en su piso, de modo que no le preocupaba demasiado cómo era. Le bastaba con poder dormir cómodamente y disponer de suficientes armarios como para organizar su ropa por colores, marcas o diseñadores, estilos, etc. De todos modos la empresa costeaba los gastos del alojamiento y la dieta dado que la visita era estrictamente laboral, mentían.
Durante una noche entera tuvo tres sueños con él en los que inyectó gran parte de su fantasía sobre el encuentro. Quedarían en una cafetería con estilo en el centro de la ciudad, se conocerían en persona y se gustarían tanto que irían a comer, a pasear por la tarde entre los parques del antiguo cauce del río y tras una cena con clase pasarían su primera noche juntos en un hotel, porque su casa era tan modesta que le avergonzaba invitarle a pasar en ella siquiera un par de horas.
Se despertó con una sonrisa y la necesidad de beber un poco de agua porque sentía su garganta seca y los labios cortados. Una vez tomó unos sorbos se volvió a costar sobre su canapé de hipermercado y se tapó desde los pies a la cintura con una colcha de algodón de color rojo a la que se le escapaban algunos hilos desde que la metió por primera vez en la secadora. No le costó mucho retomar el sueño y en cuanto entró en REM comenzó de nuevo a fantasear.
Soñó que paseaban. Él le había pasado el brazo por detrás de la espalda y la agarraba por la cintura con la mano izquierda, iban muy lentamente por la calle Colón, haciendo como que miraban los escaparates de las tiendas y recreándose en el silencio de su paseo y en las sensaciones táctiles. Ella le cogía a él del mismo modo, con su brazo tras la espalda y la mano derecha en su cintura, y tintineaba a veces con los dedos como si comprobara que aquel chico era real y no un fantasma creado por su fantasía. Con la otra mano se recolocaba el asa del bolso a veces y otras veces arrastraba parte de su cabello detrás de las orejas, recreándose en un paseo ciertamente onanista desde el cuero cabelludo hasta la punta de su larga melena rubia.
Se pararon ante un comercio de grandes ventanales acristalados. Ella hacía como que miraba los maniquíes descoyuntados, mirándose en realidad a sí misma reflejada, para afianzar su seguridad basándose en su aspecto. Él vestía muy bien, con un estilo informal pero a la vez elegante, y seguía llevando ahora la misma ropa que ella le soñó en la cafetería. Unos vaqueros, una camiseta con escote tunecino con botones y tejido a contraste en la tapeta. En el lado izquierdo llevaba un bolsillo de plastrón y los pespuntes de toda la prenda eran a contraste. Manga corta, tejido de algodón y la marca, desconocida para ella, bordada en hilo verde sobre la pechera. Ella llevaba un pantalón fuseau con trabillas en la cintura y cerrado por corchetes y una camisa-bailarina cruzada, de manga corta y profundo escote en v. La camisa interior era de cuello camisero, blanca, con rayas verticales azules, la bailarina era de tejido cambric azul oscuro y todo el conjunto formaba parte de la última colección de Pedro del Hierro.
Estaban parados frente al escaparate cuando él retiró la mano con la que había estado cogiéndola por la cintura y la cogió del brazo izquierdo acercándola un poco hacia sí mismo. Cuando la tuvo cerca se aproximó a su oído para decirle algo en voz baja que a ella le erizó la piel entera causándole un leve cosquilleo en la parte baja del vientre que no podía identificar de ninguna otra forma más que excitación. Le había propuesto que cenaran en privado en su habitación de hotel, en el NH, lo que a ella más le apeteciera cenar, y que, una vez acabado el postre se quitaran los zapatos, se acomodaran en la cama doble y charlaran de la misma forma que solían hacerlo por teléfono, solo que esta vez cara a cara.
Ella le sacó punta a la invitación. Últimamente las conversaciones telefónicas tenían poco de conversación y mucho de erotismo enmascarado, y pensó que, tal vez, la propuesta no era tanto para hablar como para erotizarse uno al otro y acabar haciendo el amor a media luz sobre la cama de ese hotel impersonal pero a la vez acogedor.
Le dijo que le parecía un buen plan pero que necesitaba, antes, pasar por su casa a darse una ducha y cambiarse de ropa, pensando más en vestirse tan provocativa como le fuera posible que en hábitos higiénicos lógicos llegada esa hora de la tarde. A él le pareció natural y acordaron verse en el hall del hotel a la hora de la cena, pararon un taxi, ella se subió, y mientras el taxi arrancaba le lanzó un beso que a él le puso algo nervioso y expectante.
Cuando ella llegó a su apartamento lanzó los zapatos y se dirigió a la ducha. Abrió el grifo y comenzó a quitarse la ropa mientras esperaba que el agua fluyera a la temperatura adecuada. Dejó el pantalón y la camisa en el suelo y se metió dentro de la mampara de metacrilato tratando de evitar que el agua le mojara el cabello al caer desde arriba. Cerró el grifo para enjabonarse con gel de avena usando las palmas de las manos y no pudo evitar masturbarse cuando empezó a enjabonar su zona genital. Cuando volvió a abrir el grifo y dejó que el agua la acariciara de nuevo se sintió algo más relajada respecto a los planes de esa noche.
Imaginó que también él estaba metido en la ducha del hotel, que también se estaba enjabonando y que también se habría masturbado pensando en ella. Se envolvió en una toalla con publicidad de una marca de licores y se fue a la habitación para abrir el armario, de par en par, e intentar elegir su vestuario.
Mientras ella se probaba varias combinaciones, tanto de ropa interior como de pantalones o faldas con camisas y blusas, él también había salido de la ducha vistiéndose con un traje de lino gris y una camisa tostada, sin corbata – el evento no la requería – pero de manga larga, aunque hacía calor ese día. Se calzó los mismos zapatos que había llevado durante la tarde y comprobó ante el espejo que su afeitado seguía intacto y sus dientes habían quedado brillantes tras el cepillado. Ojeó un folleto divulgativo sobre las instalaciones del hotel, revisó el estado de la habitación, y bajó a la planta baja a esperarla a ella con cierta ansiedad.
Ella llegó puntual, a la hora acordada, y le acompañó al mostrador para indicar al recepcionista que se alojaría en la habitación de él esa noche. Normas del hotel, todo el mundo debía estar registrado y estaba prohibido recibir visitas que no se comunicaran previamente al personal de servicio. Sin su inscripción les hubiera sido imposible conseguir cena para dos pero ahora disponían de carta libre para solicitar al comedor todo lo que necesitaran en su primera cena a dos.
Subieron al ascensor juntos e iniciaron el ascenso hacia el lugar en el que ambos deseaban pasar la velada. Ya en la habitación decidieron qué cenar y solicitaron el menú por teléfono. El tiempo que estuvieron esperando a que se lo sirvieran volvieron a sentirse algo incómodos por los silencios repentinos pero, al contrario de lo ocurrido en el sueño de la cafetería, consiguieron mirarse a los ojos y sonreír cada una de las veces que ambos se quedaban sin palabras.
La cena llegó sobre un carro-camarera de aluminio, vestido con mantelería blanca y un camino de color salmón. El camarero dejó el carro, recibió su propina gustoso y se marchó indicándoles el número de servicio por si necesitaban algo más. La conversación era distendida y animosa así que lograron relajarse y sentirse a gusto y disfrutaron de una cena de tres platos regada con vino tinto y un postre goloso con cava seco.
Al acabar la cena ella se dio cuenta que había olvidado el tabaco y él se ofreció a ir a buscarle un paquete a la cafetería. Pese a las reticencias iniciales que ella mostraba aceptó la proposición, le dijo la marca, le dio las gracias por su amabilidad, sobre todo porque él no era fumador e incomodarle de aquel modo resultaba desfachatado y le dijo que le esperaría ansiosa. Él salió de la habitación a buscar un paquete y ella se quedó a solas, esperando su vuelta.
Usó su tarjeta para abrir la puerta cuando volvió de la cafetería. No se sorprendió al encontrarlo todo a oscuras. Pensó que ella estaba preparando el fin de la velada y así era. Solo permanecía encendida una pequeña lámpara en la mesilla de noche y de ella no había rastro. La llamó, y desde el cuarto de baño ella respondió que en seguida estaría con él.
Se sentó a esperarla en el borde de la cama, expectante, interesado, emocionado y sorprendido, sin saber bien qué hacer. Quería quitarse los zapatos y desabotonarse un poco la camisa, que le estaba asfixiando, pero temía que fuera un paso demasiado rápido para ella y que se asustara si le encontraba tan cómodo sobre la cama. Pensó en dirigirse al baño, abrir la puerta y entrar sin llamar, sorprendiéndola por la espalda con un jugoso mordisco en el cuello. Pero también pensó que podía encontrarla en una situación incómoda y decidió permanecer allí, esperando, a ver qué ocurría cuando ella volviera su lado.
No tardó mucho. Apagó la luz del baño desde dentro y abrió la puerta. El reflejo de la lámpara de noche le acariciaba los muslos y la penumbra del resto de la estancia la envolvía de un poco de misterio dispuesto a desvelarse. Su cabello se apoyaba sobre uno solo de sus hombros, resplandeciente, y su mirada, apenas perceptible, insinuaba juegos e ideas jugosamente carnales y apetecibles. Apoyó en alto ambas manos en el marco de la puerta, cada una a un lado dejando los brazos en cruz. Estaba completamente desnuda. Le miró mientras le llamaba por su nombre con la voz retenida y, a la vez, abrió apenas las piernas ladeando levemente las caderas, a un lado primero y al otro después, mostrándole unos pequeños pechos de aureola rosada y diminutos pezones, muchas y sinuosas curvas, y un pubis casi depilado por completo enmarcado entre las amplias caderas bronceadas y un vientre firme y goloso.
Ella le miró a los ojos, explayándose en el intenso tono azul y esas pupilas dilatadas que la observaban en silencio, bajó una de sus manos, hasta entonces apoyada en la puerta del baño, y la puso sobre su cadera con la palma abierta, moviéndola lentamente, contorneando primero la cadera, acariciando el vientre y contorneando los muslos después, acercándose peligrosamente al lugar donde debería haber un monte de Venus y había solo piel suave y jugosa, y le dijo con la voz entrecortada y apenas audible:
- Ya no me apetece fumar.
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Tercer sueño:
Ella tenía una hermana menor con la que guardaba cierto parecido. Pero su hermana era algo más alta, más guapa, más delgada y con el cabello oscuro. No podía evitar tenerle cierta envidia y encararse con ella con cualquier excusa aunque en el fondo la adoraba. Tuvieron una infancia diferente porque su padre, un afamado doctor valenciano que incluso tenía una calle en su honor y las llaves de la ciudad, las dejó, a ellas dos y a su madre, y creó otra familia de la que ignoraba cualquier otro dato. No sabía bien qué había ocurrido y por qué las había dejado pero tampoco parecía importarle demasiado.
A veces bromeaba respecto a que igual se había acostado con su propio hermano sin saberlo, ya que desconocía si su padre había tenido más hijos o no y no solía preguntar los apellidos a sus ligues. Le gustaban los chicos jóvenes, de su edad o menos, de modo que cualquiera de ellos podría haber sido hijo del doctor desaparecido. Si así era prefería no saberlo, así que tampoco se interesaba por los chicos más allá de la noche que pasaba con ellos. No curioseaba por Internet ni buscaba sus nombres o sus fotos en las páginas de contactos. Sencillamente no se hacía preguntas porque no quería obtener respuestas.
La madre, enfermera de profesión, hacía una vida más o menos independiente de la de las hijas desde que éstas fueron mayores de edad. Las hijas recibían, ambas, una pensión mensual bastante alta en concepto de gastos por alimentación. Una pensión compensatoria que servía para apaciguar la conciencia del padre, acomodar la economía de la madre, y permitir a las hijas desde bien jóvenes disponer de soltura económica suficiente como para no reparar en gastos. Nunca se quedó ni un céntimo y todo el dinero se ingresaba a partes iguales en las cuentas bancarias de las dos hermanas. No les pedía nada y tampoco les daba nada porque sabía que les sobraba con aquello y no necesitaban más.
Tenían un buen piso, muy grande y espacioso, con una terraza inmensa y todas las comodidades. Disponían de lavavajillas para no romperse las uñas o estropear una manicura perfecta fregando platos; tenían secadora para no tender la ropa y que así ningún vecino pudiera verlas realizando labores del hogar. Un par de veces a la semana una chica ecuatoriana les limpiaba todas las estancias y hacían la compra por Internet, a veces por teléfono, para no cargar con las bolsas desde el supermercado a casa. Llevaban una vida cómoda y se comportaban como señoras de rancio abolengo. No realizaban ninguna actividad doméstica y daban órdenes a la asistenta, al electricista, al fontanero, al portero del edificio y a quien viniera bien, como si fueran de una estirpe superior y se encontraran, por error, entre gente vulgar y de clase media.
Aun antes de tener su propio apartamento iba y venía, entraba y salía, del piso familiar de la Calle Alboraia, con toda la libertad que quería. Su hermana estaba en otra ciudad estudiando y su madre apenas aparecía por casa. Si alguna de ellas necesitaba en exclusiva el piso durante el fin de semana las otras dos desaparecían discretamente. Hablaban poco, se veían aún menos y nunca había discusiones entre ellas porque tampoco había conflictos. Se marchó a su propio apartamento más por tener un picadero que por necesitar independencia. Le molestaba bastante que su madre o su hermana se quedaran en casa el fin de semana y no tenía argumentos para hacer que se fueran siempre.
Desde los dieciséis años no recordaba haber pasado sola un fin de semana entero, porque cada sábado la acompañaba algún chico que desaparecía, generalmente para siempre, el domingo, o el lunes a lo sumo. Contaba haber tenido un pseudo-novio en el instituto con el que rompió después de una gran bronca que se produjo cuando ella, viendo que el chico tenía la piel del pene algo pegada al prepucio, le pegó un tirón seco, despegándola de golpe y causándole una herida, que después se infectó, y que le mantuvo bastante tiempo inhabilitado, por decirlo con suavidad. Hablaba del muchacho con cierta nostalgia pero también bromeaba sobre él con alguna crueldad.
De hecho algunos fines de semana los pasaba con dos o tres chicos diferentes, uno tras otro, sin preocuparse siquiera de sus nombres ni recordar dónde les había conocido o cómo tenían su teléfono. Ni siquiera necesitaba que fueran excesivamente atractivos. Le bastaba con que no tuvieran sobrepeso y no llevaran gafas.
Ella excusaba su comportamiento en el hecho de no haber tenido un referente masculino en casa, asegurando que buscaba el amor del padre perdido, o en su defecto el de un hombre que la cuidara y le hiciera sentir bien. Sin embargo nunca se le vieron intenciones de iniciar, y mucho menos sostener, una relación con ningún hombre. Solo buscaba sexo con ellos. De modo que su excusa no tenía fundamento.
Esos hábitos le dificultaban bastante las relaciones de amistad, que se hicieron casi imposibles cuando comenzó a perderle el respeto a las pocas amigas que aún la soportaban. Con los chicos era imposible. No podía ser su amiga porque casi todos le interesaban solo como amantes. Con las chicas cada vez la cosa iba a peor.
En una ocasión llamó a una de ellas por teléfono, tras cuatro semanas sin verse, para decirle que había conseguido bajar dos tallas ese mes y se sentía muy satisfecha. Su interlocutora llevaba todo un año siguiendo una dieta estricta gracias a la cual había podido perder, en doce meses, mil doscientos gramos. Le ofreció, además, la ropa que le había quedado grande, ya que ella no la iba a volver a usar, pero insinúo con cierto cinismo que hasta su ropa grande le iba a quedar pequeña a la amiga.
En otra ocasión le dijo a una de las chicas, cuyo matrimonio pasaba un momento crítico, que si al final se separaba de su marido le diera, por favor, el teléfono de él, porque al fin y al cabo entre ellos ya no habría sexo y ella estaría gustosa de aliviarle a él alguna que otra noche, sin compromisos, claro.
Durante una noche de fiesta se la vio magreándose con un chico jovencísimo, moreno y delgado, apenas salido del cascarón, en la parte oscura de Rumbo, un garito de la zona de Blasco Ibáñez que se ponía hasta los topes los sábados por la noche. Con un amigo que acompañaba a ese tipo de diecipocos años se enrolló unas horas más tarde, en el mismo lugar, y ante la mirada atónita del primero, que alucinaba con la actitud de ella pero sobre todo con la de su acompañante de jolgorio. Muy amigos no serían cuando ambos se la pasaron por la piedra consecutivamente. Cuando el local encendió las luces indicando al personal que la fiesta había terminado ella le contó a sus amigas que se marchaba con prisas porque había quedado en su casa con un tercero, con otro chico al que había citado por la red, al que todas ellas conocían y del que sabían que mantenía una relación formal con una estudiante de ingeniería que sacaría sobresaliente en su proyecto fin de carrera ese mismo año.
Tres chicos diferentes un solo sábado noche.
Usaba como apodo el nombre de una diosa griega que significaba “Llena de sabiduría” y se comportaba como la diosa era representada: con naturaleza emotiva vehemente, de ánimo alegre, sintiéndose superior, con capacidad analítica y amante de complacer y de recibir. Era así, era su forma de ser y de actuar, de modo que se sabía consciente de no necesitar, no querer y no desear una relación de pareja, y mucho menos en la distancia, porque sería incapaz de mantenerse fiel o de esperar su regreso. De hecho, en los dos años que ellos dos llevaban comunicándose nunca habían hablado de relación, de fidelidad, de traición, de exclusividad ni de nada similar. Cada uno de ellos, en las ciudades en las que vivían, separados por miles de kilómetros, hacía su vida como consideraba y mantenía relaciones con quien quería.
En realidad él no era demasiado promiscuo. Al principio de conocerse tuvo un par de líos de unos días de duración con alguna neoyorquina joven. Algo más tarde salió un par de noches con una mulata imponente que trabajaba en una firma publicitaria. Cine, cena, café y copa, y después cada uno a su casa. Nada más.
Ella sí que continuó con sus fines de semana en compañía, sus líos, sus chicos, sus amantes, sus búsquedas fructíferas de sexo de una noche y su vida en paralelo: de lunes a viernes una abogada comercial discreta, sábados y domingos una perra sexual, según sus propias palabras. A él nunca se lo dijo.
Ahora se preguntaba a sí misma qué estaba pasando, por qué se sentía tan nerviosa por ir a conocerle en persona, y qué otro interés podía tener más que el de acostarse juntos tantas veces como fuera posible antes de que él regresara a Madrid, y a Nueva York. No tenía respuestas y seguramente ese nerviosismo y esas dudas eran las que la estaban llevando a soñar con él de una forma tan constante. Al fin y al cabo siempre se nos ha dicho que uno sueña con aquello que le ha pasado o en lo que ha pensado a lo largo del día, y ella, esa semana, pasaba el día entero cavilando su encuentro.
La segunda vez que se despertó esa noche fue al bañó primero, se fumó un cigarro sentada en el sofá después, y se acostó de nuevo con la esperanza de dormir un poco más en las tres horas que faltaban para que su despertador sonara. Tampoco esta vez tardó mucho en dormirse. Y también en esta ocasión soñó con él, con su encuentro y con el primer día y la primera noche que iban a pasar juntos.
Estaban sentados en la terraza de un restaurante del puerto de Valencia, uno de esos sitios inaugurados por la America´s Cup, que ahora se había convertido en lugar de encuentro de gente bien de la ciudad. Comían un menú degustación compuesto por varios platos físicamente enormes pero casi vacíos, eso sí, con una presencia y vistosidad insólita. Estaban tomando ya la segunda botella de vino cuando ella se quitó disimuladamente las sandalias de tacón alto que la estaban martirizando. El camarero apareció de repente para rellenar sus copas, preguntó si estaba todo a su gusto y desapreció del mismo modo una vez hubo obtenido una respuesta satisfactoria.
Permaneció sentada en la misma postura, con ambos pies puestos sobre cada una de las sandalias para no apoyar sobre el suelo, y rezando para que él no se diera cuenta de semejante vulgaridad y se avergonzara de ella. Después de beber un par de sorbos en una amplia copa de cristal de Swarovski apoyó el antebrazo izquierdo en la mesa con tan mala fortuna que su cuchillo de pescado cayó al suelo sonoramente. Él hizo ademán de agacharse a por él y ella, viendo que iba a ser descubierta, le pidió que no lo hiciera porque había caído cerca de su asiento y sería ella misma quien fácilmente lo recogería.
Él movió su cabeza afirmativamente, continúo bebiendo vino en su propia copa, y ella retiró apenas su silla, hacia atrás, y se agachó a por el cuchillo.
Una vez bajo la mesa tuvo tiempo de ojear a su alrededor y hacer un análisis rápido de la situación. Ella estaba allá abajo, casi arrodillada, descalza, y él sentado frente a ella, las piernas en paralelo, los pies apoyados en el suelo y las rodillas abiertas. Los camareros estaban dentro del local y en la terraza nadie más comía. Estaban solos. Podría acercarse a él, ponerle las manos en la cara interna de sus muslos y moverlas lentamente hacia su entrepierna. Podría desabotonarle el pantalón sin llamar demasiado la atención, incluso meter una mano dentro del mismo y acariciarle el pene hasta que estuviera erecto. Podría, pensó, sacar el pene fuera del pantalón, fuera de los calzoncillos, y sin salir de debajo de la mesa hacerle una felación tremenda.
Podría. Y él debería mantener la compostura, hacer como si nada ocurriera si alguien desde dentro del restaurante miraba a la terraza, hablar con el camarero cuando apareciese de nuevo a preguntar qué tal estaba la comida... Él debería acallar sus jadeos mientras la boca de esa rubia imponente succionaba, debería mantenerse en silencio mientras su lengua lamía e incluso estarse completamente quieto mientras ella le propinaba pequeños mordiscos en los testículos y movía la mano que envolvía su pene hacia arriba y hacia abajo con ritmo constante. Podría, pensó ella. Y a continuación cogió el cuchillo del pescado, que había quedado junto a una pata de la mesa, y volvió a sentarse con normalidad, excepto por una sonrisa burlona que le dedicó a él en cuanto se hubo acomodado de nuevo.
Sonó el despertador, se levantó y fue a la ducha, se metió tras la mampara de metacrilato mientras escuchaba un tema de Nina Simone, se enjabonó con gel de avena y se envolvió en una toalla con publicidad. Regresó a su habitación, eligió su vestuario y se lo puso con cuidado. Se miró en el espejo y se encontró perfecta.
Salió de la habitación, cogió su bolso y sacó de dentro las llaves de su apartamento, con las que cerró la puerta al salir. Después bajó con el ascensor hasta la puerta del edificio y paró a un taxi, al que le indicó la dirección de Deico Company.
Empezó su jornada laboral. Como cualquier otro día.
My baby don't care for shows
My baby don't care for clothes
My baby just cares for me
My baby don't care for cars and races
My baby don't care for high-tone places…
FIN.
TENGO CHUCHES
- Jose dice:
Que semana más redonda, además tienes chuches! xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si!!!! jajaajajajajajaj
- Jose dice:
jajajajaja, que chuches tienes?, hazme los dientes largos
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Son gominolas de colores: fresones, pero de sabores diferentes
limón, cocacola, fresa...
- Jose dice:
jajajajaja. Hay fresones de sabores diferentes?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si, jajajaj
- Jose dice:
xDDDD yo soy muy selecto, me van los de pica pica
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajjaja
- Jose dice:
y los fresones esos que dices, si son los que yo creo xDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaj
- Jose dice:
esto que es como esponjosito, no?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si, con granulitos de azúcar por fuera
- Jose dice:
ahahahahha (babas)
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y que cuando muerdes se te hunden los dientes dentro antes de que la chuche parta
- Jose dice:
uis
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajaj
- Jose dice:
iniciativa propia?, o te las han traido?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Hemos ido toda la familia a comprarlas
- Jose dice:
xDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Tenía que comprar caramelos de cortesía para la pelu y hemos cargado para el reparto halloween de mañana. Para la pelu y para uso y disfrute personal, jajajaj
- Jose dice:
jajajaja, pasan chiquillos a pediros caramelos? xDDDDDD
- Jose dice:
a mi Eva me está intentando convencer de que vayamos mañana por la noche a una fiesta de disfraces que organiza su hermana
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y de qué quiere disfrazarte?
- Jose dice:
de pirata
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajjaja
- Jose dice:
porque me he negado a que una pizca de maquillaje toque mi cara XDDDDD
y lo otro me lo estoy pensando xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jjajajaj
- Jose dice:
no me hace a mi mucho ir con un parche en el ojo xD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y ella de qué se va a disfrazar?
- Jose dice:
de bruja o de demonia xDDDD
no lo tiene decidido
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
de diablesa
- Jose dice:
xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
cómo que demonia? jajajajajaj
- Jose dice:
perdone usted. De diablesa, señora Cela
xDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajajajajaja
- Jose dice:
oye Sachita, una cosa, mañana no voy a poder pasarme
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
ok, no pasa nada
- Jose dice:
lo dejamos para la semana que viene?, me paso algún día después de trabajar si te viene bien
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
vente el domingo a poner ladrillos, y así compensas
- Jose dice:
jajajajajajajaj
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajjaj
- Jose dice:
os hace falta la ayuda?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
no, que va
- Jose dice:
ahora hablando en serio
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
no, no
- Jose dice:
si necesitais ayuda voy
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
viene paco y mi suegro, y gus arriba
- Jose dice:
oki
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y yo les iré pasando el material desde abajo mientras kris y la suegri cuidan pekes y hacen comiditas ricas
- Jose dice:
ok, que vas a hacer con el frio? xDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
joderme, no?
- Jose dice:
jajajajajajaj
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
qué puedo hacer aparte de eso? jajajajjaja
Me cortaré unos guantes
- Jose dice:
vas a ir más tapada que una anciana beata xDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
así tendré las manos calentitas pero los dedos libres y me podré sacar mocos y todo
jajajjajaajaj
- Jose dice:
jajajajajajajaj, Dios Sacha, soy incapaz de imaginarte sacándote mocos xDDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaja, Mira, pues eso se agradece, señal que me tienes por una señorita
- Jose dice:
sip, eres una persona con estilo
la mayoría de las veces...
xDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajajajajaja, Claro, cuando me pongo a levantar ladrillos y a mover la pastera.. mucho estilo no debo tener. Casi el mismo que con los pantalones cortos y las deportivas con calcetines, el pirri con la pinza y el mocho en una mano y el paño en la otra.
- Jose dice:
xDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Muy sexy yo jajajaajajaj
- Jose dice:
Dios... tengo que ver eso alguna vez. xDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajaja. Cuanto pagas?
- Jose dice:
joder... me fias?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajaja. No
- Jose dice:
es que dentro de nada voy a pagar una letra de un piso, pero esta es una ocasión única... Mmmmmm
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
con las cosas sucias, la imagen y la prostitucion no hay que fiar
- Jose dice:
me tomo 3 COPAS de caba!
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
todo al contado y en efectivo
- Jose dice:
uis, de cava, xDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Como mucho te cobro con la visa en el TPV de la pelu y ya le pagarás al banco a crédito.
- Jose dice:
pero los calcetines tienen que ser de los altos
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si quieres... por 200 euros hasta me pongo la ropa rosa ypor 500 más te dejo hacerme una foto.
- Jose dice:
jajajajajajaj, joder
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
con contrato de imagen que te impida colgarla en internet
jajjajajajajajajajaj
- Jose dice:
jajajajajajaj, menudos precios
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaj
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDDDD la última vez tque apostamos te conformaste con una par de tragos de cava para lo de vestirte de rosa. Que ya es para un abstemio total. Ha subido tu cotización. xDDDDDDD
ya le pediré alguna foto a Gus, que seguro que te ha hecho alguna
xDDDDDDDDDDDDDDDD
a ver si me la deja a mejor precio
xDD
un segundo, teléfono
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
ok, Dice Gus que por 400 te la pasa, jajajjaaaja, pero que me tapa los ojos con una franja para que no se me reconozca. (Le da vergüenza ajena)
Oye Jose, voy a colgar esta conversación en la web. Justo debajo del post que dice que estoy loca, con un comentario que especifique que tú también lo estás.
jajajajajajajajajaj
Vas a ver la cantidad de comentarios que nos cuelgan en una semana!!! Pasaremos a estar en el top-ten de los googleos de la palabra "pringaos"
Oye, puedes hablar por teléfono sin reírte mientras te escribo todo esto? Cómo se hace? Has minimizado verdad??? jajajajajajajajajajajaj
Jo, como le he dicho a Eva esta mañana, cuando me ha preguntado que qué me pasa que voy acelerada... HOY ME HE PASADO CON LA CAFEINA!!!!
Cuelga!!!!
Que me tienes abandonada!!!
Odio los telefonos!
jajajajjajajaj
Joseeeeeeeeeeeeeeeeee
Deja la línea caliente! Que te van a salir granos!!!!!
- Jose dice:
dimeeeee
espera que lea
xDDDDDDDDDDD
sí, tenía minimizado xDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajaja. Me autorizas a colgarlo?
- Jose dice:
a ver que repase
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
mola la conversacion entera
- Jose dice:
a ver si tengo mucho de lo que avergonzarme... xDDDDDDDd
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaj
- Jose dice:
sí, lo tengo, pero me da igual, cuelgalo
xDDDDDDDDDDDDDD
te autorizo...
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
genial
- Jose dice:
por 400 euros ;P
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajaja
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
cabrón! jajajajajaj
- Jose dice:
jajajajajajaja hecho? o te lo cambio por la foto
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
No tengo 400 euros!!!
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Te corto el pelo gratis las próximas 5 veces
- Jose dice:
jajajajajajajajaja
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
no doy más! jajajajaajajaj
- Jose dice:
mmmmmmmmm
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajaj Jose!!!!!!
- Jose dice:
corte y masaje de cabeza
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Va, y un masaje. Eso, ves? si al final nos pisamos las frases jajajajajaj
- Jose dice:
jajajajajajaja ok, trato hecho
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Prepárate chico! Mañana vas a ver el cachondeito en la web y los sms
- Jose dice:
pero te lo he dejado barato porque tu cumpleaños aún está cercano y me siento mal de no haberte dado aún tu regalo
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Te recuerdo que he cumplido 34 pero solo aparento 33
- Jose dice:
xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Traeme una bolsa de chuches variadas. Con eso me doy por bien regalada
- Jose dice:
jajajajajaja ahora ya tienes regalo y Eva, por error, rompió el ticket
así que espero que te guste y que no lo tengas
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Ok, pues para el año que viene, que cumpliré 35 y aparentaré 32
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajaajajajajaj
- Jose dice:
ok, el año que viene chuches xD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
muchas????
Muchas! vale????
- Jose dice:
capazos
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajaj Vale!
- Jose dice:
capazos y capazos de chuches
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Firmo! Oye, te dejo que me llaman a cenar
- Jose dice:
para que llenes la bañera y te bañes en en ellas (que escena más dulce y a la vez pringosa, no?)
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Te quiero!!! jajajajajaja
- Jose dice:
jajajajajajajajjaaj no, me quieres por mis chuches. Que te conozco
xDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajjajajaajajajajajaj Me niego a responder a eso! jajajajaj
- Jose dice:
jajajajajaja
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Venga que me he de ir, me llama la gente cuerda de esta casa para que me alimente con comida sana y no solo de golosinas
- Jose dice:
oye, yo también voy a guardar esta conversación. Tienes razón, no tiene desperdicio xDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Jajajajajajaja En una hora estará colgada, lo prometo !!!!
__________________________________
Y FIN!!!!!
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Que semana más redonda, además tienes chuches! xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si!!!! jajaajajajajajaj
- Jose dice:
jajajajaja, que chuches tienes?, hazme los dientes largos
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Son gominolas de colores: fresones, pero de sabores diferentes
limón, cocacola, fresa...
- Jose dice:
jajajajaja. Hay fresones de sabores diferentes?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si, jajajaj
- Jose dice:
xDDDD yo soy muy selecto, me van los de pica pica
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajjaja
- Jose dice:
y los fresones esos que dices, si son los que yo creo xDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaj
- Jose dice:
esto que es como esponjosito, no?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si, con granulitos de azúcar por fuera
- Jose dice:
ahahahahha (babas)
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y que cuando muerdes se te hunden los dientes dentro antes de que la chuche parta
- Jose dice:
uis
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajaj
- Jose dice:
iniciativa propia?, o te las han traido?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Hemos ido toda la familia a comprarlas
- Jose dice:
xDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Tenía que comprar caramelos de cortesía para la pelu y hemos cargado para el reparto halloween de mañana. Para la pelu y para uso y disfrute personal, jajajaj
- Jose dice:
jajajaja, pasan chiquillos a pediros caramelos? xDDDDDD
- Jose dice:
a mi Eva me está intentando convencer de que vayamos mañana por la noche a una fiesta de disfraces que organiza su hermana
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y de qué quiere disfrazarte?
- Jose dice:
de pirata
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajjaja
- Jose dice:
porque me he negado a que una pizca de maquillaje toque mi cara XDDDDD
y lo otro me lo estoy pensando xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jjajajaj
- Jose dice:
no me hace a mi mucho ir con un parche en el ojo xD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y ella de qué se va a disfrazar?
- Jose dice:
de bruja o de demonia xDDDD
no lo tiene decidido
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
de diablesa
- Jose dice:
xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
cómo que demonia? jajajajajaj
- Jose dice:
perdone usted. De diablesa, señora Cela
xDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajajajajaja
- Jose dice:
oye Sachita, una cosa, mañana no voy a poder pasarme
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
ok, no pasa nada
- Jose dice:
lo dejamos para la semana que viene?, me paso algún día después de trabajar si te viene bien
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
vente el domingo a poner ladrillos, y así compensas
- Jose dice:
jajajajajajajaj
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajjaj
- Jose dice:
os hace falta la ayuda?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
no, que va
- Jose dice:
ahora hablando en serio
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
no, no
- Jose dice:
si necesitais ayuda voy
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
viene paco y mi suegro, y gus arriba
- Jose dice:
oki
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
y yo les iré pasando el material desde abajo mientras kris y la suegri cuidan pekes y hacen comiditas ricas
- Jose dice:
ok, que vas a hacer con el frio? xDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
joderme, no?
- Jose dice:
jajajajajajaj
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
qué puedo hacer aparte de eso? jajajajjaja
Me cortaré unos guantes
- Jose dice:
vas a ir más tapada que una anciana beata xDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
así tendré las manos calentitas pero los dedos libres y me podré sacar mocos y todo
jajajjajaajaj
- Jose dice:
jajajajajajajaj, Dios Sacha, soy incapaz de imaginarte sacándote mocos xDDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaja, Mira, pues eso se agradece, señal que me tienes por una señorita
- Jose dice:
sip, eres una persona con estilo
la mayoría de las veces...
xDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajajajajaja, Claro, cuando me pongo a levantar ladrillos y a mover la pastera.. mucho estilo no debo tener. Casi el mismo que con los pantalones cortos y las deportivas con calcetines, el pirri con la pinza y el mocho en una mano y el paño en la otra.
- Jose dice:
xDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Muy sexy yo jajajaajajaj
- Jose dice:
Dios... tengo que ver eso alguna vez. xDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajaja. Cuanto pagas?
- Jose dice:
joder... me fias?
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajaja. No
- Jose dice:
es que dentro de nada voy a pagar una letra de un piso, pero esta es una ocasión única... Mmmmmm
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
con las cosas sucias, la imagen y la prostitucion no hay que fiar
- Jose dice:
me tomo 3 COPAS de caba!
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
todo al contado y en efectivo
- Jose dice:
uis, de cava, xDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Como mucho te cobro con la visa en el TPV de la pelu y ya le pagarás al banco a crédito.
- Jose dice:
pero los calcetines tienen que ser de los altos
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
si quieres... por 200 euros hasta me pongo la ropa rosa ypor 500 más te dejo hacerme una foto.
- Jose dice:
jajajajajajaj, joder
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
con contrato de imagen que te impida colgarla en internet
jajjajajajajajajajaj
- Jose dice:
jajajajajajaj, menudos precios
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaj
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDDDD la última vez tque apostamos te conformaste con una par de tragos de cava para lo de vestirte de rosa. Que ya es para un abstemio total. Ha subido tu cotización. xDDDDDDD
ya le pediré alguna foto a Gus, que seguro que te ha hecho alguna
xDDDDDDDDDDDDDDDD
a ver si me la deja a mejor precio
xDD
un segundo, teléfono
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
ok, Dice Gus que por 400 te la pasa, jajajjaaaja, pero que me tapa los ojos con una franja para que no se me reconozca. (Le da vergüenza ajena)
Oye Jose, voy a colgar esta conversación en la web. Justo debajo del post que dice que estoy loca, con un comentario que especifique que tú también lo estás.
jajajajajajajajajaj
Vas a ver la cantidad de comentarios que nos cuelgan en una semana!!! Pasaremos a estar en el top-ten de los googleos de la palabra "pringaos"
Oye, puedes hablar por teléfono sin reírte mientras te escribo todo esto? Cómo se hace? Has minimizado verdad??? jajajajajajajajajajajaj
Jo, como le he dicho a Eva esta mañana, cuando me ha preguntado que qué me pasa que voy acelerada... HOY ME HE PASADO CON LA CAFEINA!!!!
Cuelga!!!!
Que me tienes abandonada!!!
Odio los telefonos!
jajajajjajajaj
Joseeeeeeeeeeeeeeeeee
Deja la línea caliente! Que te van a salir granos!!!!!
- Jose dice:
dimeeeee
espera que lea
xDDDDDDDDDDD
sí, tenía minimizado xDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajaja. Me autorizas a colgarlo?
- Jose dice:
a ver que repase
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
mola la conversacion entera
- Jose dice:
a ver si tengo mucho de lo que avergonzarme... xDDDDDDDd
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajaj
- Jose dice:
sí, lo tengo, pero me da igual, cuelgalo
xDDDDDDDDDDDDDD
te autorizo...
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
genial
- Jose dice:
por 400 euros ;P
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajaja
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
cabrón! jajajajajaj
- Jose dice:
jajajajajajaja hecho? o te lo cambio por la foto
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
No tengo 400 euros!!!
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Te corto el pelo gratis las próximas 5 veces
- Jose dice:
jajajajajajajajaja
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
no doy más! jajajajaajajaj
- Jose dice:
mmmmmmmmm
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajajaj Jose!!!!!!
- Jose dice:
corte y masaje de cabeza
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Va, y un masaje. Eso, ves? si al final nos pisamos las frases jajajajajaj
- Jose dice:
jajajajajajaja ok, trato hecho
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Prepárate chico! Mañana vas a ver el cachondeito en la web y los sms
- Jose dice:
pero te lo he dejado barato porque tu cumpleaños aún está cercano y me siento mal de no haberte dado aún tu regalo
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Te recuerdo que he cumplido 34 pero solo aparento 33
- Jose dice:
xDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Traeme una bolsa de chuches variadas. Con eso me doy por bien regalada
- Jose dice:
jajajajajaja ahora ya tienes regalo y Eva, por error, rompió el ticket
así que espero que te guste y que no lo tengas
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Ok, pues para el año que viene, que cumpliré 35 y aparentaré 32
- Jose dice:
xDDDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajaajajajajaj
- Jose dice:
ok, el año que viene chuches xD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
muchas????
Muchas! vale????
- Jose dice:
capazos
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajajajaj Vale!
- Jose dice:
capazos y capazos de chuches
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Firmo! Oye, te dejo que me llaman a cenar
- Jose dice:
para que llenes la bañera y te bañes en en ellas (que escena más dulce y a la vez pringosa, no?)
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Te quiero!!! jajajajajaja
- Jose dice:
jajajajajajajajjaaj no, me quieres por mis chuches. Que te conozco
xDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
jajajajjajajaajajajajajaj Me niego a responder a eso! jajajajaj
- Jose dice:
jajajajajaja
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Venga que me he de ir, me llama la gente cuerda de esta casa para que me alimente con comida sana y no solo de golosinas
- Jose dice:
oye, yo también voy a guardar esta conversación. Tienes razón, no tiene desperdicio xDDDDDDDDDD
- TENGO CHUCHES!!!!!!!! SoNRieNdO A La ViDa ... dice:
Jajajajajajaja En una hora estará colgada, lo prometo !!!!
__________________________________
Y FIN!!!!!
Aburrimiento
¿Cuál es la búsqueda más extraña que has hecho con google?
Creo que soy demasiado nerviosa. Todos mis "cinco minutos de descanso" los empleo en buscar información sobre algo. ¿Por qué no los uso para descansar?
Las búsquedas no siempre las hago con google, claro. Yo soy más de diccionario, enciclopedia y manual. Una clásica del formato papel. Lo curioso es lo que busco en internet (y lo que encuentro).
Gracias a google sé qué es el teppanyaki, conozco montones de personajes de Asimov y las leyes de la robótica, sé cómo preparar una mascarilla hidratante con miel o yogur, la receta de algunos platos de cocina tradicional y, tal vez lo más extraño, sé cuál es la forma original de los altramuces. Inciso: esta búsqueda la hizo Gustavo pero debido a mis preguntas trascendentales:
¿Son amarillos?
¿Van en una vaina?
¿Crecen en árboles o son raíces?
¿Cómo se preparan para la venta?
Si vas a molestarte en hacer esta búsqueda... Busca "altramuces". Ni se te ocurra buscar "chochos". No encontrarías esta información.
Sigo esperando que alguien sepa explicarme de una forma en que yo pueda recordarlo el resto de preguntas sin respuesta:
1) ¿Por qué no se hunden los barcos si pesan toneladas?, ¿Por qué los aviones no se caen del cielo si pesan toneladas?, ¿Por qué no se viene abajo una calle cuando perforan un túnel subterráneo, ponen una estación de metro o simplemente hacen un agujero de dimensiones considerables? (Lo siento Jose, pese a tus reiterativos intentos por explicármelo sigo sin recordar esas infumables teorías físicas).
2) ¿Existe Diosa?, ¿Qué sexo tiene?, ¿Se masturba?, ¿Seguro que no hay nada después de la muerte?, ¿Cómo es posible si la energía se transforma?, ¿En qué nos transformamos?, ¿Y por qué son todos tan cabrones que no vuelven para contárnoslo?
3) ¿Cómo se puede formar una persona por un simple encontronazo fortuito entre dos células? O lo que es peor ¿Qué había aquí antes del universo?, ¿Quién puso aquí todos los elementos necesarios para que el universo se formara?, ¿QUIEN CREÓ A ESE QUE PUSO AQUÍ TODOS ESOS ELEMENTOS? Brbrbrbrbrbrbrbrrbbr !No puedo soportar no obtener respuestas!
4) ¿Por qué hacienda tarda tanto en devolverme lo mío?
5) ¿Cómo que los caracoles son hermafroditas?, ¿Cómo es eso?, ¿Cómo se puede ser a la vez macho y hembra?
6) ¿Por qué es tan difícil recordar cuál es la derecha y cuál la izquierda?
7) ¿Existe un detergente capaz de eliminar las manchas de chocolate dos días después? Es más... ¿Existe un detergente capaz de eliminar las manchas de chocolate TRES días después?
8) ¿Por qué el 99,9 % de las rubias son tan estúpidas?
9) yeeeeee, no lo dudes.. La siguiente pregunta es: ¿Por qué un tanto por cien (algo menos, la verdad) de las morenas son tan estúpidas?
10) ¿Cómo os lo hacéis los tíos para estar siempre tan salidos y cuál es el truco para llevarlo con tanta normalidad?
Hay más, pero esto empieza a ser aburrido.
Quiero respuestas. A ser posible comprensibles por una ignorante de la ciencia. Y las quiero !YA!
También quiero preguntas, claro.
Besotes, y un guiño.
Sacha
Rubén Darío: A Margarira Debayle.
Recuerdo continuamente una posesía que aprendí de pequeña. Toda entera, de memoria.
Me pregunto por qué la recuerdo tanto.
Ni siquiera sabía quién era el autor y no me había planteado que significara nada, más allá de lo que se lee en sus versos. Es muy curioso que la única poesía que recuerde contenga tantas alusiones a Dios (en masculino, sí) y a sus cosillas, pero lo importante no es el trasfondo religioso... Fíjate en Margarita. Es desobediente, es impulsiva, adora las cosas bellas, las estrellas, el azul del cielo...
Estaba a punto de dormirme cuando recordé el nombre: A Margarita Debayle. La encontré. Es de Rubén Darío y dice:
Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
* * *
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.
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Me pregunto por qué la recuerdo tanto.
Ni siquiera sabía quién era el autor y no me había planteado que significara nada, más allá de lo que se lee en sus versos. Es muy curioso que la única poesía que recuerde contenga tantas alusiones a Dios (en masculino, sí) y a sus cosillas, pero lo importante no es el trasfondo religioso... Fíjate en Margarita. Es desobediente, es impulsiva, adora las cosas bellas, las estrellas, el azul del cielo...
Estaba a punto de dormirme cuando recordé el nombre: A Margarita Debayle. La encontré. Es de Rubén Darío y dice:
Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
* * *
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.
Leyendas
Cuenta la leyenda que a los gatos, al perder su sexta vida, los ojos se les vuelven grises, casi transparentes, pierden el sentido del olfato y apenas oyen a su alrededor. Así, tal como se les consume la vida séptima, sus facultades decrecen y no perciben que el alma se les escapa lento. Un día no despiertan ya y nunca se dieron cuenta que se consumían, dejando de respirar, sin más.
A mi vecino, Ángel María Herrera Gozálvez, le encontraron un día pudriéndose en su cama, fallecido días atrás, más solo que un perro en la calle, con las manos en el pene y las cuencas de los ojos vacías. Murió de viejo, el viejo, y no hubo nadie que le echara de menos hasta que el tufillo a cadáver invadió la escalera.
Ángel María Herrera era gato viejo. Tenía un solo sentido, el tacto, y con él suplía las demás carencias. Usaba espejuelos desde chico, oía muy malamente y perdió el olfato en un accidente de tráfico que le destrozó la pituitaria. Sin embargo sus manos, su rostro y su piel entera sentían texturas, veían colores, notaban aromas y oían voces.
Tiempo atrás fue director médico de una clínica psiquiátrica en la que se pudrieron decenas de psicóticos y psicópatas, sucios de sus propias heces y amarillos de sus propios orines. Renunció a su acomodado cargo una mañana, sin que nadie lo esperara, sin haberlo meditado, porque vio en el espejo que sus ojos ya eran grises y sus manos temblorosas le hacían cortes al afeitarse. Temió acabar encerrado en su propia cárcel cuando le hicieron notar que sus recuerdos eran difusos y trató de matarse cuando, a pesar de intentarlo una y otra vez, no recordó el nombre de su difunta esposa, con la que estuvo casado más de veinte años.

Tocaba el piano todas las noches a esas horas en las que otros duermen las series televisivas en el sofá y, lo juro por Diosa, nunca desafinó ni perdió una nota. Mientras aporreaba las teclas blancas y negras, desgastadas ya de tanto usarse, tomaba pequeños sorbos de brandy, más por entrar en calor que por paladar, que apenas tenía, y recolocaba la manta roja sobre sus rodillas desgastadas. Reuma. Cuando el cansancio hacía mella se levantaba despacio y arrastraba los pies hasta el camastro ávido de putas. Se sentaba en el borde de la cama, se quitaba los lentes y abría el cajón de la mesilla sacando de dentro unas bragas de algodón, blancas otrora, amarillas ya, poniéndolas en su nariz para intentar olerlas. Las volvía a doblar con mucho cuidado y las depositaba en el cajón del que las había sacado. Después, cerraba a medias el cajón de la mesilla, mientras se tumbaba añorando el aroma de unos genitales de mujer, magreándose el pene fláccido y minúsculo y maldiciéndose por no conseguir una erección, solo una más.
Aquella noche, como todas, apagó la luz de la lámpara notando que había un silencio especial ese día. Cerró sus ojos grises e invocó recuerdos de años atrás que no llegaron apenas, no recordó sonidos, voces ni conversaciones; no recordó imágenes sugerentes; no notó el tacto de las sábanas sobre su cuerpo y nunca más volvió a abrir sus ojos, grises, porque murió masturbándose aquella noche de otoño.
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A mi vecino, Ángel María Herrera Gozálvez, le encontraron un día pudriéndose en su cama, fallecido días atrás, más solo que un perro en la calle, con las manos en el pene y las cuencas de los ojos vacías. Murió de viejo, el viejo, y no hubo nadie que le echara de menos hasta que el tufillo a cadáver invadió la escalera.
Ángel María Herrera era gato viejo. Tenía un solo sentido, el tacto, y con él suplía las demás carencias. Usaba espejuelos desde chico, oía muy malamente y perdió el olfato en un accidente de tráfico que le destrozó la pituitaria. Sin embargo sus manos, su rostro y su piel entera sentían texturas, veían colores, notaban aromas y oían voces.
Tiempo atrás fue director médico de una clínica psiquiátrica en la que se pudrieron decenas de psicóticos y psicópatas, sucios de sus propias heces y amarillos de sus propios orines. Renunció a su acomodado cargo una mañana, sin que nadie lo esperara, sin haberlo meditado, porque vio en el espejo que sus ojos ya eran grises y sus manos temblorosas le hacían cortes al afeitarse. Temió acabar encerrado en su propia cárcel cuando le hicieron notar que sus recuerdos eran difusos y trató de matarse cuando, a pesar de intentarlo una y otra vez, no recordó el nombre de su difunta esposa, con la que estuvo casado más de veinte años.

Tocaba el piano todas las noches a esas horas en las que otros duermen las series televisivas en el sofá y, lo juro por Diosa, nunca desafinó ni perdió una nota. Mientras aporreaba las teclas blancas y negras, desgastadas ya de tanto usarse, tomaba pequeños sorbos de brandy, más por entrar en calor que por paladar, que apenas tenía, y recolocaba la manta roja sobre sus rodillas desgastadas. Reuma. Cuando el cansancio hacía mella se levantaba despacio y arrastraba los pies hasta el camastro ávido de putas. Se sentaba en el borde de la cama, se quitaba los lentes y abría el cajón de la mesilla sacando de dentro unas bragas de algodón, blancas otrora, amarillas ya, poniéndolas en su nariz para intentar olerlas. Las volvía a doblar con mucho cuidado y las depositaba en el cajón del que las había sacado. Después, cerraba a medias el cajón de la mesilla, mientras se tumbaba añorando el aroma de unos genitales de mujer, magreándose el pene fláccido y minúsculo y maldiciéndose por no conseguir una erección, solo una más.
Aquella noche, como todas, apagó la luz de la lámpara notando que había un silencio especial ese día. Cerró sus ojos grises e invocó recuerdos de años atrás que no llegaron apenas, no recordó sonidos, voces ni conversaciones; no recordó imágenes sugerentes; no notó el tacto de las sábanas sobre su cuerpo y nunca más volvió a abrir sus ojos, grises, porque murió masturbándose aquella noche de otoño.
Unas palabras...
He de reconocer que me invadió el pánico cuando supe que hablaría hoy aquí, porque no imaginaba de qué modo podría decir lo que sentimos por Paco y Cris, lo que les deseamos y cuánto les apoyamos. Pensé que no hay en el mundo palabras que sirvan para expresar el cariño que les tenemos, lo importante que son en nuestras vidas y lo inútil que sería nuestra existencia si no pudiéramos compartirla con ellos.
Me horrorizaba la idea de presentarme hoy aquí, ante todos estos testigos que ellos han querido traer a su ceremonia, y quedarme muda, o no saber decir todo lo que se merecen que diga. Ese miedo escénico, ese pánico al silencio y el temor a no saber explicar bien lo que sus familias pensamos en este momento, solo había dos formas de solucionarlo: la primera era escribir estas notas que me permitieran decir todo esto sin tartamudear demasiado. La segunda era más sencilla: la satisfacción personal de verles aquí, tan guapos los dos, tan elegante Paco y tan bella Cris y decirles todo lo que sus familias les queremos decir.
Sabemos que el matrimonio es como un contrato según el cual ambas personas se comprometen a amarse para siempre, deciden compartir los malos momentos, apoyándose indefinidamente sin esperar gratificación a cambio, y se implican en cada actividad diaria para ser capaces de sonreír por las mismas cosas y entristecerse por las mismas cuestiones.
Ese contrato, a veces, no es necesario formalizarlo por escrito, ante montones de testigos, porque es tan evidente e indiscutible que no requiere firmas.
En este caso Paco y Cris son un claro ejemplo.
Son capaces de compartir tantas cosas entre ellos, y con los demás, que se hace difícil imaginar que alguna vez fueron dos. Porque son uno.
Son un solo ser, con los mismos gustos, las mismas aficiones, los mismos amigos, las mismas inquietudes y las mismas preocupaciones.
Son una sola persona que se entristece y se alegra con coherencia, pero a la vez son dos, dos seres individuales y autónomos que viven y se mueven con la única pretensión de hacer feliz al otro.
Sin embargo han querido que todos nosotros seamos testigos en la formalización de su matrimonio. Nos han permitido estar aquí para ver cómo se decían uno al otro que deseaban estar juntos el resto de sus vidas. Es una suerte, con los tiempos que corren, poder estar presentes en un acontecimiento como este y poder disfrutar de la magia que envuelve este momento.
No era necesario que dijeran a los cuatro vientos cuánto se quieren. Pero lo han hecho. No hacía falta que se lo dijeran ante todos nosotros, porque se trata de un acto tan íntimo y personal que podían haberlo hecho en privado. Pero aquí estamos, todos, viendo cómo se comprometen a hacerse felices. Viendo cómo se dicen que se quieren. Escuchando sus palabras y compartiendo sus sonrisas.
Y digo que no era necesario porque quienes estamos más cerca de ellos, sus familias, tenemos cada día la oportunidad de comprobar que es así. Sus padres, sus hermanos, sus sobrinos, y sus cuñadas (que nos sentimos como dos hermanas más), hemos comprobado la capacidad que tienen para hacerse felices.
Eso es lo importante. Eso es lo que deben cuidar. Mientras Paco consiga que Cristina se despierte cada mañana con una sonrisa en los labios… Mientras Cris pueda hacer que Paco se acueste cada noche con una sonrisa en los labios… Mientras eso siga siendo así, no habrá problema que pueda con ellos, ni dificultad que no puedan superar. Y nosotros, que somos los afortunados testigos hoy, del compromiso que están asumiendo, siempre vamos a estar aquí para ayudarles a conseguir esas bonitas sonrisas que tan acostumbrados nos tienen a ver.
Hoy me gustaría que, además del compromiso que Paco y Cris están adquiriendo entre ellos, nos prometieran a todos los demás recordar siempre que son dos personas especiales. Me gustaría que se aferraran a sus esperanzas, que su aspiración más pequeña sea la de alcanzar las estrellas, y que las alcancen juntos, sabiendo que juntos pueden conseguir todo cuanto se propongan conseguir. Sé que sus sueños serán sus tesoros. Y sé que sus sueños también serán sus éxitos. Porque lo lograrán todo.
Yo he tenido la suerte añadida de poderles decir hoy, en representación de sus familias, cuáles son nuestros deseos para ellos y cuál es nuestra mayor codicia: su felicidad.
Porque verles a ellos, ver a sus padres sonreír, y poderles decir desde lo más profundo del alma cuánto les queremos, ha sido, tal vez, una de las cosas más bonitas y gratificantes que he hecho en mi vida.
¡Os quiero!
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Me horrorizaba la idea de presentarme hoy aquí, ante todos estos testigos que ellos han querido traer a su ceremonia, y quedarme muda, o no saber decir todo lo que se merecen que diga. Ese miedo escénico, ese pánico al silencio y el temor a no saber explicar bien lo que sus familias pensamos en este momento, solo había dos formas de solucionarlo: la primera era escribir estas notas que me permitieran decir todo esto sin tartamudear demasiado. La segunda era más sencilla: la satisfacción personal de verles aquí, tan guapos los dos, tan elegante Paco y tan bella Cris y decirles todo lo que sus familias les queremos decir.
Sabemos que el matrimonio es como un contrato según el cual ambas personas se comprometen a amarse para siempre, deciden compartir los malos momentos, apoyándose indefinidamente sin esperar gratificación a cambio, y se implican en cada actividad diaria para ser capaces de sonreír por las mismas cosas y entristecerse por las mismas cuestiones.
Ese contrato, a veces, no es necesario formalizarlo por escrito, ante montones de testigos, porque es tan evidente e indiscutible que no requiere firmas.
En este caso Paco y Cris son un claro ejemplo.
Son capaces de compartir tantas cosas entre ellos, y con los demás, que se hace difícil imaginar que alguna vez fueron dos. Porque son uno.
Son un solo ser, con los mismos gustos, las mismas aficiones, los mismos amigos, las mismas inquietudes y las mismas preocupaciones.
Son una sola persona que se entristece y se alegra con coherencia, pero a la vez son dos, dos seres individuales y autónomos que viven y se mueven con la única pretensión de hacer feliz al otro.
Sin embargo han querido que todos nosotros seamos testigos en la formalización de su matrimonio. Nos han permitido estar aquí para ver cómo se decían uno al otro que deseaban estar juntos el resto de sus vidas. Es una suerte, con los tiempos que corren, poder estar presentes en un acontecimiento como este y poder disfrutar de la magia que envuelve este momento.
No era necesario que dijeran a los cuatro vientos cuánto se quieren. Pero lo han hecho. No hacía falta que se lo dijeran ante todos nosotros, porque se trata de un acto tan íntimo y personal que podían haberlo hecho en privado. Pero aquí estamos, todos, viendo cómo se comprometen a hacerse felices. Viendo cómo se dicen que se quieren. Escuchando sus palabras y compartiendo sus sonrisas.
Y digo que no era necesario porque quienes estamos más cerca de ellos, sus familias, tenemos cada día la oportunidad de comprobar que es así. Sus padres, sus hermanos, sus sobrinos, y sus cuñadas (que nos sentimos como dos hermanas más), hemos comprobado la capacidad que tienen para hacerse felices.
Eso es lo importante. Eso es lo que deben cuidar. Mientras Paco consiga que Cristina se despierte cada mañana con una sonrisa en los labios… Mientras Cris pueda hacer que Paco se acueste cada noche con una sonrisa en los labios… Mientras eso siga siendo así, no habrá problema que pueda con ellos, ni dificultad que no puedan superar. Y nosotros, que somos los afortunados testigos hoy, del compromiso que están asumiendo, siempre vamos a estar aquí para ayudarles a conseguir esas bonitas sonrisas que tan acostumbrados nos tienen a ver.
Hoy me gustaría que, además del compromiso que Paco y Cris están adquiriendo entre ellos, nos prometieran a todos los demás recordar siempre que son dos personas especiales. Me gustaría que se aferraran a sus esperanzas, que su aspiración más pequeña sea la de alcanzar las estrellas, y que las alcancen juntos, sabiendo que juntos pueden conseguir todo cuanto se propongan conseguir. Sé que sus sueños serán sus tesoros. Y sé que sus sueños también serán sus éxitos. Porque lo lograrán todo.
Yo he tenido la suerte añadida de poderles decir hoy, en representación de sus familias, cuáles son nuestros deseos para ellos y cuál es nuestra mayor codicia: su felicidad.
Porque verles a ellos, ver a sus padres sonreír, y poderles decir desde lo más profundo del alma cuánto les queremos, ha sido, tal vez, una de las cosas más bonitas y gratificantes que he hecho en mi vida.
¡Os quiero!
Escucha
Bum bum, bum bum, bum bum,
bum, bum bum, bum bum, bum, bum bum,
bum bum, bumbum, bumbum, bum,bumbum,
bumbum, bumbum, bumbumbum, bumbumbum,
bumbum,bumbum, bum,
bumbum, bumbum bum, bum, bummm,
bum, bum, bummm, bummm. !BOOOOM!
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El universo es redondo
Naiala, tu nombre me suena a brisa, a viento de Cantábrico en otoño. Tú has oído a las olas susurrarlo despacio y al agua, evaporada en verano de las balsas de cristal, pronunciarlo sumiso. Y me suena a la vez furioso, como recitan las hojas de los árboles desgastándose en invierno de puro ajarse unas con otras. Naiala suave, Naiala furioso, Naiala, suave y furioso. Sabiendo tú como sabes que te habla el mar, que te habla el campo. Acuoso y agreste en un nombrarte sumiso: Naiala. Y no escuchas. Miras sin ver allá lejos, pierdes la vista, la conciencia de ti misma escuchando a quien te llama, allá a lo lejos, con la mudez de quien no tiene voz y la fuerza de quien grita a medias. Te llama el horizonte, oscuro a veces o claro, rojizo y naranja de atardeceres nuevos, y no escuchas, y no oyes, que el mar, el cielo y el campo balbucen tu nombre en el tiempo.
Te sabes ignorante de todo, sabedora del bien y del mal y de nada. Cansada del bien obligado y deseosa del mal recreado. Agotada de oír y no escuchar tu nombre lejano y tentada a dejarte llevar por tu propio llamarte al abismo, tu propio nombrarte viviéndote sin hallarte a ti misma, inventada. Tu simplemente inventarte y reinventarte a diario para no oír más esas voces temibles llamarte a lo lejos, temprano. Sabiendo que el universo es redondo y por eso nadie ha visto su principio ni su final. Deseando ante todo dormirte en una estrella y despertar sonriendo a la vida aunque la vida te dé la espalda y preguntándote porqué es éste tu nombre y no cualquier otro, más confuso, más común, más usual y acostumbrado. Naiala señora, Naiala discreta, Naiala amarga de azahar maduro, ácida cual la naranja, Naiala confusa entre el cielo y la tierra, Naiala soñando, perdida, agotada, temible y temida, amada y odiada. Oyendo a la vez que no quieres oírlo tu nombre lejano recitado al alba: Naiala, Naiala bonita, Naiala, descansa. Observando el reflejo de una estrella amarga brillante en lo alto de tu estima abandonada. ¿Y no te quieres Naiala? , ¿Y no confías en tu propia energía ni en tu propia alma?, ¿Y no sientes que te acobardas de fingir orgullo y fuerza cuando te tiemblan las ganas?, ¿Y qué hace que no te rindas y sobre tus rodillas caigas, empapada en lágrimas dulces porque dulce es tu templanza? Comedida y angustiada. Poeta y narradora de historias inventadas, falsa manifestante de historias apropiadas. Contando cuentos a lectores embriagados de palabras rebuscadas ¿Qué pretendes con eso vieja y vejada Naiala?
Escucha tu nombre y mírate reflejada en el agua: esa eres tú, pequeña ladrona ¿A quién le has robado el alma? No quieres oírte ni verte, ni sentirte más estafada, no puedes engañarles a todos y sentirte tú engañada. Te has crecido enamorada y del amor alimentada y temes que un día no exista razón para ser querida y razón para ser odiada. Te conformas con tu vida porque fue por ti anhelada y sin embargo recriminas lo que le ha faltado a tu esencia, Naiala. Naiala reinventada.
Sacha
_____________________________________________________________________________________________
Nada gente, que me ha dado por experimentar y, aunque no sea mi estilo, me he divertido mucho escribiendo ésto que a la vez no significa nada pero significa muchísimo. Besos.
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Te sabes ignorante de todo, sabedora del bien y del mal y de nada. Cansada del bien obligado y deseosa del mal recreado. Agotada de oír y no escuchar tu nombre lejano y tentada a dejarte llevar por tu propio llamarte al abismo, tu propio nombrarte viviéndote sin hallarte a ti misma, inventada. Tu simplemente inventarte y reinventarte a diario para no oír más esas voces temibles llamarte a lo lejos, temprano. Sabiendo que el universo es redondo y por eso nadie ha visto su principio ni su final. Deseando ante todo dormirte en una estrella y despertar sonriendo a la vida aunque la vida te dé la espalda y preguntándote porqué es éste tu nombre y no cualquier otro, más confuso, más común, más usual y acostumbrado. Naiala señora, Naiala discreta, Naiala amarga de azahar maduro, ácida cual la naranja, Naiala confusa entre el cielo y la tierra, Naiala soñando, perdida, agotada, temible y temida, amada y odiada. Oyendo a la vez que no quieres oírlo tu nombre lejano recitado al alba: Naiala, Naiala bonita, Naiala, descansa. Observando el reflejo de una estrella amarga brillante en lo alto de tu estima abandonada. ¿Y no te quieres Naiala? , ¿Y no confías en tu propia energía ni en tu propia alma?, ¿Y no sientes que te acobardas de fingir orgullo y fuerza cuando te tiemblan las ganas?, ¿Y qué hace que no te rindas y sobre tus rodillas caigas, empapada en lágrimas dulces porque dulce es tu templanza? Comedida y angustiada. Poeta y narradora de historias inventadas, falsa manifestante de historias apropiadas. Contando cuentos a lectores embriagados de palabras rebuscadas ¿Qué pretendes con eso vieja y vejada Naiala?
Escucha tu nombre y mírate reflejada en el agua: esa eres tú, pequeña ladrona ¿A quién le has robado el alma? No quieres oírte ni verte, ni sentirte más estafada, no puedes engañarles a todos y sentirte tú engañada. Te has crecido enamorada y del amor alimentada y temes que un día no exista razón para ser querida y razón para ser odiada. Te conformas con tu vida porque fue por ti anhelada y sin embargo recriminas lo que le ha faltado a tu esencia, Naiala. Naiala reinventada.
Sacha
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Nada gente, que me ha dado por experimentar y, aunque no sea mi estilo, me he divertido mucho escribiendo ésto que a la vez no significa nada pero significa muchísimo. Besos.
La cena
Llegábamos a las seis de la tarde más o menos.
La mañana había sido movida: Gus trabajaba y yo me vi sola preparando a los peques. Tocaba ducha, vestirse bonito para la cena de nochevieja, preparar las maletas para podernos quedar a dormir, dejar comida a los gatos y a los peces, dejar las camas hechas para podernos acostar a la vuelta (ya que solemos volver después de cenar), cargar el coche y esperar a que llegara papá, se duchara y se vistiera y nos fuéramos.
Nos entretuvimos un poco antes de salir e hicimos un par de visitas de compromiso antes de llegar a nuestro destino, así que se nos hicieron las seis.
Me había ocupado de que los niños comieran y de preparar sus meriendas y la bolsa con la alimentación de la pequeña, y entre pitos y flautas me olvidé de comer yo.
A las seis mi cuerpo rugía de hambre.
Comencé abriendo la despensa de mi suegra: estaba llena de chocolates, dulces, turrones y mazapanes. Había mini tostas para los canapés, pan tostado para los desayunos y un bote de Nocilla. No me apetecía nada.
Fui a la nevera: langostinos cocidos, que ricos, pero eran para la cena. Algunas cervezas y cocacolas, fiambre variado y yogures de todas las clases. Preferí mirar el frutero. Encontré tomates maduros y eso elegí para merendar. Pero, muy a mi pesar, y como había que preparar muchas cosas para la cena, Gus y mi cuñado se pusieron en la mesa del comedor a cortar jamón, salmón e ibéricos. Ahí ya no me pude resistir y comencé mi particular sesión de viajes: plato en la mesa – sofá del comedor.
No sé cuál era el origen y cuál el destino, porque hice muchos viajes hasta que me sentí saciada.
Para no “cabrear” dije que había comido poco y muy pronto (a la una del medio día, dije) pensando que si contaba que no había comido aún iba a ser peor. Ya se sabe, las broncas esas de “tienes que cuidarte… tú no debes hacer eso.”, etc.
Mi cuñado me veía hacer viajes al plato y me decía:
- Cuñaaaaaaaaaaaa, que nos vas a dejar sin cena… ¡Relájate!
Así que me cogí una cola light y me senté a ojear una revista.
Sobre las 19:30 se fue a la ducha (mi cuñado) y nosotros nos quedamos con mis suegros haciendo tiempo. Al poco de meterse en el baño le oímos gritar:
- ¿Podéis ir a por Cris? – Mi cuñada – Gussssssssss, ¿puedes o no?
- Sí.- Contestó Gus - ¿A qué hora?
- ¡Ya!
- Vale, vale, ya voy.
Gus me preguntó si le acompañaba, aprovechando que la pastelería en la que mi cuñada estaba trabajando, en la que había que recogerla, estaba justo al lado de Picant.
Picant es un sex-shop medio light que han montado recientemente en mi pueblo. Queríamos comprar allí los regalos de nuestros amigos invisibles y, de paso, pegar un vistazo. Muy mona la tienda.
Dejamos a los peques con los abuelos y allá que nos fuimos.
Dimos una vuelta a la tienda, preguntamos algunas cosas a la dependienta y salimos a por mi cuñada. Subimos los tres al coche y fuimos a casa de mis suegros a acabar de preparar la cena.
A las 20:00 dijo mi suegra que todo el picoteo lo había encargado en un bar del pueblo para no tener que cocinar tanto. Pensé que, si habíamos quedado que toda la cena era picoteo, y estaba encargado, era absurdo estar tanto tiempo en la cocina. Por lo visto había cena doble: no fiándose de las tapas mis suegros quisieron preparar cena también. Por si acaso.
La última vez que se habló del tema se acordó encargar las tapas en un bar en el que mi suegra y las amigas almuerzan cuando compran churros. La churrería está a las afueras así que supuse que el bar también. Cuando mi cuñado se iba a por el encargo mi marido se ofreció a acompañarle para saber dónde está el bar ese que hace tanta variedad de comida para llevar y supuestamente tan buena. Yo les pedí que bordearan el pueblo porque el centro estaba cortado por la carrera de San Silvestre, y me dijeron que si moviendo las cabezas.
Los demás pusimos mesa y nos sentamos a esperar.
Una hora más tarde sonó el teléfono. Según las dependientas del mostrador de comidas para llevar no había encargo alguno a nombre de mis suegros. Ni de él ni de ella. Gus y mi cuñado se pelearon por el plantón (Noche Vieja y sin cena) y consiguieron que les sirvieran unas cuantas tapas que habían sobrado de los demás encargos. Al final sí teníamos cena doble: la cocinada en casa y las tapas no encargadas.
A las 22:00 más o menos nos sentábamos a cenar.
Durante la cena mi cuñado comentó lo pavas que eran las dependientas del sitio, la cola que habían tenido que hacer, la pelea con una pareja que intentaba colarse, y en fin, lo de que no había encargo y tuvieron que improvisar. Mi suegra estaba ofendidísima: ella personalmente había hecho el encargo, el chico del bar le aseguró que estaría listo a las ocho en punto (allí no había chicos, decía mi cuñado), esa misma mañana había confirmado el pedido, en persona, y “esas cosas no se hacen”. De golpe soltó algo tipo:
- Cuando vaya el martes a comerme los churros con su café con leche se va a enterar él de quién soy yo. Mis compañeras de paseo estaban conmigo, tengo testigos. Se va a enterar el del Eslabón (nombre del bar).
Nosotros no hubiéramos dicho eso de “se va a enterar”. Directamente hubiéramos pasado al “se va a cagar” y similares. Pensando eso y mientras cenábamos alguien (mi marido o mi cuñado) dijo:
- ¿El Eslabón?
- Sí, el del bar.- Contestó mi suegra.
- No hemos ido al Eslabón. Hemos ido a la Garrofera.
- ¿Queeeee?.. ¡Os he dicho que al Eslabón!
- No mamá. Nos has dejado un papel de publicidad del bar sobre la mesa y has dicho que fuéramos a por la cena. El papel era de la Garrofera.
- ¡De eso nada!
- ¡Que sí!
- Pues chicos… La cena estaba encargada en el Eslabón. Por eso no había nada a nuestro nombre en la Garrofera.
- ¡Juas!!
- No os riáis. ¡Hay que ir a por el encargo!
Así que, a mitad de cena, se levantaron mi cuñado y mi cuñada esta vez, y se fueron al otro bar a por el encargo.
Mi suegra no sabía si llorar (estuvo a punto) o reír. Los demás estábamos muertos de risa pero tratábamos de disimular. Gus me preguntó si yo sabía que era el otro bar y yo contesté que sabía que era en las afueras, por lo de los churros y el café con leche, y que por eso les dije que bordearan el pueblo. Ellos contestaron que les había parecido absurdo bordear para ir al centro mismo, que es donde estaba el bar en el que no había encargo.
Sonó el teléfono: mi cuñada nos avisaba que el primo loco de mi suegra venía de camino. Le habían visto mientras iban a por la tercera cena de la noche. Se oyó un “apagad las luces y que se crea que no estamos” y nos echamos todos a reír de nuevo.
Dejamos las luces encendidas: era nochevieja. Nadie se merece cenar solo.
Efectivamente el primo loco venía allí.
Entró más o menos a la vez que mis cuñados, que ya venían con la tercera remesa de tapas de la noche. No se quiso sentar a la mesa y se acomodó en un sillón, con su gorro de lana raído y su chaqueta de pana. Cincuentón desaliñado. De golpe, el tío loco, levantó un brazo hacia el cielo y cerró los ojos.
Pregunté a mi suegra:
- ¿Qué hace Pepe?
- Él dice que meditar.
- ¿Meditar?
- Eso dice.
- ¿Meditar qué?
- Meditar a secas.
- Pues parece que vaya a cantar el “Cara al sol”.
Se rió, mi suegra, que hasta el momento no se decidía entre una sonrisa tímida y unas lagrimitas de esas pequeñitas que se te caen cuando estás frustrado.
Mi cuñado dijo que Pepe no estaba meditando: estaba buscando cobertura.
Continuamos con nuestra triple cena, casi a las 23:00 ya, y nos dieron las uvas cuando aún no habíamos llegado a la fruta. Aprovechamos las campanadas para comer el postre, observando la meditación del primo Pepe, y a mi hija pegando golpes sobre la mesa con un mordedor lleno de tomate, a son de las campanas. Nos comimos las uvas todos menos Adrià, que odia la fruta, y nos besamos felicitándonos el año nuevo.
Cuando ya estábamos volviendo a sentarnos el primo Pepe se levantó del sillón, aún con el brazo en alto, y preguntó:
- ¿Hay algo de cena?
Pensé: ¿La habías encargado?
Sacha.
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La mañana había sido movida: Gus trabajaba y yo me vi sola preparando a los peques. Tocaba ducha, vestirse bonito para la cena de nochevieja, preparar las maletas para podernos quedar a dormir, dejar comida a los gatos y a los peces, dejar las camas hechas para podernos acostar a la vuelta (ya que solemos volver después de cenar), cargar el coche y esperar a que llegara papá, se duchara y se vistiera y nos fuéramos.
Nos entretuvimos un poco antes de salir e hicimos un par de visitas de compromiso antes de llegar a nuestro destino, así que se nos hicieron las seis.
Me había ocupado de que los niños comieran y de preparar sus meriendas y la bolsa con la alimentación de la pequeña, y entre pitos y flautas me olvidé de comer yo.
A las seis mi cuerpo rugía de hambre.
Comencé abriendo la despensa de mi suegra: estaba llena de chocolates, dulces, turrones y mazapanes. Había mini tostas para los canapés, pan tostado para los desayunos y un bote de Nocilla. No me apetecía nada.
Fui a la nevera: langostinos cocidos, que ricos, pero eran para la cena. Algunas cervezas y cocacolas, fiambre variado y yogures de todas las clases. Preferí mirar el frutero. Encontré tomates maduros y eso elegí para merendar. Pero, muy a mi pesar, y como había que preparar muchas cosas para la cena, Gus y mi cuñado se pusieron en la mesa del comedor a cortar jamón, salmón e ibéricos. Ahí ya no me pude resistir y comencé mi particular sesión de viajes: plato en la mesa – sofá del comedor.
No sé cuál era el origen y cuál el destino, porque hice muchos viajes hasta que me sentí saciada.
Para no “cabrear” dije que había comido poco y muy pronto (a la una del medio día, dije) pensando que si contaba que no había comido aún iba a ser peor. Ya se sabe, las broncas esas de “tienes que cuidarte… tú no debes hacer eso.”, etc.
Mi cuñado me veía hacer viajes al plato y me decía:
- Cuñaaaaaaaaaaaa, que nos vas a dejar sin cena… ¡Relájate!
Así que me cogí una cola light y me senté a ojear una revista.
Sobre las 19:30 se fue a la ducha (mi cuñado) y nosotros nos quedamos con mis suegros haciendo tiempo. Al poco de meterse en el baño le oímos gritar:
- ¿Podéis ir a por Cris? – Mi cuñada – Gussssssssss, ¿puedes o no?
- Sí.- Contestó Gus - ¿A qué hora?
- ¡Ya!
- Vale, vale, ya voy.
Gus me preguntó si le acompañaba, aprovechando que la pastelería en la que mi cuñada estaba trabajando, en la que había que recogerla, estaba justo al lado de Picant.
Picant es un sex-shop medio light que han montado recientemente en mi pueblo. Queríamos comprar allí los regalos de nuestros amigos invisibles y, de paso, pegar un vistazo. Muy mona la tienda.
Dejamos a los peques con los abuelos y allá que nos fuimos.
Dimos una vuelta a la tienda, preguntamos algunas cosas a la dependienta y salimos a por mi cuñada. Subimos los tres al coche y fuimos a casa de mis suegros a acabar de preparar la cena.
A las 20:00 dijo mi suegra que todo el picoteo lo había encargado en un bar del pueblo para no tener que cocinar tanto. Pensé que, si habíamos quedado que toda la cena era picoteo, y estaba encargado, era absurdo estar tanto tiempo en la cocina. Por lo visto había cena doble: no fiándose de las tapas mis suegros quisieron preparar cena también. Por si acaso.
La última vez que se habló del tema se acordó encargar las tapas en un bar en el que mi suegra y las amigas almuerzan cuando compran churros. La churrería está a las afueras así que supuse que el bar también. Cuando mi cuñado se iba a por el encargo mi marido se ofreció a acompañarle para saber dónde está el bar ese que hace tanta variedad de comida para llevar y supuestamente tan buena. Yo les pedí que bordearan el pueblo porque el centro estaba cortado por la carrera de San Silvestre, y me dijeron que si moviendo las cabezas.
Los demás pusimos mesa y nos sentamos a esperar.
Una hora más tarde sonó el teléfono. Según las dependientas del mostrador de comidas para llevar no había encargo alguno a nombre de mis suegros. Ni de él ni de ella. Gus y mi cuñado se pelearon por el plantón (Noche Vieja y sin cena) y consiguieron que les sirvieran unas cuantas tapas que habían sobrado de los demás encargos. Al final sí teníamos cena doble: la cocinada en casa y las tapas no encargadas.
A las 22:00 más o menos nos sentábamos a cenar.
Durante la cena mi cuñado comentó lo pavas que eran las dependientas del sitio, la cola que habían tenido que hacer, la pelea con una pareja que intentaba colarse, y en fin, lo de que no había encargo y tuvieron que improvisar. Mi suegra estaba ofendidísima: ella personalmente había hecho el encargo, el chico del bar le aseguró que estaría listo a las ocho en punto (allí no había chicos, decía mi cuñado), esa misma mañana había confirmado el pedido, en persona, y “esas cosas no se hacen”. De golpe soltó algo tipo:
- Cuando vaya el martes a comerme los churros con su café con leche se va a enterar él de quién soy yo. Mis compañeras de paseo estaban conmigo, tengo testigos. Se va a enterar el del Eslabón (nombre del bar).
Nosotros no hubiéramos dicho eso de “se va a enterar”. Directamente hubiéramos pasado al “se va a cagar” y similares. Pensando eso y mientras cenábamos alguien (mi marido o mi cuñado) dijo:
- ¿El Eslabón?
- Sí, el del bar.- Contestó mi suegra.
- No hemos ido al Eslabón. Hemos ido a la Garrofera.
- ¿Queeeee?.. ¡Os he dicho que al Eslabón!
- No mamá. Nos has dejado un papel de publicidad del bar sobre la mesa y has dicho que fuéramos a por la cena. El papel era de la Garrofera.
- ¡De eso nada!
- ¡Que sí!
- Pues chicos… La cena estaba encargada en el Eslabón. Por eso no había nada a nuestro nombre en la Garrofera.
- ¡Juas!!
- No os riáis. ¡Hay que ir a por el encargo!
Así que, a mitad de cena, se levantaron mi cuñado y mi cuñada esta vez, y se fueron al otro bar a por el encargo.
Mi suegra no sabía si llorar (estuvo a punto) o reír. Los demás estábamos muertos de risa pero tratábamos de disimular. Gus me preguntó si yo sabía que era el otro bar y yo contesté que sabía que era en las afueras, por lo de los churros y el café con leche, y que por eso les dije que bordearan el pueblo. Ellos contestaron que les había parecido absurdo bordear para ir al centro mismo, que es donde estaba el bar en el que no había encargo.
Sonó el teléfono: mi cuñada nos avisaba que el primo loco de mi suegra venía de camino. Le habían visto mientras iban a por la tercera cena de la noche. Se oyó un “apagad las luces y que se crea que no estamos” y nos echamos todos a reír de nuevo.
Dejamos las luces encendidas: era nochevieja. Nadie se merece cenar solo.
Efectivamente el primo loco venía allí.
Entró más o menos a la vez que mis cuñados, que ya venían con la tercera remesa de tapas de la noche. No se quiso sentar a la mesa y se acomodó en un sillón, con su gorro de lana raído y su chaqueta de pana. Cincuentón desaliñado. De golpe, el tío loco, levantó un brazo hacia el cielo y cerró los ojos.
Pregunté a mi suegra:
- ¿Qué hace Pepe?
- Él dice que meditar.
- ¿Meditar?
- Eso dice.
- ¿Meditar qué?
- Meditar a secas.
- Pues parece que vaya a cantar el “Cara al sol”.
Se rió, mi suegra, que hasta el momento no se decidía entre una sonrisa tímida y unas lagrimitas de esas pequeñitas que se te caen cuando estás frustrado.
Mi cuñado dijo que Pepe no estaba meditando: estaba buscando cobertura.
Continuamos con nuestra triple cena, casi a las 23:00 ya, y nos dieron las uvas cuando aún no habíamos llegado a la fruta. Aprovechamos las campanadas para comer el postre, observando la meditación del primo Pepe, y a mi hija pegando golpes sobre la mesa con un mordedor lleno de tomate, a son de las campanas. Nos comimos las uvas todos menos Adrià, que odia la fruta, y nos besamos felicitándonos el año nuevo.
Cuando ya estábamos volviendo a sentarnos el primo Pepe se levantó del sillón, aún con el brazo en alto, y preguntó:
- ¿Hay algo de cena?
Pensé: ¿La habías encargado?
Sacha.
Deja vu
!Y dale con el palabro!
Con eso de que han sacado una película están pesaditos los medios.
La gente habla de la película y habla del fenómeno. Pero es muy raro que todos hablen igual, que nadie se pregunte nada sobre el fenómeno, que nadie lo cuestione.
Yo también he hablado de ello y en mi enorme ignorancia de todo tengo montones de preguntas, de dudas y de ideas sobre lo que es y sobre cómo se produce, y por qué.
Allá va:
Leí en una ocasión que el fenómeno lo producía una especie de cortocircuito cerebral. Se nos paraba el cerebro por una millonésima centésima de segundo y cuando reiniciaba nos quedaba esa sensación de "esto ya lo he vivido antes". Las cosas que he escuchado últimamente matizan un poco esa experiencia.
Al fin y al cabo nacemos con el instinto de succión. Nadie nos enseña cómo hemos de mover los músculos faciales para poder alimentarnos y sobrevivir. Los recién nacidos tienen instinto de avance. Cambian el paso ¿Lo sabías?. A un bebé recién nacido le pones de pie y mueve las piernas para avanzar y caminar, aunque por si solo no se sostenga. Esto desaparece a los pocos días y no reaparece hasta varios meses después. Nadie nos enseña a llorar, a emitir sonidos, pero sí necesitamos aprender a hablar. Nacemos, también, con una carga genética heredada muy importante. Nos parecemos a nuestros antecesores, gesticulamos como nuestros antecesores, tenemos las mismas enfermedades que nuestros familiares por eso en los hospitales siempre te preguntan sobre el historial médico de los padres y los abuelos. ¿Infartos o enfermedades coronarias?, ¿Diabetes?, ¿Colesterol?, ¿Cáncer?... Somos propensos, o no, a padecer enfermedades según las hayan padecido antes, o no, nuestos familiares.
Entonces... ¿Por qué no íbamos a pensar que heredamos otro tipo de información genética, o no, al nacer?
Pondré un ejemplo: hace unos años mi marido y yo nos fuimos de viaje. Visitamos varios lugares pero hubo uno que nos impresionó a los dos por igual. Era increíblemente bonito: Santillana del Mar. Es un pueblo de piedra, por entero. Pero es un pueblo moderno, con sus bares y cafeterias, con sus cajeros automáticos y su oficina postal, de piedra, y con su castillo y sus monumentos. Todo, absolutamente todo, es de piedra allí. Todo es precioso. Hicimos montones de fotos y la promesa de volver alguna otra vez en nuestras vidas. Hemos ido otras veces de viaje, pero no recordamos los otros lugares con la misma intensidad. Aquel era un lugar especial. Un tiempo después tuvimos a nuestro hijo, que se nos parece físicamente (ver fotos más abajo) y psíquicamente (quienes le conocen siempre dicen eso de "es como su padre" o "es como su madre" según el caso). Tiene nuestros genes. Tal vez su cerebro, formado durante 8 meses (fue prematuro) en mi interior, con divisiones celulares provenientes de la unión de una parte de su padre y una parte de su madre (me niego a explicar esta parte)... repito: tal vez su cerebro haya heredado alguna marca, algo de memoria a largo plazo, algo de evolución genética, de la nuestra. Tal vez en un rinconcito escondido y recóndito de su memoria se encuentre alguna imagen de aquella ciudad que a su padre y a mi tanto nos impactó.. Tal vez, un día, en el futuro, él mismo visite esa ciudad, y cuando se encuentre ante la puerta del castillo tenga esa sensación tan inquietante de "yo he estado aquí antes"... genéticamente heredada.
¿Por qué no?
¿No podría ser?
Empecé diciendo que mi ignorancia es mucha, pero, si alguien puede refutar mi teoría y explicarme por qué no puede ser esa la explicación del deja-vu no te imaginas cuánto me gustaría que lo hiciera y, si es posible, aportara su propia teoría.
Ahí queda otra empanada mental de esta cabra loca.
Besos.
Sacha.
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Con eso de que han sacado una película están pesaditos los medios.
La gente habla de la película y habla del fenómeno. Pero es muy raro que todos hablen igual, que nadie se pregunte nada sobre el fenómeno, que nadie lo cuestione.
Yo también he hablado de ello y en mi enorme ignorancia de todo tengo montones de preguntas, de dudas y de ideas sobre lo que es y sobre cómo se produce, y por qué.
Allá va:
Leí en una ocasión que el fenómeno lo producía una especie de cortocircuito cerebral. Se nos paraba el cerebro por una millonésima centésima de segundo y cuando reiniciaba nos quedaba esa sensación de "esto ya lo he vivido antes". Las cosas que he escuchado últimamente matizan un poco esa experiencia.
Al fin y al cabo nacemos con el instinto de succión. Nadie nos enseña cómo hemos de mover los músculos faciales para poder alimentarnos y sobrevivir. Los recién nacidos tienen instinto de avance. Cambian el paso ¿Lo sabías?. A un bebé recién nacido le pones de pie y mueve las piernas para avanzar y caminar, aunque por si solo no se sostenga. Esto desaparece a los pocos días y no reaparece hasta varios meses después. Nadie nos enseña a llorar, a emitir sonidos, pero sí necesitamos aprender a hablar. Nacemos, también, con una carga genética heredada muy importante. Nos parecemos a nuestros antecesores, gesticulamos como nuestros antecesores, tenemos las mismas enfermedades que nuestros familiares por eso en los hospitales siempre te preguntan sobre el historial médico de los padres y los abuelos. ¿Infartos o enfermedades coronarias?, ¿Diabetes?, ¿Colesterol?, ¿Cáncer?... Somos propensos, o no, a padecer enfermedades según las hayan padecido antes, o no, nuestos familiares.
Entonces... ¿Por qué no íbamos a pensar que heredamos otro tipo de información genética, o no, al nacer?
Pondré un ejemplo: hace unos años mi marido y yo nos fuimos de viaje. Visitamos varios lugares pero hubo uno que nos impresionó a los dos por igual. Era increíblemente bonito: Santillana del Mar. Es un pueblo de piedra, por entero. Pero es un pueblo moderno, con sus bares y cafeterias, con sus cajeros automáticos y su oficina postal, de piedra, y con su castillo y sus monumentos. Todo, absolutamente todo, es de piedra allí. Todo es precioso. Hicimos montones de fotos y la promesa de volver alguna otra vez en nuestras vidas. Hemos ido otras veces de viaje, pero no recordamos los otros lugares con la misma intensidad. Aquel era un lugar especial. Un tiempo después tuvimos a nuestro hijo, que se nos parece físicamente (ver fotos más abajo) y psíquicamente (quienes le conocen siempre dicen eso de "es como su padre" o "es como su madre" según el caso). Tiene nuestros genes. Tal vez su cerebro, formado durante 8 meses (fue prematuro) en mi interior, con divisiones celulares provenientes de la unión de una parte de su padre y una parte de su madre (me niego a explicar esta parte)... repito: tal vez su cerebro haya heredado alguna marca, algo de memoria a largo plazo, algo de evolución genética, de la nuestra. Tal vez en un rinconcito escondido y recóndito de su memoria se encuentre alguna imagen de aquella ciudad que a su padre y a mi tanto nos impactó.. Tal vez, un día, en el futuro, él mismo visite esa ciudad, y cuando se encuentre ante la puerta del castillo tenga esa sensación tan inquietante de "yo he estado aquí antes"... genéticamente heredada.
¿Por qué no?
¿No podría ser?
Empecé diciendo que mi ignorancia es mucha, pero, si alguien puede refutar mi teoría y explicarme por qué no puede ser esa la explicación del deja-vu no te imaginas cuánto me gustaría que lo hiciera y, si es posible, aportara su propia teoría.
Ahí queda otra empanada mental de esta cabra loca.
Besos.
Sacha.
Los lunares del abuelo
A las siete de la mañana ya estaba en pie. Literalmente.
Tenía un solo pie y lo bajaba del colchón de lana a las siete en punto.
Ya habíamos intentado renovar el colchón, pero no quería, no nos dejaba. Prefería el dolor de espalda en la cama de su esposa al descanso sobre muelles nuevos.
Se quejaba de que no dormía, pero cada noche se acostaba a las diez y durante las quince horas que no estaba en su habitación pegaba cabezaditas allá donde estuviera.
Le cortaron el pie cuando se le gangrenó una herida en el talón. Por precaución, los cirujanos, amputaron desde la ingle. Ni pie ni pierna tenía, pero él decía que estaba allí, la pierna, y que le seguía doliendo.
Al principio sólo era una llaga, después un cráter, y como el riego sanguíneo era poco no se cerraba nunca. Comenzó a quejarse mucho y tanto se quejaba que le ingresaban en el hospital por si le daba un infarto de puro sufrir.
Al poco de empezar el trajín de idas y vueltas me confesó que fingía dolor muchas veces, porque cuando estaba en el hospital todas las enfermeras guapas le prestaban mucha atención y le decían cosas bonitas. Y los familiares estaban pendientes de él, pasaban el día jugando con él a las cartas, al sinquet, y las noches velando su sueño. Su sueño. Literalmente. Y se había hecho realidad, pero eso le costó una pierna.
Cuando era más joven le cuidaba la abuela pero cuando ella murió las dos nueras no le trataban como él estaba acostumbrado. Sus hijos no. ¿Sus hijos? No, no, no, no… Sus hijos eran varones, y los hombres no cuidan enfermos ni ancianos. Sus nueras tenían que hacerlo, pero claro, la sangre no tiraba, y sus nueras no le pelaban la fruta del postre como su esposa, no movían el azúcar del poleo como su esposa, ni le enjabonaban la espalda y los pies como su esposa, ni le afeitaban como lo había hecho durante años su esposa.
Aprendió a afeitarse. Pero sus nueras… ¿A ducharse?... !Ay sus nueras! No, a ducharse no aprendió. Lo que desarrolló fue una increíble y particular estrategia para lograr que pareciera que se duchaba.
Los brazos y la cara siempre los tenía lustrosos y se ponía camisas de manga corta para que se le vieran los codos relucientes. Los pies, al menos desde que se hizo la herida, estaban limpios. Pero la primera vez que le llevamos al hospital y las auxiliares le desabrocharon la camisa para ponerle los cables del electrocardiograma nos dimos cuenta de que lo de las duchas no estaba funcionando. Tenía tanta porquería encima que las ventosas no se adherían. Le intentamos limpiar con toallitas de bebé: nada. Probamos con una esponja y agua jabonosa: nada. Finalmente se le pudo medio limpiar con alcohol y gasas, pero imagínate el bochorno…
Nunca había visto algo así. Parecía que su pecho y su espalda estaban repletos de lunares, de color marrón granate, poligonales. Aquello era roña. Jamás en toda mi vida he vuelto a ver tanta roña.
A la vuelta del hospital le interrogó una de sus nueras y resultó que se duchaba, según él decía, y que aquella suciedad era de un solo día, porque él se duchaba.
Unas semanas después volvió a pasar lo mismo y a la vuelta le espiamos. Ya, ya... No es ético. Pero la cuestión es que nos subimos sobre la pila del fregadero, la de granito que había en el patio, para mirar por el ventanuco lo que hacía encerrado en el cuarto de baño.
El hombre se metía allí durante una hora. Ponía el tapón en la bañera y regulaba el agua a buena temperatura. !Fíjate tú qué interés tendría en que el agua estuviera templada! Ni muy caliente ni muy fría. Llenaba la bañera de agua mientras se afeitaba y cuando ya se había rasurado se sentaba en la taza del váter el resto del tiempo hasta completar una hora, mirando su cara en el espejo y viendo cómo se llenaba la bañera. Pasada una hora retiraba el tapón, se mojaba la cabeza con la mano húmeda y se rociaba de Baron Dandy para salir del cuarto de aseo bien “limpito”.
Al salir insistía en lo fantástico que es darse un baño y la sensación refrescante que se te queda en el cuerpo.
¿Cinismo?
¿En mi familia?
Nooooo, no hombre no… En mi familia no había cinismo.
En mi familia no somos cínicos.
¿Cómo que no te lo crees?
Probablemente estaba convencidísimo de que aquello era darse un baño.
Pero le costó una pierna.
Sacha.
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Tenía un solo pie y lo bajaba del colchón de lana a las siete en punto.
Ya habíamos intentado renovar el colchón, pero no quería, no nos dejaba. Prefería el dolor de espalda en la cama de su esposa al descanso sobre muelles nuevos.
Se quejaba de que no dormía, pero cada noche se acostaba a las diez y durante las quince horas que no estaba en su habitación pegaba cabezaditas allá donde estuviera.
Le cortaron el pie cuando se le gangrenó una herida en el talón. Por precaución, los cirujanos, amputaron desde la ingle. Ni pie ni pierna tenía, pero él decía que estaba allí, la pierna, y que le seguía doliendo.
Al principio sólo era una llaga, después un cráter, y como el riego sanguíneo era poco no se cerraba nunca. Comenzó a quejarse mucho y tanto se quejaba que le ingresaban en el hospital por si le daba un infarto de puro sufrir.
Al poco de empezar el trajín de idas y vueltas me confesó que fingía dolor muchas veces, porque cuando estaba en el hospital todas las enfermeras guapas le prestaban mucha atención y le decían cosas bonitas. Y los familiares estaban pendientes de él, pasaban el día jugando con él a las cartas, al sinquet, y las noches velando su sueño. Su sueño. Literalmente. Y se había hecho realidad, pero eso le costó una pierna.
Cuando era más joven le cuidaba la abuela pero cuando ella murió las dos nueras no le trataban como él estaba acostumbrado. Sus hijos no. ¿Sus hijos? No, no, no, no… Sus hijos eran varones, y los hombres no cuidan enfermos ni ancianos. Sus nueras tenían que hacerlo, pero claro, la sangre no tiraba, y sus nueras no le pelaban la fruta del postre como su esposa, no movían el azúcar del poleo como su esposa, ni le enjabonaban la espalda y los pies como su esposa, ni le afeitaban como lo había hecho durante años su esposa.
Aprendió a afeitarse. Pero sus nueras… ¿A ducharse?... !Ay sus nueras! No, a ducharse no aprendió. Lo que desarrolló fue una increíble y particular estrategia para lograr que pareciera que se duchaba.
Los brazos y la cara siempre los tenía lustrosos y se ponía camisas de manga corta para que se le vieran los codos relucientes. Los pies, al menos desde que se hizo la herida, estaban limpios. Pero la primera vez que le llevamos al hospital y las auxiliares le desabrocharon la camisa para ponerle los cables del electrocardiograma nos dimos cuenta de que lo de las duchas no estaba funcionando. Tenía tanta porquería encima que las ventosas no se adherían. Le intentamos limpiar con toallitas de bebé: nada. Probamos con una esponja y agua jabonosa: nada. Finalmente se le pudo medio limpiar con alcohol y gasas, pero imagínate el bochorno…
Nunca había visto algo así. Parecía que su pecho y su espalda estaban repletos de lunares, de color marrón granate, poligonales. Aquello era roña. Jamás en toda mi vida he vuelto a ver tanta roña.
A la vuelta del hospital le interrogó una de sus nueras y resultó que se duchaba, según él decía, y que aquella suciedad era de un solo día, porque él se duchaba.
Unas semanas después volvió a pasar lo mismo y a la vuelta le espiamos. Ya, ya... No es ético. Pero la cuestión es que nos subimos sobre la pila del fregadero, la de granito que había en el patio, para mirar por el ventanuco lo que hacía encerrado en el cuarto de baño.
El hombre se metía allí durante una hora. Ponía el tapón en la bañera y regulaba el agua a buena temperatura. !Fíjate tú qué interés tendría en que el agua estuviera templada! Ni muy caliente ni muy fría. Llenaba la bañera de agua mientras se afeitaba y cuando ya se había rasurado se sentaba en la taza del váter el resto del tiempo hasta completar una hora, mirando su cara en el espejo y viendo cómo se llenaba la bañera. Pasada una hora retiraba el tapón, se mojaba la cabeza con la mano húmeda y se rociaba de Baron Dandy para salir del cuarto de aseo bien “limpito”.
Al salir insistía en lo fantástico que es darse un baño y la sensación refrescante que se te queda en el cuerpo.
¿Cinismo?
¿En mi familia?
Nooooo, no hombre no… En mi familia no había cinismo.
En mi familia no somos cínicos.
¿Cómo que no te lo crees?
Probablemente estaba convencidísimo de que aquello era darse un baño.
Pero le costó una pierna.
Sacha.
Universo
Se sienta frente a la mesa y abre el estuche de colores. Lo observa. Trata de decidir si usará ceras, colores de madera o rotuladores. Se rasca la cabeza y elige un rotulador vistoso. En ese momento se da cuenta de que no ha preparado papel, así que, se levanta y va al cajón del papel para reciclar. Coge unos cuantos folios y vuelve sentarse frente al estuche gigante. Hoy va a dibujar el universo.
Traza lo que debiera ser un círculo, aunque en realidad parezca una pera. Lo colorea en marrón y azul: es la tierra.
A su alrededor dibuja otros círculos, de colores diferentes, y algunos los rodea con una lazada que simula los anillos del planeta.
Vuelve al planeta tierra y sobre él traza cuatro diminutas figuras: estos son papá, mamá, la teta y yo. Dice.
Dibuja un sol brillante en la parte superior derecha. Aún no entiende el sistema solar.
- ¿Y la luna?
- Está el sol porque es de día. La luna saldrá cuando sea de noche.
Aún no entiende el sistema.
- ¿Quiénes son esos cuatro?
- Nosotros. Estás tú y el papá, está Aitana y estoy yo.
- ¿Y qué hacemos ahí?
- Es el universo mamá. Está la tierra, y estáis vosotros.
Sí.
Ese es el verdadero universo.
Lo entiende perfectamente.
Sacha.
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Traza lo que debiera ser un círculo, aunque en realidad parezca una pera. Lo colorea en marrón y azul: es la tierra.
A su alrededor dibuja otros círculos, de colores diferentes, y algunos los rodea con una lazada que simula los anillos del planeta.
Vuelve al planeta tierra y sobre él traza cuatro diminutas figuras: estos son papá, mamá, la teta y yo. Dice.
Dibuja un sol brillante en la parte superior derecha. Aún no entiende el sistema solar.
- ¿Y la luna?
- Está el sol porque es de día. La luna saldrá cuando sea de noche.
Aún no entiende el sistema.
- ¿Quiénes son esos cuatro?
- Nosotros. Estás tú y el papá, está Aitana y estoy yo.
- ¿Y qué hacemos ahí?
- Es el universo mamá. Está la tierra, y estáis vosotros.
Sí.
Ese es el verdadero universo.
Lo entiende perfectamente.
Sacha.
El chupete
De repente empezó a llorar.
No estaba a su lado aunque podía oírla. Me tenía a mi misma entretenidísima limpiando los ventanales para que las visitas que esperaba no me pelaran en el pueblo. Lo normal en las susodichas visitas. Pero se trataba de un compromiso ineludible y yo sabía que con esa primera visita conseguiría que nunca más se acercaran por mi casa.
No tengo por costumbre invitar a mi casa a nadie a quien no quiera invitar. Por eso les había invitado mi suegra, muy a mi pesar. Mi suerte fue que me avisaran con antelación de que iban a venir porque pocas cosas me molestan más que encontrarme con la casa llena sin haberlo previsto.
Por si me lees: jamás se te ocurra presentarte en mi casa sin avisar antes. Si lo haces te ganarás mi resentimiento de por vida y es posible que decida no abrirte la puerta. Todo depende del humor con el que me pilles.
El caso es que tenía los brazos empapados de agua jabonosa, que ya era más sucia que limpia. Llevaba un estropajo en las manos y una de esas cosas con una goma tipo limpiaparabrisas, me caían las gotas de sudor frente abajo escociéndome en los ojos, y la oía llorar.
Le dije a su hermano que me hiciera el favor de ponerle el chupete, pero estaba muy entretenido jugando y no me hizo caso. Repetí: ponle el chupete a la nena, por favor. Pero él no me escuchaba.
Dejé todos los objetos en el suelo, me sequé lo mejor que pude y me dirigí a la pequeña para ponerle yo misma el chupete. Se calmó. Entonces le dije a su hermano que me volvía a poner con las ventanas y que, si su hermanita lloraba, me hiciera el favor de ponerle el chupete. Y él asintió con la cabeza y dijo: Vale mamá.
Aún no había llegado a la jodida ventana cuando la niña empezó a berrear. Y yo: ¡Ponle el chupete a tu hermana! Y el niño sin escucharme.
Furiosa, enfadada, volví a ponerle el chupete yo, y apagué el televisor a su hermano. No pensaba ponérselo más, por no escucharme. Pero cuando el niño me dijo entre sollozos que le pondría el chupete a su hermana si la oía llorar encendí de nuevo la caja tonta.
Me dirigí al ventanal. Llanto.
Grito: ¡Ese chupeteeeeeeeeeeeee!
Y el niño que se levanta del sofá, se acerca a su hermana, pone las manos en jarrás y le dice mientras le pone el chupete:
- De verdad que no puedo más, me tienes agotado, no puedo más, no puedo más. Todo el día limpiando, recogiendo y tú venga a tirar el chupete.
Definitivamente: soy una quejica.
Y… Es cierto que los niños aprenden por imitación.
No puedo más, no puedo más… Estoy agotada.
Sacha.
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No estaba a su lado aunque podía oírla. Me tenía a mi misma entretenidísima limpiando los ventanales para que las visitas que esperaba no me pelaran en el pueblo. Lo normal en las susodichas visitas. Pero se trataba de un compromiso ineludible y yo sabía que con esa primera visita conseguiría que nunca más se acercaran por mi casa.
No tengo por costumbre invitar a mi casa a nadie a quien no quiera invitar. Por eso les había invitado mi suegra, muy a mi pesar. Mi suerte fue que me avisaran con antelación de que iban a venir porque pocas cosas me molestan más que encontrarme con la casa llena sin haberlo previsto.
Por si me lees: jamás se te ocurra presentarte en mi casa sin avisar antes. Si lo haces te ganarás mi resentimiento de por vida y es posible que decida no abrirte la puerta. Todo depende del humor con el que me pilles.
El caso es que tenía los brazos empapados de agua jabonosa, que ya era más sucia que limpia. Llevaba un estropajo en las manos y una de esas cosas con una goma tipo limpiaparabrisas, me caían las gotas de sudor frente abajo escociéndome en los ojos, y la oía llorar.
Le dije a su hermano que me hiciera el favor de ponerle el chupete, pero estaba muy entretenido jugando y no me hizo caso. Repetí: ponle el chupete a la nena, por favor. Pero él no me escuchaba.
Dejé todos los objetos en el suelo, me sequé lo mejor que pude y me dirigí a la pequeña para ponerle yo misma el chupete. Se calmó. Entonces le dije a su hermano que me volvía a poner con las ventanas y que, si su hermanita lloraba, me hiciera el favor de ponerle el chupete. Y él asintió con la cabeza y dijo: Vale mamá.
Aún no había llegado a la jodida ventana cuando la niña empezó a berrear. Y yo: ¡Ponle el chupete a tu hermana! Y el niño sin escucharme.
Furiosa, enfadada, volví a ponerle el chupete yo, y apagué el televisor a su hermano. No pensaba ponérselo más, por no escucharme. Pero cuando el niño me dijo entre sollozos que le pondría el chupete a su hermana si la oía llorar encendí de nuevo la caja tonta.
Me dirigí al ventanal. Llanto.
Grito: ¡Ese chupeteeeeeeeeeeeee!
Y el niño que se levanta del sofá, se acerca a su hermana, pone las manos en jarrás y le dice mientras le pone el chupete:
- De verdad que no puedo más, me tienes agotado, no puedo más, no puedo más. Todo el día limpiando, recogiendo y tú venga a tirar el chupete.
Definitivamente: soy una quejica.
Y… Es cierto que los niños aprenden por imitación.
No puedo más, no puedo más… Estoy agotada.
Sacha.
La paleta de colores
Aquella euforia podía causarla el retorno del calor estival pero era más probable que la provocara el olor a sexo que desprendían las sábanas sucias sobre las que acababa de despertar.
Desde la posición livianamente elevada de su cabeza sobre la almohada miró su cuerpo de ébano, tostado de sol, en el que las caderas marcadas sujetaban un pubis alopécico y fosco a la vez. Se acarició el vientre cóncavo, mojándolo con el sudor de las manos, mientras observaba la tenue luz de una lámpara halógena que colgaba del techo harinado.
Volteó la cabeza y fijó la mirada en el reloj verde en el que las manecillas fosforescentes sorteaban números y rayas.
Tic.
Tac.
Entonces se levantó, desnuda como se había acostado, y descalza se dirigió al cuarto de baño caminando sobre las puntas de sus pies perfectos. Abrió el grifo bruñido y templó el agua para no notar el cambio de temperatura al salir. Se metió en la ducha, mojándose entera, mientras sujetaba el difusor metálico con un brazo en alto.
Dejó caer el telefonillo a sus pies y, mientras regaba sus tobillos huesudos con moderada agua, se acarició el cuerpo con la espuma rosada del gel de frambuesa, aspirando el aroma, afrutado, como el del champú con el que se lavó el cabello trigueño y pardo.
Permaneció unos segundos bajo el agua, aclarando su cuerpo con el líquido tibio, mientras masajeaba su cabeza ligeramente inclinada hacia atrás; su rostro suave, aterciopelado; sus senos turgentes de aureolas color café con leche; sus nalgas prietas y sus muslos poderosos; sus pies y tobillos huesudos regados de moderada agua templada…
Redirigió el agua para que goteara desde arriba y apoyó las palmas de las manos en los azulejos tostados de la pared, sosteniéndose apuntalada, en su húmeda permanencia, dispersando su mente bajo la tibia humedad, aspirando el aire pesado y encaminando el agua desde su nuca, a través de su espalda arqueada, hasta el cóccix, y desde allí hasta el suelo de la ducha perennemente espumosa.
Cerró la salida del agua de un golpe seco y salió de la ducha, posando un pie en la alfombra rosada, y después el otro, goteando sobre lana y almidón pequeñas partículas de agua cristalina.
Envolvió su cabeza y rodeó su cuerpo mojado con sendas toallas blancas. Con la palma de la mano derecha frotó el espejo empañado y cuando por fin pudo verse en él se detuvo a explorar su rostro, buscando una nueva marca provocada por la edad junto a sus ojos verdes o en la comisura de sus labios brillantes.
Treinta y dos le parecían demasiados.
Cogió de la repisa alabastrina un frasco de pequeñas dimensiones con tapa y rótulos anaranjados. De él extrajo una nuez de hidratante que esparció por su rostro con las yemas de los dedos aún húmedas. Trazó un sinuoso camino, invisible e imaginario, desde su frente, por su nariz, hasta su labio superior, acariciando la piel con su índice cálido.
A continuación rectificó la posición de la toalla mayor, la que se anudaba en su pecho volteada sobre sí misma, y salió del baño dejando caer al suelo la que le sujetaba el cabello. Marcó sus huellas de agua sobre el gres índigo. Allí quedaban sus dedos, y el talón de ambos pies, hasta que el calor ambiental los evaporaba mágicamente.
Con aquella perfecta coreografía de pies y manos, ensayada cada mañana desde hacía once mil seiscientos ochenta días, desenredó su cabello con los dedos de las manos, a modo de peines, y suspiró mientras se acercaba al ventanal para abrir las cortinas de color miel y dejar que la luz lo inundara todo un día más.
Quedó la huella de sus dedos mojados en la cenefa de la cortina y los adornos violetas se oscurecieron burlándose de ella.
Se sentó en una silla, despacio, mirando hacia fuera a través de la ventana. No acababa de decidir si hacía buen o mal tiempo porque no llovía pero el cielo era gris azulado en vez de blanco y añil. El gato pasó por entre sus piernas, restregándole el lomo en la pantorrilla, y llenándola de pelos blancos. Arqueó la espalda, el gato, y levantó el rabo sorteando una pierna de las de ella, y la otra después.
Finalmente se alejó con pasos cortos, dirigiéndose al zócalo del ventanal.
Allí se sentó, el gato, mirando también hacia fuera, como pensando igual que ella si era día de salir a que le diera el sol o de encerrarse en casa y sentarse en el sofá cian a perder el tiempo.
Ella se levantó de la silla y se acercó al felino, se agachó doblando ambas rodillas y permaneciendo en cuclillas, junto al cristal, envuelta en la suave toalla de nieve. Le acarició el lomo y el gato respondió con un ronroneo lánguido. Con la otra mano ahuecó su pelo, suelto y mojado, haciendo caer unas gotas de agua fría sobre su espalda nuevamente sudada.
Sintió el frescor del agua y al tiempo su piel se erizó y un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Se avergonzó al sentir los pezones severos rozar con el algodón de la toalla y se frotó los dos antebrazos en un inútil intento de entrar en calor con rapidez y que su cuerpo volviera al estado de reposo.
Se alzó, sin perder de vista al gato, y una vez estuvo de pie miró, de nuevo, a través del ventanal.
Un reflejo rojizo se colaba entre unas nubes. Era como si los rayos del sol cortaran el algodón abriéndose paso hacia su terraza. El viento hacía vibrar los setos y las hojas del césped rozaban unas con otras en un breve movimiento sensual, bailando suavemente, a un lado y después al otro. Sólo el eco de las ramas al moverse rompía el silencio.
Ni siquiera el bostezo del gato interrumpió el mutismo.
Estaba sola, ella y el verde de los árboles, y el rojo del sol y el gris azulado de las nubes. Ella y el gato de blanco pelaje mirando a través del cristal cómo danzaban las hojas y las ramas y cómo se abrazaban los tallos. Estaban solos, ella, el gato y el verde, rojo, y gris azulado del jardín.
Sacha.
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Desde la posición livianamente elevada de su cabeza sobre la almohada miró su cuerpo de ébano, tostado de sol, en el que las caderas marcadas sujetaban un pubis alopécico y fosco a la vez. Se acarició el vientre cóncavo, mojándolo con el sudor de las manos, mientras observaba la tenue luz de una lámpara halógena que colgaba del techo harinado.
Volteó la cabeza y fijó la mirada en el reloj verde en el que las manecillas fosforescentes sorteaban números y rayas.
Tic.
Tac.
Entonces se levantó, desnuda como se había acostado, y descalza se dirigió al cuarto de baño caminando sobre las puntas de sus pies perfectos. Abrió el grifo bruñido y templó el agua para no notar el cambio de temperatura al salir. Se metió en la ducha, mojándose entera, mientras sujetaba el difusor metálico con un brazo en alto.
Dejó caer el telefonillo a sus pies y, mientras regaba sus tobillos huesudos con moderada agua, se acarició el cuerpo con la espuma rosada del gel de frambuesa, aspirando el aroma, afrutado, como el del champú con el que se lavó el cabello trigueño y pardo.
Permaneció unos segundos bajo el agua, aclarando su cuerpo con el líquido tibio, mientras masajeaba su cabeza ligeramente inclinada hacia atrás; su rostro suave, aterciopelado; sus senos turgentes de aureolas color café con leche; sus nalgas prietas y sus muslos poderosos; sus pies y tobillos huesudos regados de moderada agua templada…
Redirigió el agua para que goteara desde arriba y apoyó las palmas de las manos en los azulejos tostados de la pared, sosteniéndose apuntalada, en su húmeda permanencia, dispersando su mente bajo la tibia humedad, aspirando el aire pesado y encaminando el agua desde su nuca, a través de su espalda arqueada, hasta el cóccix, y desde allí hasta el suelo de la ducha perennemente espumosa.
Cerró la salida del agua de un golpe seco y salió de la ducha, posando un pie en la alfombra rosada, y después el otro, goteando sobre lana y almidón pequeñas partículas de agua cristalina.
Envolvió su cabeza y rodeó su cuerpo mojado con sendas toallas blancas. Con la palma de la mano derecha frotó el espejo empañado y cuando por fin pudo verse en él se detuvo a explorar su rostro, buscando una nueva marca provocada por la edad junto a sus ojos verdes o en la comisura de sus labios brillantes.
Treinta y dos le parecían demasiados.
Cogió de la repisa alabastrina un frasco de pequeñas dimensiones con tapa y rótulos anaranjados. De él extrajo una nuez de hidratante que esparció por su rostro con las yemas de los dedos aún húmedas. Trazó un sinuoso camino, invisible e imaginario, desde su frente, por su nariz, hasta su labio superior, acariciando la piel con su índice cálido.
A continuación rectificó la posición de la toalla mayor, la que se anudaba en su pecho volteada sobre sí misma, y salió del baño dejando caer al suelo la que le sujetaba el cabello. Marcó sus huellas de agua sobre el gres índigo. Allí quedaban sus dedos, y el talón de ambos pies, hasta que el calor ambiental los evaporaba mágicamente.
Con aquella perfecta coreografía de pies y manos, ensayada cada mañana desde hacía once mil seiscientos ochenta días, desenredó su cabello con los dedos de las manos, a modo de peines, y suspiró mientras se acercaba al ventanal para abrir las cortinas de color miel y dejar que la luz lo inundara todo un día más.
Quedó la huella de sus dedos mojados en la cenefa de la cortina y los adornos violetas se oscurecieron burlándose de ella.
Se sentó en una silla, despacio, mirando hacia fuera a través de la ventana. No acababa de decidir si hacía buen o mal tiempo porque no llovía pero el cielo era gris azulado en vez de blanco y añil. El gato pasó por entre sus piernas, restregándole el lomo en la pantorrilla, y llenándola de pelos blancos. Arqueó la espalda, el gato, y levantó el rabo sorteando una pierna de las de ella, y la otra después.
Finalmente se alejó con pasos cortos, dirigiéndose al zócalo del ventanal.
Allí se sentó, el gato, mirando también hacia fuera, como pensando igual que ella si era día de salir a que le diera el sol o de encerrarse en casa y sentarse en el sofá cian a perder el tiempo.
Ella se levantó de la silla y se acercó al felino, se agachó doblando ambas rodillas y permaneciendo en cuclillas, junto al cristal, envuelta en la suave toalla de nieve. Le acarició el lomo y el gato respondió con un ronroneo lánguido. Con la otra mano ahuecó su pelo, suelto y mojado, haciendo caer unas gotas de agua fría sobre su espalda nuevamente sudada.
Sintió el frescor del agua y al tiempo su piel se erizó y un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Se avergonzó al sentir los pezones severos rozar con el algodón de la toalla y se frotó los dos antebrazos en un inútil intento de entrar en calor con rapidez y que su cuerpo volviera al estado de reposo.
Se alzó, sin perder de vista al gato, y una vez estuvo de pie miró, de nuevo, a través del ventanal.
Un reflejo rojizo se colaba entre unas nubes. Era como si los rayos del sol cortaran el algodón abriéndose paso hacia su terraza. El viento hacía vibrar los setos y las hojas del césped rozaban unas con otras en un breve movimiento sensual, bailando suavemente, a un lado y después al otro. Sólo el eco de las ramas al moverse rompía el silencio.
Ni siquiera el bostezo del gato interrumpió el mutismo.
Estaba sola, ella y el verde de los árboles, y el rojo del sol y el gris azulado de las nubes. Ella y el gato de blanco pelaje mirando a través del cristal cómo danzaban las hojas y las ramas y cómo se abrazaban los tallos. Estaban solos, ella, el gato y el verde, rojo, y gris azulado del jardín.
Sacha.
Vestidos de panal de abeja
Los vestidos con panal de abeja eran la moda para las niñas menores de 9 años. Yo no era una excepción ya que mi madre estaba empeñada en que su única hija fuera a la moda, y que destacara sobre las demás, no por vestir diferente, sino por parecer la más guapa y arreglada aún vistiendo como las otras. Tenía una amiga costurera (amiga de mi madre, claro), que me regalaba vestidos continuamente, cosidos con los restos de tela de los encargos que recibía. Los tejidos eran gratis y las horas de trabajo se le abonaban con café y bollería los domingos por la tarde. Lo que sobraba después de haber ideado mi vestuario me lo traía en una bolsa de plástico para que yo me entretuviera cosiéndole un vestido como el mío a la Barbie de las tetas gordas. Era bastante difícil, porque aparte de no tener mucha maña con la aguja y el dedal, hacer panal para el pecho de dicha muñeca requería estudios de ingeniería textil que, evidentemente, yo no tenía.
La última vez que vimos a la amiga costurera fue el día en que conocimos a su recién nacida hija, a la que le cosería los vestidos a partir de entonces, y con la que merendaría los domingos por la tarde. Y las últimas noticias de ella que tuve provenían de una vecina que explicaba a mi madre, detalladamente, que su marido Ray (el marido de la costurera) había pasado un fin de semana con una chica del trabajo con la que, su aún esposa, le mandó a la mierda al enterarse. “Es que las mujeres no deberían trabajar, - decía la vecina,- porque luego pasa lo que pasa”.
Uno de aquellos vestidos me gustaba: sólo uno, que era de color azul, tenía la falda plisada – así cuando giraba sobre mis pies se elevaba muy a lo Monroe - y el pecho era de panal en azul y blanco. El vestido llevaba un lazo celeste que cruzaba la cintura y se anudaba en la espalda, dejando las cintas sobre las nalgas y aminorando la caída de la falda (y el vuelo, muy a mi pesar).
Bajo la falda seguía llevando lo que quedaba de mis regalos de la Primera Comunión: algunas bragas de hilo, caladitas, de color blanco o beige, como los calcetines y la camiseta de tirantes. Muy pura y limpia cuando me quitaba el vestido y me quedaba en ropa interior. Pero picaba, picaba tanto que prefería usar unas bragas de algodón, compradas en un centro comercial, que eran de colores y tenían escrito en la parte delantera los días de la semana. Las del Domingo creo que no llegué a estrenarlas, porque los domingos tocaba baño por la mañana, ropa interior de hilo (por si al elevarse la falda se viera algo) de color blanco, y misa.
No me gustaba ir a misa, y no me acompañaban mis padres, pero era la única actividad posible los domingos por la mañana, ya que la feria no abría hasta pasadas las 12 y nos venía al pelo salir de la iglesia y bajar a la feria como en procesión: todas las niñas juntas, con nuestros vestidos de panal de abeja y nuestra ropa interior de Primera Comunión, de hilo blanco.
Intenté algunas veces no ir a la sesión religiosa y agregarme al grupo después, cuando ya iban camino a la feria, pero las madres de las otras le preguntaban a mi madre por qué no había ido a la misa, y ella, muy poco dada a las excusas y las explicaciones, respondía que en mi casa no éramos religiosos, a lo que las madres ajenas decidían pasar el resto de la semana convenciéndome de lo bueno que era ser católica practicante.
Me traían medallas de plata bendecidas, de Lourdes, me invitaban a comer a la vuelta de la feria, me dieron hasta un rosario que se había fabricado artesanalmente (cada cuenta era un pétalo de rosa enroscado sobre sí mismo) y las tardes de entre semana me ofrecían una silla en su portal, para que me sentara con ellas a bordar pañuelos, escuchándolas criticar a todos los adultos que no habían ido a la iglesia el domingo anterior.
Parece que no, pero el lavado de cerebro era eficaz, ya que mis deducciones me llevaban a pensar que, si todas aquella gente que no iba a la iglesia resultaba tan mala para ellas… Necesariamente había de ir a la iglesia para caerles bien a las madres de mis amigas. Y es que en aquel entonces el rechazo social me preocupaba todavía.
El caso es que en una visita comercial a Valencia descubrí que las niñas de más de 9 años no usaban vestidos con falda de vuelo, sino mallas largas, con una goma que cruzaba el pie y sujetaba el pantalón por dentro del zapato, grandes suéteres de colores que les llegaban casi a la rodilla y zapatones oscuros, cuanto más voluminosos mejor. Y yo, que iba a cumplir los 10, propuse a mi madre que me comprara ropa como aquella.
Debió venirle de gusto que su hija fuera la más moderna del pueblo, y vistiera como las adolescentes de ciudad, porque esa misma tarde me compró dos jerséis de lana y dos mallas negras, que me puse redundantemente a lo largo de la semana siguiente, para ir al colegio.
Una madre ajena le dijo a otra madre ajena, en mi presencia, que ella no consentiría que su hija se vistiera como mi madre me vestía a mi, a mi edad, y creo que ese fue el día en que decidí que me daba igual el rechazo social, siempre y cuando me vistiera a la moda.
Con el uso de los pantalones solucioné el primero de mis grandes complejos. No se veían las piernas: no se veía el oscuro vello que yo tenía en ellas, y que mis amigas, las hijas de las madres ajenas, se rasuraban con cuchillas de sus madres cuando aquéllas no estaban presentes. Seguían llevando vestidos de panal de abeja pero sus piernas eran mucho más parecidas que las mías a las de las azafatas del Un, Dos, Tres, y en un par de meses también ellas, con el consentimiento de las madres ajenas, vestían con pantalones y usaban grandes zapatos (incluso botas militares de cordones).
Así que me llevaban ventaja; vestían a la moda, como yo, y tenían unas piernas estupendas, que yo no tenía.
Una tarde, cansadita de las burlas, busqué a mi madre (que estaba haciendo vida social en la carnicería, sentada en una silla de plástico, aguardando su turno) y le dije que quería depilarme las piernas. Alarmadísima, voz en alto, me dijo que ni lo soñara, que las niñas de mi edad no se depilaban. Las madres ajenas escuchaban en la carnicería, desde sus propias sillas de plástico, con una media sonrisa en la comisura que delataba sus pensamientos: ¿Esta niña qué se habrá pensado?, a su edad, la muy presumida, se quiere depilar las piernas… Menos mal que esta vez su madre ha reaccionado con lógica y le está diciendo que no.
Cuando recibí un “no” por respuesta no me extrañé, lo imaginaba, pero al ver las caras de las demás clientas de la carnicería me di cuenta que mi madre me había dejado en evidencia delante de todas aquellas pseudo-señoras que se afeitaban las piernas con las maquinillas de sus maridos pero podían limpiar el mostrador de la tienda con sus bigotes. Me enfurecí, me puse colorada, me avergoncé, y lo único que fui capaz de soltar por mi boca (pese a los sapos y culebras que se me amontonaban en ella) fue una pregunta: ¿Por qué yo no me podía depilar las piernas, cuando mis compañeras del colegio, que tenían mi misma edad, llevaban meses afeitándoselas con las cuchillas que sus madres le habían robado a sus respectivos esposos?
Todas las madres ajenas se levantaron de sus sillas y cedieron sus turnos. Se fueron a sus casas con lo que a mi me parecieron muy malos modales, y por lo visto, según me contaron las depiladas y modernas compañeras de colegio a la mañana siguiente, hicieron que sus hijas les enseñaran las piernas y les explicaran cómo era posible que en ellas no hubiera rastro de vello ninguno.
Aquel incidente acabó también con mi vida social adolescente, ya que las depiladas y modernísimas compañeras de colegio decidieron que no se podían fiar de mi, y me hicieron vacío el resto de mi vida escolar y, encima, todas ellas tuvieron la regla antes que yo, con lo que me convertí en la menos adulta, moderna, depilada y social de todas las adolescentes del pueblo.
Aún así, yo perdí la virginidad a los 14 años y algunas de ellas siguen siendo castas y puras.
Que se jodan.
Sacha.
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La última vez que vimos a la amiga costurera fue el día en que conocimos a su recién nacida hija, a la que le cosería los vestidos a partir de entonces, y con la que merendaría los domingos por la tarde. Y las últimas noticias de ella que tuve provenían de una vecina que explicaba a mi madre, detalladamente, que su marido Ray (el marido de la costurera) había pasado un fin de semana con una chica del trabajo con la que, su aún esposa, le mandó a la mierda al enterarse. “Es que las mujeres no deberían trabajar, - decía la vecina,- porque luego pasa lo que pasa”.
Uno de aquellos vestidos me gustaba: sólo uno, que era de color azul, tenía la falda plisada – así cuando giraba sobre mis pies se elevaba muy a lo Monroe - y el pecho era de panal en azul y blanco. El vestido llevaba un lazo celeste que cruzaba la cintura y se anudaba en la espalda, dejando las cintas sobre las nalgas y aminorando la caída de la falda (y el vuelo, muy a mi pesar).
Bajo la falda seguía llevando lo que quedaba de mis regalos de la Primera Comunión: algunas bragas de hilo, caladitas, de color blanco o beige, como los calcetines y la camiseta de tirantes. Muy pura y limpia cuando me quitaba el vestido y me quedaba en ropa interior. Pero picaba, picaba tanto que prefería usar unas bragas de algodón, compradas en un centro comercial, que eran de colores y tenían escrito en la parte delantera los días de la semana. Las del Domingo creo que no llegué a estrenarlas, porque los domingos tocaba baño por la mañana, ropa interior de hilo (por si al elevarse la falda se viera algo) de color blanco, y misa.
No me gustaba ir a misa, y no me acompañaban mis padres, pero era la única actividad posible los domingos por la mañana, ya que la feria no abría hasta pasadas las 12 y nos venía al pelo salir de la iglesia y bajar a la feria como en procesión: todas las niñas juntas, con nuestros vestidos de panal de abeja y nuestra ropa interior de Primera Comunión, de hilo blanco.
Intenté algunas veces no ir a la sesión religiosa y agregarme al grupo después, cuando ya iban camino a la feria, pero las madres de las otras le preguntaban a mi madre por qué no había ido a la misa, y ella, muy poco dada a las excusas y las explicaciones, respondía que en mi casa no éramos religiosos, a lo que las madres ajenas decidían pasar el resto de la semana convenciéndome de lo bueno que era ser católica practicante.
Me traían medallas de plata bendecidas, de Lourdes, me invitaban a comer a la vuelta de la feria, me dieron hasta un rosario que se había fabricado artesanalmente (cada cuenta era un pétalo de rosa enroscado sobre sí mismo) y las tardes de entre semana me ofrecían una silla en su portal, para que me sentara con ellas a bordar pañuelos, escuchándolas criticar a todos los adultos que no habían ido a la iglesia el domingo anterior.
Parece que no, pero el lavado de cerebro era eficaz, ya que mis deducciones me llevaban a pensar que, si todas aquella gente que no iba a la iglesia resultaba tan mala para ellas… Necesariamente había de ir a la iglesia para caerles bien a las madres de mis amigas. Y es que en aquel entonces el rechazo social me preocupaba todavía.
El caso es que en una visita comercial a Valencia descubrí que las niñas de más de 9 años no usaban vestidos con falda de vuelo, sino mallas largas, con una goma que cruzaba el pie y sujetaba el pantalón por dentro del zapato, grandes suéteres de colores que les llegaban casi a la rodilla y zapatones oscuros, cuanto más voluminosos mejor. Y yo, que iba a cumplir los 10, propuse a mi madre que me comprara ropa como aquella.
Debió venirle de gusto que su hija fuera la más moderna del pueblo, y vistiera como las adolescentes de ciudad, porque esa misma tarde me compró dos jerséis de lana y dos mallas negras, que me puse redundantemente a lo largo de la semana siguiente, para ir al colegio.
Una madre ajena le dijo a otra madre ajena, en mi presencia, que ella no consentiría que su hija se vistiera como mi madre me vestía a mi, a mi edad, y creo que ese fue el día en que decidí que me daba igual el rechazo social, siempre y cuando me vistiera a la moda.
Con el uso de los pantalones solucioné el primero de mis grandes complejos. No se veían las piernas: no se veía el oscuro vello que yo tenía en ellas, y que mis amigas, las hijas de las madres ajenas, se rasuraban con cuchillas de sus madres cuando aquéllas no estaban presentes. Seguían llevando vestidos de panal de abeja pero sus piernas eran mucho más parecidas que las mías a las de las azafatas del Un, Dos, Tres, y en un par de meses también ellas, con el consentimiento de las madres ajenas, vestían con pantalones y usaban grandes zapatos (incluso botas militares de cordones).
Así que me llevaban ventaja; vestían a la moda, como yo, y tenían unas piernas estupendas, que yo no tenía.
Una tarde, cansadita de las burlas, busqué a mi madre (que estaba haciendo vida social en la carnicería, sentada en una silla de plástico, aguardando su turno) y le dije que quería depilarme las piernas. Alarmadísima, voz en alto, me dijo que ni lo soñara, que las niñas de mi edad no se depilaban. Las madres ajenas escuchaban en la carnicería, desde sus propias sillas de plástico, con una media sonrisa en la comisura que delataba sus pensamientos: ¿Esta niña qué se habrá pensado?, a su edad, la muy presumida, se quiere depilar las piernas… Menos mal que esta vez su madre ha reaccionado con lógica y le está diciendo que no.
Cuando recibí un “no” por respuesta no me extrañé, lo imaginaba, pero al ver las caras de las demás clientas de la carnicería me di cuenta que mi madre me había dejado en evidencia delante de todas aquellas pseudo-señoras que se afeitaban las piernas con las maquinillas de sus maridos pero podían limpiar el mostrador de la tienda con sus bigotes. Me enfurecí, me puse colorada, me avergoncé, y lo único que fui capaz de soltar por mi boca (pese a los sapos y culebras que se me amontonaban en ella) fue una pregunta: ¿Por qué yo no me podía depilar las piernas, cuando mis compañeras del colegio, que tenían mi misma edad, llevaban meses afeitándoselas con las cuchillas que sus madres le habían robado a sus respectivos esposos?
Todas las madres ajenas se levantaron de sus sillas y cedieron sus turnos. Se fueron a sus casas con lo que a mi me parecieron muy malos modales, y por lo visto, según me contaron las depiladas y modernas compañeras de colegio a la mañana siguiente, hicieron que sus hijas les enseñaran las piernas y les explicaran cómo era posible que en ellas no hubiera rastro de vello ninguno.
Aquel incidente acabó también con mi vida social adolescente, ya que las depiladas y modernísimas compañeras de colegio decidieron que no se podían fiar de mi, y me hicieron vacío el resto de mi vida escolar y, encima, todas ellas tuvieron la regla antes que yo, con lo que me convertí en la menos adulta, moderna, depilada y social de todas las adolescentes del pueblo.
Aún así, yo perdí la virginidad a los 14 años y algunas de ellas siguen siendo castas y puras.
Que se jodan.
Sacha.
El encanto de lo sugerido.
El lenguaje es elemento fundamental para la conformación de la psiquis característica de un conjunto social, se emplea para distinguir comunidades lingüísticas y a sus miembros y sirve, precisamente, para caracterizar a los sujetos que forman parte de la comunidad. Como elemento que establece las relaciones interpersonales el lenguaje determina el pensamiento y permite su modificación, y su parte no verbal refuerza, ratifica o refuta la parte verbal. Del conjunto lingüístico el componente no verbal transmite el 80% de la información total, así que, en términos freudianos: no tenemos derecho a despreciar los pequeños signos. Tomándolos en consideración nos pueden servir de guía para realizar importantes descubrimientos.
El lenguaje no verbal (LNV) incluye gestualidad y expresión, movimiento corporal, ubicación espacial, color, tacto, olfato... Pero al que se otorga mayor importancia, por su volumen de aparición, es al gesto. El componente gestual de una lengua natural lo interiorizamos al mismo tiempo que el lenguaje verbal y llegado el momento sabemos identificar cada gesto o postura. Incluso disponemos de kinésica no encubierta que asocia elementos no verbales a intereses particulares ¿Cuántas veces te han dicho que si miras fijamente los labios de otra persona le estás evidenciando tu interés por besarle? El contexto te dirá si puedes hacerlo ¿No has usado nunca ese idioma?
Solemos usar el mensaje no verbal de nuestro interlocutor para detectar usos prevaricadores del verbal, pero no tenemos en cuenta que, como todo lenguaje, puede aprenderse, corregirse y utilizarse con una finalidad concreta, por ejemplo la seducción. Eso sí, no es tan fácil controlar el lenguaje no verbal como controlar el verbal. El sujeto piensa antes de hablar o escribir y tiene en sus manos la posibilidad de modificar el mensaje antes de su emisión. Sobre el gesto no tenemos tanto control. Puedes entrenarte.
En la práctica todo lo que un individuo experimenta está condicionado, en mayor o menor medida, por sus contactos sociales previos o actuales, por la conciencia de grupo, la ideología, las creencias políticas y religiosas... Las personas estamos influidas por estímulos sociales, tanto si estamos en presencia de otros como si no. Es más, los sexos se consideran categorías: La pertenencia a uno u otro, en ésta cultura de contacto profundamente misógina, potencia una posición distinta de los individuos en todos los campos.
La sociedad no percibe el tema: pendientes, tacones, lencería sofisticada, escotes, ropa entallada... se aceptan como elementos diferenciadores a los que no se asigna potencial discriminador. Pensamos que dichos elementos “diferenciadores” son fruto de una opción libre (lo llevo porque quiero) sin que los gustos se consideren constructos sociales o la libertad limitada por el mercado y por la moda.
Estudios sociológicos han subrayado que los individuos prefieren pensar que sus acciones son coherentes con sus creencias y si hay disonancia cognitiva entre ambas tratan de reducirla cambiando antes la creencia que las acciones. Por eso, siendo el lenguaje no verbal distinto en el hombre y en la mujer, aunque el lenguaje verbal sea compartido, todo aquello que sobresalga de esos límites, o que ponga las pautas de lo masculino y lo femenino en cuestión, provoca incomodidad en quienes sí se ajustan a esas pautas: la inmensa mayoría. Es lógico pensar, pues, que la mujer seductora es la femenina y el hombre seductor es el masculino.
El hombre y la mujer ¿Son diferentes? Queremos saber quién pone las normas: Las vamos a transgredir, porque las categorías sexuales no son meros modelos de clasificación y no existen “de por si”: Se construyen dentro y por la relación social que nos une y nos opone. Así pues, está en nuestras manos adaptarnos, utilizar el lenguaje del que disponemos, para los fines deseados en cada contexto y situación. De hecho muchas mujeres asumen los códigos como necesidad de integración social, los usan como estrategia para no crear rechazo, convierten las formas socialmente aceptadas en vehículo de ideas más o menos subversivas y así dificultan el sometimiento a crítica. Otras emplean ese conocimiento para emitir mensajes de atracción sin verse forzadas a decir palabra alguna: Mírame, estoy disponible, puedes acercarte a mi e iniciar contacto, no te voy a rechazar.
Visto así, el lenguaje que utilizamos es poco claro: Podemos decir que hay cierta disociación entre lo verbal y lo que no lo es ¿Es necesario?
Tal vez el uso no verbal del lenguaje y la comunicación hay que abordarla de otra forma ¿Qué hay del gusto por el adorno? ¿Es una opción libre o una potenciación inconsciente del modelo patriarcal discriminatorio? Perfumes, collares, escotes... ¿Por qué no para todos y para todas? Ajustar la ropa, enseñar las piernas, resaltar el busto, ropa interior provocativa pero incómoda, son partes de un idioma que nos confunde: el lenguaje sexual, la provocación y la seducción... Tres factores de la cotidianeidad.
Nuestras madres nos enseñaron que la mujer debía presentarse bella, pero no disponible; guapa, pero no exagerada, que excitaba más lo que se sugería a lo que se enseñaba, y que esos eran los trucos con los que una mujer podía dominar el mundo ¿Qué pasa ahora, que también ellos han empezado a exhibir músculo?
No es sencillo determinar con exactitud las reglas de la seducción porque hay tantas como personas. Además, provocar significa arriesgarse a recibir un no, y es una osadía ¡Excepto porque en el riesgo está la gracia! A veces salir a seducir se convierte en el rechazo explícito de la otra persona, pero sin riesgo no hay éxito. No arriesgar significa perder oportunidades y, a final de cuentas, a todos nos gusta gustar. Por eso mismo lo fundamental es iniciar el ataque con una buena defensa: La autoestima. Ir de desavalida e inútil genera rechazo, no atracción. Pero tampoco hay que extralimitarse y aparentar prepotencia o ser presuntuosa. En el punto medio está la virtud.
Seducir es generar cierto misterio, dejar expectante al otro, provocar su interés hacia nosotras. Por eso nuestras posturas han de señalar aquello que tenemos destacable.
Una mujer disponible avanza su pecho hacia su interlocutor, cuando pone las manos en las caderas señala con los dedos índice sus genitales, acaricia su cabello e, incluso teniéndolo corto, mueve el cuello como queriendo apartar de su rostro esa melena imaginaria. Recuerda que se valora siempre más lo que cuesta conseguir, así que siempre tenemos el recurso de aparentar inaccesibles, que no inalcanzables.
No olvidemos que el hombre moderno está atrapado en la escisión entre lo que le parece que la mujer espera de él y lo que él, efectivamente, es en sí. Esa misma contradicción le impide decidir si se siente atraido por la mujer como es, o por lo que aparenta ser. Así que sal a la calle aparentando ser la mejor, la más bella, la mejor preparada, la más atractiva y la que decide por quien quiere ser conquistada.
No olvides que ellos preferirían proclamar sus devaneos con una modelo a tener efectivamente relaciones con una y no poder contarlo ¿O crees que se trata sólo de un tópico? Si consigues que se sientan orgullosos de ti, tanto como para lucirte como una pieza de museo, habrás ganado la partida.
Tu cuerpo es una especie de señal luminosa: lo que diga el rótulo y el colorido del mismo son elementos que puedes mejorar o potenciar. Luce aquello que tengas bonito y esconde lo que te avergüence. Puedes decorarte pero no te disfraces, sé natural y, sobre todo, conócete a ti misma antes de decidir qué puedes comunicar con tu cuerpo, y de qué forma decirlo.
Dispones de todo un abanico de elementos a tu alcance, desde los mejores perfumes hasta los más atractivos vestidos, así que trata de vestir bien, siempre dentro de tu estilo, e intenta oler bien, o no oler si los perfumes no son lo tuyo. Pero sobre todo nunca, jamás, huelas mal. Enseña tus piernas si son bonitas, luce tus ojos si tienes una mirada expresiva, suéltate el pelo, como decía aquella canción de los años 80. Ante todo sé coherente y no oses vetir de amarillo si tienes un gran sobrepeso ni enseñes las piernas si no te has depilado previamente.
Si eres recatada no mantengas la mirada, apártala. Si te sientes preciosa has de lucirte, debes expresarte si eres una buena comunicadora, mira directamente a los ojos de tu interlocutor si deseas que él también se fije en los tuyos, o ponte un gran escote que resalte tu busto si es esa la parte de tu cuerpo que quieres que te miren. Como los conoces, usa todos los trucos antiguos y observa fijamente sus labios si lo que quieres es besarle, o que te bese: Tanto monta monta tanto.
Encuentra tus virtudes y explótalas con naturalidad, de modo que, si eres de las que usan ropa interior de algodón, no te pases a la licra, simplemente busca prendas bonitas con las que te sientas cómoda. Al final da igual si son de cuero o de lana. No fuerces tus gestos si eres poco expresiva, ni los reprimas si eres exagerada. Has de lograr encontrar un estilo propio.
Recuerda que todas nosotras tenemos algún encanto: somos mujeres.
Somos preciosas.
Sacha.
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Nota: Artículo publicado en la revista X+Q en 2004
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El lenguaje no verbal (LNV) incluye gestualidad y expresión, movimiento corporal, ubicación espacial, color, tacto, olfato... Pero al que se otorga mayor importancia, por su volumen de aparición, es al gesto. El componente gestual de una lengua natural lo interiorizamos al mismo tiempo que el lenguaje verbal y llegado el momento sabemos identificar cada gesto o postura. Incluso disponemos de kinésica no encubierta que asocia elementos no verbales a intereses particulares ¿Cuántas veces te han dicho que si miras fijamente los labios de otra persona le estás evidenciando tu interés por besarle? El contexto te dirá si puedes hacerlo ¿No has usado nunca ese idioma?
Solemos usar el mensaje no verbal de nuestro interlocutor para detectar usos prevaricadores del verbal, pero no tenemos en cuenta que, como todo lenguaje, puede aprenderse, corregirse y utilizarse con una finalidad concreta, por ejemplo la seducción. Eso sí, no es tan fácil controlar el lenguaje no verbal como controlar el verbal. El sujeto piensa antes de hablar o escribir y tiene en sus manos la posibilidad de modificar el mensaje antes de su emisión. Sobre el gesto no tenemos tanto control. Puedes entrenarte.
En la práctica todo lo que un individuo experimenta está condicionado, en mayor o menor medida, por sus contactos sociales previos o actuales, por la conciencia de grupo, la ideología, las creencias políticas y religiosas... Las personas estamos influidas por estímulos sociales, tanto si estamos en presencia de otros como si no. Es más, los sexos se consideran categorías: La pertenencia a uno u otro, en ésta cultura de contacto profundamente misógina, potencia una posición distinta de los individuos en todos los campos.
La sociedad no percibe el tema: pendientes, tacones, lencería sofisticada, escotes, ropa entallada... se aceptan como elementos diferenciadores a los que no se asigna potencial discriminador. Pensamos que dichos elementos “diferenciadores” son fruto de una opción libre (lo llevo porque quiero) sin que los gustos se consideren constructos sociales o la libertad limitada por el mercado y por la moda.
Estudios sociológicos han subrayado que los individuos prefieren pensar que sus acciones son coherentes con sus creencias y si hay disonancia cognitiva entre ambas tratan de reducirla cambiando antes la creencia que las acciones. Por eso, siendo el lenguaje no verbal distinto en el hombre y en la mujer, aunque el lenguaje verbal sea compartido, todo aquello que sobresalga de esos límites, o que ponga las pautas de lo masculino y lo femenino en cuestión, provoca incomodidad en quienes sí se ajustan a esas pautas: la inmensa mayoría. Es lógico pensar, pues, que la mujer seductora es la femenina y el hombre seductor es el masculino.
El hombre y la mujer ¿Son diferentes? Queremos saber quién pone las normas: Las vamos a transgredir, porque las categorías sexuales no son meros modelos de clasificación y no existen “de por si”: Se construyen dentro y por la relación social que nos une y nos opone. Así pues, está en nuestras manos adaptarnos, utilizar el lenguaje del que disponemos, para los fines deseados en cada contexto y situación. De hecho muchas mujeres asumen los códigos como necesidad de integración social, los usan como estrategia para no crear rechazo, convierten las formas socialmente aceptadas en vehículo de ideas más o menos subversivas y así dificultan el sometimiento a crítica. Otras emplean ese conocimiento para emitir mensajes de atracción sin verse forzadas a decir palabra alguna: Mírame, estoy disponible, puedes acercarte a mi e iniciar contacto, no te voy a rechazar.
Visto así, el lenguaje que utilizamos es poco claro: Podemos decir que hay cierta disociación entre lo verbal y lo que no lo es ¿Es necesario?
Tal vez el uso no verbal del lenguaje y la comunicación hay que abordarla de otra forma ¿Qué hay del gusto por el adorno? ¿Es una opción libre o una potenciación inconsciente del modelo patriarcal discriminatorio? Perfumes, collares, escotes... ¿Por qué no para todos y para todas? Ajustar la ropa, enseñar las piernas, resaltar el busto, ropa interior provocativa pero incómoda, son partes de un idioma que nos confunde: el lenguaje sexual, la provocación y la seducción... Tres factores de la cotidianeidad.
Nuestras madres nos enseñaron que la mujer debía presentarse bella, pero no disponible; guapa, pero no exagerada, que excitaba más lo que se sugería a lo que se enseñaba, y que esos eran los trucos con los que una mujer podía dominar el mundo ¿Qué pasa ahora, que también ellos han empezado a exhibir músculo?
No es sencillo determinar con exactitud las reglas de la seducción porque hay tantas como personas. Además, provocar significa arriesgarse a recibir un no, y es una osadía ¡Excepto porque en el riesgo está la gracia! A veces salir a seducir se convierte en el rechazo explícito de la otra persona, pero sin riesgo no hay éxito. No arriesgar significa perder oportunidades y, a final de cuentas, a todos nos gusta gustar. Por eso mismo lo fundamental es iniciar el ataque con una buena defensa: La autoestima. Ir de desavalida e inútil genera rechazo, no atracción. Pero tampoco hay que extralimitarse y aparentar prepotencia o ser presuntuosa. En el punto medio está la virtud.
Seducir es generar cierto misterio, dejar expectante al otro, provocar su interés hacia nosotras. Por eso nuestras posturas han de señalar aquello que tenemos destacable.
Una mujer disponible avanza su pecho hacia su interlocutor, cuando pone las manos en las caderas señala con los dedos índice sus genitales, acaricia su cabello e, incluso teniéndolo corto, mueve el cuello como queriendo apartar de su rostro esa melena imaginaria. Recuerda que se valora siempre más lo que cuesta conseguir, así que siempre tenemos el recurso de aparentar inaccesibles, que no inalcanzables.
No olvidemos que el hombre moderno está atrapado en la escisión entre lo que le parece que la mujer espera de él y lo que él, efectivamente, es en sí. Esa misma contradicción le impide decidir si se siente atraido por la mujer como es, o por lo que aparenta ser. Así que sal a la calle aparentando ser la mejor, la más bella, la mejor preparada, la más atractiva y la que decide por quien quiere ser conquistada.
No olvides que ellos preferirían proclamar sus devaneos con una modelo a tener efectivamente relaciones con una y no poder contarlo ¿O crees que se trata sólo de un tópico? Si consigues que se sientan orgullosos de ti, tanto como para lucirte como una pieza de museo, habrás ganado la partida.
Tu cuerpo es una especie de señal luminosa: lo que diga el rótulo y el colorido del mismo son elementos que puedes mejorar o potenciar. Luce aquello que tengas bonito y esconde lo que te avergüence. Puedes decorarte pero no te disfraces, sé natural y, sobre todo, conócete a ti misma antes de decidir qué puedes comunicar con tu cuerpo, y de qué forma decirlo.
Dispones de todo un abanico de elementos a tu alcance, desde los mejores perfumes hasta los más atractivos vestidos, así que trata de vestir bien, siempre dentro de tu estilo, e intenta oler bien, o no oler si los perfumes no son lo tuyo. Pero sobre todo nunca, jamás, huelas mal. Enseña tus piernas si son bonitas, luce tus ojos si tienes una mirada expresiva, suéltate el pelo, como decía aquella canción de los años 80. Ante todo sé coherente y no oses vetir de amarillo si tienes un gran sobrepeso ni enseñes las piernas si no te has depilado previamente.
Si eres recatada no mantengas la mirada, apártala. Si te sientes preciosa has de lucirte, debes expresarte si eres una buena comunicadora, mira directamente a los ojos de tu interlocutor si deseas que él también se fije en los tuyos, o ponte un gran escote que resalte tu busto si es esa la parte de tu cuerpo que quieres que te miren. Como los conoces, usa todos los trucos antiguos y observa fijamente sus labios si lo que quieres es besarle, o que te bese: Tanto monta monta tanto.
Encuentra tus virtudes y explótalas con naturalidad, de modo que, si eres de las que usan ropa interior de algodón, no te pases a la licra, simplemente busca prendas bonitas con las que te sientas cómoda. Al final da igual si son de cuero o de lana. No fuerces tus gestos si eres poco expresiva, ni los reprimas si eres exagerada. Has de lograr encontrar un estilo propio.
Recuerda que todas nosotras tenemos algún encanto: somos mujeres.
Somos preciosas.
Sacha.
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Nota: Artículo publicado en la revista X+Q en 2004
La Estrella (Cuento infantil)
Había una vez un bosque, en el que todos los elementos estaban más vivos que en otros lugares de la tierra. Las flores hablaban, las hojas y las ramas de los árboles hablaban y los animales soñaban con ser algo diferente de lo que eran.
Un muchacho pequeñito que caminaba por un camino de tierra gris se perdió y decidió adentrarse en el bosque para pasar la noche a salvo de asaltantes y ladrones.
En cuanto se creyó a salvo se sentó en el suelo, apoyado en el tronco de un árbol gigante, y decidió que tenía hambre. Abrió una mochila que llevaba consigo y encontró un racimo de uvas blancas en su interior. No sabía cuanto tiempo iba a estar en el bosque así que sólo cogió uno de los granos del racimo y guardó el resto de nuevo en la bolsa.
Peló el grano de uva y tiró las pieles al lago que había unos diez metros más adentro. Mientras tiraba las pieles dijo:
- Tomad pececillos, comed esta fruta dulce y golosa que os dará fuerzas para seguir nadando.
Después partió su grano de uva por la mitad y sacó los huesecillos. Los dejó a su lado, junto a una piedra, y dijo:
- Estos son para las ardillas. Nunca habréis roído huesos tan dulces. Disfrutadlos ahora que podéis.
Cogió una de las mitades y la puso sobre una rama del árbol que le servía de cobijo, y dijo:
- Os dejo aquí un poco de fruta dulce pajarillos. Repartidla entre todos.
Después se comió la otra mitad.
Cuando acabó sintió frío y mucho sueño y decidió acostarse a dormir. Mañana, con la primera luz del día volveré al camino y trataré de regresar a casa, se dijo a sí mismo.
En cuanto se durmió unas cuantas hojas del árbol se dejaron caer sobre él para arroparle; las ramas del árbol se cerraron a su alrededor para protegerle y todos los animalillos del bosque hicieron guardia para avisarle si se acercaba algún maleante.
El pequeño niño durmió muy bien, y cuando los primeros rayos de sol le acariciaron la cara se levantó dispuesto a emprender de nuevo su camino. Miró a su alrededor y se asustó: no sabía dónde estaba, no sabía como regresar a casa. Una gruesa lágrima salada resbaló por su cara y cayó al suelo, y unos insectos que estaban cerca la usaron para darse un baño.
Comenzó a caminar y de pronto escuchó unas voces que salían del lago. Se acercó a la orilla y vio a los peces, de miles de colores, nadar haciendo círculos. Se sentó junto al lago y escuchó:
- Eres el niño más amable que nunca se ha acercado a nosotros – dijeron los peces.
- ¿Me habláis a mí?
- Sí. Nos diste parte de tu comida para que probáramos su dulce sabor. A cambio te vamos a hacer un regalo: caminarás tanto como necesites sin pasar nunca ninguna sed. Nosotros, dioses del lago, te dotamos del poder de supervivencia sin agua.
- Gracias- dijo él, y siguió su camino.
Unos metros más adelante volvió a escuchar unas voces. Pero estaba muy lejos del lago: no podían ser los peces. Se detuvo a escuchar y sintió que las voces provenían de los árboles. Miró hacia arriba y descubrió montones de pájaros de colores observándole y cantando. Uno de los pájaros descendió un poco, se posó en una rama baja y le dijo:
- Nos has dado la mitad de tu comida para que probáramos un fruto dulce.
- Sí, lo hice – dijo el muchacho.
- Necesitabas la comida para ti pero la compartiste con nosotros.
- Sí, pero no fue un esfuerzo. Quise hacerlo.
- Pues a cambio de tu regalo te vamos a dotar de un poder especial: podrás trepar por los árboles y subir tan alto como quieras sin peligro de caer. Así podrás vernos y escucharnos siempre que quieras hacerlo.
- Gracias – dijo él, y siguió su camino.
Unos cuantos pasos más adelante escuchó de nuevo unas voces. Estaba algo cansado y se sentó en el suelo a mirar, a intentar encontrar el origen de las risas y las palabras que escuchaba. En cuanto se sentó unas ardillas se acercaron a él y se subieron sobre sus pies.
- Hola – dijeron las ardillas.
- Hola bonitas.
- Nos diste ayer parte de tu comida para que probásemos huesecillos dulces.
- Sí, lo hice. Pensé que os gustarían.
- Y así fue. Te estamos muy agradecidas y, a cambio, hemos decidido hacerte un regalo. Podemos hacer que oigas a los árboles y a las flores igual que nos oyes a nosotras, que entiendas hablar a la tierra y al cielo ¿Te gustaría?
- Sería estupendo.
- Pues así será.
Y el muchacho se puso en pie y siguió su camino.
Mientras andaba escuchó a las hojas de los árboles decir:
- Mira, tiene los ojos de color verde, como nosotras somos. Pero nunca vimos un verde tan bonito y brillante como ese... Esos matices de color azul hacen que parezca que en sus ojos hay un poco de cielo.
Escuchó a la tierra decir:
- Su cabello es negro y oscuro como yo soy. Pero es más suave y ligero de lo que yo seré nunca. Brilla y se mueve al son de viento. ¡Qué bello!
El muchacho se sintió un poco avergonzado y algo de rubor subió por sus mejillas. Entonces escuchó a las flores decir:
- ¡Qué color rosado tan bonito tiene su piel! Ese es el color que nosotras queremos tener cuando crezcamos un poco más: rosa dulce como la miel que fabrican las abejas que nos visitan.
Siguió su camino hasta que de nuevo anocheció. Entonces, como la noche anterior, se sentó en el suelo, apoyado en un gran árbol y sacó su racimo de uvas del interior de la mochila. Cogió uno de los frutos y se lo comió, y el resto del ramillete lo repartió por el suelo, el agua y el cielo, como había hecho la noche anterior con un solo grano de uva. Se durmió profundamente y las ramas del árbol le arroparon de nuevo. Las hojas se dejaron caer para taparle y la tierra se reblandeció para que descansase más cómodamente.
Se despertó un instante y miró el cielo viendo la luna brillar.
- Qué bella eres. Lo que más me gustaría en el mundo es estar junto a ti, tan cerca del cielo que pudiera besar las nubes – dijo.
Y se durmió.
A la mañana siguiente despertó en lo alto del árbol. Cerca de cielo, cerca de las nubes y cerca del sol. Y el sol le preguntó:
- ¿Anoche estuviste hablando con mi hija Luna?
- Sí, lo intenté – respondió el muchacho.
- Ella lo sabe, pero tú a ella no la entendiste ¿Querrías acompañarla en su largo camino?
- Sería lo que más me gustaría en el mundo –dijo él.
- Es un camino largo y penoso. Más difícil de avanzar que en el bosque. Estarás más sólo y más lejos que nunca ¿De veras quieres acompañar a mi hija Luna en su camino?
- Claro que sí.
Y el sol le transformó en estrella.
Algunas veces, cuando voy al bosque, escucho a los árboles contar esta historia. Algunas noches, cuando miro el cielo veo allá, a lo lejos, una estrella brillar más que las demás: una estrella que está junto a la luna, muy cerca de ella.
Algunas noches, cuando escucho al bosque y miro al cielo puedo sentir la voz de ese joven decirme:
- Toma, quédate con mis frutos. Te alimentarán, te darán fuerza, te ayudarán a seguir tu camino, y si al acabártelos te sientes sola: búscame. Te estaré acompañando desde aquí, desde el cielo.
He bautizado a esa estrella con tu nombre.
Sacha.
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Un muchacho pequeñito que caminaba por un camino de tierra gris se perdió y decidió adentrarse en el bosque para pasar la noche a salvo de asaltantes y ladrones.
En cuanto se creyó a salvo se sentó en el suelo, apoyado en el tronco de un árbol gigante, y decidió que tenía hambre. Abrió una mochila que llevaba consigo y encontró un racimo de uvas blancas en su interior. No sabía cuanto tiempo iba a estar en el bosque así que sólo cogió uno de los granos del racimo y guardó el resto de nuevo en la bolsa.
Peló el grano de uva y tiró las pieles al lago que había unos diez metros más adentro. Mientras tiraba las pieles dijo:
- Tomad pececillos, comed esta fruta dulce y golosa que os dará fuerzas para seguir nadando.
Después partió su grano de uva por la mitad y sacó los huesecillos. Los dejó a su lado, junto a una piedra, y dijo:
- Estos son para las ardillas. Nunca habréis roído huesos tan dulces. Disfrutadlos ahora que podéis.
Cogió una de las mitades y la puso sobre una rama del árbol que le servía de cobijo, y dijo:
- Os dejo aquí un poco de fruta dulce pajarillos. Repartidla entre todos.
Después se comió la otra mitad.
Cuando acabó sintió frío y mucho sueño y decidió acostarse a dormir. Mañana, con la primera luz del día volveré al camino y trataré de regresar a casa, se dijo a sí mismo.
En cuanto se durmió unas cuantas hojas del árbol se dejaron caer sobre él para arroparle; las ramas del árbol se cerraron a su alrededor para protegerle y todos los animalillos del bosque hicieron guardia para avisarle si se acercaba algún maleante.
El pequeño niño durmió muy bien, y cuando los primeros rayos de sol le acariciaron la cara se levantó dispuesto a emprender de nuevo su camino. Miró a su alrededor y se asustó: no sabía dónde estaba, no sabía como regresar a casa. Una gruesa lágrima salada resbaló por su cara y cayó al suelo, y unos insectos que estaban cerca la usaron para darse un baño.
Comenzó a caminar y de pronto escuchó unas voces que salían del lago. Se acercó a la orilla y vio a los peces, de miles de colores, nadar haciendo círculos. Se sentó junto al lago y escuchó:
- Eres el niño más amable que nunca se ha acercado a nosotros – dijeron los peces.
- ¿Me habláis a mí?
- Sí. Nos diste parte de tu comida para que probáramos su dulce sabor. A cambio te vamos a hacer un regalo: caminarás tanto como necesites sin pasar nunca ninguna sed. Nosotros, dioses del lago, te dotamos del poder de supervivencia sin agua.
- Gracias- dijo él, y siguió su camino.
Unos metros más adelante volvió a escuchar unas voces. Pero estaba muy lejos del lago: no podían ser los peces. Se detuvo a escuchar y sintió que las voces provenían de los árboles. Miró hacia arriba y descubrió montones de pájaros de colores observándole y cantando. Uno de los pájaros descendió un poco, se posó en una rama baja y le dijo:
- Nos has dado la mitad de tu comida para que probáramos un fruto dulce.
- Sí, lo hice – dijo el muchacho.
- Necesitabas la comida para ti pero la compartiste con nosotros.
- Sí, pero no fue un esfuerzo. Quise hacerlo.
- Pues a cambio de tu regalo te vamos a dotar de un poder especial: podrás trepar por los árboles y subir tan alto como quieras sin peligro de caer. Así podrás vernos y escucharnos siempre que quieras hacerlo.
- Gracias – dijo él, y siguió su camino.
Unos cuantos pasos más adelante escuchó de nuevo unas voces. Estaba algo cansado y se sentó en el suelo a mirar, a intentar encontrar el origen de las risas y las palabras que escuchaba. En cuanto se sentó unas ardillas se acercaron a él y se subieron sobre sus pies.
- Hola – dijeron las ardillas.
- Hola bonitas.
- Nos diste ayer parte de tu comida para que probásemos huesecillos dulces.
- Sí, lo hice. Pensé que os gustarían.
- Y así fue. Te estamos muy agradecidas y, a cambio, hemos decidido hacerte un regalo. Podemos hacer que oigas a los árboles y a las flores igual que nos oyes a nosotras, que entiendas hablar a la tierra y al cielo ¿Te gustaría?
- Sería estupendo.
- Pues así será.
Y el muchacho se puso en pie y siguió su camino.
Mientras andaba escuchó a las hojas de los árboles decir:
- Mira, tiene los ojos de color verde, como nosotras somos. Pero nunca vimos un verde tan bonito y brillante como ese... Esos matices de color azul hacen que parezca que en sus ojos hay un poco de cielo.
Escuchó a la tierra decir:
- Su cabello es negro y oscuro como yo soy. Pero es más suave y ligero de lo que yo seré nunca. Brilla y se mueve al son de viento. ¡Qué bello!
El muchacho se sintió un poco avergonzado y algo de rubor subió por sus mejillas. Entonces escuchó a las flores decir:
- ¡Qué color rosado tan bonito tiene su piel! Ese es el color que nosotras queremos tener cuando crezcamos un poco más: rosa dulce como la miel que fabrican las abejas que nos visitan.
Siguió su camino hasta que de nuevo anocheció. Entonces, como la noche anterior, se sentó en el suelo, apoyado en un gran árbol y sacó su racimo de uvas del interior de la mochila. Cogió uno de los frutos y se lo comió, y el resto del ramillete lo repartió por el suelo, el agua y el cielo, como había hecho la noche anterior con un solo grano de uva. Se durmió profundamente y las ramas del árbol le arroparon de nuevo. Las hojas se dejaron caer para taparle y la tierra se reblandeció para que descansase más cómodamente.
Se despertó un instante y miró el cielo viendo la luna brillar.
- Qué bella eres. Lo que más me gustaría en el mundo es estar junto a ti, tan cerca del cielo que pudiera besar las nubes – dijo.
Y se durmió.
A la mañana siguiente despertó en lo alto del árbol. Cerca de cielo, cerca de las nubes y cerca del sol. Y el sol le preguntó:
- ¿Anoche estuviste hablando con mi hija Luna?
- Sí, lo intenté – respondió el muchacho.
- Ella lo sabe, pero tú a ella no la entendiste ¿Querrías acompañarla en su largo camino?
- Sería lo que más me gustaría en el mundo –dijo él.
- Es un camino largo y penoso. Más difícil de avanzar que en el bosque. Estarás más sólo y más lejos que nunca ¿De veras quieres acompañar a mi hija Luna en su camino?
- Claro que sí.
Y el sol le transformó en estrella.
Algunas veces, cuando voy al bosque, escucho a los árboles contar esta historia. Algunas noches, cuando miro el cielo veo allá, a lo lejos, una estrella brillar más que las demás: una estrella que está junto a la luna, muy cerca de ella.
Algunas noches, cuando escucho al bosque y miro al cielo puedo sentir la voz de ese joven decirme:
- Toma, quédate con mis frutos. Te alimentarán, te darán fuerza, te ayudarán a seguir tu camino, y si al acabártelos te sientes sola: búscame. Te estaré acompañando desde aquí, desde el cielo.
He bautizado a esa estrella con tu nombre.
Sacha.
La loca de la colina (Monólogo teatral)
Casi treinta y sigo sin hacer nada de provecho. Tiene huevos la cosa. Me siento vieja y no llego a los treinta. Y es que de aquí a nada estaré en la treintena, y en los treinta una deja ya de ser joven y pasa a ser una adulta. La diferencia de edad es mínima pero la diferencia entre lo que se espera de ti es alucinante. A los treinta: si no estás casada ya eres una solterona. Si estás viviendo con alguien sin estar casada eres un pendón irresponsable que a tu edad no se plantea una vida estable. Si estás casada, eres un ama de casa triste y sola como el gato azul de la canción. Si además de estar casada tienes hijos, se ha terminado tu vida porque pasas a dedicarte a la de los otros. Y si no los tienes se te ha pasado el arroz. Hay que ver lo que es la mentalidad de pueblo. Además hay una norma básica si eres madre, y si no la cumples se te destierra moralmente entre las que no saben educar a sus hijos. Es una norma fundamental: tienes que enseñar a tus hijos a que, si estás en la playa, molesten a los bañistas de las toallas que hay a tu alrededor, pero a ti ni se te acerquen. Creo que esto forma parte del sistema educativo y que tal vez el Estado debería plantearse integrarlo en el sistema de estudios oficial. Como la religión, que puntúa y todo. Pues hay que establecer una nueva asignatura bajo el nombre “molestar a otros en la playa”.
Del mismo modo, no estaría de más, que dieran clases a los mayores, igual que haciéndoles cursos de alfabetización o de labores, para aprender que las unidades familiares no son lo que eran. Cierto que sigue habiendo matrimonios, cierto que sigue habiendo solteros y solteras, pero coño, hay parejas que no se casan, hay solteras que tienen hijos... incluso hay hijos que se divorcian de sus padres.
Pero lo fuerte es que estas cosas me afecten.
Hace un par de años ya no podía usar el carnet joven, ni abrir una cuenta joven en ningún banco, una de esas en las que no te cobran intereses por tener un saldo medio inferior a treinta y tantas miles de pesetas… Bueno ya sé que ahora serían euros. Eso sí, para que te desintoxiques poco a poco, las grandes entidades bancarias han creado el carnet para mayores de 26. Si eres menor tienes el carnet joven, si tienes entre 26 y 30 tienes el carnet +26, que no sirve de nada pero te consuela llevarlo en la cartera. Eso si, de los 30 para arriba lo más parecido que existe es la tarjeta de pensionista, y con esa no obtienes beneficios bancarios con arreglo a tu saldo medio.
El caso es que mi saldo en el banco siempre es inferior a la cifra exigida, así que el año que viene, ya me puedo preparar a pagar intereses por ser pobre. Yo me gasto el dinero antes de que entre el banco, antes de tenerlo en mis manos, puede, incluso, que me lo gaste antes de ganarlo. Lo normal es que pida prestado para acabar el mes, y en cuanto me pagan el mes siguiente lo devuelvo. Así que ando sin pena ni gloria con un déficit mensual equiparable al 40 % de mis ingresos. Y claro, al devolverlo en cuanto cobro, ese fin de mes vuelvo a necesitar un préstamo. O sea, que este mes me falta el dinero que pedí prestado el mes pasado y que ya he devuelto, y el mes que viene me faltará el que pediré este mes. Yo es que todo lo hago por adelantado. Menos los orgasmos, claro... esos a quien se le adelantan es a mi novio. Además soy de las que no están casadas, pero viven con su pareja. Así que para la familia y los vecinos soy un pendón desorejao. Para mi compañero, soy una maruja, que se pasa el día pasando el plumero a la televisión, porque encima dispongo de mucho tiempo para dedicarme a “mis labores” y dependo económicamente de él. Ya le dije que mis ingresos no dan para mucho. No te jode, toda la vida peleando por la independencia y la igualdad de la mujer y soy una ama de casa dependiente, vieja y joven al mismo tiempo, con pareja pero sin pareja, sin hijos, pero con dos gatos más pesados que los niños, y con un vecino cincuentón que me acosa cuando detecta con su radar-pene que estoy sola en casa. ¡Pues no va el tío y me dice que debería probar a andar desnuda por casa porque eso relaja y hace que desaparezcan las malas energías! Lo que nunca me dice directamente es que desde su balcón se ve entera mi casa, y claro, si ando en bolas por dentro y se mueve alguna cortina siempre cabe la posibilidad de verme como mi madre me trajo al mundo. Lástima que lo mío sean gatos y no perros, porque les enseñaría a atacar a los vecinos cincuentones, bueno, y a alguna que otra cotilla que se pasea por mi fachada todas las mañanas. Pero no, yo tengo gatos. Uno tan enano que el veterinario se ríe diciéndome que pertenece a la raza “bonsái”, que majo el veterinario ¿verdad? Ahora que del otro no dice nada, porque tiene unos huevos colgando en medio de las patas que para él los quisiera. Se le pelan y todo de rozar contra el suelo al caminar.
A mi sobrino le divierte burlarse del gato. Hago de canguro un par de veces al mes y cada una de esas veces me prometo a mi misma que no lo volveré a hacer. Supongo que el gato también reza para que no suceda de nuevo, porque para él más que para mí es una tortura. Como ahora no le dejamos acercarse a las mascotas ya que nos preocupa su integridad física, al niño le ha dado por explorar el mundo electrónico, y a mí, lo que haga en su casa me da igual, pero en mi casa no quiero encontrar nunca más una galleta María metida en el vídeo. Cada vez que voy a poner una película el cacharro me la escupe porque ya tiene algo dentro. Hemos encontrado un lápiz, una galleta, una pinza de tender la ropa que no sé de dónde demonios la había sacado el angelito y restos de una magdalena. Lo de la comida es fácil de descubrir, porque en tan sólo un par de días te das cuenta de que un pasillo de hormigas entra desde la ventana y se dirige al vídeo, del que salen cargadas y felices. Pero cuando mete objetos no comestibles no te das cuenta hasta que vas a poner una película y el vídeo se niega en redondo.
Opto por ver más bien pocas películas, porque al final le gustan al crío y hay que ponerlas una vez más, y otra, y otra y otra, y otra y otra vez. Nos aprendemos los diálogos, las canciones, y hasta los créditos: director fulanito, director de fotografía menganito... Hoy por hoy conocemos de memoria la historia de Monstruos S.A., una que trata de una ciudad de monstruos que trabajan asustando a niños. Mike, Sully y Boo son los protagonistas, y cuando el peque llega a casa entra diciendo “hola tía, ¿Mike no está?”. Es el colmo. Antes de aprendernos ésa tuvimos unos cuantos pases de El Rey León, Las Aventuras de Elmo, La Bella y la Béstia y Tarzán. Nos vimos unas 120 veces la de Bambi, y mi sobrino lloró las 120. Después Dumbo, y un día apareció con dos pinzas en las orejas porque intentaba ser cómo él. Parece que aquello de que los protagonistas cinematográficos provocan admiración en mi sobrino se confirma. Hoy no he encontrado ningún encendedor y he tenido que prender fuego al cigarro con unas cerillas que me regalaron en el estanco al comprar tabaco al por mayor. Seguramente todos los mecheros están ya dentro del vídeo.
Tengo que dejar de fumar, porque lo hago por aburrimiento. Pero es que no bebo, no tomo drogas y follo poco, porque casi no veo a mi pareja. Mas vale no dejar de fumar de momento, que las otras veces he engordado una media de once kilos y a los doce meses ya estoy enganchada al pitillo otra vez. Pero si lo dejo con el dinero que me ahorro, me puedo ir al cine, que ya tengo ganas. En fin ya veremos me lo pensaré. Igual me resulta más fácil dejar la cafeína que dejar el tabaco. Podría dormir más horas seguidas, me desvelaría menos, y por las noches me podría acostar a una hora normal en vez de pasar todo ese tiempo conectada a Internet. El ahorro en la factura del teléfono sería considerable y con ese dinero podría ir al cine aún más veces que dejando de fumar. Aunque cabe otra opción, la de hacer como Esteban, que ha dejado de comprar tabaco, pero no ha dejado de fumar. Es decir, que se fuma cuanto cigarro puede gorronearnos pero no se gasta ni un duro. No deja de ser una buena opción: ahorras y no pasas ansiedad. Porque éste no sólo no tiene ansiedad, sino que, le resbala que le digamos lo gorrón que es y nos acordemos de su familia entera cuando vemos que se nos ha “fumao” medio paquete y aún no es medio día.
Usted debe saberlo, para eso es mi psiquiatra. Estoy frustrada porque mi vida no se sale de lo común. Ni soy gogo, ni bombero, dos de las profesiones que me he planteado ejercer a lo largo de mi vida. Es peor. Yo soy periodista de vocación y de profesión. Esta es el área laboral con mayor intrusismo en la historia del trabajo. Levantas una piedra y te sale un periodista o un perseguido por periodistas. El mundo está lleno de Belenes Esteban, de Franes Rivera y de Jesulines de Ubrique. Además, un médico puede ejercer como periodista, pero un periodista sin más no puede ejercer como médico, igual como abogados, arquitectos, economistas o simples aficionados. De hecho la mayor parte de esos antiguos “perseguidos por la prensa” colaboran hoy por hoy en algún medio de comunicación. Luego están los de gran hermano, cuyo mayor mérito ha sido bailar imitando a los de “siete novias para siete hermanos” y que cobran una pasta entre las exclusivas, los topless y los comentarios en programas de televisión. Entre tanto los periodistas no nos comemos un torrao. Sólo nos queda tiempo libre y la mayoría lo dedicamos a hacer puzzles o coleccionar cosas. Nos aficionamos a las actividades más absurdas: nos da por ir a correr todas las mañanas, por hacer dieta, por dejar de fumar... Aficionada a algo si que podría ser pero la pregunta es a qué. Odio el fútbol y los demás deportes que implican fanatismos de diversas índole. Por eso he tenido que pactar con mi novio. Ahora vemos como mucho dos partidos a la semana, uno de su equipo y uno de la selección, porque si los viéramos todos ya nos podíamos olvidar de los telediarios, de las comedias y de las películas de las tres y media, que son muy malas pero ayudan a conciliar el sueño de la siesta. Antes siempre había fútbol en mi televisión, el partido de la Copa, el de la Liga, el de la Champions y el de la Uefa, los amistosos, la Intertoto, el Trofeo Naranja, el míster, el defensa, el delantero, el mediocampista, el portero y el copón bendito. Ya ve usted que necesidad tendré yo de saber lo que es un córner o un fuera de juego si al final le dan una patada a la pelota y no la meten en la portería. Chingando deben ser igual, últimamente sólo tropiezo con tíos que no saben meterla.
No quiero ver siquiera esos dos partidos semanales así que me pongo a leer. Leo bastante, pero siempre libros de los que ya han sacado una película o de los que ya han hablado en todo tipo de revistas y programas de televisión, así que, pierden emoción. Pero no puedo cómpralos recién editados porque valen el triple que un año después, cuando el autor y el editor ya se han forrado y sacan la edición de bolsillo por unas mil pelas, ya, ya lo sé, seis euros. He conseguido que algún que otro libro de primera edición, con tapas duras y todas esas pijadas, me lo regalen por mi cumpleaños, o por Navidad. Está muy bien tener algún ejemplar bueno del mundo literario, pero a cambio he tenido que renunciar a los perfumes, a las flores y tal, porque o me regalan una cosa o la otra ¿cómo se le iba a ocurrir a mi novio regalarme una joya y un libro? Ni de coña, vamos. De hecho, ni siquiera antes de haberme regalado libros. Creo que nunca me ha traído flores. Como excusa dice que es alérgico. Para lo de los perfumes aún usa una excusa mejor, que son tan personales que es algo que debería elegir yo, y no él.
Puestos a hacer cosas absurdas y coleccionar cosas extrañas podría aficionarme a coleccionar sellos, pero ya lo intenté y todos los que reuní se los quedo mi padre cuando me fuí de casa y acabó usándolos para enviar cartas a parientes lejanos. Eso sirvió para retomar el contacto con la familia. A veces creo que si no le hubieran salido gratis los envíos yo aún no conocería a la mayor parte de mis tíos, primos y sobrinos.. También he llegado a coleccionar gomas de borrar. Imagine que jilipollez: ahora resulta que si tengo que borrar algo he de usar tip-pex porque no encuentro ni una sola goma por toda la casa. Entre que tengo pocas y que mi sobrino las usa para alimentar al vídeo... Algo parecido me pasa con los lápices. Ahora uso los de minas, no los de madera. Pero nunca tengo minas de recambio. Así que al final acabo escribiendo con bolígrafos BIC de los de toda la vida, de esos que te guarrean las manos de tinta y se salen cuando los llevas en el bolso, llenando de tinta desde los pañuelos hasta los tampax. Pero sigo creyendo que usar bolis es la mejor opción, porque no se borran. De pequeña mi madre, me enseño a borrar las manchas de lápiz con una miga de pan. Pero siempre acabo cargándome el papel y el resultado es una guarrada. El pan no sé usarlo ni para hacer bocadillos. Torrijas ya ni te cuento.
Lo de cocinar no es mi fuerte, así que intento escaquearme todas las veces que puedo. Pero aún me desagrada más hacer la compra, porque hay que pelear con todas las que se quieren colar en la carnicería, con las que dicen que han visto antes que tú la última lata de aceitunas que queda en el lineal, con las que llegan con la bolsa de pan, escalan por encima de las cabezas de todos los presentes y le gritan a la panadera que luego vendrán a recoger cinco de cuarto, dos de medio kilo y dos bollos. Resulta que las estadísticas mienten. Dice el Centro de estudios sociológicos que cada vez son más los hombres que hacen la compra. Pero yo no encuentro nunca ninguno en el súper. Al final, para lo de la compra, tengo un truco: llamar a Vicente oportunamente al trabajo, mostrarme cariñosa, que si cariño te voy a preparar una cena estupenda, Rey, el uniforme está limpio y planchado, oye, ¿Podrías comprar tú tal y tal cosa y así no tengo yo que apagar el horno para ir? ¿Bien? estupendo. Luego cenamos bocadillos de atún con olivas, pero la compra ya la ha hecho él.
¿Me deja fumar?. No sabía si podía fumar en su consulta. El psiquiatra al que iba antes era de la liga anti-tabaco y tenía la sala de espera llena de carteles anunciando cursos de deshabituación al tabaquismo. Yo, yo no quiero hacer ningún curso, cuando esté hasta el culo del tabaco lo dejaré. Al fin y al cabo de algo hay que morir y todavía soy joven. ¿O no?. El otro día, en el autobús, un mocoso me llamó de usted. Y cuando consigo trabajar en algún curso dando clases los alumnos me llaman doña. ¿Me puede usted decir la hora?... Qué rabia me da que me pregunten eso. La última vez le dije al tipo que se comprara un reloj, que los hay muy baratitos y te mantienen informado de la hora que es durante todo el día. No se lo tomó muy bien. Mientras se iba farfullaba lo antipática que soy y mencionaba alguna que otra cosa que deberían hacerme por el culo. Si es que la gente ya no tiene educación. Además es que te preguntan la hora hablándote de usted: señorita, doña, oiga... ¿lleva hora?. Sí que llevo. Pero no te la voy a decir.
Doña, es como yo llamaba a Doña Lucia cuando iba al colegio. Fíjese que todavía me acuerdo de ella. Creo que vivía en Castellón. Pero le he perdido la pista. Doña Adoración murió. Pero Don Pascual sigue en el colegio y le da clases a los hijos de mis amigas. Mis amigas tienen hijos y yo ni tan solo me he casado, pero la verdad es que nunca quise casarme, así que no sé de que me quejo. Puede ser porque a mí me han vaciado los bolsillos con los dichosos regalos de boda. Que si cómprate un traje, ves a la pelu, lleva el traje de él al tinte, dale el sobre con el dinero a los novios, y aguanta el parirpé unas doce horas sonriendo a gente que te cae como el culo y sabes cierto te están criticando. Pero es lo normal, yo hago lo mismo. Critico hasta a la novia porque me parece hipócrita que una persona con un sueldo mísero se gaste 2000 euros o más en un vestido horroroso lleno de lentejuelas y pedrería. Un vestido que además jamás se volverá a poner. Me jode tanto como que celebre un convite en el que a cada mujer le entreguen un detalle horrible, feo entre los feos, que a la madrina de boda le ha costado un ojo de la cara y parte del del culo, y que las invitadas que lo reciben ni siquiera esperarán a llegar a casa para tirarlo a la basura. Algunas llegan a ponerlo en una estantería, o algo, pero en cuanto se llena de polvo va a la papelera... ¡no creo que los novios pensaran que nos íbamos a entretener limpiando el polvo de semejante esperpento! Y menos con esas enormes letras en color negro en las que se lee “Recuerdo del enlace de Pepi y Boro”. ¡Hay que ser cutre!
Pero me jode no haberme casado. Coño a mi nadie me ha hecho regalos y yo me he quedado sin un duro por la boda de los demás. Agradezco sinceramente, que nadie me invite ya a ninguna boda. El problema es que después vinieron los bautizos y en unos meses llegarán las comuniones de los niños de mis amigas, que ni creen en Dios, ni van a la Iglesia, pero que visten al crío de marinero, para que la vecina de enfrente diga que... va muy guapo y que parece un soldadito de verdad. De plomo, un soldadito de plomo, más pesados que el plomo son, siempre sacándome los duros. Y vuelve a lo mismo que en la boda. Se gastan una pasta en el traje cursi del niño en lugar de irse con él a pasar un fin de semana a Peñíscola. Si es que no se potencia el turismo. Así va el país. Hay cosas que nunca entenderé.
Y yo como las viejas, que si cari dame dinero, que si cari hay que comprar no se qué, que si pásame la visa que voy al Corte Ingles, y luego vuelve con el plumero. Por lo menos yo no me pongo los rulos al acostarme. Es lamentable, pero mi madre siempre lo hacía. Toda la noche con la redecilla puesta y a la mañana siguiente se ponía a llover y todo el peinado a la mierda. Yo, yo no me peino, me recojo el pelo con una goma y así puedo clavarme en la cabeza el bolígrafo, es la única forma de no perderlo y saber dónde tengo algo a mano para escribir en un momento dado: una noticia, un teléfono, la lista de la compra, las vitaminas de los gatos, las visitas al médico... me estoy deprimiendo. Al final acabo haciéndome chuletas para “la compra eficaz”. Que si en Carrefur están los tomates más baratos que en Caprabo, que la leche de Caprabo está más rica que la de Mercadona, que la cerveza del DIA no vale un pijo pero es barata y viene bien para despachar a las visitas pesadas... Sólo escribo cosas así. Creo que cuando quiera escribir una crónica sobre el Plan Hidrológico Nacional me saldrán una serie de consejos sobre la calidad del agua envasada ¿Así cómo me van a contratar en ningún periódico? Igual si me calmo un poco, si durmiera un poco más...
Tomo dos ansiolíticos y un antidepresivo al día y estoy enganchada a las grageas de valeriana. Y al final resulta que sigo sin pegar ojo por la noche y de día no puedo coger el coche porque me quedo frita. Anteayer me pegué un guarrazo con el coche de mi suegro, y hay que repararlo antes de que lo vea, cambiar el faro lo puede hacer Vicente, pero quitar el bollo, es cosa del chapista, más pasta, bueno, menos pasta quiero decir. Porque seguro que me cuesta un ojo de la cara, y total, para que mi suegro, o suegrastro, si somos exactos, el padre de Vicente, no me refriegue por la cara que conduzco como el culo.
Todo lo hago como el culo y sin embargo voy estreñida. Dicen que las que tenemos mala leche, es por que vamos estreñidas o mal folladas. Y si juntamos las dos cosas ¿qué? ¿Eh?. Me parece a mí que más mala leche aún debería tener. Seguro que si alguna vez me quedo preñada me sale una almorrana del tamaño de un brick de zumo. Con la suerte que tengo... estas cosas me cabrean, y lo que pasa es que cuando me cabreo me sale un tic tipo el de Javier... y el cuello se me mueve solo, así que encima de cabreada estoy ridícula. Con semejante tic imagínese lo difícil que es trabajar en TV. No queda bien un tic como éste delante de la cámara. Así que mis posibilidades laborales se siguen reduciendo. Menos mal que tengo paciencia y nunca me cabreo cuando doy clases, porque no puedo ni imaginar los motes que se les ocurrirían a mis alumnos para referirse a mí a mis espaldas. Y una siempre acaba enterándose de cómo la llaman, y se cabrea más todavía. Y mueve más el cuello. ¿No me dice nada? Soy una vieja loca ¿Verdad?. No puede ser bueno trabajar de profesora cuando eres periodista. Si es que es normal que mis alumnos sean unos desequilibrados. Les da clases una periodista, y además muy pocas clases, ¡que se lo pregunten a mi bolsillo!
¿Pero que voy a hacer si no doy clases? En la prensa escrita no me quieren. De hecho ya hay un par de editores que se están planteando denunciarme por acoso. No hay forma de convencerles de que me contraten. En televisión no doy buena imagen así que me queda la radio. Pero me pasa algo curioso. Cada vez que me acerco a algún aparato que lleve un mecanismo movido por electricidad o por pilas se estropea. Me acerco a una radio y se borran las emisoras, me acerco a una cámara de fotos y se vela el carrete. Así que en las emisoras de radio me temen. La última vez hice saltar chispas del satélite porque se me ocurrió dejar el bolso en la percha que había al lado.
Vicente dice que eso es porque estoy cargada de energía. Al principio me lo tomé como un piropo pensando que me llamaba “enérgica”, pero no tardé mucho en ver que se refería a lo desagradable que resulta quedarte pegado a un enchufe. Esa sensación parece que es la que perciben los que se acercan a mi con algún electrodoméstico en las manos. La cosa se agrava con los años. De pequeña no me pasaba tanto. Pero ahora saltan chispas hasta de la ropa interior cuando me la quito. La vejez, que mala es...
La cuestión es que cuando estás en los treinta, te acercas mucho a los cuarenta, y a los cuarenta ya eres una maruja menopausica, con sofocos y calores y comienzan a aparecer los infartos, la diabetes, el colesterol, las transaminasas. Y los médicos te inflan a pastillas y sobres solubles que saben a naranja podrida. Yo ya tomo muchas pastillas, y no quiero seguir tomando más por hacerme vieja. Mi amiga Raquel toma tranquimacid, pero las otras no toman nada. Patri estuvo con antidepresivos cuando rompió con el novio, pero ya no toma nada. ¿Tengo yo que seguir tomando mis pastillas? No, lo digo porque cuestan una pasta y una no esta según para que gastos. Al final haré como una tía chocha que tengo que dice al tercer día de tomarse un antidepresivo que no le hace efecto, sin pensar que se necesitan semanas para notar algún cambio. Así que deja de tomárselo por las buenas, porque medicarse por medicarse... pero no le importa tomarse todos los días codeína para el dolor de cabeza, Nolotil para el dolor de las articulaciones, Evacuol todas las noches para ir al baño, y aspirina porque ha oído decir que revitaliza. Es como una farmacia ambulante y cuando sale de casa siempre lleva tres bolsas, la de aseo por un lado, el bolso lleno de abanicos para los sofocos, pañuelos para secarse el sudor, un móvil, siempre apagado, por supuesto, y un monedero lleno de pesetas (no me equivoco no, no lleva céntimos de Euro, hace tanto que no lo vacía que lleva pesetas y duros a montones). La tercera bolsa es la de las pastillas, que es además la más grande de las tres. Si a todo esto le sumas las maletas es como para pensarse lo de llevarla de vacaciones contigo. Luego dicen que los jóvenes son unos pastilleros. Si es que me da la risa. Mi madre, dice que soy una histérica que siempre va atolondrada y que por eso las cosas nunca me salen bien, pero no es verdad, cualquiera que la escuche hablando de mí diría que soy un loro parlanchín que no cierra la boca a no ser que se le mueva el cuello. Bueno qué ¿me va ha quitar las pastillas o no?.
Se me ha jodido el ordenador y no puedo imprimir la tesis doctoral. ¿Le había dicho que estoy preparando el doctorado?. La verdad es que no sé porqué, en la facultad sólo entran los enchufaos y yo conozco a dos o tres que solo de acercarte ya te dan un calambrazo. Hay una que se tira al director de tesis, pero como ya somos adultos, no se arma ningún revuelo. Seguro que ésa, termina siendo catedrática, ojalá y coja ladillas. Pues eso, que no va bien el ordenador, que se me tiene que haber metido un virus por Internet y ahora no funciona nada de nada. Tenía que haberme instalado un antivirus pero me daba pereza. Es que ya me molesta mucho la limpieza de los cabezales de la impresora, el desbloqueo del escáner, la instalación del módem, la desfragmentación del disco y tal. Así que he decidido no cuidar, limpiar, instalar ni desinstalar ninguna pieza del ordenador. Y claro, al final, la cagada. Ahora no funciona nada y me tiro horas fumando delante de la pantalla, preguntándome a mí misma cómo cojones voy a recuperar mis archivos.
¿Sabe lo que me cabrea? Pues tener que limpiar después los ceniceros. No soporto el olor de ceniza húmeda cuando pones el cenicero debajo del grifo. Me jode esa gente que apaga el cigarro en el plato. El plato es para comer y el cenicero para las colillas, aunque al final las dos cosas tienes que fregarlas. Lo de hacer la cama ya esta superado, nos hemos comprado un nórdico y solo hay que estirar un poco y la cama ya esta hecha. Además, la deshacemos bien poco, ya me entiende. Pero tener que planchar el uniforme de Vicente cada día me ataca los nervios. Me mareo cuando fijo la vista en esa camisa de diminutas rayitas azules que parecen juntarse cuando acerco la plancha, como si fuesen de plástico y se arrugasen con el calor. El otro día dejé la marca de la plancha en el pantalón, menos mal que lo plancho del revés, porque como le toque pedir más ropa le despiden. La chaqueta me la cargué, cuando la metí en la lavadora con ropa blanca, con lejía y todo. Ahora es de color azul celeste, en lugar de marino, muy cursi para un tío, pero a mi me viene bien para bajar hacer la compra, cuando bajo claro, porque son tres pisos más el principal y el entresuelo, sin ascensor. Y una se lo piensa, lo de bajar no, pero luego, volver a subir con dos botellas de leche, una de aceite, dos kilos de patatas y otros dos de manzanas. Molesta. Jode.
Estamos mirando lo de poner el ascensor, pero nos cuesta una pasta, unos tres mil euros más I.V.A., por puerta, claro. No se vaya usted a pensar que con esa cantidad nos ponen el ascensor sin más. Todos los vecinos, menos el de debajo de mi piso, están de acuerdo. Todos quieren ascensor. Pero cuando vas a pedir que te paguen la cuota de escalera te miran como si no fuera con ellos. Si no pagan 6 Euros al mes de cuota ¿cómo puedo esperar que paguen su parte proporcional del ascensor? Pero es que son más de tres pisos...
¿Se ha dado cuenta que todos los números que menciono llevan el tres?. Cuando salga de aquí voy a comprar un cupón que acabe en tres. Igual me toca. Y si no siempre puedo inventarme la canción del próximo verano ¿no dicen que con eso te forras? Quien pillara, pues, a Georgi Dann... ese hombre debe estar forrado. Entre el mami que será lo que quiere el negro y el chiringuito habrá acumulado toda una fortuna. Ríase usted de la fortuna de las Coplovich.
¿Ya es la hora? ¿Cuándo vuelvo?. No me ha dicho nada de las pastillas. ¿Cómo que las tengo que seguir tomando? Pues si ya estoy mejor ¿no ha notado que estoy más tranquila y que ya no me quejo tanto? ¿Sabe lo que le digo? que es usted igual que el otro psiquiatra. Seguro que no me quita las pastillas porque tiene un acuerdo con el laboratorio y se lleva un porcentaje de las ventas. Pues que le aproveche. Nos vemos la semana que viene. Adiós.
Vicente no llega todavía, seguro que ni se acuerda que hoy yo tenía visita con el psiquiatra. Pero total para lo que me sirve, más valdría no ir. Pues no va el muy imbécil y dice que sigo estando estresada y deprimida porque sigo cabreada con todo el mundo. Sólo estoy cabreada con Vicente y con mi pseudo suegro, y con mi madre y con el psiquiatra, y con los niños de mis amigas que toman la comunión este año, y con mis amigas que no me han hecho regalo de bodas porque no me he casado, y con los gatos que dan mucho trabajo y me ensucian el suelo con los huevos, y con la vecina de abajo que no quiere poner el ascensor porque dice que es caro, y con la de la farmacia que me sangra cada vez que voy aún teniendo a mi tía como cliente VIP. Con mis alumnos sólo me enfado cuando me ponen motes y con los que no usan reloj sólo reacciono mal algunas veces. Lo del vecino de marras ya es otro tema. Si no deja de mirarme un día de estos le lanzo una piedra y le rompo los prismáticos, pero eso estaría justificado. Bueno también me cabreo a veces con la frutera por no tener servicio a domicilio y tener que subir yo a casa cargada con toda la compra y con el chapista que cada vez que le llevo el coche me saca un mogollón de euros. Pero no es nada. Ya ves. No estoy cabreada con nadie, y el tío va y no me quita las pastillas, pues ahora me voy a cabrear con él. Ya se me mueve el cuello.
¿Dónde coño habré dejado el plumero?
Nota: Este texto es una adaptación del monólogo original, de 1997, publicado con el mismo título en el libro Las Mujeres Cuentan, editado por Generalitat Valenciana, Consellería de Bienestar Social, Dirección General de la Mujer (ISBN: 84-482-2823-5).
Las escenificaciones, actualmente, corren a cargo de:
ACTRIZ: TONYI VILA CASTELLÓ
DIRECCIÓN: SERGIO CABALLERO IBÁÑEZ
TEXTO: SACHA SÁNCHEZ
DISEÑO LUCES Y SONIDO: PAU AYET CUBERO
CONTACTO: e-mail: tonyi_2510@yahoo.es
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Del mismo modo, no estaría de más, que dieran clases a los mayores, igual que haciéndoles cursos de alfabetización o de labores, para aprender que las unidades familiares no son lo que eran. Cierto que sigue habiendo matrimonios, cierto que sigue habiendo solteros y solteras, pero coño, hay parejas que no se casan, hay solteras que tienen hijos... incluso hay hijos que se divorcian de sus padres.
Pero lo fuerte es que estas cosas me afecten.
Hace un par de años ya no podía usar el carnet joven, ni abrir una cuenta joven en ningún banco, una de esas en las que no te cobran intereses por tener un saldo medio inferior a treinta y tantas miles de pesetas… Bueno ya sé que ahora serían euros. Eso sí, para que te desintoxiques poco a poco, las grandes entidades bancarias han creado el carnet para mayores de 26. Si eres menor tienes el carnet joven, si tienes entre 26 y 30 tienes el carnet +26, que no sirve de nada pero te consuela llevarlo en la cartera. Eso si, de los 30 para arriba lo más parecido que existe es la tarjeta de pensionista, y con esa no obtienes beneficios bancarios con arreglo a tu saldo medio.
El caso es que mi saldo en el banco siempre es inferior a la cifra exigida, así que el año que viene, ya me puedo preparar a pagar intereses por ser pobre. Yo me gasto el dinero antes de que entre el banco, antes de tenerlo en mis manos, puede, incluso, que me lo gaste antes de ganarlo. Lo normal es que pida prestado para acabar el mes, y en cuanto me pagan el mes siguiente lo devuelvo. Así que ando sin pena ni gloria con un déficit mensual equiparable al 40 % de mis ingresos. Y claro, al devolverlo en cuanto cobro, ese fin de mes vuelvo a necesitar un préstamo. O sea, que este mes me falta el dinero que pedí prestado el mes pasado y que ya he devuelto, y el mes que viene me faltará el que pediré este mes. Yo es que todo lo hago por adelantado. Menos los orgasmos, claro... esos a quien se le adelantan es a mi novio. Además soy de las que no están casadas, pero viven con su pareja. Así que para la familia y los vecinos soy un pendón desorejao. Para mi compañero, soy una maruja, que se pasa el día pasando el plumero a la televisión, porque encima dispongo de mucho tiempo para dedicarme a “mis labores” y dependo económicamente de él. Ya le dije que mis ingresos no dan para mucho. No te jode, toda la vida peleando por la independencia y la igualdad de la mujer y soy una ama de casa dependiente, vieja y joven al mismo tiempo, con pareja pero sin pareja, sin hijos, pero con dos gatos más pesados que los niños, y con un vecino cincuentón que me acosa cuando detecta con su radar-pene que estoy sola en casa. ¡Pues no va el tío y me dice que debería probar a andar desnuda por casa porque eso relaja y hace que desaparezcan las malas energías! Lo que nunca me dice directamente es que desde su balcón se ve entera mi casa, y claro, si ando en bolas por dentro y se mueve alguna cortina siempre cabe la posibilidad de verme como mi madre me trajo al mundo. Lástima que lo mío sean gatos y no perros, porque les enseñaría a atacar a los vecinos cincuentones, bueno, y a alguna que otra cotilla que se pasea por mi fachada todas las mañanas. Pero no, yo tengo gatos. Uno tan enano que el veterinario se ríe diciéndome que pertenece a la raza “bonsái”, que majo el veterinario ¿verdad? Ahora que del otro no dice nada, porque tiene unos huevos colgando en medio de las patas que para él los quisiera. Se le pelan y todo de rozar contra el suelo al caminar.
A mi sobrino le divierte burlarse del gato. Hago de canguro un par de veces al mes y cada una de esas veces me prometo a mi misma que no lo volveré a hacer. Supongo que el gato también reza para que no suceda de nuevo, porque para él más que para mí es una tortura. Como ahora no le dejamos acercarse a las mascotas ya que nos preocupa su integridad física, al niño le ha dado por explorar el mundo electrónico, y a mí, lo que haga en su casa me da igual, pero en mi casa no quiero encontrar nunca más una galleta María metida en el vídeo. Cada vez que voy a poner una película el cacharro me la escupe porque ya tiene algo dentro. Hemos encontrado un lápiz, una galleta, una pinza de tender la ropa que no sé de dónde demonios la había sacado el angelito y restos de una magdalena. Lo de la comida es fácil de descubrir, porque en tan sólo un par de días te das cuenta de que un pasillo de hormigas entra desde la ventana y se dirige al vídeo, del que salen cargadas y felices. Pero cuando mete objetos no comestibles no te das cuenta hasta que vas a poner una película y el vídeo se niega en redondo.
Opto por ver más bien pocas películas, porque al final le gustan al crío y hay que ponerlas una vez más, y otra, y otra y otra, y otra y otra vez. Nos aprendemos los diálogos, las canciones, y hasta los créditos: director fulanito, director de fotografía menganito... Hoy por hoy conocemos de memoria la historia de Monstruos S.A., una que trata de una ciudad de monstruos que trabajan asustando a niños. Mike, Sully y Boo son los protagonistas, y cuando el peque llega a casa entra diciendo “hola tía, ¿Mike no está?”. Es el colmo. Antes de aprendernos ésa tuvimos unos cuantos pases de El Rey León, Las Aventuras de Elmo, La Bella y la Béstia y Tarzán. Nos vimos unas 120 veces la de Bambi, y mi sobrino lloró las 120. Después Dumbo, y un día apareció con dos pinzas en las orejas porque intentaba ser cómo él. Parece que aquello de que los protagonistas cinematográficos provocan admiración en mi sobrino se confirma. Hoy no he encontrado ningún encendedor y he tenido que prender fuego al cigarro con unas cerillas que me regalaron en el estanco al comprar tabaco al por mayor. Seguramente todos los mecheros están ya dentro del vídeo.
Tengo que dejar de fumar, porque lo hago por aburrimiento. Pero es que no bebo, no tomo drogas y follo poco, porque casi no veo a mi pareja. Mas vale no dejar de fumar de momento, que las otras veces he engordado una media de once kilos y a los doce meses ya estoy enganchada al pitillo otra vez. Pero si lo dejo con el dinero que me ahorro, me puedo ir al cine, que ya tengo ganas. En fin ya veremos me lo pensaré. Igual me resulta más fácil dejar la cafeína que dejar el tabaco. Podría dormir más horas seguidas, me desvelaría menos, y por las noches me podría acostar a una hora normal en vez de pasar todo ese tiempo conectada a Internet. El ahorro en la factura del teléfono sería considerable y con ese dinero podría ir al cine aún más veces que dejando de fumar. Aunque cabe otra opción, la de hacer como Esteban, que ha dejado de comprar tabaco, pero no ha dejado de fumar. Es decir, que se fuma cuanto cigarro puede gorronearnos pero no se gasta ni un duro. No deja de ser una buena opción: ahorras y no pasas ansiedad. Porque éste no sólo no tiene ansiedad, sino que, le resbala que le digamos lo gorrón que es y nos acordemos de su familia entera cuando vemos que se nos ha “fumao” medio paquete y aún no es medio día.
Usted debe saberlo, para eso es mi psiquiatra. Estoy frustrada porque mi vida no se sale de lo común. Ni soy gogo, ni bombero, dos de las profesiones que me he planteado ejercer a lo largo de mi vida. Es peor. Yo soy periodista de vocación y de profesión. Esta es el área laboral con mayor intrusismo en la historia del trabajo. Levantas una piedra y te sale un periodista o un perseguido por periodistas. El mundo está lleno de Belenes Esteban, de Franes Rivera y de Jesulines de Ubrique. Además, un médico puede ejercer como periodista, pero un periodista sin más no puede ejercer como médico, igual como abogados, arquitectos, economistas o simples aficionados. De hecho la mayor parte de esos antiguos “perseguidos por la prensa” colaboran hoy por hoy en algún medio de comunicación. Luego están los de gran hermano, cuyo mayor mérito ha sido bailar imitando a los de “siete novias para siete hermanos” y que cobran una pasta entre las exclusivas, los topless y los comentarios en programas de televisión. Entre tanto los periodistas no nos comemos un torrao. Sólo nos queda tiempo libre y la mayoría lo dedicamos a hacer puzzles o coleccionar cosas. Nos aficionamos a las actividades más absurdas: nos da por ir a correr todas las mañanas, por hacer dieta, por dejar de fumar... Aficionada a algo si que podría ser pero la pregunta es a qué. Odio el fútbol y los demás deportes que implican fanatismos de diversas índole. Por eso he tenido que pactar con mi novio. Ahora vemos como mucho dos partidos a la semana, uno de su equipo y uno de la selección, porque si los viéramos todos ya nos podíamos olvidar de los telediarios, de las comedias y de las películas de las tres y media, que son muy malas pero ayudan a conciliar el sueño de la siesta. Antes siempre había fútbol en mi televisión, el partido de la Copa, el de la Liga, el de la Champions y el de la Uefa, los amistosos, la Intertoto, el Trofeo Naranja, el míster, el defensa, el delantero, el mediocampista, el portero y el copón bendito. Ya ve usted que necesidad tendré yo de saber lo que es un córner o un fuera de juego si al final le dan una patada a la pelota y no la meten en la portería. Chingando deben ser igual, últimamente sólo tropiezo con tíos que no saben meterla.
No quiero ver siquiera esos dos partidos semanales así que me pongo a leer. Leo bastante, pero siempre libros de los que ya han sacado una película o de los que ya han hablado en todo tipo de revistas y programas de televisión, así que, pierden emoción. Pero no puedo cómpralos recién editados porque valen el triple que un año después, cuando el autor y el editor ya se han forrado y sacan la edición de bolsillo por unas mil pelas, ya, ya lo sé, seis euros. He conseguido que algún que otro libro de primera edición, con tapas duras y todas esas pijadas, me lo regalen por mi cumpleaños, o por Navidad. Está muy bien tener algún ejemplar bueno del mundo literario, pero a cambio he tenido que renunciar a los perfumes, a las flores y tal, porque o me regalan una cosa o la otra ¿cómo se le iba a ocurrir a mi novio regalarme una joya y un libro? Ni de coña, vamos. De hecho, ni siquiera antes de haberme regalado libros. Creo que nunca me ha traído flores. Como excusa dice que es alérgico. Para lo de los perfumes aún usa una excusa mejor, que son tan personales que es algo que debería elegir yo, y no él.
Puestos a hacer cosas absurdas y coleccionar cosas extrañas podría aficionarme a coleccionar sellos, pero ya lo intenté y todos los que reuní se los quedo mi padre cuando me fuí de casa y acabó usándolos para enviar cartas a parientes lejanos. Eso sirvió para retomar el contacto con la familia. A veces creo que si no le hubieran salido gratis los envíos yo aún no conocería a la mayor parte de mis tíos, primos y sobrinos.. También he llegado a coleccionar gomas de borrar. Imagine que jilipollez: ahora resulta que si tengo que borrar algo he de usar tip-pex porque no encuentro ni una sola goma por toda la casa. Entre que tengo pocas y que mi sobrino las usa para alimentar al vídeo... Algo parecido me pasa con los lápices. Ahora uso los de minas, no los de madera. Pero nunca tengo minas de recambio. Así que al final acabo escribiendo con bolígrafos BIC de los de toda la vida, de esos que te guarrean las manos de tinta y se salen cuando los llevas en el bolso, llenando de tinta desde los pañuelos hasta los tampax. Pero sigo creyendo que usar bolis es la mejor opción, porque no se borran. De pequeña mi madre, me enseño a borrar las manchas de lápiz con una miga de pan. Pero siempre acabo cargándome el papel y el resultado es una guarrada. El pan no sé usarlo ni para hacer bocadillos. Torrijas ya ni te cuento.
Lo de cocinar no es mi fuerte, así que intento escaquearme todas las veces que puedo. Pero aún me desagrada más hacer la compra, porque hay que pelear con todas las que se quieren colar en la carnicería, con las que dicen que han visto antes que tú la última lata de aceitunas que queda en el lineal, con las que llegan con la bolsa de pan, escalan por encima de las cabezas de todos los presentes y le gritan a la panadera que luego vendrán a recoger cinco de cuarto, dos de medio kilo y dos bollos. Resulta que las estadísticas mienten. Dice el Centro de estudios sociológicos que cada vez son más los hombres que hacen la compra. Pero yo no encuentro nunca ninguno en el súper. Al final, para lo de la compra, tengo un truco: llamar a Vicente oportunamente al trabajo, mostrarme cariñosa, que si cariño te voy a preparar una cena estupenda, Rey, el uniforme está limpio y planchado, oye, ¿Podrías comprar tú tal y tal cosa y así no tengo yo que apagar el horno para ir? ¿Bien? estupendo. Luego cenamos bocadillos de atún con olivas, pero la compra ya la ha hecho él.
¿Me deja fumar?. No sabía si podía fumar en su consulta. El psiquiatra al que iba antes era de la liga anti-tabaco y tenía la sala de espera llena de carteles anunciando cursos de deshabituación al tabaquismo. Yo, yo no quiero hacer ningún curso, cuando esté hasta el culo del tabaco lo dejaré. Al fin y al cabo de algo hay que morir y todavía soy joven. ¿O no?. El otro día, en el autobús, un mocoso me llamó de usted. Y cuando consigo trabajar en algún curso dando clases los alumnos me llaman doña. ¿Me puede usted decir la hora?... Qué rabia me da que me pregunten eso. La última vez le dije al tipo que se comprara un reloj, que los hay muy baratitos y te mantienen informado de la hora que es durante todo el día. No se lo tomó muy bien. Mientras se iba farfullaba lo antipática que soy y mencionaba alguna que otra cosa que deberían hacerme por el culo. Si es que la gente ya no tiene educación. Además es que te preguntan la hora hablándote de usted: señorita, doña, oiga... ¿lleva hora?. Sí que llevo. Pero no te la voy a decir.
Doña, es como yo llamaba a Doña Lucia cuando iba al colegio. Fíjese que todavía me acuerdo de ella. Creo que vivía en Castellón. Pero le he perdido la pista. Doña Adoración murió. Pero Don Pascual sigue en el colegio y le da clases a los hijos de mis amigas. Mis amigas tienen hijos y yo ni tan solo me he casado, pero la verdad es que nunca quise casarme, así que no sé de que me quejo. Puede ser porque a mí me han vaciado los bolsillos con los dichosos regalos de boda. Que si cómprate un traje, ves a la pelu, lleva el traje de él al tinte, dale el sobre con el dinero a los novios, y aguanta el parirpé unas doce horas sonriendo a gente que te cae como el culo y sabes cierto te están criticando. Pero es lo normal, yo hago lo mismo. Critico hasta a la novia porque me parece hipócrita que una persona con un sueldo mísero se gaste 2000 euros o más en un vestido horroroso lleno de lentejuelas y pedrería. Un vestido que además jamás se volverá a poner. Me jode tanto como que celebre un convite en el que a cada mujer le entreguen un detalle horrible, feo entre los feos, que a la madrina de boda le ha costado un ojo de la cara y parte del del culo, y que las invitadas que lo reciben ni siquiera esperarán a llegar a casa para tirarlo a la basura. Algunas llegan a ponerlo en una estantería, o algo, pero en cuanto se llena de polvo va a la papelera... ¡no creo que los novios pensaran que nos íbamos a entretener limpiando el polvo de semejante esperpento! Y menos con esas enormes letras en color negro en las que se lee “Recuerdo del enlace de Pepi y Boro”. ¡Hay que ser cutre!
Pero me jode no haberme casado. Coño a mi nadie me ha hecho regalos y yo me he quedado sin un duro por la boda de los demás. Agradezco sinceramente, que nadie me invite ya a ninguna boda. El problema es que después vinieron los bautizos y en unos meses llegarán las comuniones de los niños de mis amigas, que ni creen en Dios, ni van a la Iglesia, pero que visten al crío de marinero, para que la vecina de enfrente diga que... va muy guapo y que parece un soldadito de verdad. De plomo, un soldadito de plomo, más pesados que el plomo son, siempre sacándome los duros. Y vuelve a lo mismo que en la boda. Se gastan una pasta en el traje cursi del niño en lugar de irse con él a pasar un fin de semana a Peñíscola. Si es que no se potencia el turismo. Así va el país. Hay cosas que nunca entenderé.
Y yo como las viejas, que si cari dame dinero, que si cari hay que comprar no se qué, que si pásame la visa que voy al Corte Ingles, y luego vuelve con el plumero. Por lo menos yo no me pongo los rulos al acostarme. Es lamentable, pero mi madre siempre lo hacía. Toda la noche con la redecilla puesta y a la mañana siguiente se ponía a llover y todo el peinado a la mierda. Yo, yo no me peino, me recojo el pelo con una goma y así puedo clavarme en la cabeza el bolígrafo, es la única forma de no perderlo y saber dónde tengo algo a mano para escribir en un momento dado: una noticia, un teléfono, la lista de la compra, las vitaminas de los gatos, las visitas al médico... me estoy deprimiendo. Al final acabo haciéndome chuletas para “la compra eficaz”. Que si en Carrefur están los tomates más baratos que en Caprabo, que la leche de Caprabo está más rica que la de Mercadona, que la cerveza del DIA no vale un pijo pero es barata y viene bien para despachar a las visitas pesadas... Sólo escribo cosas así. Creo que cuando quiera escribir una crónica sobre el Plan Hidrológico Nacional me saldrán una serie de consejos sobre la calidad del agua envasada ¿Así cómo me van a contratar en ningún periódico? Igual si me calmo un poco, si durmiera un poco más...
Tomo dos ansiolíticos y un antidepresivo al día y estoy enganchada a las grageas de valeriana. Y al final resulta que sigo sin pegar ojo por la noche y de día no puedo coger el coche porque me quedo frita. Anteayer me pegué un guarrazo con el coche de mi suegro, y hay que repararlo antes de que lo vea, cambiar el faro lo puede hacer Vicente, pero quitar el bollo, es cosa del chapista, más pasta, bueno, menos pasta quiero decir. Porque seguro que me cuesta un ojo de la cara, y total, para que mi suegro, o suegrastro, si somos exactos, el padre de Vicente, no me refriegue por la cara que conduzco como el culo.
Todo lo hago como el culo y sin embargo voy estreñida. Dicen que las que tenemos mala leche, es por que vamos estreñidas o mal folladas. Y si juntamos las dos cosas ¿qué? ¿Eh?. Me parece a mí que más mala leche aún debería tener. Seguro que si alguna vez me quedo preñada me sale una almorrana del tamaño de un brick de zumo. Con la suerte que tengo... estas cosas me cabrean, y lo que pasa es que cuando me cabreo me sale un tic tipo el de Javier... y el cuello se me mueve solo, así que encima de cabreada estoy ridícula. Con semejante tic imagínese lo difícil que es trabajar en TV. No queda bien un tic como éste delante de la cámara. Así que mis posibilidades laborales se siguen reduciendo. Menos mal que tengo paciencia y nunca me cabreo cuando doy clases, porque no puedo ni imaginar los motes que se les ocurrirían a mis alumnos para referirse a mí a mis espaldas. Y una siempre acaba enterándose de cómo la llaman, y se cabrea más todavía. Y mueve más el cuello. ¿No me dice nada? Soy una vieja loca ¿Verdad?. No puede ser bueno trabajar de profesora cuando eres periodista. Si es que es normal que mis alumnos sean unos desequilibrados. Les da clases una periodista, y además muy pocas clases, ¡que se lo pregunten a mi bolsillo!
¿Pero que voy a hacer si no doy clases? En la prensa escrita no me quieren. De hecho ya hay un par de editores que se están planteando denunciarme por acoso. No hay forma de convencerles de que me contraten. En televisión no doy buena imagen así que me queda la radio. Pero me pasa algo curioso. Cada vez que me acerco a algún aparato que lleve un mecanismo movido por electricidad o por pilas se estropea. Me acerco a una radio y se borran las emisoras, me acerco a una cámara de fotos y se vela el carrete. Así que en las emisoras de radio me temen. La última vez hice saltar chispas del satélite porque se me ocurrió dejar el bolso en la percha que había al lado.
Vicente dice que eso es porque estoy cargada de energía. Al principio me lo tomé como un piropo pensando que me llamaba “enérgica”, pero no tardé mucho en ver que se refería a lo desagradable que resulta quedarte pegado a un enchufe. Esa sensación parece que es la que perciben los que se acercan a mi con algún electrodoméstico en las manos. La cosa se agrava con los años. De pequeña no me pasaba tanto. Pero ahora saltan chispas hasta de la ropa interior cuando me la quito. La vejez, que mala es...
La cuestión es que cuando estás en los treinta, te acercas mucho a los cuarenta, y a los cuarenta ya eres una maruja menopausica, con sofocos y calores y comienzan a aparecer los infartos, la diabetes, el colesterol, las transaminasas. Y los médicos te inflan a pastillas y sobres solubles que saben a naranja podrida. Yo ya tomo muchas pastillas, y no quiero seguir tomando más por hacerme vieja. Mi amiga Raquel toma tranquimacid, pero las otras no toman nada. Patri estuvo con antidepresivos cuando rompió con el novio, pero ya no toma nada. ¿Tengo yo que seguir tomando mis pastillas? No, lo digo porque cuestan una pasta y una no esta según para que gastos. Al final haré como una tía chocha que tengo que dice al tercer día de tomarse un antidepresivo que no le hace efecto, sin pensar que se necesitan semanas para notar algún cambio. Así que deja de tomárselo por las buenas, porque medicarse por medicarse... pero no le importa tomarse todos los días codeína para el dolor de cabeza, Nolotil para el dolor de las articulaciones, Evacuol todas las noches para ir al baño, y aspirina porque ha oído decir que revitaliza. Es como una farmacia ambulante y cuando sale de casa siempre lleva tres bolsas, la de aseo por un lado, el bolso lleno de abanicos para los sofocos, pañuelos para secarse el sudor, un móvil, siempre apagado, por supuesto, y un monedero lleno de pesetas (no me equivoco no, no lleva céntimos de Euro, hace tanto que no lo vacía que lleva pesetas y duros a montones). La tercera bolsa es la de las pastillas, que es además la más grande de las tres. Si a todo esto le sumas las maletas es como para pensarse lo de llevarla de vacaciones contigo. Luego dicen que los jóvenes son unos pastilleros. Si es que me da la risa. Mi madre, dice que soy una histérica que siempre va atolondrada y que por eso las cosas nunca me salen bien, pero no es verdad, cualquiera que la escuche hablando de mí diría que soy un loro parlanchín que no cierra la boca a no ser que se le mueva el cuello. Bueno qué ¿me va ha quitar las pastillas o no?.
Se me ha jodido el ordenador y no puedo imprimir la tesis doctoral. ¿Le había dicho que estoy preparando el doctorado?. La verdad es que no sé porqué, en la facultad sólo entran los enchufaos y yo conozco a dos o tres que solo de acercarte ya te dan un calambrazo. Hay una que se tira al director de tesis, pero como ya somos adultos, no se arma ningún revuelo. Seguro que ésa, termina siendo catedrática, ojalá y coja ladillas. Pues eso, que no va bien el ordenador, que se me tiene que haber metido un virus por Internet y ahora no funciona nada de nada. Tenía que haberme instalado un antivirus pero me daba pereza. Es que ya me molesta mucho la limpieza de los cabezales de la impresora, el desbloqueo del escáner, la instalación del módem, la desfragmentación del disco y tal. Así que he decidido no cuidar, limpiar, instalar ni desinstalar ninguna pieza del ordenador. Y claro, al final, la cagada. Ahora no funciona nada y me tiro horas fumando delante de la pantalla, preguntándome a mí misma cómo cojones voy a recuperar mis archivos.
¿Sabe lo que me cabrea? Pues tener que limpiar después los ceniceros. No soporto el olor de ceniza húmeda cuando pones el cenicero debajo del grifo. Me jode esa gente que apaga el cigarro en el plato. El plato es para comer y el cenicero para las colillas, aunque al final las dos cosas tienes que fregarlas. Lo de hacer la cama ya esta superado, nos hemos comprado un nórdico y solo hay que estirar un poco y la cama ya esta hecha. Además, la deshacemos bien poco, ya me entiende. Pero tener que planchar el uniforme de Vicente cada día me ataca los nervios. Me mareo cuando fijo la vista en esa camisa de diminutas rayitas azules que parecen juntarse cuando acerco la plancha, como si fuesen de plástico y se arrugasen con el calor. El otro día dejé la marca de la plancha en el pantalón, menos mal que lo plancho del revés, porque como le toque pedir más ropa le despiden. La chaqueta me la cargué, cuando la metí en la lavadora con ropa blanca, con lejía y todo. Ahora es de color azul celeste, en lugar de marino, muy cursi para un tío, pero a mi me viene bien para bajar hacer la compra, cuando bajo claro, porque son tres pisos más el principal y el entresuelo, sin ascensor. Y una se lo piensa, lo de bajar no, pero luego, volver a subir con dos botellas de leche, una de aceite, dos kilos de patatas y otros dos de manzanas. Molesta. Jode.
Estamos mirando lo de poner el ascensor, pero nos cuesta una pasta, unos tres mil euros más I.V.A., por puerta, claro. No se vaya usted a pensar que con esa cantidad nos ponen el ascensor sin más. Todos los vecinos, menos el de debajo de mi piso, están de acuerdo. Todos quieren ascensor. Pero cuando vas a pedir que te paguen la cuota de escalera te miran como si no fuera con ellos. Si no pagan 6 Euros al mes de cuota ¿cómo puedo esperar que paguen su parte proporcional del ascensor? Pero es que son más de tres pisos...
¿Se ha dado cuenta que todos los números que menciono llevan el tres?. Cuando salga de aquí voy a comprar un cupón que acabe en tres. Igual me toca. Y si no siempre puedo inventarme la canción del próximo verano ¿no dicen que con eso te forras? Quien pillara, pues, a Georgi Dann... ese hombre debe estar forrado. Entre el mami que será lo que quiere el negro y el chiringuito habrá acumulado toda una fortuna. Ríase usted de la fortuna de las Coplovich.
¿Ya es la hora? ¿Cuándo vuelvo?. No me ha dicho nada de las pastillas. ¿Cómo que las tengo que seguir tomando? Pues si ya estoy mejor ¿no ha notado que estoy más tranquila y que ya no me quejo tanto? ¿Sabe lo que le digo? que es usted igual que el otro psiquiatra. Seguro que no me quita las pastillas porque tiene un acuerdo con el laboratorio y se lleva un porcentaje de las ventas. Pues que le aproveche. Nos vemos la semana que viene. Adiós.
Vicente no llega todavía, seguro que ni se acuerda que hoy yo tenía visita con el psiquiatra. Pero total para lo que me sirve, más valdría no ir. Pues no va el muy imbécil y dice que sigo estando estresada y deprimida porque sigo cabreada con todo el mundo. Sólo estoy cabreada con Vicente y con mi pseudo suegro, y con mi madre y con el psiquiatra, y con los niños de mis amigas que toman la comunión este año, y con mis amigas que no me han hecho regalo de bodas porque no me he casado, y con los gatos que dan mucho trabajo y me ensucian el suelo con los huevos, y con la vecina de abajo que no quiere poner el ascensor porque dice que es caro, y con la de la farmacia que me sangra cada vez que voy aún teniendo a mi tía como cliente VIP. Con mis alumnos sólo me enfado cuando me ponen motes y con los que no usan reloj sólo reacciono mal algunas veces. Lo del vecino de marras ya es otro tema. Si no deja de mirarme un día de estos le lanzo una piedra y le rompo los prismáticos, pero eso estaría justificado. Bueno también me cabreo a veces con la frutera por no tener servicio a domicilio y tener que subir yo a casa cargada con toda la compra y con el chapista que cada vez que le llevo el coche me saca un mogollón de euros. Pero no es nada. Ya ves. No estoy cabreada con nadie, y el tío va y no me quita las pastillas, pues ahora me voy a cabrear con él. Ya se me mueve el cuello.
¿Dónde coño habré dejado el plumero?
Nota: Este texto es una adaptación del monólogo original, de 1997, publicado con el mismo título en el libro Las Mujeres Cuentan, editado por Generalitat Valenciana, Consellería de Bienestar Social, Dirección General de la Mujer (ISBN: 84-482-2823-5).
Las escenificaciones, actualmente, corren a cargo de:
ACTRIZ: TONYI VILA CASTELLÓ
DIRECCIÓN: SERGIO CABALLERO IBÁÑEZ
TEXTO: SACHA SÁNCHEZ
DISEÑO LUCES Y SONIDO: PAU AYET CUBERO
CONTACTO: e-mail: tonyi_2510@yahoo.es
Despierta
Nadie escribe en libro de firmas. Desde que hemos entrado está igual. Hay una sola anotación, que debe pertenecer al gerente del local, y la gente pasa por delante del atril y lo mira, como queriendo escribir algo, pero sin atreverse a ser los primeros en hacerlo.
Pasan por delante de mí y hay quien me dice algo imperceptible y hondo. Otros sólo me miran y no saben qué hacer, si acercarse o pasar de largo , y los más tímidos bajan la cabeza cuando notan que les observo.
Mario y yo estamos sentados en uno de los sofás, cogidos de la mano, y el resto de la gente se agolpa en el otro, conteniendo el aliento y mirando la talla de la habitación o los azulejos del suelo. Incluso hay quien sigue mirando el libro de firmas.
Me siento fuera de lugar, como si yo no encajara en este sitio, con esta gente.
- Voy a escribir en el libro. Supongo que luego se lo darán a Susana como recuerdo - le digo a Mario- y no quiero que falte mi firma.
- De acuerdo ¿Te acompaño?.- Pregunta él.
- No, sólo ayúdame a levantarme
Creo que han sido los primeros pasos firmes que doy en todo el día. Mario no escribirá. Esas cosas no van con él: permanecerá cada minuto a mi lado sin mediar palabra y se encargará de que yo no caiga cuando me fallen de nuevo las piernas.
He notado cada una de mis pisadas sobre el suelo helado, como todo aquí, y he oído el sonido de mis zapatos al dejar caer el talón sobre el suelo, y el sonido de mis huesos al mover el pie: talón, punta, talón, punta... y al fin he llegado hasta el atril en el que el enorme libro está abierto y vacío, como todo aquí.
He de intentar que esta habitación pierda el carácter vacuo.
Escribo unas pocas palabras y vuelvo a mi sitio, en el cómodo sofá verde, reclino mi cabeza sobre el hombro de Mario y cierro los ojos durante unos instantes. Tengo mucho sueño. El trajín de los últimos días debe ser, y el embarazo, que me produce somnolencia.
Temo dormirme aquí.
El embarazo casi ha llegado a término y mi pequeño se mueve como si estuviera en un parque de atracciones. Ya no hace las piruetas del mes pasado porque apenas le queda espacio, pero sus patadas son muy fuertes. Mucha gente me ha preguntado hoy qué nombre le voy a poner y muchos intentan convencerme para ponerle el de mi padre. Me pongo de muy mal humor cuando insisten. La gente a veces no se da cuenta de lo molesta que es con sus comentarios. Pero me niego a contestarles nada.
Sólo guardo silencio.
Durante esta semana mi vientre ha crecido más que nunca. El bebé no tardará en nacer, será prematuro, seguro. Lo anuncia con patadas y movimientos, dejando, casi siempre, un pie o un codo dentro de mis costillas. A mi padre le hace gracia cómo me quejo. Así que me quejo de sobra cuando estoy con él, porque en realidad no me molesta tanto como digo, pero así tenemos un tema del que hablar con el que parece estar entretenido. Teníamos.
Se enfada porque no he logrado dejar el tabaco del todo y sabe cuándo salgo de la habitación para calar un par de veces en un pitillo que me sabe agrio. Quiero dejar de fumar pero no tengo voluntad. Fumo poco pero me remuerde la conciencia cada vez que el pequeño me patalea. El único consuelo es que sigo a pies juntillas los demás consejos del obstetra: no bebas, pasea, aliméntate bien, descansa ¿Descansa?... éste no se si lo cumplo. Por eso tengo ahora tanto sueño.
Se enfadaba...
Antes de verme en esta habitación recuerdo haber pensado que Mario acababa de hablar por teléfono. Era muy temprano y los dos estábamos aún aturdidos sin saber qué hacer. El teléfono había sonado siendo apenas las siete de la mañana y yo me había levantado durante la noche unas cuatro veces.
Hemos de dormir más pero no tenemos de dónde sacar el tiempo.
Mientras él conversaba yo había conseguido ponerme de pie sola y acercarme al otro lado de la cama. Al sentarme junto a él, el colchón cedió.
Recuerdo que me he puesto a llorar intentando mirarle a la cara pero con la mirada perdida en realidad. Tampoco Mario me miraba. No me ha dicho de quién era la llamada pero lo sé de todos modos. Su mirada estaba perdida como la mía.
Tenemos demasiado sueño.
Al final me he levantado, he abierto el armario y he buscado dos mudas de ropa premamá. Una me la pondré y la otra la meteré en la bolsa de viaje junto a la bolsa de aseo que tengo preparada para ir al hospital en el momento del parto. También la bolsa del pequeño está lista: una muda completa, unos cuantos pañales, su primer chupete, una esponja de fibras naturales, gel para bebés y crema contra irritaciones, el vestidor... siempre tengo la sensación de que algo se me olvida y reviso la lista a diario para tratar de recordar qué es.
- Vamos, vístete – le digo a Mario bruscamente.
- Cálmate, relájate... no tengas tanta prisa. Tu tienes que moverte despacio ¿Qué estás haciendo?- Responde él.
- Preparo una bolsa con ropa. No creo que hoy volvamos a casa a dormir ¿Sabes dónde hemos de ir? ¿Te han dicho algo? – No dejo de hacerle preguntas.
Sí lo sabe. Es capaz de conducir hasta allí sin mostrarse nervioso y estar atento a los frenazos para que yo no me golpee con la luna delantera al no llevar cinturón. Vamos por la autopista y en apenas una hora hemos llegado. Pero antes de entrar yo necesito encontrar un sitio en el que orinar. Entre los nervios y el embarazo me ha venido justo aguantar el viaje. Usaré mis pañuelos de papel ya que como en todos los aseos públicos no hay papel higiénico aquí y luego me lavaré la cara y las manos para que no se note cuánto he llorado. Estoy sudada pero no huelo mal porque he vaciado el frasco de desodorante antes de salir de casa. Me pregunto si voy bien, si mi ropa es la adecuada, mis pies ¿Están hinchados? Salgo del baño, me agarro de nuevo al brazo de Mario y comenzamos a andar hacia el interior.
Aquí no hay nadie ya, ni siquiera mi tío, que estaría sentado en el patio. Siempre está en los bancos del patio, mirando el césped y fumando olorosos y desagradables cigarros. Si estuviera aquí ya le habríamos visto.
De todos modos es mejor que nos aseguremos y por eso vamos a buscar el ascensor para subir sin que yo me fatigue. Al bajar nos olvidamos del ascensor y vamos a parar a las escaleras de caracol, de mármol, que resbalan como el fondo de una piscina de plástico. Pero una vez estamos allí ni nos planteamos volver atrás para coger de nuevo el ascensor.
Efectivamente no hay ya nadie de la familia.
Una mujer del servicio de limpieza se afana sacando los muebles de su sitio para rociarlos con lejía mientras en el pasillo los auxiliares recogen las tazas del desayuno y pasean los carros llenos de toallas y sábanas limpias. Deben ser las nueve de la mañana y el hospital está en plena ebullición.
- Te dije que ya no estaban aquí - comenta Mario.
- Ya, pero es demasiado pronto para ir a la Magdalena, y pensé que era mejor venir antes a la clínica - le digo yo.
- ¿Qué esperabas encontrar? - Pregunta en tono enojado
- Quería darle un beso a mi padre.
Ya no me contesta nada.
Bajamos las escaleras y nos dirigimos de nuevo al coche. Creo que han pasado apenas quince minutos y ya necesito de nuevo un cuarto de baño. Durante el viaje me he bebido entera la botella de agua y mis riñones han hecho su trabajo.
En el coche hace calor. Estamos en pleno mes de julio y el vehículo no tiene aire acondicionado. En el rato que lo hemos dejado aparcado le ha dado un sol de justicia y los protectores del limpiaparabrisas han servido de bien poco. Así que abrimos las dos ventanillas al máximo y encendemos el ventilador, que en vez de refrescarnos nos aturde un poco más.
De nuevo emprendemos viaje a ver si esta vez coincidimos con alguien de la familia.
Cuando llegamos allí nos encontramos con un edificio de nueva construcción pero arquitectura gótica. La puerta principal la sujetan dos columnas sobre las que un par de arcos concéntricos sustentan el cartel luminoso. Una verja negra rodea todo el recinto, que está lleno de pequeños arbustos y flores de colores, y en el lado izquierdo según se mira la puerta hay un gran aparcamiento en el que dos camiones parecen estar abandonados desde hace una década.
Hay algunos vehículos allí pero ninguno de los coches es conocido. No está el coche de mis tíos, ni el de mi primo y los demás son también matrículados en Castellón, así que los catalanes no han llegado aún.
La familia de Susana es catalana aunque su madre vive con ella y mi padre desde que se murió su marido. Todos ellos conducen grandes coches y visten ropa cara. Parece que últimamente se le habían pegado esos hábitos también a papá.
Cambió de esposa y cambió de vida.
Son pareja desde hace años y la verdad es que, aunque al principio me costó acostumbrarme a no ver a papá y mamá juntos, ahora lo normal es esto.
Se casaron en segundas nupcias hace sólo un mes, quizás porque se lo veían venir, pero llevan juntos muchos años.
Esperamos sentados en el coche, bajo las ramas del árbol más alto, para protegernos del sol, y en unos minutos aparecen mis tíos y mis primos. Ignoro dónde está Susana. Aparcan en otra de las sombras, bajan del vehículo, me dan un beso a mi y otro a Mario y empiezan a hablar cosas que yo no entiendo, no oigo o no quiero oír. Eso no importa, me da exactamente igual lo que la gente me diga, sólo quiero ver de una vez a mi padre.
La última vez que le vi fue el domingo. Estaba en su habitación y le ardía la piel cuando le cogí la mano. Pensé que debía ser por el calor pero tal vez tenía fiebre. Últimamente siempre tiene fiebre.
Tenía...
Intercambiamos sólo dos frases cortas. Yo le pregunté qué le pasaba, si es que había pasado mala noche, y le pedí que se tranquilizara para poder respirar más pausadamente. Él se retiró un segundo la máscara del oxígeno y con los ojos hundidos me dijo encogiéndose de hombros que ya estaba muy mal. El corazón me dio un vuelco y para que no me viera llorar usé como excusa mi incontinencia y le dije que mientras él descansaba yo iba al aseo. Antes que le llevaran al hospital nosotros nos marchamos para no verle subir en la ambulancia.
Yo no lo hubiera resistido.
El luminoso del tanatorio me está cegando.
El lunes fui a mi médico a pedirle tranquilizantes y el martes, hoy, teníamos planeado venir a Castellón, al hospital en el que ahora una mujer desconocida desinfecta hasta las paredes, pero al final nos encontramos en el tanatorio de la Magdalena. Sigo sin poderle ver y aun no le he dado un beso.
Me levanto y escribo en el libro que esté dónde esté nos proteja, a nosotros y al pequeño que está en camino, que va a ser imposible olvidarle y que le quiero. Tras de mi docenas de personas escriben algo y estampan su firma.
Suena el teléfono. Le doy un codazo a Mario para que atienda la llamada. El aparato está en su mesita de noche y yo me encuentro demasiado pesada para levantarme a cogerlo. Mientras él atiende la llamada yo pienso en la suerte que he tenido de que me despertaran porque tenía otra de mis pesadillas. Soñaba que le cogía una mano a papá y mientras miraba sus marcadas facciones, cetrinas ya, le decía a gritos !!! Vamos papá, abre los ojos y mírame... venga papito, mírame, no puedes morirte ahora !!!
Por tan solo cuarenta días...
Ni siquiera has llegado a conocer a tu nieto.
Para Juan Sánchez Valero.
Barbas, te llevo conmigo. Te quiero.
Sacha.
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Pasan por delante de mí y hay quien me dice algo imperceptible y hondo. Otros sólo me miran y no saben qué hacer, si acercarse o pasar de largo , y los más tímidos bajan la cabeza cuando notan que les observo.
Mario y yo estamos sentados en uno de los sofás, cogidos de la mano, y el resto de la gente se agolpa en el otro, conteniendo el aliento y mirando la talla de la habitación o los azulejos del suelo. Incluso hay quien sigue mirando el libro de firmas.
Me siento fuera de lugar, como si yo no encajara en este sitio, con esta gente.
- Voy a escribir en el libro. Supongo que luego se lo darán a Susana como recuerdo - le digo a Mario- y no quiero que falte mi firma.
- De acuerdo ¿Te acompaño?.- Pregunta él.
- No, sólo ayúdame a levantarme
Creo que han sido los primeros pasos firmes que doy en todo el día. Mario no escribirá. Esas cosas no van con él: permanecerá cada minuto a mi lado sin mediar palabra y se encargará de que yo no caiga cuando me fallen de nuevo las piernas.
He notado cada una de mis pisadas sobre el suelo helado, como todo aquí, y he oído el sonido de mis zapatos al dejar caer el talón sobre el suelo, y el sonido de mis huesos al mover el pie: talón, punta, talón, punta... y al fin he llegado hasta el atril en el que el enorme libro está abierto y vacío, como todo aquí.
He de intentar que esta habitación pierda el carácter vacuo.
Escribo unas pocas palabras y vuelvo a mi sitio, en el cómodo sofá verde, reclino mi cabeza sobre el hombro de Mario y cierro los ojos durante unos instantes. Tengo mucho sueño. El trajín de los últimos días debe ser, y el embarazo, que me produce somnolencia.
Temo dormirme aquí.
El embarazo casi ha llegado a término y mi pequeño se mueve como si estuviera en un parque de atracciones. Ya no hace las piruetas del mes pasado porque apenas le queda espacio, pero sus patadas son muy fuertes. Mucha gente me ha preguntado hoy qué nombre le voy a poner y muchos intentan convencerme para ponerle el de mi padre. Me pongo de muy mal humor cuando insisten. La gente a veces no se da cuenta de lo molesta que es con sus comentarios. Pero me niego a contestarles nada.
Sólo guardo silencio.
Durante esta semana mi vientre ha crecido más que nunca. El bebé no tardará en nacer, será prematuro, seguro. Lo anuncia con patadas y movimientos, dejando, casi siempre, un pie o un codo dentro de mis costillas. A mi padre le hace gracia cómo me quejo. Así que me quejo de sobra cuando estoy con él, porque en realidad no me molesta tanto como digo, pero así tenemos un tema del que hablar con el que parece estar entretenido. Teníamos.
Se enfada porque no he logrado dejar el tabaco del todo y sabe cuándo salgo de la habitación para calar un par de veces en un pitillo que me sabe agrio. Quiero dejar de fumar pero no tengo voluntad. Fumo poco pero me remuerde la conciencia cada vez que el pequeño me patalea. El único consuelo es que sigo a pies juntillas los demás consejos del obstetra: no bebas, pasea, aliméntate bien, descansa ¿Descansa?... éste no se si lo cumplo. Por eso tengo ahora tanto sueño.
Se enfadaba...
Antes de verme en esta habitación recuerdo haber pensado que Mario acababa de hablar por teléfono. Era muy temprano y los dos estábamos aún aturdidos sin saber qué hacer. El teléfono había sonado siendo apenas las siete de la mañana y yo me había levantado durante la noche unas cuatro veces.
Hemos de dormir más pero no tenemos de dónde sacar el tiempo.
Mientras él conversaba yo había conseguido ponerme de pie sola y acercarme al otro lado de la cama. Al sentarme junto a él, el colchón cedió.
Recuerdo que me he puesto a llorar intentando mirarle a la cara pero con la mirada perdida en realidad. Tampoco Mario me miraba. No me ha dicho de quién era la llamada pero lo sé de todos modos. Su mirada estaba perdida como la mía.
Tenemos demasiado sueño.
Al final me he levantado, he abierto el armario y he buscado dos mudas de ropa premamá. Una me la pondré y la otra la meteré en la bolsa de viaje junto a la bolsa de aseo que tengo preparada para ir al hospital en el momento del parto. También la bolsa del pequeño está lista: una muda completa, unos cuantos pañales, su primer chupete, una esponja de fibras naturales, gel para bebés y crema contra irritaciones, el vestidor... siempre tengo la sensación de que algo se me olvida y reviso la lista a diario para tratar de recordar qué es.
- Vamos, vístete – le digo a Mario bruscamente.
- Cálmate, relájate... no tengas tanta prisa. Tu tienes que moverte despacio ¿Qué estás haciendo?- Responde él.
- Preparo una bolsa con ropa. No creo que hoy volvamos a casa a dormir ¿Sabes dónde hemos de ir? ¿Te han dicho algo? – No dejo de hacerle preguntas.
Sí lo sabe. Es capaz de conducir hasta allí sin mostrarse nervioso y estar atento a los frenazos para que yo no me golpee con la luna delantera al no llevar cinturón. Vamos por la autopista y en apenas una hora hemos llegado. Pero antes de entrar yo necesito encontrar un sitio en el que orinar. Entre los nervios y el embarazo me ha venido justo aguantar el viaje. Usaré mis pañuelos de papel ya que como en todos los aseos públicos no hay papel higiénico aquí y luego me lavaré la cara y las manos para que no se note cuánto he llorado. Estoy sudada pero no huelo mal porque he vaciado el frasco de desodorante antes de salir de casa. Me pregunto si voy bien, si mi ropa es la adecuada, mis pies ¿Están hinchados? Salgo del baño, me agarro de nuevo al brazo de Mario y comenzamos a andar hacia el interior.
Aquí no hay nadie ya, ni siquiera mi tío, que estaría sentado en el patio. Siempre está en los bancos del patio, mirando el césped y fumando olorosos y desagradables cigarros. Si estuviera aquí ya le habríamos visto.
De todos modos es mejor que nos aseguremos y por eso vamos a buscar el ascensor para subir sin que yo me fatigue. Al bajar nos olvidamos del ascensor y vamos a parar a las escaleras de caracol, de mármol, que resbalan como el fondo de una piscina de plástico. Pero una vez estamos allí ni nos planteamos volver atrás para coger de nuevo el ascensor.
Efectivamente no hay ya nadie de la familia.
Una mujer del servicio de limpieza se afana sacando los muebles de su sitio para rociarlos con lejía mientras en el pasillo los auxiliares recogen las tazas del desayuno y pasean los carros llenos de toallas y sábanas limpias. Deben ser las nueve de la mañana y el hospital está en plena ebullición.
- Te dije que ya no estaban aquí - comenta Mario.
- Ya, pero es demasiado pronto para ir a la Magdalena, y pensé que era mejor venir antes a la clínica - le digo yo.
- ¿Qué esperabas encontrar? - Pregunta en tono enojado
- Quería darle un beso a mi padre.
Ya no me contesta nada.
Bajamos las escaleras y nos dirigimos de nuevo al coche. Creo que han pasado apenas quince minutos y ya necesito de nuevo un cuarto de baño. Durante el viaje me he bebido entera la botella de agua y mis riñones han hecho su trabajo.
En el coche hace calor. Estamos en pleno mes de julio y el vehículo no tiene aire acondicionado. En el rato que lo hemos dejado aparcado le ha dado un sol de justicia y los protectores del limpiaparabrisas han servido de bien poco. Así que abrimos las dos ventanillas al máximo y encendemos el ventilador, que en vez de refrescarnos nos aturde un poco más.
De nuevo emprendemos viaje a ver si esta vez coincidimos con alguien de la familia.
Cuando llegamos allí nos encontramos con un edificio de nueva construcción pero arquitectura gótica. La puerta principal la sujetan dos columnas sobre las que un par de arcos concéntricos sustentan el cartel luminoso. Una verja negra rodea todo el recinto, que está lleno de pequeños arbustos y flores de colores, y en el lado izquierdo según se mira la puerta hay un gran aparcamiento en el que dos camiones parecen estar abandonados desde hace una década.
Hay algunos vehículos allí pero ninguno de los coches es conocido. No está el coche de mis tíos, ni el de mi primo y los demás son también matrículados en Castellón, así que los catalanes no han llegado aún.
La familia de Susana es catalana aunque su madre vive con ella y mi padre desde que se murió su marido. Todos ellos conducen grandes coches y visten ropa cara. Parece que últimamente se le habían pegado esos hábitos también a papá.
Cambió de esposa y cambió de vida.
Son pareja desde hace años y la verdad es que, aunque al principio me costó acostumbrarme a no ver a papá y mamá juntos, ahora lo normal es esto.
Se casaron en segundas nupcias hace sólo un mes, quizás porque se lo veían venir, pero llevan juntos muchos años.
Esperamos sentados en el coche, bajo las ramas del árbol más alto, para protegernos del sol, y en unos minutos aparecen mis tíos y mis primos. Ignoro dónde está Susana. Aparcan en otra de las sombras, bajan del vehículo, me dan un beso a mi y otro a Mario y empiezan a hablar cosas que yo no entiendo, no oigo o no quiero oír. Eso no importa, me da exactamente igual lo que la gente me diga, sólo quiero ver de una vez a mi padre.
La última vez que le vi fue el domingo. Estaba en su habitación y le ardía la piel cuando le cogí la mano. Pensé que debía ser por el calor pero tal vez tenía fiebre. Últimamente siempre tiene fiebre.
Tenía...
Intercambiamos sólo dos frases cortas. Yo le pregunté qué le pasaba, si es que había pasado mala noche, y le pedí que se tranquilizara para poder respirar más pausadamente. Él se retiró un segundo la máscara del oxígeno y con los ojos hundidos me dijo encogiéndose de hombros que ya estaba muy mal. El corazón me dio un vuelco y para que no me viera llorar usé como excusa mi incontinencia y le dije que mientras él descansaba yo iba al aseo. Antes que le llevaran al hospital nosotros nos marchamos para no verle subir en la ambulancia.
Yo no lo hubiera resistido.
El luminoso del tanatorio me está cegando.
El lunes fui a mi médico a pedirle tranquilizantes y el martes, hoy, teníamos planeado venir a Castellón, al hospital en el que ahora una mujer desconocida desinfecta hasta las paredes, pero al final nos encontramos en el tanatorio de la Magdalena. Sigo sin poderle ver y aun no le he dado un beso.
Me levanto y escribo en el libro que esté dónde esté nos proteja, a nosotros y al pequeño que está en camino, que va a ser imposible olvidarle y que le quiero. Tras de mi docenas de personas escriben algo y estampan su firma.
Suena el teléfono. Le doy un codazo a Mario para que atienda la llamada. El aparato está en su mesita de noche y yo me encuentro demasiado pesada para levantarme a cogerlo. Mientras él atiende la llamada yo pienso en la suerte que he tenido de que me despertaran porque tenía otra de mis pesadillas. Soñaba que le cogía una mano a papá y mientras miraba sus marcadas facciones, cetrinas ya, le decía a gritos !!! Vamos papá, abre los ojos y mírame... venga papito, mírame, no puedes morirte ahora !!!
Por tan solo cuarenta días...
Ni siquiera has llegado a conocer a tu nieto.
Para Juan Sánchez Valero.
Barbas, te llevo conmigo. Te quiero.
Sacha.
Noches frías
Con el mes de agosto se marchó.
Con el sol, en el verano,
dejé de ver el brillo de sus ojos
con el reflejo de la luz.
En verano fue cuando marchó.
Me dejó sola, desamparada,
en una casa de grandes salones
donde el infinito invadía el alma.
Y desde ese mes terrible y tórrido
no he vuelto a disfrutar sus manos.
No hay mas caricias, besos.
No hay amor porque no hay tiempo.
Aun sintiendo en mi cuello su aliento
y en mi piel el calor de la suya
no hay amor, no hay remedio.
No tenemos noches eternas ni sueños.
Nos queremos sin duda. Pero lejos.
El tiempo se detuvo en verano
y ahora, en pleno invierno
el reloj ya no funciona.
No hay remedio.
Sus manos suaves rozan mi cuerpo
sin darse cuenta que yo no duermo.
Le añoro, no le tengo.
Está lejos cada día y cada noche
es un infierno.
Quedan atrás los proyectos,
la vida común, el sueño eterno.
Se perdió la rebeldía junto al futuro.
Perdimos un futuro juntos
entre agosto y el invierno.
No nos vemos el alma ya
cuando miramos los dulces ojos.
No tenemos alma,
la secamos con el tiempo.
Desde agosto no soñamos
juntos, no hay planes nuevos.
Desde verano no nos vemos
y estamos juntos, eternos.
Pero juntos, próximos, nuevos,
no hay cariño ni hay aprecio.
Sólo hay sueño, lejanía,
sólo queda el frío invierno.
Con cada copo de nieve
hiela un trozo de corazón
y ya queda muy poco, cálido,
para mantener el amor.
Y cada noche su mano se deposita en mi vientre
sin que él sienta nada
porque hace tiempo que duerme.
Cada noche yo suspiro
con la esperanza de tenerle
despierto a mi lado
rozándome intencionadamente.
Y me duermo, caigo rendida
de cansancio y desespero
porque no recuerdo el día
en que me dijo te quiero.
Y no despierta, desde agosto,
seis meses fríos aunque calurosos.
Duerme y respira. Ignoro si sueña.
Mientras, como cada día,
mi pesadilla me desespera.
Siento el calor de su aliento,
junto a mi cuello el respirar.
El lóbulo se mantiene cálido
en un estremecer, desesperar.
Cada día se lo cuento.
No hay jornada sin hablar.
Pero las palabras vuelan
con este frío invernal.
No nos reconocemos
pero el amor trasciende.
Nos queremos, nos amamos.
Añoramos.
Él parece tan lejano
que convivir no apetece.
Compartir sábanas de algodón
no mantiene el alma caliente.
Y le amo desde agosto
más de lo que antes pude,
porque siento que le pierdo
mientras el frío acude.
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Con el sol, en el verano,
dejé de ver el brillo de sus ojos
con el reflejo de la luz.
En verano fue cuando marchó.
Me dejó sola, desamparada,
en una casa de grandes salones
donde el infinito invadía el alma.
Y desde ese mes terrible y tórrido
no he vuelto a disfrutar sus manos.
No hay mas caricias, besos.
No hay amor porque no hay tiempo.
Aun sintiendo en mi cuello su aliento
y en mi piel el calor de la suya
no hay amor, no hay remedio.
No tenemos noches eternas ni sueños.
Nos queremos sin duda. Pero lejos.
El tiempo se detuvo en verano
y ahora, en pleno invierno
el reloj ya no funciona.
No hay remedio.
Sus manos suaves rozan mi cuerpo
sin darse cuenta que yo no duermo.
Le añoro, no le tengo.
Está lejos cada día y cada noche
es un infierno.
Quedan atrás los proyectos,
la vida común, el sueño eterno.
Se perdió la rebeldía junto al futuro.
Perdimos un futuro juntos
entre agosto y el invierno.
No nos vemos el alma ya
cuando miramos los dulces ojos.
No tenemos alma,
la secamos con el tiempo.
Desde agosto no soñamos
juntos, no hay planes nuevos.
Desde verano no nos vemos
y estamos juntos, eternos.
Pero juntos, próximos, nuevos,
no hay cariño ni hay aprecio.
Sólo hay sueño, lejanía,
sólo queda el frío invierno.
Con cada copo de nieve
hiela un trozo de corazón
y ya queda muy poco, cálido,
para mantener el amor.
Y cada noche su mano se deposita en mi vientre
sin que él sienta nada
porque hace tiempo que duerme.
Cada noche yo suspiro
con la esperanza de tenerle
despierto a mi lado
rozándome intencionadamente.
Y me duermo, caigo rendida
de cansancio y desespero
porque no recuerdo el día
en que me dijo te quiero.
Y no despierta, desde agosto,
seis meses fríos aunque calurosos.
Duerme y respira. Ignoro si sueña.
Mientras, como cada día,
mi pesadilla me desespera.
Siento el calor de su aliento,
junto a mi cuello el respirar.
El lóbulo se mantiene cálido
en un estremecer, desesperar.
Cada día se lo cuento.
No hay jornada sin hablar.
Pero las palabras vuelan
con este frío invernal.
No nos reconocemos
pero el amor trasciende.
Nos queremos, nos amamos.
Añoramos.
Él parece tan lejano
que convivir no apetece.
Compartir sábanas de algodón
no mantiene el alma caliente.
Y le amo desde agosto
más de lo que antes pude,
porque siento que le pierdo
mientras el frío acude.