EL PERRO DEL OLIVO.

Os dejo un ejemplo de los relatos y narraciones que aparecerán en mi libro. Para abrir boca.


Tener la conciencia limpia es signo de mala memoria.

Un día apareció tumbado, bajo un olivo que había plantado en una rotonda, un perro grande que estaba en los huesos; tan delgado que la piel se le transparentaba dejando ver el interior de su cuerpo al trasluz. Tenía una mirada profunda que narraba los avatares que debía haber pasado hasta encontrar su ubicación; una mirada triste que rogaba afecto y suplicaba paz. Alguien le llevó agua y comida, nunca se supo quién, pero cada día aparecía alimento nuevo en buen estado y nadie importunaba ni molestaba al perro que solo salía de debajo del olivo para dar pequeños paseos por las calles cercanas. Normalmente dormía y descansaba tumbado bajo el árbol y cuando los aspersores de riego se ponían en marcha daba una vuelta por el parque.
Aquel se convirtió en el perro de todos y en el de nadie. No nos extrañaba encontrarle, verle, que estuviera allí, que paseara por nuestras calles. Formaba parte del entorno y del paisaje igual que los árboles de los parques o las señales de tráfico. Nadie se pregunta quién las ha llevado allí y todos se acostumbran a verlas. Era dócil, uno de esos perros que nunca ladra ni gruñe, y cuando algún niño le decía alguna tontería saltaba y jugueteaba lleno de alegría. Me agradaba verle. Cada vez que pasaba con el coche por aquella rotonda prestaba atención para comprobar que estaba tumbado en la hierba o que paseaba sin haberse alejado demasiado.
Me gustaba, así que un día me propuse que me inventaría su historia y la contaría en forma de cuento, y que pararía mi coche en la bocacalle y le haría una foto para ilustrar esa narración. Pero no lo hice.
Fue el perro del vecindario algún tiempo pero un día desapareció y yo no le he escrito una historia inventada todavía, que cuente de dónde salió, cómo fue a parar al olivo de la rotonda, quién le alimentaba, cómo sobrevivía y por qué nadie denunciaba su presencia para que el servicio municipal se lo llevara a una protectora. Era un vecino más y los vecinos hay a quien le gustan y hay a quien no, pero se convive en armonía siempre que es posible.
Le debía este recuerdo al perro del olivo que no tenía nombre.
Tal vez un día le escriba una historia.


SaCha Sp

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Retrasos.

Siento comunicar que la publicación de mi libro de relatos se va a retrasar un poco más de la cuenta. Problemas editoriales ajenos a mi control están provocando un retraso significativo en la edición. Lo que sí tenemos claro es el título del conjunto: No le vengas con cuentos a quien sabe de leyendas.
Como autora sigo muy ilusionada con este proyecto ya que por primera vez no se trata de un ensayo o un manual. Son mis narraciones, buenas o malas: las que salen de adentro.
Gracias a todos los que os vais interesando por el tema y preguntáis regularmente.Os iré informando.

No le vengas con cuentos a quien sabe de leyendas recoge relatos críticos que ponen en jaque las convenciones sociales. Usando como vehículo historias en las que se ven envueltos los más variados personajes se narra la historia de personas que tienen vidas comunes en las que les suceden cosas poco comunes. Los textos presentes en este libro suponen una crítica atroz y mordaz a los conceptos de familia tradicional y hábitat social, a la política, la religión, el sistema judicial y al entorno educativo; a la amistad, al amor, al odio, al perdón y a la venganza. Cada narración permite una lectura superficial en la que se encuentra una historia amena y, a la vez, sugiere una lectura más profunda, cargada de reflexión, que pretende que el lector se haga a sí mismo preguntas de mucho calado. El universo visto con los ojos de una persona con diversidad funcional.

GGM

Ayer se nos fue otro de los grandes.
Nos estamos quedando sin luz.

Debido al deterioro de su salud, el escritor Gabriel García Márquez anunció su retiro de la vida pública en noviembre de 2013 con una carta donde detalla lo que haría si le regalaran un trozo de vida:

Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera. Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma. A los hombres les probaría cuan equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse. A un niño le daría alas, pero le dejaría que el solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres… He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre. He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrá de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Trata de decir siempre lo que sientes y haz siempre lo que piensas en lo más profundo de tu corazón.
Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma. Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo, te diría “Te Quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.
Siempre hay un mañana y la vida nos da siempre otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.
El mañana no lo está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si mañana nunca llega, seguramente lamentaras el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo.
Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles, “lo siento” “perdóname”, “por favor”, “gracias” y todas las palabras de amor que conoces. Nadie te recordará por tus nobles pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos. Finalmente, demuestra a tus amigos y seres queridos cuanto te importan". 

Recogido en la Voz de América - Redacción. 17.04.2014

"El cerebro de Hugo"

He de mostrarme en desacuerdo con el hilo narrativo del documental que han emitido en La Noche Temática esta noche, la verdad. En "El cerebro de Hugo", una producción de 2012 dirigida por Sophie Révil y producida por Kwanza, hay bastantes confusiones entre Síndrome de Asperger y otros Trastornos del Espectro Autista  y desconciertan al espectador sobre conceptos y tratamientos. Por ejemplo, me gustaría aclarar que los Asperger, por esa condición en sí misma, no necesitamos tomar antipsicóticos. Si alguno los toma es por otras condiciones igual que los podría tomar un neurotípico, pero NO POR TENER ASPERGER. Las personas con Asperger adquieren lenguaje, hablan y se comunican a la edad en que todo el mundo lo hace. Los centros de día NO SON lugares de referencia para niños con Asperger . Lo mejor es una escolarización ordinaria, con apoyos si se necesitan, que no siempre se necesitan.
Por otro lado me ha dolido mucho que comenten el concepto de "madre-nevera" SIN DEJAR HIPERCLARO que es falso, sugieren que los Asperger tenemos esterotipias prácticamente todos (falso), nos presentan con tics, con movimientos estereotipados, retraídos; sugieren que aún hoy muchos profesionales siguen dando por perdidas a las personas con Asperger sin aclarar que esos profesionales se equivocan. Y en fin... Creo que la forma como nos presentan NO SE CORRESPONDE con la forma como somos los Asperger. Al menos no a los que yo conozco ni a mi misma. Hecho de menos en ese documental a los Asperger hipercinéticos, a los extrovertidos y a los Asperger autónomos e independientes.
Sin embargo encuentro bastante bien retratado el sufrimiento de las familias a través de la madre del protagonista y de la hermana de uno de los testimonios (sí, esa chica rubita con los ojos llorosos que dice que cuando va con su hermano la gente les mira y que no lo soporta más. Esa misma).
Considero que se narra la vida de las personas que tenemos Asperger desde una perspectiva muy sombría y poco alentadora.
Además me han confirmado que yo soy la oveja gris entre las ovejas negras. O algo. Porque yo no tengo habilidades especiales, no sé tocar el piano, no sé dibujar, no me aprendí las palabras del diccionario por orden alfabético, no alineaba objetos de pequeña, no aleteaba con las manos, se me da mal la tecnología y sin embargo, como los otros que son parecidos a mi, no tengo habilidades sociales, no sé cerrar el pico, no detecto cuándo estoy metiendo la pata y, en fin, soy una fracasada. Viendo este documental sobre Síndrome de Asperger de La2 me siento patética.
Estar fuera de lugar incluso entre los que es sabido y aceptado que están fuera de lugar me martiriza. Y lo peor es que no sé cómo manejar a mis hijos para que no sean como yo.
Triste. La verdad es que no me ha gustado el documental.
Puedes verlo tú mismo en: http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-noche-tematica/noche-tematica-avance-cerebro-hugo/2482848/
De todo el documental yo salvaría un testimonio (el de Florian) que trata de explicar la maraña neuronal que tenemos los Asperger. En mi caso al menos sería bastante acertada la descripción. Os dejo ese fragmento:

video





Yo quiero ir a prisión.

Después de todo se nos pide que tengamos fe en la justicia aunque a diario comprobamos que hay distintos raseros según a quién se juzgue y, sobretodo, según a quien se condene. Y a día de hoy estoy harta, más que harta, ofendidísima y frustrada, y en lo más hondo de mi corazón quisiera que me metieran en prisión con las mismas condiciones con las que entrará en ella el magnate de Ibiza Fernando Ferré, por ejemplo, o el célebre extesorero del Partido Popular, el "señor" Bárcenas. (Nótese que lo de señor está entrecomillado).
Lo de Ferré no tiene nombre. Habiendo abusado de sus trabajadores y defraudado a Hacienda en torno a los catorce millones y medio de euros pasará en prisión 7 años y pagará una sanción de 11 millones. A mi no me salen las cuentas: me faltan tres millones y medio de euros !Que no hablamos de calderilla eh!
Así las cosas dentro de siete años saldrá a la calle (antes, por aquello de la condicional y tal) y tendrá tres millones y medio de euros en sus bolsillos para gastar en lo que le salga del nabo.
A mi, que por todos es bien sabido que soy de letras puras y se me dan mal los números, me salen unos "ingresos" equivalentes a 500.000 euros por año de prisión. Oigan, es que yo por medio millón de euros al año también quiero que me arresten si en menos de una década me dejan en la calle forradísima y sin cuentas pendientes con la justicia. !Que menuda vida le iba a dar a mis hijos con ese dinero!
Mientras tanto habremos de ver qué pasa con esos trabajadores a los que Ferré ha estado explotando, que trabajaban 16 horas al día y vivían hacinados por 300 míseros euros al mes y sin contrato en muchos de los casos. Apuesto a que ellos también querrían entrar en prisión.
Está muy bien pagado, por lo que se ve, el empleo de estafador.

 
Nunca des explicaciones.
Tus amigos no las necesitan
y tus enemigos no las creen.

(O. Wilde)

!Pilateros!


Cuatro minutos y medio que resumen a la perfección lo que hacemos en una clase de Pilates Mat Work.
Para completar el trabajo de una hora se ejecutan varias repeticiones de cada uno de los ejercicios que se pueden ver en este vídeo realizado por la escuela Apta Vital Sport

)

Rutina de ejercicios Pilates Clásico - Apta Vital Sport.
Profesor Jose Vicente Tomás Córcoles.

Pasa el tiempo, pasa.



Hoy mi princesa cumple 8 años. 
Está empezando a dejar de ser una delincuente para convertirse en una señorita (aunque aún queda trabajo por delante, ojo). 
Es una niña perfecta llena de imperfecciones, lo cual la convierte en una persona extraordinaria. 
La amo.


Las palabras me permiten 
disculparme cuando cometo errores,
 el silencio tal vez haría que no los cometiera, 
pero es que yo adoro las palabras.




- ¿Cómo te llamas?
- Sacha
- Ui, mi vecina tiene una perra que se llama Sacha
- Que coincidencia, porque mi vecina tiene una gata que se llama Lola.
Anda, andaaa... es que siempre igual.

¿Por mi bien?

Miren, yo no soy víctima.
Si quieren considérenme culpable, pero víctima no, porque si no puedo alimentar, educar o aupar a alguien... seguramente elegiré no tenerlo.
Ustedes han recortado la atención sanitaria a la que tengo derecho y eliminado las ayudas a la dependencia y yo no traeré al mundo a un dependendiente que pasará toda su vida sufriendo, incluso cuando yo ya haya muerto.
Yo elegiré, en conciencia, abortar.
Y ustedes me obligarán a jugarme la vida al hacerlo.
Cuando me maten realizándome un aborto seré víctima: de su política, de su retrógrada adicción catolicista y de su falsa moral. Entonces seré víctima, no antes.
Seré víctima de su doble rasero porque seguramente sus hijas abortarán en una plácida clínica privada extranjera.
YO SOY CULPABLE: de decidir sobre mi cuerpo, mi vida y mi futuro, mi salud y la de mis descendientes. SOY CULPABLE.
Y además quiero ser LIBRE.
Malditos hipócritas.

CAMINA CONMIGO.





No camines delante de mí porque no podría seguirte. 
No camines detrás de mí, porque podría perderte. 
No camines debajo de mí, porque podría pisarte. 
No camines encima de mí, porque podría sentir que me pesas. 
Camina a mi lado, porque somos iguales.
__________________
Jorge Bucay, en Déjame que te cuente, ed. Integral, 1999

RaiNdrOps KeeP FalliNg oN My HeaD.



Montones de lagrimitas de esas pequeñas que se resbalan de los ojos sin que quieras, serpenteando por los pómulos hasta que se caen a algún lugar entre tu barbilla y el suelo. Y desaparecen. Montones de esas, que no se sostienen adentro, que no son controlables y que aparecen de forma inoportuna. Montones y montones de lágrimas por todas partes.
Creo que las personas, por mucho que se empeñen, no son felices. Solo hacen como que lo son, resignadas.
No hago más que ver lágrimas por todas partes.

Somos absurdos.



Lo único que hacemos es escribir un borrador que nunca tenemos tiempo de pasar a limpio y enfurecemos constantemente, con poca fortuna, como describía Aristóteles en la Ética a Nicómaco, porque cualquiera puede ponerse furioso, eso es fácil. Pero no es tan fácil ponerse furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta o en el momento correcto, por el motivo correcto y de la forma correcta. Eso no, no es fácil.
Nos enfadamos mucho y sonreímos poco.
Nos pasamos la vida esperando que pase algo y lo único que de verdad pasa es la vida, porque no tenemos el corazón en el cráneo ni el cerebro en el pecho, así que no pensamos con amor ni amamos con inteligencia. No entendemos el valor de lo importante hasta que ya se ha convertido en un insustancial recuerdo. Nos falta interés. Pensamos demasiado, sentimos poco y tememos cometer errores cuando en verdad de los errores y los fracasos salen las lecciones más valiosas.
Quiero reírme hasta que duela.
Cuando realmente quieres  un momento breve se convierte en una oportunidad.
Hay que disfrutar de una ducha caliente, de que no haya nadie delante en la cola del supermercado, de un masaje, una buena comida y una gran película. Hay que confiar pero sin ser ingenuo. Hay que ganar un desafío de vez en cuando y escuchar, pero sin perder la propia voz.
Cogerle la mano a alguien a quien quieres o encontrarte con un viejo conocido en la calle; despertar y ver que quedan aún unas horas por dormir; encontrar un objeto que dabas por perdido; sentir la humedad de la lluvia al caer, tomar un cortado, un chocolate caliente o una infusión... Es vivir.
Morimos el día en que guardamos silencio ante las cosas que importan. Hay que quejarse, pero lo justo. Hay que temer menos: solo lo justo. Hay que amar más y dar más, sin permitir que te utilicen.

PaLaBraS BoNiTaS.




Esta es mi lista (inconclusa) de palabras bonitas que puede que signifiquen cosas feas, o no. No están por orden alfabético ya que las añado tal como las voy encontrando o llegan a mi memoria:

- Indisoluble: Que no se puede disolver.
- Dédalo: Laberinto.
- Melindroso: Delicado afectada y excesivamente en palabras, acciones y ademanes.
- Obnubilada: Que ve como a través de una nube.
- Exabrupto: Salida de tono, como dicho o ademán inconveniente e inesperado, manifestado con viveza.
- Desolación: Aflicción extrema.
- Cianuro: Sal del ácido cianhídrico. Líquido incoloro, muy volátil, de olor a almendras amargas y muy venenoso.
- Antagonismo: Contrariedad, rivalidad, oposición sustancial o habitual, especialmente en doctrinas y opiniones.
- Desidia: Negligencia, inercia.
- Contrariedad: Oposición que tiene una cosa con otra. Accidente que impide o retarda un logro o deseo.
- Duelo: Dolor, lástima, aflicción o sentimiento. Combate o pelea entre dos, a consecuencia de un retmbate o pelea entre dos, a consecuencia de un reto o desafíoo desafío.
- Reproche: Atribución a alguien de las consecuencias de una acción dañosa o ilegal, mediante la exigencia de responsabilidad civil o penal. Hecho que se echa en cara.
- Miscelánea: Mixto, vario, compuesto de cosas distintas o de géneros diferentes.
- Inferencia: Consecuencia o deducción obtenida de otra cosa.
- Coraje: Impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor.
- Alexitimia: Desorden neurológico que consiste en la incapacidad del sujeto para identificar las emociones propias. (Aportación del blog Mundo Asperger)
- Resilencia: Capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional. Desamparado: Abandonado, sin el amparo o favor que necesita.
- Anulación: Acción y efecto de anular o anularse.
- Chabacano: Sin arte o grosero y de mal gusto.
- Cafeinómano: Adicto a la cafeína.
- Melancolía: Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.
- Atisbar: Mirar, observar con cuidado, recatadamente.
- Circunloquio: Rodeo de palabras para dar a entender algo que hubiera podido expresarse más brevemente.
- Melómano: Persona fanática de la música.
- Holgazanería: Ociosidad, haraganería, aversión al trabajo.
- Murmurar: Hacer ruido blando y apacible. Hablar entre dientes, manifestando queja o disgusto por algo.
- Arremolinar: Amontonarse o apiñarse desordenadamente.
- Supervisar: Ejercer la inspección superior en trabajos realizados por otros.
- Licántropo: hombre lobo.
- Misántropo: Persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano.
- Sollozar: Respirar de manera profunda y entrecortada a causa del llanto.
- Ronronear: Producir una especie de ronquido, en demostración de contento.
- Arrebatar: Quitar con violencia o fuerza.
- Zarrapastroso: Desaseado, andrajoso, desaliñado y roto.
- Asintomático: Que no representa síntomas de enfermedad.
- Pleitesía: Rendimiento, muestra reverente de cortesía.
- Damnificado: Que ha sufrido grave daño de carácter colectivo.
- Susurro: Ruido suave y remiso que resulta de hablar quedo.
- Indolente: Que no se afecta o conmueve.
- Pusilánime: Cobarde y sin valor.
- Andrajoso: Cubierto de andrajos (prenda de vestir vieja, rota y sucia)
- Alogia: Se refiere al empobrecimiento del pensamiento y de la cognición.
- Paroxismo: Exaltación extrema de los afectos y pasiones. En medicina es  el accidente peligroso o casi mortal, en que el paciente pierde el sentido y la acción por largo tiempo y la exacerbación de una enfermedad.
- Exacerbación: Irritación, causar muy grave enfado o enojo.
- Anhedonia: Dificultad para experimentar interés o placer por las cosas que antes le gustaba hacer o por las actividades normalmente consideradas placenteras.
- Maula: Cobarde, despreciable. Persona tramposa, mala pagadora, perezosa y mala cumplidora de sus obligaciones.
- Cenicérrima: Dícese de aquella mujer que es ceniza en grado superlativo. Cenizo significa "del color de la ceniza" y coloquialmente se llama cenizo al  aguafiestas, a la persona que tiene mala sombra o que la trae a los demás. (Aportación de Rafa Gómez).
- Caleidoscopio: Tubo ennegrecido interiormente, que encierra dos o tres espejos inclinados y en un extremo dos láminas de vidrio, entre las cuales hay varios objetos de forma irregular, cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir volteando el tubo, a la vez que se mira por el extremo opuesto.
- Eutimia: Término general con que se designan los estados de sosiego y paz, de ánimo o humor placenteros.
- Distimia: trastorno afectivo (o del estado de ánimo) que a menudo se asemeja a una forma de depresión grave.
- Histrionico: Se aplica a la persona que actúa o habla gesticulando de manera exagerada y marcando excesivamente su expresión.  
- Acetilcisteína:  es un principio activo con propiedades mucolíticas. Rompe los enlaces de disulfuro tanto de las secreciones mucosas como de las mucopurulentas, logrando que sean menos viscosas.
- Brújula: Instrumento consistente en una caja en cuyo interior una aguja imantada gira sobre un eje y señala el norte magnético, que sirve para determinar las direcciones de la superficie terrestre.
- Voluble: De carácter inconstante.
- Gregario: Dicho de una persona: Que, junto con otras, sigue ciegamente las ideas o iniciativas ajenas.

(Continuará).

DeJaNDo QuE La ViDa Me DeSPeiNe. Lo PeOr QuE PuEDe PaSaR Es QuE TeNGa QuE VoLvEr A PeiNARmE.

Teléfonos.

Suena mi móvil.
Lo busco en el interior del bolso, lo encuentro, lo saco de la funda, miro la pantalla e identifico a la llamante: "Ruth (Psico Asociación)", me dice la pantalla. Acaba de dar a luz, hace unas horas, ayer a lo sumo. Me alegro mucho por ella. Me siento muy feliz por ella.
Descuelgo y a grito "pelao" suelto:
- Holaaaa mamaaaaaaaaa, iba a llamarte a medio día para no pillarte con visitas médicas. ¿Cómo estás?, ¿qué tal el bebé? ,¿Cómo te sientes?, ¿Qué tal ha ido el parto?, ¿Estás contenta?, ¿Necesitas que te consiga toallas para limpiarte las babotas? !!Quiero verlaaaaaa!!!
De momento: silencio.
Unos segundos más tarde una voz pausada me dice:
- Hola Sacha, que soy Eva con el teléfono de Ruth. Ya imagino que a estas horas debe estar babeando, pero en fin, que no soy ella ¿Te centras? Soy Eva, de la asociación, con el teléfono de la asociación que suele llevar Ruth. Claro, te has confundido...
!Dios! Definitivamente odio los teléfonos.

FeLiNoS.

Los gatos son animales de costumbres, pacíficos, juguetones, cariñosos y libres. Solo quienes vivimos con ellos sabemos realmente qué clase de ser se esconde bajo esa piel suave y esas garras ocultas. Yo tengo tres, adoptados, acogidos o encontrados, que me despiertan por las mañanas para que les ponga comida, se acuestan a mi lado o sobre mí por las noches y se me enredan entre las piernas para ofrecerme cariño justo en los momentos en los que lo necesito. Antes tuve otros dos, con los que viví casi dos décadas, a los que no consigo olvidar de ninguna de las maneras y a los que añoro cada día, muy fuerte. Formaron parte de mi, de mi vida, de mi entorno, de mis mejores y mis peores momentos. Y ya no están. Murieron de viejos con apenas unas semanas de diferencia y quiero creer que la segunda, una hembra europea de colores blanco y negro, se fue por pena. Soy así de romántica cuando he de dar explicaciones respecto a algo que realmente no sé explicar.
Con aquellos dos primeros gatitos que me adoptaron me hice persona, me hice adulta, me hice casi como soy ahora. Con ellos me hice independiente, fuerte pero mimosa, adquirí coraje y escondí miedos, me volví paciente y aprendí a mantenerme al acecho. Con los que tengo ahora sigo ejercitando esas potencialidades y adquiriendo o mejorando otras que me vuelven a mi un poco más gata cada día. Pero sigo sin ser tan gata como me gustaría.
Les envidio porque mis costumbres no son más que rutinas autoimpuestas, no estoy segura de ser pacífica aunque trato de ser educada, no soy juguetona sino sosa y aburrida y nunca me he sentido del todo libre. Y aún así me siento gata, felina. Siempre ha sido así. Tal vez porque en una vida anterior fui una gatita que hoy expía sus osadías pagando el precio de estar en un cuerpo de persona, con los problemas y las miserias propias de una persona. Me quedaron de aquella vida anterior, eso sí, algunos rasgos como la ferocidad, con la que soy capaz de defender y proteger a mis hijos; manías como la de ronronear cuando me siento cómoda, el gusto por dormir de día y espabilar de noche; despertar con mucha facilidad, como si siempre estuviera en estado de alerta y con la misma facilidad dormirme si me siento relajada y segura.
Pero aún así no soy tan felina como o quisiera.

Un mono y una magdalena.

" El día que alguien invente un teléfono inteligente, que en lugar del número o el nombre del llamante nos explique en la pantallita con qué intenciones llama y si tiene pleitos con nosotros, ese repugnante aparato y yo empezaremos a entendernos."

Bien, aquí está la clave, en el libro El señor de las Llanuras de Javier Yanes (Plaza y Janés, 2009). En el capítulo 14, llamado "Un mono y una magdalena" he encontrado un tesoro. Página 190.
Cito y reproduzco:
"Odioso, el teléfono. Tengo aprendido por experiencia que no hay buena noticia que le llegue a uno por el teléfono, y menos cuando su grosero y mezquino timbrazo se interpone entre los cabos de dos ideas que están a punto de enlazarse para conjeturar esa frase, conclusión, reflexión, hipótesis que distingue a un relámpago de inspiración de un vulgar producto del trabajo. Elige para sonar el peor momento, y cada vez que repica su machacona campanilla histérica es como un zafio patán codeando en el metro, reclamando un protagonismo que nos obliga a desatender las cosas que tenemos alrededor. Rara vez esas cosas llegan a ser tan repulsivas como para que el teléfono nos ofrezca algo mejor.
El mundo se divide en dos clases de personas: los que llaman y los que son llamados. Los que somos llamados nunca somos los elegidos, salvo para que quien llama nos haga partícipes de sus desgracias o conscientes de las nuestras propias. A pesar de todo no podemos vivir sin un teléfono, como no podemos dejar de comprar lotería de Navidad, y de esos mecanismos similares viven los organismos de loterías y las compañías telefónicas: esperamos que algún día nuestro número nos traiga algo bueno. Pero muy rara vez ocurre, y si lo hace, rara vez amortiza la inversión de varios años recibiendo frustraciones y vapuleos. El día que alguien invente un teléfono inteligente, que en lugar del número o el nombre del llamante nos explique en la pantallita con qué intenciones llama y si tiene pleitos con nosotros, ese repugnante aparato y yo empezaremos a entendernos."
Si alguna vez tuviera la oportunidad de conocer a Yanes en persona le plantaría un beso en los morros por haber logrado explicar con tanta maestría lo que yo llevo años intentando que los que me rodean entiendan y acepten. Yo no lo he logrado, espero que con sus palabras todo el mundo quede enterado.
No tiene desperdicio, ni la descripción de los teléfonos odiosos ni el libro mismo. Os lo recomiendo porque además de ser riquísimo en vocabulario es ligero de leer y en cuatro tardes os habéis hecho con él.


Días.

¿Qué sucede con esos días que no vives?
Cuando un día acaba y te das cuenta que no has parado pero no tienes la sensación de haberlo vivido...
Me refiero a ese tipo de días. Me pregunto qué sucede con ellos: si ya los hemos perdido para siempre o quedan almacenados en algún sitio para poderlos retomar en otro momento.
¿Cuando un día se te evapora no lo puedes recuperar de ninguna forma?
Y si eso sucede varios días, consecutivos o no ¿Los pierdes por siempre?
 Me hago vieja perdiendo días que no me doy cuenta de haber vivido y a la vez hay días que sé que es mejor perderlos. Pero al final he perdido tantos, tantos, tantos, que me he plantado en casi cuarenta años y no recuerdo días de infancia, días de adolescente, días de jovencita con ambiciones, ni siquiera algunos días de la actualidad.
No sé si pierdo el tiempo, pierdo las ambiciones o pierdo la memoria.
Me siento como un payaso sin público.


EN UN CARRITO DE BEBÉ.

Después de dos semanas hospitalizada, esperando una cesárea, mi hija nació un 7 de marzo para que todo el mundo pudiera recordar siempre que su nacimiento se produjo justo el día anterior a la celebración del día de la mujer trabajadora. Hasta ese año no falté nunca a las manifestaciones y concentraciones que se producen en mi ciudad en conmemoración de esa fecha. Los últimos cuatro, hasta que mi hija nació, acudí con mi otro hijo, el mayor, con la convicción moral de que un hombrecito que hubiera salido de mi vientre defendería toda su vida la igualdad entre mujeres y hombres, los derechos de los trabajadores, la integración y la solidaridad.  Y por el momento eso parece.
Mi hijo fue diagnosticado con un trastorno del espectro autista durante el tiempo en que estuve embarazada de mi hija. Unos meses después, tras montones de visitas a psicólogos, psiquiatras, terapeutas y demás, supimos que se trataba en concreto del síndrome de Asperger. Meses y meses, uno tras otro, larguísimos e interminables, le llevamos a sus terapias a él, con ella, la pequeña, metida en el carrito de bebé. Y el caso es que nunca escuché una queja de parte de mi hija… Tal vez porque es algo que ha vivido desde su nacimiento. Siempre ha tenido que venir con nosotros a las terapias y visitas médicas, desde que nació, y mientras su hermano recibía asistencia ella se quedaba conmigo en el coche escuchando música, paciente, o dibujaba garabatos en la servilleta de una cafetería en la que merendábamos (poco, que la vida no está como para consumir mucho).
En mi bolso siempre he llevado una libreta para hacer pictogramas con los que anticipar acciones a mi hijo pero se ha usado más para que mi hija haga sus dibujos en los tiempos de espera que en otra cosa. Hemos pasado frío y calor, hemos soportado lluvia en invierno y verano y hemos tenido que hacer malabarismos para llegar a sitios en los que no había aparcamiento, o el paso estaba cerrado, un niño de  cuatro, cinco, seis años, y una madre con un bebé de meses, un año, dos, tres… Algunos de esos momentos han sido verdaderamente angustiosos y cuando a mi se me saltaban las lágrimas preguntándome por qué a mi hijo, por qué a nosotros nos ocurría aquello, mi niña me pedía que le contara un cuento o le cantara una canción, como si supiera las estrategias a usar para cambiar la atención de una persona con Asperger, y le daba la vuelta a mi chip haciéndome desconectar de esa angustia que yo sentía.
Ahora mi hija tiene seis años y sus comportamientos son tan típicos de las personas con Asperger como los de su hermano. No sé si trata de un comportamiento de imitación porque es lo que ha visto y vivido siempre o si se trata de su forma de ser natural y resulta que también ella tiene el síndrome. Los genes son una mala broma de la naturaleza. Yo lo sé. Por eso estamos en este momento pendientes de un diagnóstico que confirme o descarte que en adelante también ella necesitará hacer un viaje tras otro a su terapia, a su taller de habilidades sociales,  a la logopeda, a la psiquiatra o neuropediatra o a la caseta de la guardia civil a denunciar una vez tras otra que los compañeros de colegio la han agredido, le han pegado, le han empujado, le han retorcido el brazo hasta casi partírselo, la han amenazado, la han hostigado, le han escondido la ropa durante la clase de gimnasia para que tenga que salir a buscarla al patio llevando solo la ropa interior puesta… Me angustia que el diagnóstico se confirme. Me angustia mucho. Pero no me angustia porque mi hija pueda, como su hermano, tener el síndrome de Asperger, ya que he comprobado con los años que con el síndrome de Asperger se es mejor persona que sin él. Lo que me angustia es que, por serlo, acabe sufriendo lo mismo que mi hijo ha sufrido sencillamente por ser diferente.
La parte positiva de todo esto es que sé con toda seguridad que tanto uno como la otra no serán nunca crueles con los demás, ni rechazarán a nadie por ser del otro sexo o de otra raza, sé que respetarán a las demás personas y cumplirán las normas a rajatabla y sé que su forma especial de transmitir amor seguirá haciendo felices a los demás. Lo sé, sencillamente porque les conozco. Lo sé, simplemente porque personas con el síndrome de Asperger y quienes lo viven de cerca no pueden, de ninguna manera, ser crueles con los demás.

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En Autismo Madrid: http://www.autismomadrid.es/federacion-autismo-madrid-blog/ii-concurso-de-relatos-n%C2%BA-2b-vida-activa-por-sacha-sanchez-pardinas/

Una lección de optimismo.


El 18 de septiembre de 2007, el profesor de ciencias informáticas y científico Randy Pausch tenía previsto dirigirse a 400 estudiantes y colegas de la Universidad Carnegie Mellon para cumplir con una tradición académica denominada 'Última lección' (Last Lecture). Esta última lección es una oportunidad que las universidades americanas conceden a los profesores que se van a retirar para poder expresar libremente sus pensamientos a la comunidad universitaria. Lo que nadie se esperaba es que abriese su intervención con un anuncio: tenía cáncer de páncreas y los médicos le daban entre tres y seis meses de vida. 'Cómo cumplir verdaderamente los sueños de tu infancia' se tituló aquella última lección sobre la perseverancia, una lección de vida y muerte que, gracias a Internet, se convirtió en un éxito mundial y, después, en un libro escrito junto a Jeff Zaslow, reportero del Wall Street Journal, titulado 'The Last Lecture'.
En su página web se recogen varias grabaciones y vídeos de Randy Pausch y se habla del cáncer de páncreas y el tratamiento recibido por él para la metástasis. Para intentar frenar el cáncer, este profesor se sometió a agresivas cirugías y quimioterapia experimental. Pero la enfermedad siguió su curso y casi 10 meses después de anunciarlo, Pausch falleció en su casa de Chesapeake, Virginia, a los 47 años. Sus últimos meses de vida fueron una verdadera crónica de una muerte anunciada y amplificada por su éxito global en la Red.
El libro hoy es un best-seller que ha llegado a 32 idiomas y ha vendido más de cinco millones de ejemplares. La Última Lección es una lección de optimismo y de vitalidad. Es uno de esos libros que te enganchan y que te hacen sentir afortunado por la cantidad de oportunidades que tenemos. En él relata su infancia, sus sueños, habla de sus alumnos, su familia, su éxitos y sus fracasos. Sus frases («no podemos cambiar las cartas que nos han dado, sólo decidir cómo jugar con ellas») se comentan y repiten, entre el homenaje y la admiración. Una lectura muy recomendada, rápida de leer y que tiene en sus páginas una ración de optimismo desbordante.
De su libro él mismo dijo que es una mirada personal a mis sueños de infancia y a todas las lecciones que he aprendido. Al escribir he descubierto que esta es una buena manera de compartir los sentimientos hacia mi mujer, mis hijos, o aquellos a los que quiero. Sabía que no podría hablar de estos temas en el escenario sin emocionarme.
Puedes ver una versión resumida (10 minutos) de su conferencia pinchando aquí: Randy Pausch. La última lección.   Está subtitulada en castellano.

Gracias.

Hoy es uno de esos días grises en los que el sol no se ha dignado a brillar ni unos minutos para calentar nuestros rostros secando con el calor nuestras penas. Y yo llevo horas mirando por la ventana viendo a la gente pasar, ocupados con sus quehaceres pese al día feo que ha salido.
No llueve tampoco. No ha caído ni una gota aunque amenace tempestad todo el tiempo.
No he podido sumergirme en la tormenta para mojar, lavar, diluir ni arrastrar mis pesares.
Hoy es uno de esos días en los que no sucede nada y a la vez sucede todo, porque ni siquiera sopla el viento, ni una brizna, ni un resoplido que golpee este peso y lo haga volar lejos como vuela la hoja seca de un árbol caduco. Y no hago más que mirar por la ventana y observar a todas esas personas pasar, arropándose con prendas de abrigo, arrastrando carritos de bebé o cargando con las bolsas de la compra.
No puedo evitar mirarles y preguntarme si están tan solos como nosotros, como tú y yo, que nos tenemos uno al otro pero no tenemos en el fondo a nadie más.
No hago más que mirar a través de la ventana y hacerme preguntas constantemente, una tras otra, sin poder parar.
Supongo que las anomalías que sufrimos nos han convertido en seres anónimos, invisibles, transparentes e insignificantes. Nosotros nos metimos en los tiempos de crisis mucho antes que todos los demás. Tal vez incluso hemos vivido siempre en tiempos de crisis y por eso no le damos importancia a la situación social actual. Ni siquiera le dimos importancia antes, cuando los demás no estaban así pero nosotros sí lo estábamos. Nos bastaba con un par de giros, unos cuantos equilibrios, algo de malabarismo y salíamos adelante. Ni siquiera le daremos importancia después, cuando todos los demás ya no estén en esa situación, aunque nosotros sigamos hundidos en ella. Porque nunca le hemos dado importancia a los tiempos de crisis. Nos han pasado por encima, por debajo y por los costados, y hemos conseguido que resbalaran y pasaran de largo.
Tal vez no sea esa la causa. Quizás somos una familia demasiado especial, demasiado diferente, demasiado cansada o demasiado verde. Pero no puedo dejar de preguntarme cómo ha sucedido todo, cuándo empezó y cuándo acabará.
Esto nunca termina.
Tenemos dos razones, dos fundamentos para sentirnos unidos a pesar de los pesares. Dos pequeñas copias de nosotros mismos siguen haciéndonos sonreír y llorar, avanzar y bloquearnos, sufrir y disfrutar. Y eso es invariable. Eso siempre será así. Eso hará que siempre tengamos algo en común: dos razones para compartir momentos importantes.
El mayor avanza. Y me siento muy orgullosa de él, de que logre superar los enfrentamientos, de que sepa ignorarles, marcharse, desaparecer, volverse transparente, anónimo, invisible, como nosotros tantas veces. Su rodilla apenas tiene un rasguño que ya no le dolerá mañana y el pantalón yo lo coseré. No importa.
La pequeña traía en las manos un dibujo de colores muy vivos en el que aparecíamos tú y yo, su hermano y ella, envueltos en auras de colores fosforescentes y brillantes. Yo vestida de oscuro, ella vestida de rosa, su hermano y tú vestidos con ropa de colores neutros y con esos pelos de punta que os caracterizan y que no se le pasan por alto a la ratona dibujante.
Tenemos dos razones comunes para crecer.
Pero a pesar del orgullo que siento por él, a pesar de lo que me gusta el dibujo que ha hecho ella, no puedo dejar de mirar por la ventana y preguntarme si toda esa gente que va, y que viene, y que luego vuelve a pasar de nuevo, o no, se sienten tan abatidos como yo, o tan solos como nosotros, solos, a pesar de que ambos nos tengamos uno al otro. A pesar de que no nos tengamos tampoco.
Y no puedo dejar de preguntármelo porque hoy podríamos estar en prisión y nadie lo sabría.
Podríamos desaparecer por completo, uno de nosotros, tú o yo, o los dos, y nadie lo sabría.
Y no puedo, no consigo, dejar de preguntarme qué hemos hecho para que nadie nos eche de menos.
Trato de encontrar respuestas, por lo que me planteo que al menos cada uno de nosotros sí se daría cuenta de la desaparición del otro, lo que significa que no estamos solos por completo ni siquiera ahora. Me digo a mi misma que tenemos la suerte de afrontar las cosas juntos, de salir adelante juntos y de apoyarnos uno en el otro en las peores situaciones, y que cuando además de las dos razones que nos unirán por siempre hay otras cuestiones comunes que nos machacan, o que nos levantan, o que nos hunden o nos animan, podemos cogernos de la mano y hacer como que no pasa nada.
Estamos cerca y a la vez lejos, distantes, pero unidos, y me doy cuenta cada una de las veces que te falta la sonrisa, como creo que te das cuenta tú cuando me falta a mi.
Sé que cuando algo importante, como ha sucedido hoy, me afecta y te afecta, podemos contar uno con el otro y enfrentarnos a lo que sea cogiéndonos de la mano, aunque nadie recuerde que existimos y nadie nos eche de menos ni siquiera desapareciendo por días.
Porque tú y yo somos transparentes, invisibles, anónimos, insignificantes e inexistentes.
Pero no puedo evitarlo. No puedo dejar de mirar por la ventana este día gris pero sin lluvia, sin viento, ni sol, ni puedo dejar de observar a toda esa gente que va y viene pasando por delante de mí, arropándose contra el frío y cargados con sus bolsas y sus carritos de bebé.
No puedo dejar de pensar que podríamos estar los dos en prisión y nadie nos habría echado de menos.
Así que, de todo corazón, te agradezco que sigas ahí sean cuales sean las circunstancias y que me cojas de la mano para afrontar cada nuevo problema juntos, porque pese a todo tenemos dos, y muchas más razones, para mantener el lazo entre nosotros el resto de nuestra vida.
Te lastimaste las manos cortándome una rosa del jardín, me llevaste a un concierto y me invitaste a cenar, me sorprendiste con un ramo de flores blancas el día de mi cumpleaños, me llevaste de vacaciones a un lugar paradisíaco, me compraste helado de chocolate de madrugada y preferiste llevártelo y guardarlo para otro momento en el que no me hubiera dormido; lloraste conmigo,  me acompañaste cuando tuve una crisis de ansiedad y te quedaste hasta asegurarte que me encontraba bien; me enviaste un mensaje un día en que me sentía sola y me abrazaste cuando no me quedaban fuerzas para pelear más.
Porque hoy, cuando no sabíamos qué iba a pasar, te has sentado a mi lado y has mantenido la calma y porque pese a todo nos tenemos uno al otro. Gracias.

Aclarémonos.


Que lenta soy. Me presupongo un coeficiente intelectual bajo cero, como las temperaturas de estos últimos días, pero sé que no, que allá en el fondo, muy en el fondo, soy una tía lista aunque no lo parezca. Igual es porque paso mucho frío, es insufrible, pero ya duermo varias horas consecutivas. Las pesadillas son menos, y menos sufridas, aunque a veces es como estar metida en una película de terror. Somnolienta y todo consigo mantener ciertas rutinas y llevar la agenda al día con todas sus consecuencias.  Por otro lado empiezo a entender algunas leyes físicas. Pocas. En realidad paso de angustiarme por las cosas que no entiendo (¿Qué más dará?) y por las preguntas para las que no tengo respuesta (ya la tendré cuando llegue el momento oportuno. O tal vez no).
Mi corazón funciona bien, eso dice el electro que me hicieron, así que puede que lo que no funcione bien sea mi cabeza, lo cual, por cierto, está más que justificado. Eso sí... ¡Que malas pasadas me está jugando mi memoria implícita! Vivo en un deja-vu constante y cuando no creo estar reviviendo algo me siento desconcertada por la novedad. Practicar la respiración diafragmática me ayuda a mantener los nervios bajo control pero mis pensamientos automáticos son todos ellos fatídicos. Caigo demasiado a menudo en el error del adivino, soy catastrofista y mis conductas a veces no están verdaderamente asentadas en los hechos, sino en mi percepción distorsionada de cómo son.
Soy cada vez más misántropa y, tal vez por eso, cada vez más a-social. Las relaciones personales no son mi fuerte ni los teléfonos tampoco. Hay llamadas que no me molestan. Alucinante ¿verdad? Solo algunas, escasas, pero las hay, y eso es porque estoy rara y me comporto extraño.
No sé qué me pasa. Ya no paseo tanto a solas. Quizás porque hace mucho frío.
Empiezo a sentir que en realidad soy no-resilente. Igual soy una quejica, a secas.
Algunos encuentros han logrado que me vuelva a apetecer escribir largos e-mails, incluso recordar viejos tiempos, y eso no me había sucedido nunca. Siempre pensé que el pasado pasado está - afortunadamente-.
No me siento creativa y se me acaba el vocabulario. Reconozco me he acomodado, que estoy habituándome a buscar el significado de las palabras que desconozco en la página Web de la RAE en lugar de recurrir al diccionario o la enciclopedia, y que abuso demasiado de la Wikipedia. Antes se les llamaba RALE: Real Academia de La lengua Española. ¿A qué se deberá la reducción? Hace tiempo que no renuevo mi lista de palabras bonitas (nota mental: buscar la lista) que puede que signifiquen, o no, cosas feas. No he vuelto a leer durante horas y horas todavía pero espero que volveré a hacerlo en algún momento. De alguna forma, pues, vuelvo a ser yo poco a poco. O no.
Y es que tenemos ya una edad en la que no podemos pedirnos a nosotras mismas según que cosas. Si la gente es competitiva diviértete, sin más. Convéncete de lo que el otro día decía una reconocida periodista en la tele, eso de "que buena estoy ahora que me doy cuenta".  Aunque sea mentira. No pidamos peras al olmo que ya nos va bien como estamos. De hecho, otras quisieran para sí la resistencia que tenemos nosotras, igual que nosotras queremos el cuerpazo, o la simpatía, o la inteligencia de las demás. A todo eso... Tanto láser, LPG, mesoterapia, tratamientos reafirmantes y cremitas varias, no te van a cambiar, ni creo que te mejoren sustancialmente. Somos como somos, nos guste o no. La dificultad radica en aceptarlo y ten en cuanta que las cosas se acaban sabiendo. Antes o después todo te salta en los morros y todo el mundo se entera de cualquier cosa de las vidas ajenas. Cuando no es una vecina es la farmacéutica, o la cajera del supermercado, o quien sea, pero todo el mundo observa y espía a los demás. Creo que forma parte de la condición humana.
Diría más cosas, a muchas personas, pero estoy practicando ejercicios para aprender a cerrar el pico.
En fin... Un beso y un guiño ;*

VENCIDA.


Cansada de pensar se acurrucaba sobre la cama con las piernas dobladas, los pies apoyados en la colcha, abrazándose sus propias rodillas. Escondía la cabeza en su propio regazo haciendo que su cabello acariciara sus muslos con la dulzura del amor vencido y el tiempo agotado. Él la miraba, sentado a su lado, mudo y tan cansado como ella, intentando controlar la tentación de agarrarla de los hombros y abrazarla con todas sus fuerzas. Solo la miraba, indeciso, y limpiaba sus propias lágrimas con el dorso de su mano derecha mientras pellizcaba una arruga añeja en la cama destartalada.

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Elecciones insustanciales.

No sabía decidir cuál era su flor preferida o su número favorito. Tampoco sabía si esa duda era solo indecisión, falta de carácter, dejadez, o el resultado de no habérselo planteado nunca seriamente. Tan absurdo como elegir un número. ¿Para qué? Elegir una flor era una dicotomía imposible: todas ellas eran bonitas, todas y cada una de ellas, fueran del color que fueran, de cualquier tamaño, de cualquier color, eran perfectas. 
Las preguntas que le formulaban a veces le parecían absurdas: tu color preferido, tu número de la suerte, la cita célebre que elegirías, el mejor libro que has leído, tu película, el mejor momento de tu vida, o el peor. En la vida, pensaba, hay decisiones que tomar que son mucho más trascendentales.
Su color favorito el negro, su combinación de colores favorita el blanco y negro. Quizás por eso las fotografías le gustaban a la antigua, la ropa que usaba era muy oscura en invierno y muy clara en verano y adoraba el cine clásico. 
Pero la vida no es en blanco y negro.
No creía en los números de la suerte, ni los horóscopos, ni los pronósticos de futuro, ni en la espiritualidad, ni en la religión y la disposición espacial de los objetos la elegía por practicidad o estética aunque conociera las recomendaciones del feng shui. 
Las citas célebres las usaba todas porque alguien sabio las dijo y eran, por tanto, interesantes. Recomendaría un libro o una película diferente a cada persona individual que le preguntara al respecto y el mejor y peor momento de su vida eran el mismo aunque sonara contradictorio.
Cuando una niña pequeña le preguntaba "¿Te gusta el color rosa?" ella solo respondía "No".
¿Por qué? Pues seguramente porque la vida, pensaba,  está llena de matices y de colores, pero rosa no es.



SOLO ES LLUVIA.


Hoy, que llueve, podríamos habernos deleitado con toda esa gama de aromas que siempre hemos tenido a nuestro alcance. Podríamos haber salido afuera y dejar que la lluvia nos empape y podríamos haber fotografiado una gota de agua resbalando de una hoja del rosal. Pero solo llueve. Y la lluvia hace tiempo que no tiene el mismo aroma que antes, cuando nos refugiábamos bajo un naranjo a esperar que pasara la tormenta para retomar la vuelta a casa. Llueve, y cómo me gusta a mí la lluvia, salvo los días en que pienso cuánto daría para que no te sientas tan triste, ni tan solo...

Memoria implícita.

Cuando yo estudiaba a la memoria implícita la denominaban "conocimiento enciclopédico". Me maravillaba el concepto. Se opone al conocimiento tácito de alguna forma pero también va intrínsecamente unido a él.
El saber se entiende como la adquisición personal de un significado pertinente a un segmento de la realidad y "conocer" es un proceso activo y consciente a través del cual se consigue una nueva unidad de significado. Por lo tanto implica una relación mutua entre el cognoscente y el objeto conocido.
El conocimiento, pues, es falible, ya que no puede ser total ni absoluto desde el momento en que un sujeto (con su subjetividad a cuestas) se convierte en sujeto cognosciente.
Sin embargo se presupone que el conocimiento es explícito, objetivo y teórico, que permite estructurar la experiencia por medio de conceptos, causas, efectos, y la prescripción de leyes científicas universales.
A lo que voy es a que se supone que las personas siempre tenemos presente, aunque sea de forma implícita o en el subconsciente, las experiencias previas, los conocimientos adquiridos con anterioridad y lo que hemos aprendido sencillamente viviendo. A raíz de las experiencias previas actuamos de una forma u otra y gracias a los conocimientos previos anticipamos las consecuencias posibles de nuestros actos. Es un concepto brutal (o al menos a mi me lo parece) que nos incluye en un deja vu constante.
Es casi casi tan asombroso como que los aviones se sostengan en el aire.

Me pregunto, por ejemplo, si existe la Luna. Nuestro conocimiento sobre la existencia de la Luna sería objetivo. Hemos visto fotos, vídeos, y brilla en el cielo, sabemos al distancia que la separa de la tierra, su composición, su forma, sus dimensiones... Pero no tenemos conocimiento subjetivo sobre la Luna, solo sobre el concepto de luna, ya que no hemos estado allí y no la hemos visto en persona. Tal vez solo sea un montaje de la NASA para tenernos entretenidos: han colgado un globo brillante a muchísima altura y eso es lo que vemos por las noches, tienen la capacidad de realizar efectos lumínicos diversos para que su forma y brillo sea variable y han usado el photoshop para inventarse imágenes que nos hemos tragado hasta las trancas. Pero la Luna no existe. O sí.
En fin... Mi memoria implícita se remonta a mis tres últimas reencarnaciones, o cuatro, pero sigo sin saber sacarle partido (salvo para desvariar de vez en cuando).
Quizás en la próxima.


MIENTES.

Estoy colérica, rabiosa, furibunda. Soy la furia en sí misma, la decepción llevada al extremo y tengo tantas ganas de llorar que ni siquiera puedo hacerlo. Se me seca la boca. Siento allá, al fondo, mi paladar seco y ardiente: tanto que quema. Pero no tengo sed... no es sed de agua. Es decepción.
Me duele ver el llanto contenido de las personas que necesitan llorar y no pueden hacerlo, las buenas personas que están sufriendo porque sí, porque el mundo es así y porque todo funciona así. Yo no he pedido vivir en un mundo que está boca abajo en el que quien desea llorar no puede hacerlo y quien debiera llorar no se siente culpable. No quiero un mundo al que no se le puede dar la vuelta ni siquiera usando palancas. Siento que me ahogan las lágrimas, no en los ojos sino en la garganta, cuando veo a quien quiero con los ojos húmedos y apagados, con el rostro triste y esa mirada que dice “lo sé, pero no puedo evitarlo”. Esos grandes ojos de color indefinido diciendo a gritos que se ahogan en tanta sal, esas preciosas pestañas caídas en el rostro, tristes, desesperadas. Una cara desencajada y tanto dolor.
No queda gente de bien. Hay gente y gente de mal. Hay personas, tumultos, grupos, marañas e incluso individuos pero ya no nos quedan dioses. Quiero pensar que los hay, que realmente queda alguna persona buena, única, auténtica y sabia. Tiendo a creer que tengo la suerte de tener al alcance de mi mano a unos pocos de los dioses que permanecen pero con el tiempo me decepciono de nuevo. No es así, no iba yo a ser tan afortunada como para estar rodeada de las pocas deidades que quedan. Ni que yo hubiera hecho algo para merecer tal honor.
Soy capaz de amar tanto que me consumo. Puedo querer tanto como para derretirme. Tengo en este momento la suerte de sentir mi corazón tan lleno que rebosa. Tengo, sobre todo, mucho miedo de perder esta capacidad de amar. Pero al mismo tiempo anhelo perderla porque con esa carencia perdería también la capacidad de sufrir que es muy honda.
Es doloroso subordinarse a unos sentimientos que a veces te hacen sentir tan pletórica y otras veces te dañan tanto. Es terrible saberse necesitada, no de que te quieran, sino de querer. Eso confiere a los otros un poder sobre mí que no controlo. Es algo que yo cedo, que asigno, un poder temible porque más a menudo de lo necesario se vuelve en mi contra. Me hace débil. Me convierte en un pelele en manos de aquellos que no son capaces de amar ni la mitad de lo que yo puedo.
Les confiere un dominio sobre mí que acaba con mi existencia, con mis ideas, con mis sueños y esperanza y me deja sola y apagada en esta inmensidad. Furiosa con el universo como las olas en un mar de invierno.
Sentirse sola es terrible. Te acabas abandonando. Dejas de escucharte, dejas de mirarte, dejas de oírte y finalmente dejas de verte. Te conviertes en nada, polvo, humo... y acaba por no importarte no ser nada. Da lo mismo, te repites. Da igual, no soy nadie, no soy nada.
No soporto las mentiras. Puedo aceptar casi cualquier punto de vista sobre casi cualquier tema, puedo entender que no me quieras hablar de algo pero no me mientas. No puedo engullir una mentira mientras me miras a los ojos y te regocijas de estar tomándome el pelo. No soporto unos ojos mirándome fijamente, de frente, con la cabeza bien alta mientras las palabras mienten. Esa mirada se me acaba clavando en el vientre y permanece ahí, hundida dentro, por siempre. Vete si lo deseas.  Desaparece si quieres. Huye y márchate pero no me mientas porque me rompo como el cristal, en mil diminutos pedazos, y no tengo más ganas de recomponer el puzzle una y otra vez. Siempre se pierde una pieza y no puedo volver a ser la misma.
El dolor físico pasa pero el dolor psicológico permanece inquebrantable. Al dolor físico le temo, al otro le tengo terror. Lo absorbo. Lo atraigo. Acabo tan llena del mío y del ajeno que me ahogo. Sufro lo indecible cuando veo sufrir a quienes más quiero.
Soy demasiado egocéntrica para mirarme mientras desaparezco así que mi tendencia es la de pelear para sobrevivir. Pero cansa demasiado.
Son tantas frases ahogadas: quisiera no sentir esto; sé que me equivoco pero no puedo parar; no hay nada que hacer pero me hubiera gustado tanto; tienes razón, pero soy así; no puedo llorar, quiero y no puedo; me da pena sentir tanto odio; yo no sé por qué hago esto...Tantas frases dichas que no te das cuenta de haber pronunciado. Tantas llamadas de auxilio, rogando, suplicando que no me falles; no me dejes; no me abandones; no me olvides... Tantas ganas de preguntar a la cara ¿Estarás ahí siempre? ¿Te tendré a mi lado cuando te necesite? ¿Me quieres al menos parte de lo que yo te quiero a ti? ¿Cuánto? ¿Cuánto me quieres? Dime ¿Te tendré cerca cuando necesite encontrarte? Cuéntame si te alcanzaré cuando alargue mi brazo; explícame cómo te tengo que hacer saber que necesito tu ayuda y después dime ¿Porqué no puedo creerte?
Permíteme mientras me mientes que derrame unas lágrimas en honor a la farsa que no te das cuenta estar interpretando. Al fin y al cabo ahora estás ahí y a mi me gusta soñar que siempre vas a estar.

ESTACIONES.


Llega el frío, el mal tiempo, las lluvias y esa sensación tan agradable de necesitar echarte por encima una sábana al acostarte o hacer que el grifo de la ducha se gire hacia el lado del agua caliente. Llega la sensación de incertidumbre, el no saber si sientes frío o aún estás pasando calor, si has de vestirte de largo o puedes ir de corto, si has de coger paraguas o no vas a necesitarlo hoy.  Es el último trimestre del año el que nos queda y sin darnos cuenta estaremos de nuevo enfrascados en las compras navideñas, encendiendo la calefacción y deseando que llegue el verano para poder desenfundarnos toda esa ropa que llevamos encima. Sin embargo no tengo la sensación de haber pasado el verano, de haberlo vivido. No recuerdo con detalles un día de playa o haberme comido un helado mientras doy un paseo el sábado por la noche. Se me ha escapado el verano este año. Se fue. Lo perdí. Desapareció. Como todo lo demás.
Voy a buscar una chaqueta, dejarla preparada para la próxima noche que sienta en la piel el frío del otoño y ese día me la pondré con toda la lentitud que me sea posible, prestando atención y almacenando la sensación en mi mente, porque no quiero que llegue la primavera y yo no me haya dado cuenta que el invierno pasó y no recordar si un día me puse o no la bufanda.
Ya que no puedo guardar en una cajita un verano que se me ha escapado, ni podré guardar tampoco un otoño de estreno, ni siquiera el invierno, al menos quiero retener algún recuerdo que me demuestre que he estado viva durante todo ese tiempo, aunque haya sido viviendo en el caos.
Unos minutos de silencio. Se agradecen. Son terapéuticos, son enriquecedores. Me oigo a mi misma y mi entorno. Mis latidos, el filtro del agua del acuario, algún “ping” cuando alguno de mis contactos conecta a la mensajería, el tambor de la lavadora dando vueltas a todo trapo, un gato que bosteza, un pez que salta y salpica. Afuera llueve.
Quiero salir al jardín para que todas esas gotas me mojen. Sentir el aroma de la tierra. El olor del suelo mojado es inconfundible, inimitable, mágico, único. La sensación de humedad en el cuerpo cuando ha sido la lluvia la que te ha mojado es suave, dulzona, agradable como una caricia cuando has tenido un mal día. Pero no salgo.
La edad me ha hecho prudente y perezosa. No quiero resfriarme porque no puedo permitírmelo. No quiero mojarme porque he de hacer cosas esta tarde y me da pereza tenerme que secar y cambiar de ropa para salir a la calle. Me conformo con abrir la puerta y respirar el aroma de la tierra mojada mientras estiro las mangas del suéter como quien se frota las manos o se atusa el pelo, por costumbre. Tal vez porque siempre tuve dificultades para conseguir ropa cuyas mangas alcanzaran a tapar mis brazos largos, tal vez porque es un gesto instintivo que siempre hago cuando tengo frío, como quien esconde las manos entre los muslos o echa su aliento en las palmas y luego las frota una con otra. Nunca sabré si son costumbres, manías, pequeños placeres o necesidades.
El caso es que estamos casi en verano y después de haberme paseado ya en tirantes, haber retirado las mantas de la cama y haber saboreado unos rayitos de sol, hoy necesito manga larga y está lloviendo.
Y me pregunto a mi misma qué hace el resto de la gente cuando el día es así de mágico, qué piensan, cómo se sienten y cómo sustituyen el aroma de la tierra mojada o la sensación de mojarse bajo la lluvia. Me pregunto qué estará haciendo ahora Peter Pan, un amigo que acaba de conseguir un empleo. Mañana empieza y he acordado llamarle esta tarde para que me cuente cómo se siente y cómo ha sido la entrevista. ¿En qué estará pensando ahora? No sé qué harán Néstor y Sara en este instante. Han salido de cuentas. Hace cinco días que deberían haberle visto la cara a Eric pero parece que no tiene prisa por salir. Me pregunto qué hace Linda en el trabajo. Siempre conectada pero siempre ausente. No tiene apenas tiempo libre. Debe hacer unas tres o cuatro semanas que no nos vemos y eso no es normal. La añoro. La echo tanto de menos que no soporto el dolor. ¿Qué pasará por su cabeza en un día lluvioso como este? Creo que los días de lluvia solo son especiales para mí, solo yo me pongo creativa y añoro a la gente. ¿Qué debe pasarle por la cabeza en un día lluvioso a una persona enferma? ¿Y a una persona que sabe que está enferma? ¿Qué siente en un día gris, cómo este, alguien que sabe que su vida solo pende de un hilo?
Tengo enormes lagunas mentales sobre momentos trascendentales de mi vida. Cada día me doy cuenta que hay más vacíos y más curiosos. Hace tan solo unos días encontré a alguien que asegura haber estudiado conmigo. El instituto encajaba, los cursos en que dijo que coincidimos también. Su cara me resultaba familiar pero tampoco demasiado. Estuvimos hablando de personas a las que ambos conocíamos, de lo que han hecho con sus vidas, a lo que ahora se dedican o cómo han cambiado desde entonces. Yo no recuerdo haber estudiado con ese chico pero los datos encajan. Recuerdo a otras personas de aquellos años pero durante esa conversación no supe hallar en mi retorcida cabeza sus nombres. Sé cómo eran, sé cómo hablaban, recuerdo si eran o no buenos estudiantes, recuerdo algún día en que salí con alguna de aquellas personas y no logro recordar sus nombres. Recuerdo perfectamente, sin embargo, algún que otro paseo por la orilla de la playa, en la Malvarrosa, durante días de lluvia como el de hoy. Calada hasta los huesos. Nostálgica y perdida. Pensaba entonces qué habría hecho yo para merecer esto. Es un pensamiento recurrente en mi vida.
Esta mañana he escuchado a una decoradora de jardines que interrogaba a sus clientes para averiguar el estilo que mejor encajaba con su personalidad. La señora les hacía un pequeño test en el que les preguntaba cosas sobre sus primeros siete años de vida. En esos años, decía, se forja la personalidad y son los más importantes en la evolución de las personas. A la pregunta ¿cómo percibías la luz cuando eras niño? Mi fuero interno ha respondido: Gris. La luz natural no lo parecía. Se filtraba por la claraboya mientras yo vestía a mis muñecas sentada en un escalón del patio. Notaba frío muy a menudo pero era mi lugar. Siempre me sentaba en el mismo sitio, siempre ocupaba el mismo espacio y adoptaba las mismas posturas. El escalón estaba en lo que debía ser un deslunado que se había tapado con un techo plástico y la luz que me llegaba era muy similar a la de un día nublado como el de hoy. Pasaba mucho tiempo sentada en ese escalón que limitaba el interior y el exterior de la casa y que ofrecía un punto de vista privilegiado de toda la vivienda y de la puerta de la calle. Supongo que esperaba que alguien entrara o esperaba el momento de escapar por aquella puerta.
Al analizarlo me he dado cuenta que mi espacio personal en mi actual casa es muy similar. Paso horas sentada en una silla de forja que hay en la cocina, justo delante del ventanal que separa la casa del jardín. La luz entra siempre a través de una cortina que la tamiza suavemente y desde ese lugar se ve casi al completo la casa y el patio. Ese es mi lugar ahora, es mi espacio de reflexión. Siempre me siento ahí cuando Linda me visita para aguantar mis lamentos. Me siento ahí, a solas, a primera hora de la mañana, con mi café y mi cigarro, pensando en silencio hasta que se hace la hora de despertar a la familia. Es el único punto de la casa desde el que se ve la puerta de la calle. Quizás espero, todavía, que entre alguien en cualquier momento. Es algo inconsciente. Ese es mi rincón de luces y sombras, de concentración, de inspiración, el rincón del llanto y el de la carcajada.
La jardinera filósofa preguntaba a sus clientes ¿Qué tipo de actividades y juegos te gustaban cuando eras niño? No lo sé. Mi respuesta, mi bloqueo, mi laguna mental… Una de las cosas que no recordaba no recordar.
Sé que tenía muñecas pero no jugaba demasiado con ellas. De hecho las conservo en gran parte, intactas. Sé que tenía libros pero no sobre temas que me interesaran: los leía una sola vez y los almacenaba. Sé que tenía disfraces, rompecabezas… Pero yo no recuerdo jugar con ellos. Los tenía y punto. Recuerdo perfectamente juegos con más edad pero ignoro mis juegos hasta los siete años. Ni idea. Recuerdo estar sentada en aquel escalón escuchando las gotas de lluvia golpear el techo plástico del deslunado. Solo eso.
Un día de lluvia estupendo y yo luchando con mi demencia senil y con mi poca memoria. Vaya desperdicio.
(18-9-2010)

Universo.


Se sienta frente a la mesa y abre el estuche de colores. Lo observa. Trata de decidir si usará ceras, colores de madera o rotuladores. Se rasca la cabeza y elige un rotulador vistoso. En ese momento se da cuenta de que no ha preparado papel, así que, se levanta y va al cajón del papel para reciclar. Coge unos cuantos folios y vuelve sentarse frente al estuche gigante. Hoy va a dibujar el universo. Traza lo que debiera ser un círculo, aunque en realidad parezca una pera. Lo colorea en marrón y azul: es la tierra. A su alrededor dibuja otros círculos, de colores diferentes, y algunos los rodea con una lazada que simula los anillos del planeta. Vuelve al planeta tierra y sobre él traza cuatro diminutas figuras: estos son papá, mamá, la teta y yo. Dice.
Dibuja un sol brillante en la parte superior derecha. Aún no entiende el sistema solar.
- ¿Y la luna? - Le pregunto.
- Está el sol porque es de día. La luna saldrá cuando sea de noche.
Aún no entiende el sistema.
- ¿Quiénes son esos cuatro?- Vuelvo a preguntar.
- Nosotros. Estás tú y el papá, está Aitana y estoy yo.
- ¿Y qué hacemos ahí?
- Es el universo mamá. Está la tierra, y estáis vosotros.
Sí. Ese es el verdadero universo. Lo entiende perfectamente.

UNA CARTA EN EL OLVIDO.


Hace ya tiempo que pienso escribirte y no encuentro las palabras que debo usar. Hace mucho que deseo enviarte una hermosa carta en la que inspecciones a aquella que conociste un día, en la que percibas la añoranza que siento y en la que se refleje de una forma sincera y transparente todo cuanto deseo decirte. Me conociste bien, tanto como yo a ti, y siento una profunda pena por haberte perdido y que ahora seas solo una desconocida más que sobrevive en algún lugar del planeta.
Al fin he decidido intentarlo a sabiendas que no lograré enseñarte el mundo mágico que quiero que veas, ni conseguiré elevar tus pensamientos al lugar en el que te pienso (ese lugar al que algunos llamarían “recuerdos” pero para el cual a mi se me antoja corto ese nombre). Te echo de menos.
La vida nos tendió una trampa y caímos de bruces. Ahora ya sé que de algunas caídas no te levantas pero tú no aprendiste la lección y seguiste intentando avanzar hasta que te rompiste por completo.
Y yo te sigo añorando, pero no a ti, no a esa en la que te convertiste, sino a aquella que un día conocí y a la que no logro olvidar, aunque sé que debería hacerlo.
Te perdí en algún momento del pasado que no logro definir y no he vuelto a encontrarte ni creo que lo logre jamás. Es por eso que alimento mi imaginación con los retales que aun quedan ahí dentro, en la añoranza de otros tiempos en los que aún teníamos sueños, y completo los huecos en blanco con lo que sé que deseabas alcanzar y no alcanzaste, o sí, y después lo perdiste.
Te encuentro en cada rincón. Y sin embargo no eres tú porque no estás.
Cuando miro la bruma blanca de las olas al romper pienso en tus pies mojados de agua fría. Paseabas a oscuras y en silencio por la orilla, con los zapatos en las manos, con los bajos del pantalón negro doblados sobre sí mismos y aún así mojados de agua y sal. Te sentabas en la arena con las piernas dobladas, abrazando tus rodillas, y redibujabas con tu mirada el reflejo de la luna en el mar. Y entonces deseabas adentrarte en el agua fría y oscura y sumergirte a buscar sirenas intentando no pensar ya más. Hasta que recordabas que la única forma de no seguir pensando y sufriendo era morir mientras buscabas sirenas. Entonces te levantabas, sacudías la arena de tu ropa, y con los pies aún desnudos regresabas a casa a secar tus lágrimas.
Así te recuerdo cuando paseabas por la orilla del mar.
También te veo en cada flor, en cada hoja, en su aroma y el de la hierba cortada y de la tierra húmeda. Te gustaba caminar escalando montes sin pensar en los arañazos que iban apareciendo en tus piernas cuando te enredabas entre las malezas y espinos. No notabas tampoco las llagas en tus pies ni el sudor goteando de tu cuerpo, ni la sed ni el hambre, mientras caminabas. Solo el aroma de la tierra madre. Ya curarías tus pies y tus piernas, y los brazos, y cualquier otra parte de tu cuerpo herido a la vuelta. Si es que volvías… Porque así te recuerdo cuando paseabas por el monte: adentrándote cada vez más sin reparar en que tal vez no sería posible regresar por el mismo camino. Herida, sudada y ensangrentada. Así es como te recuerdo.
Te veo en cada estrella que ya no me apetece mirar y que sin embargo atrae mi vista sin que pueda evitarlo. Allá arriba, en la oscuridad de la noche y el silencio absoluto, destellando con un brillo infernal, a los lados de una luna apagada y venida a menos que ya ni mengua ni crece. Solo está ahí, sin más. Y con cada destello, cada brillo, cada estrella y cada nueva noche de luna, te recuerdo mirar el cielo soñando a dónde ibas a llegar y hacia dónde te dirigirías. Solo soñando mientras mirabas el cielo. Así te añoro. Así te echo de menos.
Tenías tanto por hacer y tantos proyectos metidos en un cajón que una sola vida no iba a bastarte para abarcarlos todos.
Pensabas no dejar nunca a medias nada que hubieras empezado y al final fuiste apartando, retirando y olvidando, tantas y tantas cosas que apenas terminaste algunas de las de tu lista. Y las que acabaste las hiciste mal, tal vez por las prisas, porque sabías que no disponías del tiempo suficiente para realizar todos tus sueños y querías al menos probarlos uno a uno y después decidir.
Así te veo cuando pienso en ti. Nunca inmóvil, nunca quieta. Jamás te detenías.
Y poco a poco se te fue escapando la energía hasta que te quedaste inmóvil y paralizada en una incómoda silla, sin chispa ya, sin sonrisa ni brillo en la mirada, con todos los sueños gastados y todas las fuerzas perdidas, deseando poder dormir. Deseando incluso no despertar.
Te recuerdo girando sobre ti misma con tu cara apuntando al cielo y los brazos abiertos empapada de lluvia, y con una sonrisa en la boca y la mente llena de enérgica esperanza que se refrescaba y renovaba con cada nueva gota que te salpicaba la nariz. Te recuerdo con los pómulos mojados y la piel erizada por el frío, completamente mojada, con la ropa pegada al cuerpo y tragándote el aroma de la tierra, engullendo toda esa riqueza aromática a través de tu sentido del olfato, desprendiendo tantas ganas de vivir que era imposible no contagiarse de tu esperanza. Así te recuerdo cada vez que llueve, sin poderlo evitar.
Cuando te perdí a ti me dejé olvidados también mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas y mis proyectos. Poco a poco te apagaste mientras yo me convertía en otra muy diferente a la que tú conociste, apenas reconocible tantos años después.
Ahora no puedo evitar pensar, cada vez que veo el mar o una flor, o un árbol o una estrella, y sobre todo cada vez que llueve, que es imposible que nos volvamos a encontrar algún día, y que si venciéramos todos los impedimentos y lográramos coincidir tan solo una vez más, no solo no me reconocerías, sino que ni siquiera te acordarías de que un día existí.
Aún así yo a ti sí te recuerdo, y te añoro, y pienso que un día, cuando sea mayor, tal vez me convierta en un espejo de lo que un día tú deseaste ser, de tu reflejo. Entonces dejaré de ser transparente y volveré a tener alma.
Espero volverte a encontrar algún día. Pero sé que es imposible.
Tú y yo fuimos una sola pero ya no. Ya estás demasiado lejos.